Después de las tormentas
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¡Qué peligro!
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Nosotras es bastante más que un pronombre. Es un plural que describe y sintetiza la lucha de las mujeres por tomar los espacios que le pertenecen en el mundo, tal cual nos lo cuenta esta columna de encuentros y transformaciones desde las mujeres.


Hace un par de años entramos con dos amigas al mítico bar del centro histórico guatemalteco, el Portalito, en busca de bebidas espirituosas. Un colega que nos observó llegar se tomó la cabeza con las manos exclamando: “¡qué peligro!”, él nos conocía a todas de distintos espacios, pero ignoraba que éramos amigas, nosotras soltamos una sonora carcajada y ocupamos entre risas nuestra mesa.

Aunque mi amigo lo dijo para hacernos reír, me parece una buena manera de ilustrar lo que pasa en el mundo cuando las mujeres nos unimos y entramos a tomar los lugares que nos pertenecen en el mundo. En definitiva las mujeres que nos encontramos, nos acompañamos y permanecemos juntas representamos un peligro para la sociedad que hace grandes esfuerzos por enfrentarnos y espera que la rivalidad con la que fuimos formadas nos aísle y nos haga sentir desvalidas.

Y es que algo poderoso sucede cuando las mujeres nos unimos, aún sin planearlo nuestra vida cambia y nuestro poder aumenta, lo hace de manera natural y sencilla: dejamos de sentirnos solas frente al mundo.

También comenzamos a descubrir que lo que somos está bien, que nuestro cuerpo, nuestra manera de pensar, nuestros sentimientos, nuestras luchas, nuestra historia está bien y es valiosa.

A veces las mujeres que nos rodean hacen grandes y terribles esfuerzos que cambian nuestras vidas. A veces son pequeños y sencillos actos de sororidad y complicidad: ayudarnos en nuestras mudanzas, compartir el teléfono de una buena ginecóloga, compartir recetas para los males, enviar la convocatoria de un trabajo, acompañar a los mandados, escribir un mensajito cariñoso cuando sabemos que la otra lo está pasando mal.

Aveces basta existir y hacernos presentes, con nuestras raras formas de vivir y nuestros pelos despeinados, con nuestras soledades o nuestro éxitos, con nuestra sonrisa o nuestra botella de vino; simplemente existir y dejar saber a las otras que encontraremos juntas la manera de estar bien.

Cuando una mujer habla de su historia, y otra logra verse reflejada en ella, dejan de ser la una y la otra, para ser nosotras -Y todo mundo sabe la fuerza que tenemos nosotras.

Al unirnos comenzamos a sentir el peso de nuestra historia colectiva como la mitad del mundo oprimida, entendemos que la mejoría de condiciones de vida de las mujeres han sido posibles gracias al esfuerzo de otras; que ocupamos lugares que fueron previamente conquistados y que esos lugares serán mantenidos y disfrutados por las que vendrán.

La mayoría de veces nuestra vida cotidiana se contagia de la fuerza de las mujeres y a través de la labor que desempeñemos vamos dejando un mensaje claro al mundo: estoy aquí por las que me precedieron y quiero hacer mi parte por las que vendrán.

Yo que me muevo en el mundo jurídico ni siquiera logro dimensionar la cantidad cosas que tuvieron que hacer las mujeres que me antecedieron para que las dejaran ir a la universidad. Quién sabe qué obstáculos tuvieron que sortear las primera mujeres abogadas, qué batallas lucharon las primeras juezas. Pienso en ellas y mis pequeños esfuerzos me parecen ingenuos, aún así los hago con toda seriedad, por ellas, por mí y por todas. Recuerdo ahora una acalorada audiencia en la que un abogado de la parte contraria se refería a otros abogados como colegas y cuando se refería a mí decía la señorita. Yo no era ninguna señorita, era una abogada destrozándolo en la argumentación, pero no era bienvenida en su cancha de juego y me lo hacía saber. Cuando me dieron la palabra le pedí que se refiriese a mí con respeto y que me llamara simplemente por lo que era, una abogada. De más está decirles que el resto de la audiencia utilizó un tono melodramático y un giro burlón de mano para referirse a mí como “la abogada”. Para ese momento ya había dejado de importarme lo que decía, solo me alegraba en cambio saber que en su larga y triste vida, nunca más llamaría a ninguna de mis colegas: señorita.

Como en mi ejemplo, cada pequeño acto se vuelve político para nosotras, ya no se trata de una, se trata de todas. Se trata de nosotras, de nuestra humanidad, de nuestra autonomía y nuestra identidad actuamos y en consecuencia nos volvemos peligrosas para el sistema. Creo que Gloria Steinem lo explica con más gracia que yo cuando dice: “tal vez Dios está en los detalles, pero la Diosa está en los vínculos”.

[Te puede interesar: El refugio de las palabras, una columna de Evelyn Recinos]


Evelyn Recinos Contreras es abogada penalista, se dedica a los derechos humanos, género y justicia penal. Escribe poesía para sobrevivir y documentos legales para vivir.


Las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan los criterios editoriales de Agencia Ocote. Las colaboraciones son a pedido del medio sin que su publicación implique una relación laboral con nosotros.

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