Después de las tormentas
Desaparición forzada
Las que dedicaron su vida a buscar a los desaparecidos en Guatemala
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Las mujeres han sido las encargadas de liderar las búsquedas de personas desaparecidas durante la guerra en Guatemala. Ellas se han dejado las fuerzas, el tiempo y la vida en encontrar a sus esposos, padres e hijos durante las últimas décadas. En este ensayo, Katia Orantes hace un repaso por la historia de varias de estas mujeres.


“Cuando íbamos al palacio nacional llevábamos piedras en nuestras bolsas y le dábamos golpes al piso con la esperanza de que si nuestros familiares estaban detenidos en los sótanos nos escucharan y supieran que los estábamos buscando”, Aura Elena Farfán.

La búsqueda de las víctimas de desaparición forzada durante el conflicto armado en Guatemala ha sido un camino recorrido principalmente por mujeres. Ellas han entregado su vida para intentar encontrar a sus hijos, padres, hermanos, esposos. Buscarlos ha supuesto ver cuerpos destrozados, a la espera de que alguno de los cadáveres sin identificar fuera el de su familiar, con el riesgo constante de ser ellas las siguientes desaparecidas.

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Las búsquedas en Guatemala empezaron con “Los 28 desaparecidos”. Aunque es conocido con este nombre, fueron 35 las personas desaparecidas entre el 2 y el 5 de marzo de 1966, en el oriente y el sur de Guatemala.

Raúl Figueroa Sarti, escritor, editor y director de F&G Editores, asegura en su blog que las familias de estas personas y la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU) de la Universidad San Carlos de Guatemala (Usac) presentaron desde entonces más de 500 recursos de exhibición personal y no tuvieron respuesta de las autoridades.

La Comisión para el Esclarecimiento Histórico estableció que durante el conflicto armado en Guatemala 45 mil personas fueron víctimas de desaparición forzada.

Uno de los primeros registros de organizaciones de búsqueda se tiene a principios de los años setenta. Familiares de 17 personas desaparecidas formaron el Comité de Familiares de Desaparecidos y solicitaron de forma colectiva al Ministerio de Gobernación información sobre el paradero de sus familiares.

Una de sus representantes era doña Juanita Loza, madre del periodista desaparecido Juan Luis Molina Loza. El Archivo Histórico de la Policía Nacional guarda el registro de denuncias, recursos de exhibición personal, cartas a las autoridades y de todas las respuestas negativas que recibieron los familiares.

En su desesperación por encontrar a su hijo, el 9 de marzo de 1971, después de pasar muchas noches sin dormir, Juanita Loza decidió que tenía que hacer algo. Sin decir nada a nadie, escribió un cartel en una cartulina que apoyaba en su barbilla y que llegaba hasta la cintura y caminó hacia el Parque Central de Ciudad de Guatemala.

Silenciosa y decidida, se plantó delante del Palacio Nacional y desplegó su cartel. “Soy la madre del Lic. Infieri Juan Luis Molina Loza, hoy entro en ayuno permanente hasta que el gobierno ponga interés en que mi hijo aparezca, Marzo 9 de 1971”, se leía en él.

Pocas horas más tarde, agentes de la Policía Nacional le arrancaron el cartel de las manos. Fue capturada, acusada de estar “loca”. La llevaron al Hospital Neuropsiquiátrico Miguel M. Molina, en la zona 7 de Ciudad de Guatemala. Ella misma era voluntaria en ese hospital. El médico que la recibió dijo a los oficiales: “Si esta señora está loca, yo estoy más loco, así es que pueden encerrarme a mí también”.

Carlos Arturo, Jorge Estuardo, Mario Alberto y Héctor, los cuatro hijos de Juanita, publicaron esta información en 2015, en un artículo titulado  “En marzo de 1971 el Parque Central era de ellos y estaba vacío. ¡En abril y mayo de 2014 la plaza de la constitución se vuelve nuestra!”.

Doña Juanita no se cansó de buscar a su hijo. Tampoco tuvo respuesta de las autoridades.

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A principios de los años ochenta, la violencia se recrudeció en Guatemala y las desapariciones forzadas fueron cada vez más recurrentes. En las comunidades, las mujeres empezaron a organizarse para buscar a sus familiares. En Ciudad de Guatemala, la sede de la Catedral Metropolitana fue el punto de reunión. Antes, las personas se veían en las morgues, en hospitales. La mayoría eran mujeres. Muchas de ellas, 40 años después, continúan la búsqueda de sus desaparecidos.

Otras sufrieron consecuencias graves. María del Rosario Godoy de Cuevas vivía en Ciudad de Guatemala. Tenía 24 años y era dirigente del Grupo de Apoyo Mutuo GAM. Durante la búsqueda de su esposo, Ernesto Cuevas Molina, fue asesinada junto a su hermano, Maynor René, de 21 años, y su hijo, Augusto Rafael. El niño tenía dos años.

Los tres fueron encontrados en el vehículo de Rosario, con señales de violencia que no coincidían con un accidente de tráfico. Desde la desaparición de Ernesto Cuevas Molina, el 15 de mayo de 1984, hasta que la mataron, María del Rosario no dejó de buscarlo.

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Blanca Rosa Quiroa López tiene 75 años y lleva 36 buscando a sus familiares desaparecidos. Son seis en total. Entre ellos, su hijo Oscar David Hernández Quiroa. Era Bombero y desapareció en la capital de Guatemala el 23 de febrero de 1984. Blanquita, como la conocen, se dejó sus rodillas y parte de su vida en la búsqueda no sólo de sus familiares, sino de miles de guatemaltecos, víctimas de desaparición forzada. Es una de las fundadoras del Grupo de Apoyo Mutuo y de la Asociación de Familiares de Detenidos de Guatemala (Famdegua).

Foto: Katia Orantes

“El día que se lo llevaron, empezamos a buscar en hospitales, sanatorios privados, en las cárceles, en la morgue. Al día siguiente fuimos a poner la denuncia al Departamento de Investigaciones Técnicas (de la Policía Nacional). Un hombre nos preguntó a qué íbamos y le mostramos la foto de Oscar. Él, con tono irónico, dijo: ‘Ahhh es el bomberito’, y comentó que la G-2 se lo había llevado”, cuenta Blanca.

La mujer recuerda cómo, acompañada de la foto de su hijo, buscaba en las cárceles y en los cuerpos de bomberos. En todos dejaba una foto esperando que alguien lo reconociera: “Buscaba por todos lados, de lunes a viernes. Pasé casi cuatro meses sin dormir, porque en la noche cocía frijol, lavaba, hacía limpieza, planchaba y al día siguiente salía a las cinco de la mañana”. “Mi esposo me decía: ‘No vaya, ya no vaya’, pero era una misión, era una angustia terrible, y era todos los días. Yo llegué a pesar 85 libras en ese tiempo”.  

Blanca dice que “buscando, fue que empezamos a conocernos con otros familiares, con algunas personas nos encontrábamos todos los días. Al principio sólo nos mirábamos, no decíamos nada, ninguno hablábamos por temor”. Empezaron a reunirse en la Catedral, en donde se hacía una misa al mes por los desaparecidos, y poco a poco se organizaron. Primero en el GAM. Luego crearon Famdegua.  

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Blanquita nunca abandonó la búsqueda de su hijo. Ella y Aura Elena Farfán —quien inició la búsqueda de su hermano Ruben Amilcar Farfán en 1984—, investigaron desde Famdegua otros casos de familiares que se acercaron a ellas y les contaron su historia.

Uno de estos casos fue el de la masacre de Las Dos Erres. Luego de la investigación, lograron realizar la exhumación y llevar a juicio a los responsables, que fueron condenados a un total de 6,030 años de prisión por las 201 muertes. En el proceso también lograron ubicar a varios niños que habían sido robados durante la masacre.

“La desaparición forzada es uno de los crímenes más horrendos sobre la tierra. Cuando una persona muere, siempre es doloroso, y aunque sea de forma violenta, uno puede enterrarlo, pero con la desaparición no. No están entre los vivos y tampoco entre los muertos. Es un ciclo de vida que no terminó. Todos estaban sanos. Yo les digo que posiblemente alguno de ellos tenía cáncer y moriría más adelante, pero no era el momento. El duelo continúa porque no lo hemos encontrado, ni entre los vivos ni entre los muertos”, dice Blanquita.

Al mismo tiempo, en Comalapa, Rosalina Tuyuc iniciaba la búsqueda de sus familiares. Nos cuenta cómo se involucró:Mi camino para la búsqueda de los detenidos desaparecidos comienza a partir de la desaparición de mi padre, Francisco Javier Tuyuc. Él fue secuestrado y desaparecido por los militares en el 82. Luego la desaparición forzada de mi esposo Rolando Gómez Zots, en el 84. Desde ese entonces, iniciamos con la esperanza de encontrarlos en algún lugar, porque no es posible que hayan desaparecido de la faz de la tierra, al menos que los hayan tirado en el mar”.

Durante el proceso de búsqueda, se creó el Comité Nacional de Viudas de Guatemala (Conavigua). Rosalina narra cómo empezaron el trabajo de exhumación en cementerios clandestinos:  “Al principio, con el apoyo de antropólogos de Estados Unidos, de Argentina y Chile, para que nos ayudaron a hacer las exhumaciones”.

“En ese entonces vino a Guatemala el doctor Clyde Snow (creador de los equipos de Antropólogos Forenses de América Latina) y creó el primer equipo de antropólogos forenses de Guatemala. Ahí surge el deseo de muchas mujeres para localizar a los familiares desaparecidos y así es como yo me empiezo a involucrar en este trabajo”, cuenta.

Foto: Katia Orantes

“Me desplacé hacia la ciudad a raíz de todas las muertes, ejecuciones extrajudiciales y las desapariciones que había en Comalapa, y aquí en la ciudad desapareció mi esposo. Empecé a buscarlo en hospitales, con los bomberos, la Policía”, sigue Rosalina.

Cuando supo de la desaparición de su padre, pensó que estaría en el antiguo destacamento militar de San Juan Comalapa en Chimaltenango. A pesar de que consiguieron hacer la exhumación con el apoyo de la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG), Rosalina dice que “lastimosamente no encontramos a mi padre, pero se encontraron más de 200 osamentas. Tenía la esperanza de encontrarlo. Con cada fosa que se abría, abría una esperanza y con cada fosa que se cerraba, se cerraba otra vez esa esperanza. Y así han transcurrido todo estos años, con la esperanza de encontrar a los desaparecidos. Dicen que el tiempo todo lo borra. Para nosotros no, yo creo que el tiempo nunca borra”.

Rosalina señala que en Conavigua han trabajado más de 100 fosas clandestinas. Las más grandes han sido los antiguos destacamentos militares de Zacualpa, San José Poaquil, Comalapa y San Pedro Jocopilas.

[¿Ya escuchaste el episodio del podcast Radio Ocote: Recuperar el control de la vida. Familias que buscan a sus desaparecidos?]

Flavio Montufar, quien fue parte del Equipo de Antropología Forense de Guatemala, el primer equipo de antropólogos promovido por el doctor Clyde Snow, recuerda que la primera exhumación que realizaron fue la del esposo de María López. “El nombre del esposo no lo recuerdo. Él era Ajq´ij, o sacerdote maya, y vivía en el cantón San José Pachó, en la aldea Lemoa, en Santa Cruz del Quiché. Su don era comunicarse a través del tambor”, cuenta.

“Doña María empezó a tener sueños en los que su esposo, tocando su tambor, le decía a ella que lo buscara. A través de la iglesia, la contactaron con Conavigua y al mismo tiempo logró ganarse la confianza de algunos patrulleros que le dijeron dónde podía estar”, continúa. Aunque no lograron identificar al esposo de María, su perseverancia y determinación fue lo que llevó a realizar esta primera exhumación, en la que recuperaron los restos de 25 personas en cinco fosas.

Según relata Flavio, la violencia aumentó en junio de 1981. “Uno de los aspectos que me llamó la atención fue la creatividad y cómo las mujeres empezaron a prepararse para lo peor. Ellas empezaron a bordar sus rebozos. Muy escondido bordaban su nombre entre todas las figuras. También bordaban fajas con hebilla de cincho con los nombres de sus esposos. A veces aparecían cuerpos de mujeres no identificadas y este nombre podía servir después para una identificación oficial”.

Las mujeres se involucraban desde la búsqueda de ubicación de las fosas. Las que tenían familiares estaban durante toda la exhumación y aportaban detalles sin miedo. Ellas no ocultaban nada. Los hombres eran más cautelosos para dar información. Ellas ayudaban a encontrar las fosas, llevaban comida para los arqueólogos y acompañaban durante todo el proceso de exhumaciones”, dice Flavio.

Mayarí de León, hija del poeta guatemalteco Luis de Lión, tenía 17 años cuando su padre      desapareció el 15 de mayo de 1984. “Yo no estaba en Guatemala cuando mi papá desapareció, pero mi mamá se movilizó a presentar un recurso de exhibición. Lo buscó en todos lados: cementerios, morgues, hospitales. Ella fue quien realizó la búsqueda”. Mayarí se ha encargado de mantener vivo el legado de su padre.

Transformó su casa en la Casa Museo Luis de Lión, en San Juan del Obispo, en el departamento de Sacatepéquez. Ahí enseña a las niñas y niños parte de la vida y el legado del poeta.

Foto: Katia Orantes

Antes  de la pandemia de COVID-19, las tardes en la casa museo se transformaban en una escuela en donde corrían decenas de niñas y niños que recibían talleres de música, literatura y pintura.

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La lista de mujeres que han dedicado su vida a la búsqueda de personas desaparecidas en Guatemala es tan larga como la de los 45 mil desaparecidos. Mujeres como Blanca, Juana, Aura Elena, María del Rosario, Rosalina, Mayarí. Como Emma Theissen, Sara Poroj, Maria Emilia García o Marylena Bustamante. Muchas de ellas ya no están y cientos continúan con la esperanza de encontrar a sus familiares.

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