Después de las tormentas
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La Semana Santa con otros ojos
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La Semana Santa es una referencia cultural en Mesoamérica, por el significado en sí, pero sobre todo por el sentido que cada comunidad le ha dado. Sobre leerla desde ángulos diversos e imaginarla de manera crítica y sensible, trata esta visión de un cercano cucurucho.


Desde hace un año, la lanza con punta de hojalata que me acompaña a recorrer las calles empedradas de La Antigua Guatemala cada Viernes Santo ocupa un lugar especial en mi sala, junto con mi condecoración de Jesús de La Parroquia y un Niño Dios vestido de inca, traído del Cusco y que un día espero poder vestir de cucurucho.

Decidí colocarla ahí para darle forma a la nostalgia que me invade cuando recuerdo que, así como en el 2020, no regresaré otra vez impregnado de olor a incienso, con la frente tostada por el sol y los pies cansados. Es una manera de aceptar lo que es, aunque no deje de doler.

Este rinconcito de mi casa funge asimismo como altar, un espacio sagrado a donde me acerco, en ocasiones con frecuencia, en otras no tanto, buscando contribuir con mi equilibrio espiritual o para encender una vela que me permita entender con claridad las incertidumbres y contradicciones que me alcanzan en la vida.

Soy cucurucho desde los seis años y es la principal herencia que en vida me ha dejado mi mamá. Esa vez que, de su mano, la acompañé a cargar a la Dolorosa de San José en su turno de Portal del Comercio, fue el comienzo para mí de un camino que me ha permitido comprender la riqueza y magia de esta tradición, más allá de su naturaleza religiosa.

Resulta que no me considero católico, a pesar de ser bautizado. Fui practicante religioso por muchos años, de niño quería ser cura y pertenecí al coro de la Hermandad del Señor Sepultado de Santo Domingo durante mi adolescencia. Mas con el tiempo aprendí a desligar espiritualidad de religión: creo que el concepto de pecado nos ha convertido en una sociedad agresiva, lastimada y llena de miedo, y que la única manera de liberarse y alcanzar paz plena es a través del encuentro consciente con uno mismo. La espiritualidad es un aprendizaje constante, que acaba quizás solo con la muerte.

He aprendido a ver las procesiones con otros ojos, a participar en ellas desde lo mundano y lo espiritual. Pasan las Cuaresmas y la fe de las personas me sigue conmoviendo. La Semana Santa se vuelve una tabla de salvación para la gente, un medio por donde puede a través del olfato, el oído, el tacto, el gusto y la vista, manifestar públicamente sus penas y su dolor, pero también su gratitud, ilusiones y esperanzas.

Por eso un año atrás, cuando en la antesala al tercer domingo de Cuaresma se cancelaron todas las actividades públicas de fe a causa del COVID-19, el impacto fue indescriptible en la feligresía y en quienes entendemos la importancia de la cultura popular tradicional. Y aunque al igual que hoy dichas medidas fueron -y siguen siendo- necesarias, lo que muchos no alcanzaron a dimensionar es que el pueblo se quedó sin su fiesta nacional.

Cuando nos referimos a una fiesta, inmediatamente se nos viene a la mente alegría, rumba, comida, diversión, regocijo; reuniones de mucha gente, todos celebrando alrededor de una fecha, una persona o un acontecimiento. Entonces, pareciera absurdo calificar a la Semana Santa de Guatemala como una fiesta, pues a primera vista no es una celebración sino una conmemoración para recordar el martirologio de Cristo, allá en el Gólgota.

Los colores de la época llaman al luto y la penitencia, por donde desfilan los cortejos no hay música estridente sino marchas fúnebres; no existen grandes banquetes, sino curtido y alimentos sobrios en señal de abstinencia. En teoría no debería haber diversión ni gozo, sino reflexión y recogimiento espiritual.

No obstante, la Semana Santa ha evolucionado en la psiquis colectiva, convirtiéndose en un tiempo de alegría esperado ansiosamente por mucha gente, que encuentra en ella una oportunidad para reencontrarse con familia, amigos o seres queridos en el contexto de una procesión, alrededor de la elaboración de una alfombra o como pretexto para la búsqueda de espacios de esparcimiento que ayuden a escapar un poco de lo difícil que representa vivir o sobrevivir a este país.

Por supuesto, resulta innegable que existen personas que esperan este tiempo litúrgico para reencontrarse con sus formas de fe. No podía ser de otra forma, pues es una tradición con raíz religiosa. Mas lo que queda en evidencia es que, para muchas y muchos guatemaltecos, la Semana Santa se ha constituido en una fiesta, su fiesta. La gente parece disfrutar la práctica de su tradición en vez de asumirla como un período de estricta contrición.  Sin haber hecho la fe necesariamente a un lado, ha decidido vivirla como una festividad, que espera con ansias durante todo el año.

Pues bien, la posibilidad de ver la Semana Santa con un enfoque distinto, también la han entendido otras personas. Gracias al atrevimiento de algunos cucuruchos y pensadores que se han animado a romper el molde de pensamiento tradicional, hoy tenemos la oportunidad de observar que en ella se han ido abriendo camino expresiones, personas y corrientes, no alineadas necesariamente con los dogmas y visiones conservadoras de la iglesia católica, que permiten descubrir nuevas realidades, llenas de profundidad, y que develan una fotografía actualizada de la sociedad que tenemos, con sus encrucijadas y contradicciones.

Como bien afirma Luis Méndez Salinas, aún hay quien cree que los cucuruchos cargan para aliviar sus culpas. Aún hay quienes ven con desconfianza o con actitud de franco menosprecio a quienes participan de los rituales tradicionales. Por otro lado, hay cargadores que no aceptan una lectura abierta de las tradiciones, alimentada por la historia, la estética y la teoría social.

Por esa razón nos hemos encarrilado, junto con Luis y Mauricio Chaulón, en un proyecto para recopilar y compartir visiones que trascienden la óptica tradicional, romántica y devocional de la Semana Santa, que le permiten a un público más amplio acercarse a la tradición, eso sí, si es capaz de dejar por un lado -aunque sea por un rato- los prejuicios, creencias y descalificaciones que inevitablemente surgen cuando entendemos lo que suelen provocar las religiones en nuestras sociedades.

Así pues, analizar la Semana Santa desde otras miradas se hace importante para comprender por qué dentro de ella se construyen puntos de encuentro siendo una sociedad tan polarizada, y por qué ha sido capaz de adaptarse a los nuevos tiempos y a las condiciones sociales y económicas del país allende sus circunstancias y dogmas. Por momentos nos hace parecer más tolerantes e incluyentes, pero también nos desnuda en nuestro conservadurismo y rigidez. En síntesis, nos refleja como lo que somos: un país en constante contradicción.

Entender la Semana Santa es entendernos como sociedad: es tener la posibilidad de ver una radiografía profunda de nuestras entrañas y darnos cuenta de que podemos aspirar a algo mejor de lo que somos como colectivo.

Por eso, repensarla y reflexionarla de cara a los nuevos tiempos es necesaria, como se hacen necesarios los ritos y tradiciones que giran a su alrededor, en medio de estas formas de vida cada vez más cercanas a lo efímero y más ajenas al espíritu.

Los cucuruchos y la feligresía nos quedaremos otra vez sin nuestra fiesta. Las túnicas se quedarán guardadas un año más y las jacarandas seguirán floreciendo frente a nuestros ojos desde la orfandad. Pero, al menos, tendremos tiempo para leer y descubrir que, a través de la Semana Santa, podremos vernos al espejo.

Mi lanza y mi medalla, en tanto, continuarán ahí, hasta que la espera finalice. *


*Un pueblo frente al espejo: Nueva Narrativa de la Semana Santa guatemalteca, es una compilación de ensayos y fotografías disponible ya a través de Catafixia Editorial, la tienda Casa de Oro y librerías de prestigio. Es la primera producción de Maíz y Olivo Ediciones y la Asociación Guatemalteca de Cucuruchos Seculares.


[Te puede interesar: Un año “a su manera”, una columna de Fernando Barillas]


FERNANDO BARILLAS SANTA CRUZ

Periodista que ha aprendido a utilizar las letras como revolver y puente. Crítico de su país, aunque aún confía que el amor de pronto haga el milagro. Poeta clandestino, viajero cuando puede y soñador irremediable. Consultor en comunicación e integrante de Antigua Al Rescate.


Las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan los criterios editoriales de Agencia Ocote. Las colaboraciones son a pedido del medio sin que su publicación implique una relación laboral con nosotros.

 

 

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