Esta es la historia de un sombrero. Un sombrero estilo Monterrey Suaza, de la marca comercial Panama Hat. Es de paja tejida de color beige claro, con ala corta y …
Esta es la historia de un sombrero. Un sombrero estilo Monterrey Suaza, de la marca comercial Panama Hat. Es de paja tejida de color beige claro, con ala corta y una copa elevada en el centro. Alguna vez tuvo un cintillo marrón alrededor de la base, aunque hoy ya no lo conserva.
Descansa en una vitrina metálica con puertas de vidrio, entre otros objetos: instrumentos musicales, cajas, vasos y archivadores que forman parte de la colección del museo comunitario.
Pero la historia de este sombrero comienza hace 23 años; el 14 de junio de 2003.
Ese día, en la plaza de Rabinal, familiares de víctimas de masacres durante el conflicto armado interno en Guatemala, ofrecieron una misa a sus difuntos. Después, recibieron pequeños ataúdes donde fueron colocados sus restos.
Horas más tarde, el dueño del sombrero pronunciaba un discurso durante un mitin del Frente Republicano Guatemalteco (FRG). Se postulaba como candidato para las elecciones presidenciales que se celebrarían en noviembre de ese año, el mismo día en que las familias de las víctimas enterraban los restos de 70 personas exhumadas en el municipio.
No pudo terminar el discurso. El hombre tuvo que salir corriendo de la comunidad. Decenas de piedras volaban sobre su cabeza. Enfurecidos, vecinos del lugar lo persiguieron hasta su vehículo, mientras sus escoltas lo protegían. Le gritaban «asesino».
El hombre del sombrero era Efraín Ríos Montt. Entonces presidente del Congreso de Guatemala y general retirado que gobernó el país de facto entre 1982 y 1983, durante uno de los periodos más violentos del conflicto armado interno.
Los insultos de los vecinos tenían un motivo. Rabinal fue una de las regiones de Guatemala en las que, a inicios de los años 80, el régimen de Efraín Ríos Mott implementó su estrategia de contrainsurgencia. Los planes Victoria 82 o Firmeza 83 fueron particularmente devastadores para la población civil: masacres, quema de aldeas, asesinatos, desapariciones…
Que el político llegara a dar un discurso proselitista a pocos metros del lugar donde se estaban enterrando a víctimas del conflicto, fue demasiado para la población de Rabinal.
En el tumulto, entre los empujones y las carreras, el sombrero que Ríos Montt vestía cayó al suelo.
No se sabe quién lo recogió, pero en ese mismo año, 2003, el Museo Comunitario de la Memoria de Rabinal lo integró en su colección, como un recordatorio de la expulsión del general retirado.
El «trofeo» de una expulsión

El Museo Comunitario de la Memoria ya existía desde 1999. Funciona en una construcción sencilla de block y cemento con murales de colores en las paredes internas y externas..
Esa casa adaptada es un espacio comunitario, con tres salas donde se resguardan documentos, fotografías, objetos personales, testimonios relacionados con el conflicto armado interno en la región y piezas tradicionales referentes a la cultura maya Achi.
El museo fue impulsado por sobrevivientes y familiares de víctimas vinculados a la Asociación para el Desarrollo Integral de las Víctimas de la Violencia en las Verapaces (ADIVIMA), con apoyo de proyectos de cooperación internacional, principalmente de la Cooperación Alemana en Centroamérica, GIZ.
Su objetivo era crear un espacio propio para preservar la memoria de las masacres ocurridas en el municipio y dignificar a las personas asesinadas o desaparecidas. A pesar de que el financiamiento depende en gran medida de proyectos y donaciones, el espacio recibe visitantes durante todo el año.
Andrea Sesam, consultora de una exposición itinerante del museo, estima que más de tres mil personas lo visitan anualmente: estudiantes, investigadores, organizaciones sociales o turistas que pueden dejar aportes en una pequeña caja de madera colocada en la entrada del edificio.
Con el tiempo, el sombrero fue incorporado a una de las salas dedicadas a las víctimas de las masacres en Rabinal.
La sala principal del museo está dedicada a la dignificación. Las paredes están cubiertas de fotografías de rostros con nombres y algunas con detalles de quiénes eran aquellas personas antes de su desaparición o asesinato.
Amanda Taperia, coordinadora del museo, dice que muchas familias visitan ese espacio para recordar a sus muertos: llevan flores, encienden velas y se detienen frente a las fotografías.
Cuando se recorre la sala, sin embargo, no siempre hay ofrendas visibles. El espacio permanece sobrio, casi silencioso, con las imágenes de las víctimas como centro del lugar. Para muchos, no es solo un museo; es un punto de encuentro con quienes faltan.
En ese mismo espacio, durante años, estuvo el sombrero de Ríos Montt.
No estaba ahí como homenaje, sino como prueba de un momento específico: el día en que el municipio rechazó públicamente la presencia de Ríos Montt.
Para muchas familias simbolizaba la expulsión de quien representaba uno de los periodos más violentos de la historia reciente del país.
«El mayor trofeo de ellos fue el sombrero», dice Taperia.
Durante un tiempo, el objeto funcionó como recordatorio de que la comunidad no había guardado silencio. Un símbolo de dignidad: un objeto vinculado al poder convertido en vestigio de derrota.
Pero, con el paso de los años, empezó a haber una tensión. Que las fotografías de las víctimas convivieran con el sombrero de quien encabezó el Estado durante uno de los períodos más violentos de la guerra generaba un conflicto.
La responsable del museo dice que con el paso de los años «las personas —de la comunidad— empezaron a decir que no les gustaba ver el sombrero ahí».
«Lo consideramos algo sin valor para nosotros», recuerda Taperia. «Nosotros valoramos un tambor, una marimba. Eso sí es parte de nuestra identidad. Pero ese sombrero no».
La representación del genocidio

Poco a poco ese sombrero pasó a evocar una figura de poder asociado al genocidio.
«De esa cabeza –la de Ríos Montt surgieron las ideas del genocidio», dice Taperia al referirse al general retirado.
En 2013, un tribunal guatemalteco condenó a Ríos Montt por genocidio. La sentencia fue anulada por la Corte de Constitucionalidad diez días después.
Años más tarde, un tribunal volvió a establecer que en Guatemala sí hubo genocidio contra el pueblo Ixil, aunque el general retirado ya no pudo ser condenado. Había fallecido en 2018.
https://www.plazapublica.com.gt/content/justicia-medias-para-el-pueblo-ixil-si-hubo-genocidio-pero-no-hay-culpables
El museo decidió conservar el sombrero, pero lo retiró del espacio principal. Ahora permanece en una vitrina metálica de puertas de vidrio, en una sala a la que solo tiene acceso el personal del museo, alejada del espacio donde están los nombres y rostros de las víctimas.
No se plantearon destruirlo. La idea no era negar el pasado, sino redefinir prioridades dentro del relato que prevalece en la comunidad.

El museólogo Marlon García, quien ha acompañado procesos en museos comunitarios en Guatemala, incluido el de Rabinal, señala que este tipo de ajustes forman parte de las dinámicas de estos espacios.
«Un museo comunitario no funciona como uno estatal o institucional. Aquí la comunidad no solo es público, también es sujeto activo del relato».
Para García, reubicar una pieza no implica borrar la historia. «Reorganizar un objeto dentro del espacio puede ser una forma de reorganizar el discurso», afirma.
«Si —el sombrero— empieza a generar incomodidad en quienes visitan el museo para recordar a sus familiares, es legítimo revisarlo».

La memoria no es unívoca
Gabriela Escobar, investigadora sobre memoria e historia de la Universidad Rafael Landívar, recuerda que «un objeto no tiene un significado unívoco». Dos décadas después de aquella mañana de junio de 2003, el significado del sombrero puede haberse diluido o transformado.
«El museo puede intentar orientar su sentido, pero finalmente son los visitantes quienes lo resignifican», señala.
En su opinión, el recorrido del sombrero dentro del museo también comunica algo sobre la manera en que cambian los significados con el tiempo. El hecho de que haya pasado de una sala a otra forma parte de ese proceso.
Un museo construido desde abajo
La idea de gestionar el espacio del museo comunitario también nació de una promesa personal que hizo Carlos Chen, uno de los sobrevivientes y fundadores.

Antes de huir de una incursión militar en 1982, la esposa de Chen, Paulina Iboy —embarazada de seis meses— le pidió que, si sobrevivía, hiciera algo para contar lo que estaban pasando.
Ella y sus hijos, Enriqueta, de siete años y Antonio, de cinco, fueron asesinados en la masacre de Pak’oxom el 13 de marzo de ese año. Tiempo después, Chen retomó esa promesa y comenzó a gestar el museo junto a otras familias sobrevivientes.
La trayectoria del sombrero dentro del museo muestra que la memoria no es una estructura rígida. Con el tiempo, los símbolos también cambian de significado.
En Rabinal, el centro del relato no es el objeto que quedó en el suelo en 2003. Son los nombres en las paredes, las flores que se renuevan y las historias de los sobrevivientes que continúan contándose.
El sombrero sigue ahí. Pero quedó atrás.
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Si quieres conocer el Museo Comunitario de la Memoria en Rabinal, el espacio abre de lunes a viernes en horario hábil y ofrece visitas guiadas donde se explica no solo la historia del conflicto en el municipio, sino también los procesos organizativos de la comunidad.



