Después de las tormentas

Jimmyttei y el pantano que aceptamos de país
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Los gobiernos de Jimmy Morales y Alejandro Giammattei tienen varias cosas en común, de las más evidentes y oscuras da cuenta este texto que, también, nos interpela como ciudadanos pasivos ante algo parecido a un barranco.


Ha de ser bonito eso de tener un país, y gente que lo quiera de verdad.

Me rehúso a creer que el único estímulo para administrarlo sea el enriquecerse y olvidarse para siempre de las penas económicas. Alguna motivación más noble debería existir en cuanto al sentido del deber; al deseo genuino de contribuir a construir una Guatemala diferente.

Sin embargo, llevamos dos gobiernos consecutivos cuyos presidentes han perdido el rumbo casi de inmediato.

Podrá ser porque la ciudadanía, esa que cree que vive en democracia por ser convocada a elecciones cada cuatro años, maneja pésimos criterios a la hora de escoger candidatos, o bien porque el sistema político -así como está diseñado- no nos deja muchas alternativas al momento de elegir y abre las puertas a mafiosos o buenos para nada, para que alcancen así las posiciones políticas más importantes de nuestra sociedad.

Sea lo que fuere, lo cierto es que siguen siendo nuestras decisiones, nuestra desidia y nuestra falta de interés, las razones por las cuales nos mantenemos estancados, cual venado atrapado en un pantano. Los mismos mafiosos se alternan para llegar al poder, mientras nos ahogamos conformes, tranquilos, en el fango de nuestra propia indiferencia.

Analizándolo con detenimiento, Jimmy Morales y Alejandro Giammattei tienen mucho en común. Ese mote de “Jimmyttei” con que lo bautizaron en las redes sociales, no solo es una graciosa ocurrencia, sino una triste verdad.  

En una sociedad con un mínimo de madurez política -o al menos consciente-, ambos personajes jamás hubieran acariciado siquiera la posibilidad de convertirse en dignatarios de un país. El primero, un comediante bastante malo cuya fama la alcanzó a través de la patética televisión nacional, y el segundo, un ex carcelario con título de médico colgado por gusto en la pared, pero que logró sostener una próspera carrera de veinte años como candidato presidencial.

Mas esta Guatemala de paisajes, lagos y volcanes que enorgullece a tantos, se sigue aferrando a meras apariencias, argumentos e ideas ingenuas sobre quién sí y quién no debe gobernarnos. De esa cuenta, ayudó a estos dos personajes a cumplir con su sueño de portar orgullosos la banda presidencial.

Ninguno de ellos llegó al poder con algo parecido a un programa de gobierno bajo el brazo; a los dos les tocó improvisar, cosa maravillosa para la gran patronal, pues no le ha sido difícil manejarlos como títeres al servicio de sus intereses. Así pues, esta seguidilla de gobiernos conservadores, proempresariales y temerosos de Dios, han ido paulatinamente enterrando cualquier esperanza porque predomine el desarrollo para todos, la justicia y la lucha contra la impunidad.

Su oposición hacia cualquier intento por perseguir la corrupción ha sido más notoria, en ambos casos, cuando el escrutinio público alcanzó a sus cercanos. A Morales no le gustó que la justicia tocara a su hermano y a su hijo, mientras que Giammattei perdió la cordura cuando los medios evidenciaron que su querido Miguel Martínez jugaba en su gobierno un rol más influyente que el vicepresidente mismo.

El asunto es que pasan los años, se cumplen períodos de gobierno y este país no sale del pantano. En casi cinco años y medio no hay siquiera una política pública que nos permita creer, aunque sea remotamente, que tan solo uno de nuestros graves problemas estructurales vaya a empezar a atenderse. No hay voluntad, ni interés de disminuir la enorme brecha de desigualdad que nos afianza cada vez más en el tercermundismo.

Solo Giammattei y sus aliados se alientan entre sí con los números macroeconómicos, que a su criterio son indicadores de que las cosas estarán bien. La realidad notoriamente es otra. Y mientras insisten en impulsar su “reactivación económica”, este gobierno sigue siendo tan mediocre e inoperante como el de su antecesor.

No era tan difícil superar a Jimmy Morales. Tan solo bastaba un poco de sentido común y voluntad para echar a andar lo mínimo. La pandemia se pudo enfrentar de mejor manera, así como las secuelas de los últimos fenómenos socio ambientales que afectaron el país. La desnutrición es un tema que genera aliados y empatía, pero priorizó la obra gris, junto con la latente intención de trasladar el manejo de la crisis sanitaria al sector privado, ahí donde se abren las puertas a los negocios turbios y el enriquecimiento ilícito.

Y como guinda al pastel, la mitomanía y falta de criterio de Giammattei lo hacen quedar no solo en constante vergüenza, sino en ridículo dentro y fuera de nuestras fronteras.

¿Y nosotros? Nosotros seguimos acá en silencio, inertes y pasivos, hundiéndonos en este pantano que lleva por nombre Guatemala; barriendo con escoba el agua de una leve lluvia que amenaza con convertirse siempre en un desastre.

Ha de ser bonito eso de tener un país, y gente que lo quiera de verdad.


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FERNANDO BARILLAS SANTA CRUZ

Periodista que ha aprendido a utilizar las letras como revolver y puente. Crítico de su país, aunque aún confía que el amor de pronto haga el milagro. Poeta clandestino, viajero cuando puede y soñador irremediable. Consultor en comunicación e integrante de Antigua Al Rescate.


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