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ALGO QUE CONTAR / Ciudad de Guatemala

Paco Inclán es un autor español que se ha perdido por demasiados lados, y eso lo hace un viajero excepcional como sus crónicas. Publicamos acá la primer crónica de su nuevo libro “El español extraviado” publicado por Sophos en 2022.

No es bueno caer en la obsesión de tener algo que contar. Resulta mucho más satisfactorio dejar que las ideas fluyan por sí solas. Pero a veces, entre cronistas, es …

El español extraviado, Paco Inclán

No es bueno caer en la obsesión de tener algo que contar. Resulta mucho más satisfactorio dejar que las ideas fluyan por sí solas. Pero a veces, entre cronistas, es inevitable sentir una irremediable pulsión por narrar lo que sea. Se nos ve el plumero cuando nos sentamos a escribir sin nada que decir, con la inspiración arrebatada por las presiones subyacentes al oficio.

Les cuento esto porque esta madrugada me han entrado unas repentinas ganas de contar algo sobre la nocturnidad de Ciudad de Guatemala, urbe convertida en parque temático de los horrores por corresponsales extranjeros que la visitan de vez en cuando para hacer pormenorizado recuento de variopintas atrocidades: asaltos, motines, persecuciones, secuestros, atropellos, disparos, derrumbamientos. Estoy alojado en una habitación del hotel Fénix, en el centro de la capital. Es mi última noche en el país: mañana me espera un viaje de veintiséis horas en el autobús que me transportará a Ciudad de México. Me preocupa no haber escrito ni una sola línea en los meses que he pasado entre Livingston y la aldea de Río Dulce, en la zona del Caribe. Necesito soltar la mano, anotar algo, inventarme una crónica. Contar lo que sea.

De repente, sobre las dos y media, sufro una crisis de insomnio. Trato de despistarme buscando en el televisor del cuarto alguna película o cualquier partido de fútbol en diferido. Por los vidrios opacos se cuelan sonidos nocturnos de la ciudad: conversaciones etílicas, pasos acelerados, unas risas, el estridente motor de algunos carros. Tumbado en la cama, siento unas irrefrenables ganas de observar lo que me estoy imaginando.

A las cuatro, salgo a la calle con las pertenencias justas: una camiseta, un pantalón corto, unas chanclas y mi propia vida, que siempre llevo encima. Finjo mirada de sospechoso, aun- que temo que se me note a leguas la que escondo de asustado.

Empiezo a caminar sin rumbo por esta ciudad cuya estructura perfectamente cuadriculada la convierte en una especie de laberinto. Apenas me cruzo con gente. Cerca de una iglesia, unas prostitutas esperan aburridas la llegada de clientes. Reclaman mi atención, pero sin mucho empeño. Paso por un mercado que a esas horas se ha convertido en hostal a la intemperie don- de algunas gentes dormitan sobre lonas y cartones. Se me figuran cadáveres desparramados tras un ataque de napalm sobre la ciudad. En la calle doce me encuentro con unos operarios reparando un semáforo. Sin novedad.

Busco alguna situación que me dé pie a contar algo rocambolesco, una de esas historias que se pueden leer a diario en los periódicos: contemplar el asalto a un bus urbano por una turba de exaltados, el asesinato de un violador a manos de un sicario, el amanecer rodeado de «salvatruchas», militares deteniendo a militares sorprendidos con un cargamento de cocaína, el incendio de una comisaría, un motín carcelario o cómo el ministro de Interior detiene con sus propias manos a un delincuente y lo ata al parachoques de su camioneta para arrastrarlo por las calles del centro como escarmiento. Sucesos que, leídos en la distancia, uno se piensa que forman parte de la rutina de la ciudad. Algo así que me sirva para contar algo fuerte, algo potente, algo con lo que proyectar mi carrera de escribano. Algo.

Sin embargo, para mi desgracia, la noche es poco mediática. Y también fría para andar en manga corta. Ante la ausencia de sucesos, trato de fijarme en los detalles pero apenas encuentro nada reseñable: solo una familia que duerme en el exterior de una tienda de colchones. Y poco más, a excepción de mí mismo, cronista congelado haciendo el ridículo con incompleto disfraz de marero: me falta una actitud desafiante, una herida infectada, unos tatuajes satánicos en el cuello.

Caminando en busca de la noticia, llego a la plaza de la Constitución, la más importante de la ciudad. Frente a las puertas del Palacio de Gobierno, un grupo de indigentes está despertando. Ordenan sus cobijas y cartones de una manera que se me antoja dignificante. El que parece de mayor edad me anima a que me

acerque. Su barba desaliñada me inspira confianza. Me ofrece un vaso de leche y unas galletas que acepto. También se encarga de repartir el desayuno a sus compañeros. «Soy El Abuelo», se presenta. Me pregunta si tengo frío. «Un poco», le resumo. Me presta una chaqueta que ha conseguido en un reparto de la Cruz Roja. Se lo agradezco. Como suele suceder cuando abro la boca por estas latitudes, intuye que soy español. Me cuenta que ha transitado por varios puertos europeos; trabajó duran- te treinta años en un barco hasta que decidió vivir a la deriva, se ufana de su vagabundeo vocacional. También se identifica como un marxista que trata de imponer la disciplina del mar a sus camaradas de indigencia. Estos, mucho más jóvenes que él, lo escuchan con atención y pleitesía. Como cada amanecer se- rán transportados en camioneta a un vertedero periférico don- de se dedican a la búsqueda de objetos que luego venden en un mercado de baratijas. Regresan ya de noche a ocupar su trocito de suelo.


Puedes comprar acá el libro El español extraviado de Paco Inclán, publicado por Sophos en 2022.


Alcanzo suficiente compadreo con El Abuelo para confesar- le mi obsesión por contar algo sobre los terribles sucesos que se le presuponen a la nocturnidad de la Ciudad de Guatemala pero que, lamentablemente, me ha tocado una noche demasiado tranquila, sin acontecimientos. Y que solo tengo esta noche, que mañana marcho a México. Me sonríe con retintín sarcástico: «Mirá, tengo una escuadra, con gusto te la pongo en la cabeza». «Póngamela, por favor, póngamela», le ruego entre irónico y ansioso porque suceda algo, lo que sea. ¿Hasta dónde puede llegar mi obstinación? ¿Debería sentirme frustrado por mi baldío rastreo? ¿Aceptarían un texto sobre el desesperado sosiego de un cronista en una madrugada guatemalteca sin balaceras ni policías asesinos ni perros devorando niños ni niños devorando perros? ¿Alguien me creería si contara que la noche de Ciudad de Guatemala puede resultar descafeinada? Me temo que no. ¿O acaso un periódico desperdiciaría un enviado especial a la isla de Bob Marley para narrar una jornada sin marihuana, un Irán sin extremistas, un Afganistán sin explosiones o una Somalia sin hambrunas?

Me desoriento por las calles numeradas de la ciudad tranquila, repletas de basura las aceras, en las que un grupo de hombres compiten con unos chuchos en busca de alimento.

Ya es de día cuando regreso a mi habitación con una duda: ¿Tendré o no algo que contar? Y si es que sí, ¿cómo contarlo?


Paco Inclán, escritor y docente español. Imparte cursos de creatividad literaria y clases de español para personas migrantes y refugiadas. Es autor de varios libros de relatos.


Las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan los criterios editoriales de Agencia Ocote. Las colaboraciones son a pedido del medio sin que su publicación implique una relación laboral con nosotros.

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