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COVID-19
Fatiga persistente: por qué algunos pacientes de COVID-19 sienten cansancio meses después del diagnóstico
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Personas contagiadas de COVID-19 han asegurado sentirse fatigadas meses después del primer diagnóstico de la enfermedad. Especialistas aseguran que este síntoma es muy frecuente en los pacientes y recomiendan regular las horas de sueño, hacer descansos y retomar de manera progresiva el ejercicio y el trabajo.


La COVID-19 persistente es un término que se utiliza para definir la presencia de síntomas que comenzaron en la fase aguda de esta enfermedad y se mantienen durante meses. Por ejemplo, hay pacientes que siguen experimentando fatiga meses después del diagnóstico inicial de COVID-19. Pero todavía no se sabe con certeza cuánto tiempo puede durar este síntoma —que puede resultar realmente incapacitante—, qué personas tienen más probabilidades de sufrirlo y por qué se produce.

La fatiga es el efecto “más prevalente y probablemente perjudicial a largo plazo” de la COVID-19

Jorge Matías-Guiu, jefe del Servicio de Neurología del Hospital Clínico San Carlos de Madrid, explica a Maldita.es que la fatiga es un síntoma de la COVID-19 “muy frecuente” que algunos pacientes siguen padeciendo incluso meses después del diagnóstico inicial.

La COVID-19 persistente es la persistencia de un síntoma más allá de tres meses, según Matías-Guiu: “Aunque puede ser cualquier síntoma de la fase aguda, lo más frecuente es la fatiga, seguida de las alteraciones del sueño, las olfatorias y las cognitivas (la niebla) y también en gran proporción de la cefalea (dolor de cabeza)”. El experto asegura que la fatiga moderada o grave es “el efecto más prevalente y probablemente perjudicial a largo plazo de la infección por COVID-19”.

Tomás Segura, jefe del Servicio de Neurología del Hospital General Universitario de Albacete, confirma a Maldita.es que “en la mayor parte de los escasos estudios publicados hasta la fecha la fatiga es uno de los síntomas más comunes de la COVID-19 persistente”. Por ejemplo, en el Hospital General Universitario de Albacete “afecta al 87% de los pacientes de la consulta long COVID”.

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Un estudio publicado en la revista científica JAMA aborda la recuperación de 143 pacientes graves ingresados en un hospital en Italia. Al cabo de dos meses, el 87% seguía teniendo algunos síntomas. Los más frecuentes eran fatiga (53.1%), disnea o sensación de falta de aire (43.4%), dolor en las articulaciones (27.3%) y dolor en el pecho (21.7%).

De los 128 pacientes participantes en un estudio publicado en la revista científica PLOS One, el 52% mostraba fatiga persistente a las 10 semanas. Otro estudio publicado en 2021 en The Journal of NeuroVirology analiza el caso de 120 pacientes. Un 17.5% de ellos aún padecía fatiga a los seis meses de la infección y un 2.5%  mostraba criterios del síndrome de fatiga crónica (una enfermedad grave y de larga duración que provoca un cansancio que no desaparece después del descanso y persiste un largo tiempo).

La fatiga puede resultar muy incapacitante y limitar el rendimiento laboral

¿Cómo es la fatiga que experimentan algunos pacientes que han pasado la COVID-19? Matías-Guiu explica que se trata de la sensación de que no puedes realizar una tarea y subraya que hay que diferenciar la fatiga de la fatigabilidad. La fatigabilidad es “la sensación de cansarse antes de lo que corresponde al realizar una tarea”. La fatiga “es la incapacidad de hacer algo, sin relación con el esfuerzo”. “El paciente se levanta por la mañana y está cansado. Tiene una vertiente física, pero también cognitiva, y se puede asociar a depresión”, comenta.

La fatiga persistente causada por la COVID-19, según Segura, “no se alivia con el hecho de dormir bien, comer lo suficiente o llevar una vida organizada y relajada”. Por ello, “angustia a los pacientes y limita mucho su calidad de vida”. “Es un síntoma muy incapacitante porque, aunque en general no impide realizar los movimientos más habituales, limita mucho el rendimiento laboral de una persona y su capacidad para disfrutar del ocio”, explica.

Hay muchos ejemplos prácticos de cómo los pacientes viven la fatiga, según comenta Segura. Aquellos que experimentan principalmente una fatiga física declaran sentirse agotados simplemente por el hecho de caminar desde su casa al lugar de trabajo.

Luz de Myotanh Vázquez Canales, coordinadora del grupo de trabajo en salud mental de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (semFYC) cuenta a Maldita.es que la fatiga es un síntoma limitante porque “notas el cansancio con cualquier pequeña actividad de la vida diaria”. Incluso a algunos pacientes “les cuesta bajar unas escaleras, coger las bolsas de la compra o el mero hecho de agacharse a atarse los zapatos”.

Gema Lledó, médica especialista en medicina interna y enfermedades autoinmunes sistémicas del Hospital Clínic de Barcelona, coincide en que la fatiga puede llegar a ser muy invalidante. “Algunos pacientes no sólo no son capaces de llevar a cabo su actividad laboral, sino que tareas simples de su hogar como ir a comprar o limpiar la casa puede suponer afrontar una maratón. Por eso es clave la rehabilitación”, explica a Maldita.es.

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Hay algunos pacientes que sienten una fatiga intelectual y tienen problemas para completar actividades que antes eran rutinarias para ellos. “Para la persona que regenta una pescadería puede ser imposible realizar la cuenta de las ventas de final de día mientras que para el jefe de sala de un restaurante puede resultar agotador mantener en la cabeza la lista de pedidos de cada mesa”, afirma Segura.

No hay ningún biomarcador que permita medir la intensidad de esta fatiga, pero sí existen distintas escalas, tal y como explica Segura. La más utilizada es “la escala MFIS, que evalúa tanto la fatiga física como la intelectual”.  Para ello, se pregunta al paciente si puede o no realizar actividades que requieren esfuerzo físico, si tiene sensación de debilidad muscular, si se cree incapaz para pensar con claridad o si tiene olvidos frecuentes o problemas de concentración.

Amaia Ochoa de Amezaga, experta en neurociencias, destaca a Maldita.es que tampoco debemos confundir la fatiga provocada por la infección por SARS-CoV-2 con la fatiga pandémica, “provocada por el estrés causado por tensión física o emocional a la que nos hemos visto expuestos con el confinamiento”.

Aún se desconoce qué pacientes tienen más posibilidades de experimentarla y cuánto puede durar

Todavía no hay estudios suficientes para saber qué tipo de pacientes tienen más posibilidad de experimentar esta fatiga, según Matías-Guiu. “No hay estudios a largo plazo. Además, los criterios de COVID-19 persistente no son uniformes y varía el tiempo de análisis”, indica. Tampoco se sabe cuánto puede durar la fatiga: “Aunque hay pacientes que pasado un año, persiste, en otros dura pocos meses y desaparece”.

Vázquez indica que la fatiga puede durar bastante tiempo. “Hay pacientes que dicen que les desaparece, y ya se encuentran bien. Pero sobre todo en aquellos que han pasado un cuadro moderado o grave suele durar bastante más de tres meses”, comenta. Algunos que se contagiaron cuando se detectaron los primeros casos de COVID-19 aún “siguen refiriendo esta sensación de fatiga”.

La fatiga persistente no es un síntoma que sólo puedan experimentar las personas que han padecido la COVID-19. De hecho, también se ha asociado a aquellos pacientes que han presentado determinadas infecciones virales como otros coronavirus y el virus de la influenza, según Matías-Guiu. “La presencia de fatiga persistente en pacientes que sufrieron SARS-CoV y MERS-CoV era alta. En el caso del SARS-CoV, el 40% de los pacientes que sobrevivían mostraban fatiga a los cuatro años de la infección”, comenta.

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La fatiga podría estar asociada con una alteración del sistema inmunitario o una lesión en el sistema nervioso central

Aunque no se sabe con certeza por qué se produce este síntoma, Matías-Guiu sostiene que “el mecanismo más probable es el inmune”. Las alteraciones inmunes “generan fatiga, como puede verse en enfermedades como las autoinmunes o como el cáncer”.

“Hasta la fecha no existe una causa clara que explique el origen de este síntoma”, confirma Segura. Existen “distintas hipótesis fisiopatológicas”: “Nosotros mantenemos que si una persona no presenta limitaciones pulmonares y cardíacas, la fatiga tiene su origen en el sistema nervioso central”.

En el caso de la COVID-19 persistente, todavía no hay estudios que permitan definir qué zonas del sistema nervioso podrían estar implicadas en la fatiga. Segura indica que “no parece probable que se deba a un efecto directo del virus sobre el cerebro, ya que los estudios realizados tratando de determinar la presencia de SARS-CoV-2 dentro del líquido cefalorraquídeo han sido el 99% de las veces negativos”.

El experto considera que probablemente se deba “a una mayor sensibilidad de esta zona cerebral al efecto de la inflamación mantenida”. “En este sentido, el SARS-CoV-2 ha mostrado ser un virus muy neurotóxico por su capacidad para lesionar el sistema nervioso ya en la fase aguda”.

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¿Qué pueden hacer aquellos pacientes que experimentan fatiga persistente?

Ochoa explica que en los casos de fatiga prolongada se está recomendando “un plan de rehabilitación pos-COVID en manos de un equipo multidisciplinar compuesto por médicos, enfermeras, psicólogos, kinesiólogos o nutricionistas, entre otros, para poder evaluar de manera integral y personalizada al paciente”.

Segura recomienda a sus pacientes intentar retomar de manera progresiva y muy lentamente el ejercicio muscular que hacen cada día y que, si lo consideran necesario, consulten a un fisioterapeuta, un rehabilitador o un terapeuta ocupacional.

También les aconseja que “procuren ser estrictos con su ergonomía de trabajo y con sus horas de descanso, que regulen los horarios de sueño y que si se lo pueden permitir, intenten echarse una siesta corta”. “Determinados ejercicios como el yoga, el pilates o el tai-chi pueden resultar de mucha utilidad”, añade.


Este texto fue publicado originalmente en Maldita.es. Puedes leer la publicación original en este enlace.

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