En la Zona Reina cuidan de los ríos para llevar energía eléctrica a sus comunidades

En lo profundo de la Zona Reina, en Quiché, donde el Estado rara vez llega y el olvido es parte del paisaje, las comunidades decidieron alumbrar su propio camino. Lo hacen por medio de microcentrales de energía eléctrica, construidas con sus manos y la fuerza de los ríos. Este modelo de energía comunitaria no solo ilumina las noches; también guía la resistencia, la autonomía y el cuidado del territorio.

La vida de las comunidades que conforman la Unión 31 de Mayo se transformó en 2012. Por primera vez desde 1998, cuando se asentaron en la Zona Reina, en el …

En la Zona Reina cuidan de los ríos para llevar energía eléctrica a sus comunidades
Foto: Alexander Martínez

La vida de las comunidades que conforman la Unión 31 de Mayo se transformó en 2012. Por primera vez desde 1998, cuando se asentaron en la Zona Reina, en el departamento de Quiché, 81 familias tuvieron acceso a la energía eléctrica. Lo lograron con sus propios medios, con la construcción de una microcentral abastecida por el agua de un río cercano.

Ese día la comunidad hizo una fiesta. Hubo música y la gente bailó de felicidad, recuerda el líder comunitario Cirilo Acabal. Por primera vez, podrían dejar de usar velas y pedazos de madera de ocote (Pinus montezumae) que encendían con fuego para acompañar las noches. Sus ojos dejarían de doler por el esfuerzo que implicaba intentar ver en la oscuridad.

A partir de ese día «todos los niños jugaban en el campo, bajo la luz. Ya podíamos caminar (en la noche) de un lado para otro. No era así cuando no teníamos luz. Solo nos manteníamos en la casa, no podíamos salir», relata Acabal.

Un territorio de desplazados

La Zona Reina nació —y así se ha mantenido—, como un territorio olvidado. Durante el conflicto armado interno en Guatemala la violencia estatal se dirigió hacia la población indígena. Tan solo entre 1975 y 1982, organizaciones de sociedad civil contabilizaron 263 masacres en Quiché. 

Como resultado, comunidades completas fueron desarraigadas de sus territorios y huyendo de la violencia se aislaron en las selvas del Ixcán y las montañas del norte de Chajul. La Organización de Estados Americanos (OEA) estima que unas 23 mil personas llegaron a ocupar estos territorios.

En 1990, seis años antes de la firma de la paz, estas poblaciones volvieron al ojo público y se autonombraron Comunidades de Población en Resistencia (CPR). Después de procesos complejos, algunas de ellas se asentaron en la Zona Reina, una región ubicada a unos 65 kilómetros de la cabecera municipal de San Miguel Uspantán, Quiché. En la actualidad a más de seis horas por carretera desde la capital.

La Zona Reina es un área montañosa de Quiché a donde llegaron a asentarse poblaciones desarraigadas por el Conflicto Armado Interno, quiens se organizaron en Comunidades de Población en Resistencia. Foto: Alexander Martínez, Agencia Ocote

Las 81  familias llegaron a este territorio sin acceso a servicios básicos, sin salud, agua potable o electricidad. Allí solo existían caminos de tierra con grandes pendientes, únicamente accesibles para vehículos con doble tracción. 

Hoy San Miguel Uspantán tiene una incidencia de pobreza general de 95.1 %, según la Secretaría de Planificación y Programación de la Presidencia de la República (Segeplan).

A pesar de este panorama, la comunidad buscó la forma de sortear el olvido de las autoridades.

La solución: microcentrales de energía

En 1999 Unión 31 de Mayo empezó a celebrar asambleas para buscar, en conjunto, una manera de garantizar su acceso a la electricidad. «Dijimos: no vamos a consultar con los gobiernos porque están en contra de nosotros. No podemos pedirles ayuda cuando ellos nos mataron», indica Acabal.

Lo conversaron con acompañantes de la cooperación internacional, especialmente con la Asociación Canaria Siembra, y así fue como concibieron la construcción de una hidroeléctrica comunitaria. En 2000 realizaron un estudio técnico para el proyecto.

Al definir su viabilidad iniciaron la construcción. Pero comenzaron los problemas: presiones de personas externas y la capacidad limitada de las autoridades comunitarias para gestionar el proyecto

Durante una década, el proceso se pausó. El 9 de octubre de 2010 la Zona Reina celebró una Consulta Comunitaria de Buena Fe. En ella, 25,270 personas rechazaron el ingreso de proyectos extractivos, como la minería y las hidroeléctricas. 

Las comunidades de la Zona Reina se han opuesto a grandes actividades extractivas como la minería o hidroeléctricas. Foto: Alexander Martínez, Agencia Ocote

Este evento motivó a los habitantes de la comunidad 31 de Mayo a retomar la construcción de la microcentral de energía dejada en pausa.

Con el apoyo del colectivo MadreSelva y organizaciones de la sociedad civil obtuvieron fondos de la comunidad internacional para mejorar la infraestructura ya construida.

También reactivaron la Asociación de Luz de los Héroes y Mártires de la Resistencia, el comité vecinal que se encargaba de manejar la construcción y manejo de la microcentral de energía. Fue cuando obtuvieron la personalidad jurídica.

En 2013 la microcentral comenzó a funcionar. Aquí el agua, tomada del río desde lo alto de la montaña, llega por medio de un canal y se convierte en energía. 

Ahora esta microcentral abastece a cinco comunidades: Unión 31 de Mayo, Xecoyeu, San Antonio La Nueva Esperanza, El Tesoro Nueve de Marzo y San Marcos La Libertad. Aproximadamente 500 personas tienen servicio de energía.

La autogestión del servicio eléctrico comunitario se realiza a través de la organización vecinal en las comunidades beneficiarias. Foto: Alexander Martínez, Agencia Ocote

«Para nosotros, la luz comunitaria no es únicamente el foco, sino que nos están alumbrando las ideas, el trabajo y la resistencia», dice Acabal.

El proyecto se ha replicado en tres aldeas más de la Zona Reina: Santa Ana La Taña, Lirio Putul y La Gloria.

Funcionamiento sin daño

El sistema toma  el agua necesaria directamente de la bocatoma del río Pajuil (llamado por los habitantes de la zona como río Putul) y el río Vega Satán.

«Estos sistemas se llaman microcentrales a filo de agua. [A diferencia de las grandes hidroeléctricas] el agua no se embalsa, sino que se hace una derivación. Es decir, solo se toma una parte que es la que se necesita para generar la energía. No se afecta el curso del río y solo se aprovecha lo necesario», explica Édgar Orellana, ingeniero del colectivo MadreSelva.

El agua llega por medio de un canal a un sistema desarenador. Este mecanismo también regula el flujo, disminuyendo su presión y captura sedimentos y hojas. Luego continúa su viaje por el canal y llega hasta un tanque. Finalmente, alcanza una tubería de presión y cae por una pendiente hasta llegar a la máquina que la convierte en energía.

Los habitantes de la Zona Reina crearon sus propias hidroelectricas para las cuales solo toman el agua necesaria del río. Foto: Alexander Martínez, Agencia Ocote
Los habitantes de la Zona Reina crearon sus propias hidroelectricas para las cuales solo toman el agua necesaria del río. Foto: Alexander Martínez, Agencia Ocote

En la máquina el agua mueve una turbina que moviliza una banda que a su vez hace girar un generador. Este produce la energía que sube a la red de transmisión. Allí, el transformador la convierte a un voltaje transportable por los cables. Los cables alcanzan otros transformadores cercanos a las viviendas y, de nuevo, lo transforman al voltaje adecuado para ingresar a las casas.

Cada asociación de luz comunitaria cuenta con, por lo menos, dos electricistas. Son jóvenes de la comunidad, que han sido formados en procesos con apoyo de MadreSelva. Ellos se encargan del manejo del sistema. También son quienes realizan las instalaciones eléctricas en los hogares.

Este trabajo ha significado también una nueva opción de vida para ellos, en una región marcada por la migración.

Uno de ellos es Juan Chen Simaj, de 29 años, electricista de la microcentral de Santa Ana La Taña. Antes de este trabajo era agricultor. Después de llegar a sexto grado de primaria, pensó: «Voy a llegar alto». Soñaba con cursar una carrera técnica en el Instituto Técnico de Capacitación y Productividad (Intecap). «Pero faltaron billetes», dice.

Los habitantes de la Zona Reina crearon sus propias hidroelectricas para las cuales solo toman el agua necesaria del río. Foto: Alexander Martínez, Agencia Ocote
El agua pasa por tubería que le da la caida necesaria para crear la energía eléctrica. Foto: Alexander Martínez, Agencia Ocote

Socios, no usuarios

Cada comunidad cuenta con una asociación de luz comunitaria, a la cual pertenecen todos los que reciben el servicio. Cada dos años, eligen a la junta directiva que los representará.

«Somos socios, no usuarios. Los socios hemos contribuido con cuotas, pero también con trabajo, desde el principio, cargando piedra y arena», explica Acabal.

Las normas de uso son reguladas por un reglamento, construido en colectivo y aprobado por la asamblea. En él se establece que la cuota mensual será de 50 quetzales (unos US$ 6.50) para cada hogar que recibe el servicio. Una parte del dinero es destinada al mantenimiento del sistema y el resto se guarda para atender alguna emergencia de la microcentral. Por ejemplo, si se arruina una pieza.

Las microcentrales hidroeléctricas son administradas por las comunidades en donde tienen electricistas capacitados para su mantenimiento. Foto: Alexander Martínez, Agencia Ocote
Las microcentrales hidroeléctricas son administradas por las comunidades en donde tienen electricistas capacitados para su mantenimiento. Foto: Alexander Martínez, Agencia Ocote

Tienen derecho a 25 kilovatios de energía al mes. Su uso es medido por un contador en cada hogar. Si se pasan de 35, deberán pagar Q10.

Es decir, que si utilizan 36 kilovatios, la cuota aumenta a 55 quetzales. Si el consumo sube a 37, se deberán pagar 60 quetzales. Y así, sucesivamente. 

Las microcentrales de energía eléctrica son acompañadas por todo un sistema de organización. Cada comunidad tiene también un comité de mujeres, uno de tierras y uno de agua que administra el pozo comunitario y su red de distribución.

Un proyecto replicado

La experiencia de la microcentral en 31 de Mayo inspiró a otras aldeas a construir sus propios sistemas de energía. En 2015 la aldea El Lirio Putul inauguró también su turbina hidroeléctrica, que hoy abastece a 90 familias.

La comunidad El Lirio Putul sueña con ampliar el proyecto, que levantó con el acompañamiento técnico, político y legal de MadreSelva. «Estamos soñando con otra [máquina] para tenerla ahí», explica Juan Santiago Ramírez, de 47 años, presidente de la asociación.

Un año después, en 2016, la aldea Santa Ana La Taña inauguró también su propia microcentral. Es administrada por la Asociación Civil Maya Luz Comunitaria Nuevo Amanecer (Amaluna).

El proyecto se logró después de cinco años y medio de trabajo, explica Francisco Tuit Max, de 64 años. 

Modelo de hidroeléctrica que ha sido replicada en varias comunidades de la Zona Reina. Foto: Alexander Martínez, Agencia Ocote
Modelo de hidroeléctrica que ha sido replicada en varias comunidades de la Zona Reina. Foto: Alexander Martínez, Agencia Ocote

«Toda la gente se puso contenta porque funcionó muy bien. Cuando terminó el trabajo hicimos una gran fiesta. Había música y otras comunidades vinieron. Nos alegramos mucho porque nunca habíamos visto así [a la comunidad] y cambió tanto», recuerda.

La microcentral abastece a 515 asociados de tres comunidades: El Tesorito, Montecristo y La Taña. Pagan 31 quetzales (poco más de cuatro dólares) al mes por el servicio. También suministra energía a los negocios, las iglesias, la escuela, el cementerio y el centro de salud, quienes pagan 100 quetzales (casi 13 dólares) mensuales.

En 2017, la comunidad La Gloria inauguró también su microcentral. Casi ocho años después, el proyecto abastece a 110 asociados.

Los proyectos han enfrentado dificultades. Principalmente derivadas de los efectos de la crisis climática. En 2024, el verano prolongado provocó que la captación de agua disminuyera y, con ella, la capacidad de producir energía.

Esto ha obligado a las asociaciones a realizar mejoras en sus sistemas. En La Gloria, por ejemplo, construyeron un segundo tanque.

«Si viene otro verano así, ya estamos preparados», explica Delfino Gamarro, presidente de la asociación de luz comunitaria.

El cuidado de los recursos es fundamental para las comunidades de la Zona Reina pues saben de la necesidad de los mismos para su subsistencia. Foto: Alexander Martínez, Agencia Ocote
El cuidado de los recursos es fundamental para las comunidades de la Zona Reina pues saben de la necesidad de los mismos para su subsistencia. Foto: Alexander Martínez, Agencia Ocote

La llegada de la luz comunitaria transformó la vida de los habitantes de estas comunidades. Los niños y niñas pueden estudiar sin interrupciones y las familias pueden utilizar electrodomésticos. Durante las noches, el alumbrado público permite que la población transite las calles sin problema. 

Además, en La Taña, se inauguró el primer aparato de ultrasonidos para mujeres en el centro de salud.

Este servicio también permitió la apertura de negocios, que han brindado nuevas oportunidades.

«Ya se hace panadería. Algunos pusieron talleres de soldadura. Hay familias que no tenían donde trabajar porque no tenían terrenos, pero ahora tienen sus negocios de helados y salen a vender», dice Francisco Tuit.

Las asociaciones de luz comunitaria sueñan con ampliar el servicio y prepararse para el crecimiento demográfico. Mientras tanto, MadreSelva trabaja junto a la población en la construcción de dos microcentrales más, que abastecerán a 15 comunidades de la Zona Reina.

El cuidado de los recursos es fundamental para las comunidades de la Zona Reina pues saben de la necesidad de los mismos para su subsistencia. Foto: Alexander Martínez, Agencia Ocote
Las comunidades cuidan y administran sus centrales hidroeléctricas. Foto: Alexander Martínez, Agencia Ocote

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Para los habitantes de la Zona Reina, las microcentrales de energía eléctrica son un logro del esfuerzo comunitario y un ejemplo para otras comunidades. «Es bastante emocionante porque va amarrando a otras comunidades. El proyecto es importante porque no esperamos a ninguna empresa», dice Mario Chic Paul, de 48 años, uno de los líderes que logró la construcción del proyecto en La Gloria.

En palabras de Cirilo Acabal: «Trabajar por la luz comunitaria es luchar para mejorar nuestra situación y la de nuestras nuevas generaciones». 

Kristhal Figueroa

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