El cuerpo recuerda: mujeres Achi, cuatro años después de la sentencia

Cuatro años después de la primera sentencia histórica por violencia sexual contra mujeres maya Achi, de Rabinal, Baja Verapaz, ellas siguen a la espera del cumplimiento. Los responsables continúan libres, las reparaciones que se dictaron no se implementan y el miedo se reactiva constantemente en sus cuerpos. Esta crónica recorre sus casas, su comunidad y narra lo que ellas dicen que sienten, también su fuerza, su legado y sus silencios.

El miedo no entra de golpe. Camina despacio, como caminan las mujeres Achi cuando regresan a su casa al caer la tarde. A veces se parece al ruido de pasos …

El miedo no entra de golpe. Camina despacio, como caminan las mujeres Achi cuando regresan a su casa al caer la tarde. A veces se parece al ruido de pasos que no están. Otras, al silencio que se instala cuando alguien se acerca demasiado. 

En Rabinal, departamento de Baja Verapaz, el miedo no es una memoria lejana ni una historia que se cuenta en pasado, es una sensación que vuelve cada vez que, por ejemplo, el Estado recurre a las figuras de control y decreta un estado de sitio.

Los cuerpos, sobre todo el de las mujeres que vivieron el Conflicto Armado Interno, recuerdan y se activan antes que las palabras.

«Así fue como inició», dice Pedrina López.

López no levanta la voz. No dramatiza. Lo dice como quien nombra algo que ya sabe que no necesita explicación. Habla despacio, con pausas largas, como si cada frase necesitara acomodarse antes de salir. 

López vive ahora en Guachipilín, Rabinal, pero es originaria de la aldea Paoj. Es maya Achi. Su casa está en proceso de reconstrucción. La cocina estaba muy dañada y apenas empieza a levantarse otra vez. Las paredes comienzan a tomar forma, hay láminas improvisadas y algunas varas sostienen lo que será un techo.

Mientras tanto, cocina con leña en un espacio apartado del patio. El humo queda como suspendido en el aire, mientras los hijos de López avanzan poco a poco con la construcción. No hay prisa. La vida sigue, incluso en medio de lo inconcluso.

Cuando el equipo de Agencia Ocote al que le permitió visitarla le menciona que se tomarán fotografías, el miedo aparece antes que la incomodidad. López indica que no es por la cámara, sino por el contexto. El estado de sitio que en enero decretó el presidente Bernardo Arévalo, la tiene inquieta. 

Los agresores —o los familiares de quienes violentaron a las mujeres Achi durante la guerra— viven en las mismas comunidades. No son figuras abstractas del pasado, caminan las mismas calles, van al mismo mercado, se cruzan en los mismos caminos.

«Me da miedo salir», dice López. Ese miedo que siente es por ella y por sus hijos. También siente miedo por sus nietos. El presente se le cruza con el pasado sin pedir permiso.

El 24 de enero de 2022, el Tribunal de Mayor Riesgo A condenó a cinco exparamilitares a 30 años de prisión por violencia sexual y delitos contra los deberes de humanidad en contra de cinco mujeres maya Achi.

En enero del 2025, también se desarrolló un segundo proceso judicial y se dictó una segunda sentencia contra otros tres exparamilitares.

López cuenta que tenía doce años cuando sufrió agresión sexual  por exPatrulleros de Autodefensa Civil (PAC). Era la hermana mayor de cinco. Sus padres habían sido asesinados durante el Conflicto Armado Interno —por el Ejército o por expatrulleros, eso nunca se logró esclarecer— y tras esa pérdida, se fue a vivir con una tía que ya tenía seis hijos. Había demasiada carga, demasiada pobreza, demasiado silencio.

A López le pidieron que se casara pronto. Ese matrimonio fue otra forma de violencia. 

Cuenta que su esposo era alcohólico. La golpeó durante años. Con él tuvo varios hijos. Cuatro murieron como consecuencia directa de la violencia que vivía en esa casa. Hay pérdidas que no siempre nombra con claridad: abortos, muertes tempranas, silencios largos. «Con él nunca tuve felicidad», repite más de una vez, como una constatación.

Once años duró ese matrimonio. Cuando el hombre murió en un accidente, López sintió alivio. Lo dice sin culpa. Incluso se ríe cuando muestra fotografías de ella cuando era joven, trabajando en una maquila en la capital de Guatemala. 

Hay una imagen en particular que dice que le gusta. «Ahí ya estaba medio soltera», bromea. La risa no borra lo vivido, pero lo acomoda para poder seguir.

Hoy tiene cinco hijos más, de otra relación. De ese hombre no habla. No dice si es su esposo, si está vivo o muerto. No es un vacío: es un límite. El silencio también es una forma de cuidado para ella.

López parece acostumbrada a hablar en público. En la inauguración de la exposición Humanas fue ella quien dio las palabras en representación de las mujeres Achi. Pero no siempre fue así. El proceso judicial propició convivir con otras mujeres que no conocía. Mujeres que habían pasado por lo mismo. Mujeres que cargaban historias similares, aunque nunca se hubieran encontrado antes.

Durante el juicio de la primera sentencia, que se logró hasta el 2022, López tuvo que quedarse un mes completo en la capital para asistir a las audiencias. Estuvo lejos de sus hijos, preocupada por ellos todo el tiempo. Cuando los vecinos preguntaban por ella, sus hijos respondían que estaba haciendo mandados. No se hablaba del proceso ni del abuso; el silencio seguía siendo una forma de protección.

En un momento clave del proceso, la jueza Claudette Domínguez —titular del Juzgado de Mayor Riesgo A— decidió archivar permanentemente el caso contra tres de los acusados y cerrar provisionalmente las investigaciones contra otros cinco. 

Esa decisión no fue solo un golpe jurídico, fue una humillación para las mujeres, que habían viajado desde sus comunidades a la capital buscando justicia. En una de las audiencias de 2019, los responsables salieron caminando detrás de ellas, mientras ellas permanecían expuestas, esperando que el tribunal reconociera su palabra. 

El dolor, la indignación y la frustración fueron profundas. Ese episodio incluso desencadenó una denuncia por racismo contra la jueza, presentada por el trato discriminatorio hacia las mujeres y sus abogadas mayas.


Cuatro años después de la sentencia histórica por violencia sexual contra mujeres Achí, los responsables siguen libres y las medidas de reparación que se dictaron en el juicio no se han cumplido. En mayo de 2025, los abogados de los señalados de cometer los crímenes  interpusieron nuevas apelaciones. La justicia avanza, pero lo hace lento. A veces parece retroceder.

Durante una reunión íntima realizada en Rabinal, para conmemorar el cuarto aniversario de la primera sentencia por este caso, las mujeres hablaron en Achi para nombrar el enojo, la tristeza, la indignación y el cansancio que deja un proceso que parece no acabar. 

Recordaron con dolor el episodio que vivieron con  la jueza  Domínguez, que casi desestimó el caso y cómo, en la audiencia de 2019 y los responsables salieron caminando detrás de ellas. 

Cuando López recibió su fotografía, que forma parte de la exposición Humanas, se levantó y habló en español, un gesto deliberado para quienes la acompañaban. Volvió a nombrar el miedo, recordó cómo los estados de sitio reactivan sus recuerdos y todo lo que vivió, lloró y agradeció. El dolor seguía ahí, pero también la dignidad.

Memoria alojada en el cuerpo

Estéfana Tecú Ojom vive en la aldea Nimacabaj, a seis kilómetros del centro de Rabinal. Desde la ruta principal, el trayecto hasta su casa es a pie, entre diez y quince minutos por senderos estrechos que se internan en la comunidad. El camino no es recto. Hay curvas, subidas, piedras sueltas e incluso un riachuelo que en temporada de lluvia hace difícil atravesarlo. 

Agencia Ocote también concretó esta visita con el equipo que acompaña a las mujeres, como parte de la documentación y entrevistas en el marco del aniversario de los cuatro años de la sentencia. 

El día que el equipo llegó a la casa de Tecú,  ella esperaba al inicio del sendero, conversando con un hombre de la comunidad. 

La psicóloga del caso, Melissa González, que acompañó la reunión con Agencia Ocote, la saludó rápido y le pidió permiso para seguir adelante. Más tarde ella explicó que era una forma de cuidarlas, de no llamar la atención, de protegerlas frente a otros vecinos.

El cuidado no siempre es visible o se nombra. A veces solo se resume en esos pequeños gestos, como seguir caminando.

Tecú sonríe casi todo el tiempo. Habla mucho. No camina despacio. Mientras avanza, comenta en Achi sobre los policías asesinados recientemente en Rabinal, sobre la violencia, sobre la ausencia de justicia. El estado de sitio que tiene vigencia desde enero, también le provoca temor. «Es como antes», repite.

Antes de la entrevista, Tecú se cambia de ropa. Se peina. Dice que no quiere aparecer con el mismo güipil que usó el día anterior en otra actividad. Se sienta en su silla favorita, junto a la puerta de la casa. Dice que cuando muera quiere que allí pongan velas y flores. A su lado hay una sillita pequeña donde se sienta su nieta de seis años. Conversan de todo. La vida sigue.

Avanza la entrevista, pero hay cosas que no se dicen en esa conversación. No porque no existan, sino porque no siempre pueden ser nombradas. No se le pregunta por la violencia que vivió durante el conflicto. No es el momento de activar ese recuerdo.

Ese recuerdo no aparece durante la primera parte de la entrevista, llega después, en voz de la psicóloga que la acompaña, mientras nos alejamos de su casa rumbo a otra visita. González recuerda el día en que Tecú le contó que fue abusada por los paramilitares.

Era de noche. Llevaba en brazos a su hija recién nacida. Buscaba ayuda para amamantar, tenía mastitis y el dolor no la dejaba. Ocurrió en la calle, en la oscuridad, en 1983, en un contexto de estado de excepción donde la violencia se imponía como norma.

Tecú no entra en detalles. No hace falta. El cuerpo se tensa igual. Habla del juicio. Del mes que pasó en la capital. De la sentencia que siente tan cercana que cree que ocurrió el año pasado. 

Habla también de su familia. De cómo en su casa no se habla de lo sucedido. De cómo, durante años, solo pudo hacerlo con una de sus hijas.

Esa hija, la misma que llevaba en brazos la noche en que fue abusada, murió hace dos años, por dengue.

Cuando Tecú dice el nombre de su hija se conmueve y la entrevista se rompe. No hacen falta más explicaciones.  Se hace una pausa larga. La psicóloga se levanta de su lugar y sin decir nada,  abraza a Tecú y le ofrece una ramita de ruda, una planta aromática que se usa en la medicina tradicional y que ella sostiene entre sus manos durante el resto de la entrevista. 

Tecú dice que puede continuar con el relato, pero nadie apura el momento. El silencio también es parte del acompañamiento.

Esa noche, después de la visita del equipo y la psicóloga, previo al inicio de las actividades que se tenían programadas para la conmemoración de la sentencia, Tecú se enfermó. 

Logró participar  en la primera parte  del homenaje y como el resto de mujeres recibió su fotografía que se expuso en la muestra Humanas, pero dijo que se sentía peor. Hasta ese momento había permanecido sentada acompañada de su nieta Azucena, pero pidió que la llevaran al médico.

Varias mujeres se levantaron con ella. La rodearon. La ayudaron a caminar. Una de las abogadas, Abelina Osorio se acercó y ofreció su carro para trasladarla.

Mientras caminaba hacia el carro, Vicenta Tecú Ojom, su hermana, se levantó y se acercó a ella.

Las hermanas  no se hablan desde hace años por conflictos familiares. Aun así, Vicenta le sobó la pierna a su hermana e intentó cargarla junto con las otras mujeres. Se le notaba la preocupación en el rostro, la urgencia en las manos. 

El distanciamiento entre ellas no desapareció. Pero el gesto estuvo ahí. El cuerpo reconoció al otro cuerpo antes que la palabra.

El diagnóstico médico concluyó en  una infección estomacal. Nada grave. Pero el episodio dejó claro algo que la psicóloga González repite a menudo: «el cuerpo recuerda. El cuerpo pasa factura cuando la memoria se activa. La violencia no termina con la sentencia.»

El susto que queda en el cuerpo

Las mujeres Achi no hablan solo de miedo. Hablan del «susto». La  psicóloga del caso, lo explica como «una afectación profunda que no se queda en la memoria, se instala en el cuerpo». 

El susto enferma, provoca dolores, diarreas, temblores, cansancio extremo. Aparece cuando algo del presente toca una herida del pasado. Una patrulla, un uniforme, una orden, una noticia sobre violencia. El cuerpo reacciona como si todo estuviera ocurriendo otra vez. Eso pasó con Tecú explica la psicóloga.

El susto no termina con la sentencia. No basta con la justicia en los tribunales y sus fallos. Para las mujeres Achi, el miedo se instala en el cuerpo, se despierta en un gesto, en un olor, en una sombra. Es un recuerdo que vuelve una y otra vez, y que obliga a seguir sosteniéndose, acompañándose y viviendo.

Vicenta Tecú Ojom: la mujer que no se rinde aunque tenga miedo

Antes del episodio entre las hermanas Tecú Ojom el día del homenaje de los cuatro años de la sentencia, el equipo también pudo conversar con Vicenta Tecú Ojom, que ahora tiene setenta años. Vive en la aldea La Hacienda, en Nimacabá, Rabinal. En la entrada de su casa hay una yegua amarrada, varios perros y un burro. 

Tecú Ojom es bajita, delgada, habla suave y también sonríe mucho.

La entrevista se hace en el corredor de la entrada de la casa. Hay una marimba abandonada, cuenta que su esposo era marimbista; ahora el instrumento sirve para poner cosas. 

Ese espacio, dice, es su lugar favorito para descansar. Se sienta en una silla plástica, mientras otra de sus hermanas ocupa la del extremo de la mesa. Habla poco español, su idioma materno es el Achi. Se esfuerza en formular algunas frases pero al final se disculpa, quería decir más, pero con lo poco dijo mucho. 

Como las anteriores entrevistadas, también habla del proceso judicial, del mes en la capital y del día de la sentencia. Recuerda que estaba recién operada de los ojos y usaba lentes oscuros, cuando levantó el puño y gritó «justicia» junto a sus compañeras, frente a los medios. Sonríe al recordarlo.

Pero Tecú Ojom  también habla desde el miedo que no se va, incluso después de la sentencia. Ese miedo no se borra con el fallo; sigue vivo, silencioso, atento a todo: que la graben, que la vean, que la maten, que quemen su casa, que vuelvan. 

La sentencia no es un final feliz aquí: es un respiro parcial.

Su relato también es memoria de lo material, del despojo que la guerra dejó en lo cotidiano. Se fue con tres hijas, dejó al esposo, perdió la casa, el agua, la tinaja, la comida. Volvió y «ya no hay nada». La tinaja rota, la casa cubierta de monte, el agua perdida: objetos que contienen la memoria de la violencia.

Y aun así, Tecú Ojom sigue. Repite una y otra vez: «ya no solo yo», «hay más compañeras», «juntas vamos». No es un discurso aprendido sobre sororidad: es estrategia de supervivencia. Sigue porque otras la sostienen; porque si no, se cae —literal y emocionalmente— porque sola no podría. Cada gesto colectivo es una resistencia.

El sistema judicial estuvo cerca de borrarlas de la historia oficial, con jueces que no escuchaban sus demandas, papeles que se perdían, denuncias desestimadas, sus palabras catalogadas como «mentiras». 

Cuando se le pregunta por qué es importante que se conozca la verdad de las mujeres Achi, responde que lo que vivió no solo pasó en Rabinal. Muchos pueblos lo vivieron, también dice que  es importante conocer esos casos para los nietos. Dice que la sentencia sirve para que otras mujeres, en Nebaj, en Cobán, en otros lugares, también puedan tener justicia. No solo ellas. Todas.

Antes de despedirse, Tecú Ojom  se levanta y regresa con  un canasto rebosante de pixtones -a base de maíz- y atol de arroz en leche. Se disculpa porque están fríos; dice que los preparó temprano. 

Para las  abogadas del caso mujeres Achi, Hayddé Valey y Abelina Osorio, la sentencia existe, pero está incompleta, porque las reparaciones no se han cumplido. 

Recuerdan que un mural pintado como parte de las medidas de reparación fue borrado y eliminado del espacio público por orden del alcalde municipal de Rabinal, Octavio Paz. Para las mujeres, ese fue un claro mensaje  contra ellas y su historia.

Otras medidas incluyen planes y puestos de salud, petición de disculpas públicas, producir un documental con su historia, también reformar el Currículo Nacional Base para que incluya memoria histórica para estudiantes, entre otras.

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Paulina Ixpatá y el cuerpo colectivo de la memoria

Paulina Ixpatá Alvarado vive a unos cuarenta y cinco minutos de Rabinal, por un camino de terracería. La comunidad está al pie de un barranco; su casa queda al inicio de la cuesta. 

Es más reservada que las otras entrevistadas. Su mirada es profunda. Ese día había pasado horas preparando tamales para la cofradía de la iglesia de San Pablo, eran entre dos y tres mil tamales, relató. 

Está cansada, pero toma la palabra y habla que  sobrevivió a las masacres. Tiene apoyo familiar y se ha convertido en portavoz de las mujeres Achi. Representa a sus compañeras, al bufete jurídico, a sus muertos. Sabe que su voz tiene peso. 

Como las otras, dice que también vive con cautela. En silencio. Los familiares de los agresores siguen cerca. El miedo no se ha ido y solo se administra.  Ixpatá  ha logrado acceso a más herramientas que le permiten  hablar de lo que vivió. También cuenta con más apoyo familiar y más experiencia en entrevistas que otras de sus compañeras.

Si sobrevivió a las masacres, dice, es porque ahora tiene una misión: ser portavoz de sus difuntos.

Ella dice que entiende su papel político. Lo asume. Ha sido una de las voces más críticas del proceso. Representa, de alguna manera, el vínculo entre las mujeres y el bufete que las acompaña. Nombra las fallas del sistema judicial y dice que los perpetradores no son solo los expatrulleros, sino un Estado que no les creyó durante décadas.

En el homenaje de la sentencia, Ixpatá observa los cuerpos de las mujeres sentadas, de pie, caminando entre gestos de cuidado. Cada abrazo, cada mano que sostiene a otra, cada risa compartida es un acto de resistencia frente al vacío de la justicia formal. 

No hay discursos largos, no hay aplausos que resuelvan nada. Lo que hay es presencia. Lo que hay es sostenerse juntas, aunque los cuerpos sientan dolor o cansancio.

Recuerda los días en la capital: las audiencias que parecían eternas, los viajes, la distancia de hijos y nietos. Los silencios obligados y las historias que solo se contaban con cuidado. También recuerda la importancia de la psicóloga González, de las abogadas Valey y  Osorio: no como figuras centrales, sino como presencias que sostienen, traducen, acompañan sin reemplazar la voz de las mujeres Achi.

Al final, Ixpatá subraya algo central: la verdad debe salir de Rabinal, la memoria debe llegar a otros pueblos, la violencia sexual no puede ser olvidada ni invisibilizada. Su voz, contenida y precisa, se convierte en puente entre lo vivido y lo que todavía queda por hacer. La sentencia existe, sí, pero es incompleta. El cuerpo colectivo existe, también, y es ahí donde se sostiene la esperanza.

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Sigue en este link todos los detalles del caso en la cobertura que Agencia Ocote ha dado a los dos procesos judiciales históricos que las mujeres Achi impulsaron, uno con sentencia en 2022 y el último en 2025.

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