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Irse de la tierra

Tal vez irse de la propia tierra siempre es difícil, uno de los actos más llenos de ambivalencia. Tal vez las razones que nos empujan a explorar nuevos territorios se …

Evelyn Recinos

Tal vez irse de la propia tierra siempre es difícil, uno de los actos más llenos de ambivalencia. Tal vez las razones que nos empujan a explorar nuevos territorios se contraponen a nuestras certezas y eso lo hace complicado y generalmente doloroso.

Pero es aún más jodido irse porque ya no se tiene otra opción. Ahí aprieta la rabia porque de pronto son otros los que mandan y nos roban nuestra la libertad de decidir. Pero también nos roban lo más sutil, la vejez de nuestra madre, la maternidad de nuestra amiga, los sábados por la tarde en las tostadas de la esquina, el salir del trabajo a refugiarnos en la casa de nuestro compadre, nuestros puestos de tortillas, de verduras, de ternura y de consuelo, el olor de la casa de la familia, el no tener que poner un mapa para caminar por la ciudad.

Irse por la fuerza, impone dentro de sí un rompimiento inesperado, un desarraigo.

Esa palabra la aprendí hasta que me fui, una vieja amiga que ya se había ido antes me la enseñó. Yo la había escuchado mentar, pero es de esas cosas que no se pueden explicar hasta que no se viven. Se comprende hasta que se pierde la propia tierra. Es por eso tan difícil escribir al respecto. Creo que la única manera de hacerlo es ir por partes.

El arraigo

Este conforma por lo que nos mantiene con los pies en la tierra y no permite que salgamos volando por los aires. Por ejemplo, yo diré que la fuerza de mis abuelas, sus noches de desvelo criando hijos, labrando la tierra, aseando casas, lavando ropa, repitiendo y repitiendo las enseñanzas que lograrían que los descendientes fueran gente de bien, me sostiene. Diré que me sostiene mi padre enseñándome a leer y mi madre mostrándome cómo recitar poesía. Diré que el caldo de gallina de mi madre me sostiene. Diré que la rebeldía de mis hermanas, me sostiene. Diré que mis amigas y amigos del barrio, esos que crecieron conmigo, en apartamentos vacíos y sin supervisión adulta porque todos los mayores de edad andaban en la calle trabajando, me sostienen. Diré que mis amigas de la juventud, esas que vivieron las mismas penurias de trabajos mal pagados y estudios a deshoras me sostienen. Diré que mis maestros, también mal pagados y penosos, tratando de inspirarnos para acceder a una mejor vida me sostienen. Diré que mis paisanas y paisanos, aguantando la violencia, el saqueo y la injusticia me sostienen.

O  mejor dicho, me sostenían.

El desarraigo

Un día o una madrugada o una noche, toca que salir de casa y dejarlo todo atrás. Entonces todo aquello que te sostenía te suelta. Y perdés el piso, el norte, el rumbo, porque todo tu ser estaba vinculado inequívocamente a las personas de tu vida, a tus espacios, a tus comidas, tu casa, tu tierra. Y te sentís desgarrada por dentro, con el cuerpo en un lado y el corazón en otro. Tal vez eso es parecido al desarraigo. 

Pero ese estado no es estático y no da para quedarse en un rincón llorando la pérdida.

Se procura sobrevivir. Vencer el temor de abrir los ojos en la mañana y ver que todo sigue igual. Caminar y sentir el cuerpo moviéndose rítmicamente como un recordatorio de que la vida no para. Hacer plegarias para encontrar la manera. Charlar un poco para parecer cuerda. Escribir o llamar para que los de allá no olviden. Mantenerse en pie, pese a las ganas locas de arrastrarse.

También jode la soledad

Entonces se comienza a confundir con gente conocida a desconocidas por las calles. Y se trata por todos los medios de seguir diciendo las mismas palabras que ya nadie entiende. Y se pretende comer los mismos sabores. Y se siente la soledad infame de estar rodeada de gente y no tener a nadie.

Después se pierde la idea que se tenía de una misma.

Y al vemos al espejo no nos reconocemos. Y se nos va el interés que teníamos por ciertas cosas, sobre todo por las alegrías pequeñas, las que se escriben con minúsculas. Somos un cúmulo de pérdidas. No somos ni en sueños, las que éramos allá, cuando no habíamos perdido la tierra.

Y después viene el vacío.

Esa sensación infame de no estar en ningún lado. No somos las que éramos, y tampoco somos nada distintas. Estamos justo en el medio de todo. Nos instalamos en el caos o este se instala dentro nuestro.

Ex hija. Ex amiga. Ex hermana. Ex compañera. Exiliada

Pero ni el caos ni el desarraigo, ni la soledad, ni la crisis, ni el vacío son nuestro hogar definitivo. Una mañana sin darnos cuenta comenzamos a ver la nueva realidad con más curiosidad que perplejidad. Y nos contentamos con sentir el sol en nuestra cara. Damos paso a maravillarnos con el nuevo PAÍSaje, a aprender nuevas lenguas y guardar en nuestras bolsas otras llaves. Y nos vamos conformando con estar lejos y  nos convencemos que aquel poema de Luis de Lión, Elogio a la ternura, en realidad era para nuestra tierra y lo hacemos nuestro y lo recitamos para dormir como si fuera nuestra plegaria:

si no hubiera conocido tu piel

si sus ángeles y sus pájaros

-morenos desde luego-

no hubieran sido acariciados por mí,

si no hubiera tocado la ternura

de sus cantos y sus arpas

y la seda de sus plumas,

seguramente,

mi mano, esta mano,

tendría la dureza

de una piedra.


Evelyn Recinos Contreras es abogada penalista, se dedica a los derechos humanos, género y justicia penal. Escribe poesía para sobrevivir y documentos legales para vivir. Este texto forma parte del especial En el exilio.


Las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan los criterios editoriales de Agencia Ocote. Las colaboraciones son a pedido del medio sin que su publicación implique una relación laboral con nosotros.

Evelyn Recinos Contreras

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