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Los cuadernos del fin del mundo (iv)

La habitación propia ha dado un giro en la pandemia, la historia tiene reclamos extraños, la agenda espera una vendetta, y las preguntas de una escritora son el registro necesario de tiempos de pandemia.

XIV Escribo esta nota a mano, con un rabioso e intencional doble espacio, sobre la página de la agenda que corresponde al lunes 13 de abril del año 2020. Convertir …

Vania Vargas Guatemala

XIV

Escribo esta nota a mano, con un rabioso e intencional doble espacio, sobre la página de la agenda que corresponde al lunes 13 de abril del año 2020. Convertir las agendas en cuadernos ha sido la costumbre heredada a lo largo de los años y los intentos fallidos del orden de los días. Una manera de darle utilidad al tiempo que se fue, un guiño de amable condescendencia cuando el presente se desfaza, ya caduco, pero no tan inútil como para hacer una lista del mercado, un dibujo para que juegue la neurosis durante una llamada que no se acaba o un barquito de papel llevando en sí mismo un naufragio. Esta vez empiezo temprano. El año que dicta la agenda no ha terminado. Tampoco se le mira, desde esta fase de la tormenta, que tenga cercano algún fin. Dentro de pocas hojas, quizá, voy a alcanzar la fecha de hoy. La voy a rebasar. Y esa será mi contundente declaración de los días que ya he dejado de esperar.

 

XV

Y entre todos los fenómenos que activó este tiempo y sus circunstancias, está el de aquellos, que tuvieron la opción de quedarse en casa, y fueron descubriendo que les tocó ser mujeres en el encierro. Ya sea solos, o en su compañía, tuvieron que hacer vida permanente en el lugar que históricamente les fue designado solo a ellas, más que para su dominio, bajo su entera responsabilidad. Y así, hombres y mujeres para quienes la vida solo estaba afuera, ahora, con esa vida a cuestas, tuvieron que asumir también la vida doméstica. Negociarla. Dividir las horas ejecutivamente, intelectualmente, para cumplir con la agenda virtual, la del espacio propio, si es que todavía quedaba ánimo y tiempo, y la de la casa. Sumar a las rutinas repetitivas de la vocación o del trabajo, las no menos repetitivas, y sin horario de salida, de los trastos, la comida, del polvo que se acumula, del agua que se cuela con la lluvia, del cuidado de las plantas, de la ropa y de los niños, ahora también inquilinos permanentes de la casa. Más temprano que tarde, nuevos en su papel doméstico, se cansaron, se desesperaron, explotaron y luego sintieron culpa, avergonzados, porque no solo la peste, sino los años de historia que pesan en el silencio de muchas mujeres, que han asumido la casa como terreno natural, les recordaron con la voz severa que ellas siempre han escuchado, que, finalmente, están encerrados tan solo por su propio bien.

 

XVI

Cada vez que va terminando un día, subo al mástil de mi nave hipotética y trato de escudriñar el horizonte en busca de alguna señal en el cielo o en la lejanía. El panorama sigue cerrado desde hace varios días, no se ve respiro, no se ve salida. Es entonces cuando me asaltan con desesperación las dudas, y se me alborotan los miedos, esa tripulación interna, y me pregunto si iremos a terminar acostumbrándonos a este tiempo espeso, a la amenaza que plantea el otro, el exterior. Si terminaremos normalizando la pandemia y sus números en constante ascenso, como terminamos normalizado que te golpeen el vidrio en cualquier semáforo y se lleven tus cosas; las solemnes procesiones del tráfico para ir al trabajo y volver a casa; la visita del agua potable solo en ciertas horas, solo en ciertos días; ir a votar, cada cuatro años, por gobernantes previamente pactados, que saldrán a velar por los intereses de otros; o la pobreza bajo los puentes; los hijos de la miseria pidiendo una moneda en los pasos de cebra; los hospitales públicos sin aspirinas; las cintas amarillas rodeando los autobuses, la sangre en cualquier esquina; Y que al final de todo, ni siquiera podamos culpar a la negligencia gubernamental ni al abandono, sino tengamos sembrada la certeza de que morir podría estar solo en nuestras manos, esas sin desinfectar. 


*Vania Vargas es poeta y narradora guatemalteca, ha publicado varios libros de poesía y narrativa, además de publicar periódicamente ensayos en periódicos y revistas, y trabajar como editora literaria.


Las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan los criterios editoriales de Agencia Ocote. Las colaboraciones son a pedido del medio sin que su publicación implique una relación laboral con nosotros.

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