Por las mujeres y el territorio, guardianas ecofeministas toman las calles

En medio de la multitud que marchó este 8 de marzo en la Ciudad de Guatemala, un bloque destacó entre carteles con flores y consignas ambientales. Se nombraron «guardianas ecofeministas» y llegaron con un mensaje claro: la defensa del territorio, del agua y de la vida también es parte de la lucha feminista.

En medio de la multitud que marchó este 8 de marzo en la ciudad de Guatemala, un bloque destacó entre carteles con flores y consignas ambientales. Se nombraron «guardianas ecofeministas» …

Por primera vez, un bloque ecofeminista participa en la marcha del 8M. Foto: Cortesía
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Berta Cáceres murió hace diez años. Fue asesinada por un grupo de sicarios, liderados por militares retirados, en su hogar en La Esperanza, Honduras. Llevaba años recibiendo amenazas por defender el territorio lenca y oponerse al proyecto hidroeléctrico Agua Zarca, que pretendía desviar el río Gualcarque. 

Este 8 de marzo, a unos 320 kilómetros de distancia, unas cuatro decenas de mujeres la recuerdan, mientras participan de la marcha por el Día Internacional de la Mujer Trabajadora que recorre el centro histórico de la Ciudad de Guatemala.

«Berta no se murió, Berta no se murió, Berta se hizo millones, se hizo semilla, Berta soy yo», cantan al unísono. Portan pañuelos color morado en el cuello y, con las manos, sostienen flores y carteles. 

Las lideran seis mujeres que sostienen una manta color verde. Entre dibujos de flores, dice: «Ni la tierra ni las mujeres somos territorio de conquista». Por primera vez, un bloque ecofeminista participa en la marcha convocada por el «Bloque de Jóvenas». 

El ecofeminismo surgió como una alternativa al patriarcado capitalista. Este enfoque plantea que la violación de la Tierra y la violación de las mujeres están relacionadas: «Tanto desde el punto de vista metafórico, al determinar cosmovisiones, como material, al determinar la vida cotidiana de las mujeres»  según la teórica Vandana Shiva en su obra Ecofeminismo. 

Las participantes de este bloque se nombran «guardianas ecofeministas». Algunas, son activistas del territorio y lideresas comunitarias y otras científicas, químicas biológicas, ingenieras ambientales y mujeres diversas que luchan por otras formas de ver la vida, el cuerpo y el territorio.

Las «guardianas ecofeministas» corean consignas que hacen referencia a la violencia contra las mujeres y el territorio. Foto: Kristhal Figueroa
Las «guardianas ecofeministas» corean consignas que hacen referencia a la violencia contra las mujeres y el territorio. Foto: Kristhal Figueroa

El primer encuentro

Más de una semana antes, el 28 de febrero, unas veinte mujeres se reúnen en una casa en el Centro Histórico para organizar la intervención del bloque en la marcha. Son lideradas por la fundación Oxlajuj N’oj, el Movimiento Ecológico Estudiantil (MEE) y Latinas por el Clima.

Esperanza González, integrante del MEE, considera que el feminismo, la lucha estudiantil y la defensa del ambiente y el territorio tienen en común la búsqueda de justicia, donde «debería prevalecer la igualdad en todos y no solo en unos cuantos», dice. 

 Agrega que estos enfoques coinciden en el deseo de cambiar el sistema de patriarcado, extractivo y de despojo donde los más afectados siempre son olvidados por la cotidianeidad o por el miedo de alzar la voz y organizarse para cambiar este sistema que daña a muchos y  protege a unos pocos.

Esperanza González marcha junto a sus compañeras del MEE en el 8M. Foto: Kristhal Figueroa
Esperanza González marcha junto a sus compañeras del MEE en el 8M. Foto: Kristhal Figueroa

Mientras comparten pintura, marcadores y pinceles, dialogan sobre la crítica que el ecofeminismo realiza al capitalismo. Bajo este modelo, «el capital de valor se sobrepone a la vida misma», señala una de ellas. 

Las participantes conversan sobre el impacto del agua contaminada y los productos químicos de «cuidado» de la piel y el maquillaje que utilizan para encajar en estereotipos de género. Lo reconocen como una violencia. «Hay un principio que defendemos desde el inicio: nuestro cuerpo es el primer territorio de defensa», resume Ana Villagrán, de la fundación Oxlajuj N’oj. 

«La inteligencia artificial (IA) es insostenible por su impacto ambiental», señala otra de las jóvenes. En su trabajo como diseñadora gráfica intenta no utilizarla, y más bien, implementar un enfoque de ecodiseño, explica. 

Jóvenes decoran sus carteles una semana antes de la marcha. Foto: Kristhal Figueroa
Jóvenes decoran sus carteles una semana antes de la marcha. Foto: Kristhal Figueroa

Las mujeres, todas entre 20 y 35 años, comparten sus carteles. «”Otra futura” es posible» se lee en uno. «¿Sabías que el feminismo también es cuidar el medio ambiente?», dice otro. Todos están decorados con flores y elementos naturales, como árboles de mangle. 

«Yo quiero cuidar la naturaleza porque me gusta jugar allí», dice una niña de 13 años que acompaña a su tía. Días más tarde, el 8 de marzo, marchará en el bloque con un cartel: «Quiero vivir sin miedo». 

Para finalizar la jornada de preparación, el grupo ve un video de Lorena Kab’nal, una de las representantes del feminismo comunitario en Guatemala. 

Aunque no se nombren ecofeministas, Ana Villagrán explica que en Guatemala «existen colectivas feministas que trabajan en el cuidado del cuerpo, espiritualidad, tierra, agua y economías comunitarias, principalmente en comunidades ancestrales; muchas relacionadas con las prácticas de comadronas, sanadoras, tejedoras y cuidadoras que reconstruyen memoria territorial». 

«Guatemala es un territorio fértil para proyectos e iniciativas ecofeministas: porque ya existen semillas, aunque no siempre se nombran como tal», concluye Villagrán. 

En defensa del territorio

A la una de la tarde del 8 de marzo, el sol golpea fuerte el rostro de cientos de mujeres que participan en la marcha. En media hora, se encontrarán con las participantes de otra caravana, convocada por la Coordinadora del 8 de Marzo que ya está en la plaza de la Constitución (rebautizada como Plaza de las Niñas por las organizaciones de mujeres y feministas). 

Ni el calor ni las más de diez cuadras recorridas disminuyen los ánimos de las participantes. Mientras el contingente se detiene, a la espera del ingreso al parque central, «¡Tierra fértil, luchas listas. Somos ecofeministas!», grita Villagrán desde el megáfono. El resto vitorea y aplaude. 

Las «guardianas ecofeministas» reconocen la necesidad de posicionarse desde este enfoque ante la coyuntura nacional e internacional. Líderes mundiales como los presidentes de Estados Unidos y Argentina, Donald Trump y Javier Milei, han rechazado la existencia del cambio climático y anunciado la salida de sus países de tratados mundiales sobre este tema, como el Acuerdo de París. 

«Estamos en un momento de retroceso de derechos humanos enorme, pero también de derechos de la madre naturaleza. (…) Es un momento de entender que la lucha por los derechos de las mujeres no puede ir separada de la lucha por un ambiente sano, justo, sostenible», indica Belinda Chá, mujer maya, estudiante e integrante de la Red de Jóvenes por el Agua. 

Algunas de las participantes portan carteles que hacen alusión al extractivismo que las comunidades viven ante la presencia de empresas mineras, hidroeléctricas y monocultivos como la palma africana. Entre las demandas del bloque ecofeminista se encuentra el fortalecimiento de un  marco jurídico que garantice la defensa de los recursos naturales y los territorios. 

También exigen la protección de las mujeres defensoras del territorio, basado en la ratificación del Acuerdo de Escazú

«Estamos en un momento de mucha criminalización a quienes defienden el territorio, donde hay una violación sistemática del mismo Estado a los derechos humanos», agrega Chá. 

Según el informe Global Witness, en 2024, Guatemala se convirtió en el país más letal para las y los defensores del territorio. Ese año, 20 defensores del ambiente fueron asesinados. Dos de ellos eran mujeres y, la mayoría, indígenas. 

Las «guardianas ecofeministas» denuncian la inacción del Estado (en especial, del gobierno actual) y de la sociedad frente a los conflictos socioambientales y la violencia ejercida a quienes defienden el territorio. En otro de los bloques, la Ministra de Ambiente y Recursos Naturales, Patricia Orantes, participa también en la marcha. Es la única integrante del gabinete del presidente Bernardo Arévalo que asiste. 

El actuar del gobierno actual «no es ajeno a administraciones anteriores. Reconocemos que han existido algunos avances en la materia como el cierre de las mineras en Izabal el año pasado. Sin embargo, consideramos que reconocer esos pasos iniciales no debe ser el punto de llegada, sino el punto de partida para fortalecer de manera más decidida las acciones», señala Naabi Mendonza, coordinadora del MEE. 

El camino solo inicia

El bloque llega al Parque Central a la una y media de la tarde. Las participantes guardan la manta y se colocan a un costado de la fuente. Allí, posan para una fotografía. Una sonrisa se mantiene en sus rostros durante los siguientes minutos. 

Las «guardianas ecofeministas» partirán rumbo a sus hogares con el compromiso renovado de continuar practicando las bases de su postura política: apostar por la sostenibilidad de la vida, la soberanía alimentaria y el reconocimiento de las labores de cuidado que sostienen a las comunidades y al cuidado de la naturaleza. 

Algunas de las participantes del bloque ecofeminista se toman una fotografía al finaliza la marcha. Foto: Kristhal Figueroa
Algunas de las participantes del bloque ecofeminista se toman una fotografía al finaliza la marcha. Foto: Kristhal Figueroa

Estos principios se manifiestan en acciones que ya existen en Guatemala y constituyen prácticas políticas y afectivas, como los modelos agroecológicos, las cooperativas, los mercados locales y los bancos de semilla

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«Estas iniciativas son maneras de decir que la vida no puede reducirse a mercancía. Que el alimento es vínculo, memoria y territorio. Resistir, entonces, no siempre se parece al enfrentamiento directo. A veces se parece a una huerta que crece en medio de la ciudad, a manos que transforman el maíz en alimento, a redes de mujeres que se acompañan y se sostienen», señala Ana Villagrán, de la fundación Oxlajuj N’oj. 

El ecofeminismo reconoce los saberes y prácticas ancestrales. Especialmente, de aquellas que protegen el territorio y autogestionan los recursos que brinda, sin dañarlo. 

«Es importante, un 8 de marzo, también reconocer a quienes tal vez no salen a marchar o no se identifican específicamente como feministas, pero cuidan los espacios que nosotras también habitamos», finaliza Belinda Chá. 

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Kristhal Figueroa

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