Después de las tormentas
Migrantes desaparecidos
Las mujeres que buscan
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El viernes 15 de noviembre salió de Guatemala la “Caravana de madres centroamericanas que buscan a sus hijos migrantes desaparecidos”. Así se llaman, aunque no todas son madres. También las hay hermanas e hijas. El día anterior antes de que salieran rumbo a la frontera hablamos con tres mujeres guatemaltecas. Aquí su historia.


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Sofía

Sofía Sebastiana Xon Ajanel tenía nueve años cuando su hermano salió de casa, con 22. El recuerdo, 11 años después, sigue igual de nítido. Llevaba cargada al hombro una mochila verde —la mochila verde de Sofía—, un sudadero negro y gris y unos pantalones azules, de lona.

Edgar Rodolfo Xon Ajanel se agachó para hablar con su hermana más pequeña. “No se dejen. Ya nadie tiene derecho de abusarlas”, le susurró. “Cuiden de mi mamá”, dijo a sus cuatro hermanas

“Nos dijo que tenía que irse a trabajar para sacarnos de la pobreza”, recuerda. Nueve años antes, 15 días después de que Sofía llegara al mundo, su papá se fue de la casa. Se llevó todo. Chamarras, ollas, todo. Así que Edgar y su madre sostuvieron a la familia. Las cinco hermanas eran muy pequeñas cuando su padre las dejó.

Edgar Rodolfo trabajaba cultivando maíz en una finca cercana. La persona que lo contrató le pagaba la mitad del sueldo. Mitad en quetzales, mitad en comida, le decía.

Entonces, su madre —la de Edgar y Sofía— también trabajaba, limpiando casas. Sus empleadores tenían un modelo similar al patrón de Edgar Rodolfo: “Usted trabaja y nosotros le damos comida a usted y a sus hijas”. La mujer no veía un centavo.

Cuando Edgar salió de casa, en 2008, les dejó esta idea a sus hermanas: “Voy a trabajar y voy a hacer que ustedes estudien, aunque yo no tenga nada”. Sofía consiguió estudiar hasta tercero básico. Hoy trabaja limpiando casas.

Edgar Rodolfo Xon Ajanel no regresó y no supieron más de él. Cuenta Sofía que el coyote que lo dejó en la frontera con México les dijo que la última vez que lo vieron fue en el desierto.

Hoy, la Sofía de 20 años lleva colgada al cuello una fotografía de Edgar. El pelo corto, engominado. El rostro con rasgos duros. Atlético, cuello ancho, ojos algo separados, nariz grande, labios gruesos, en una medio sonrisa sarcástica que no termina de salir. Debajo de la foto, el nombre completo. Detrás, escrito con marcador azul, unas cuantas letras: “Guatemala”.

“El coyote nos dijo que los responsables eran los coyotes de México, que él ya había hecho su trabajo. Nos dijo que ellos cambiaron el número de teléfono y no le dieron mayor información”, cuenta.

Sofía Sebastiana Xon Ajanel es una de las cuatro mujeres guatemaltecas que salieron el viernes 15 de noviembre, de madrugada, rumbo a la frontera con México. “Mi hermano luchó, y cómo no hacerlo yo. Él ocupó el papel de mi papá. Y yo voy a luchar para buscar respuestas, para encontrarlo a él”, dice Sofía. Es el segundo año que va en la caravana. El año anterior lo hizo su hermana y el anterior su madre.

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Las mujeres que caminan llevan 15 años de caravanas. Cada vez que salen, recorren parte de la ruta que sus familiares recorrieron años antes. Buscan a sus hijos e hijas, a sus hermanos y hermanas, a sus padres y madres.

El grupo inicial está formado por 27 mujeres y nueve hombres de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. Se llama Caravana de madres centroamericanas, pero no todas son madres. Sofía Xon es hermana, igual que Hipólita Ros Díaz.

Hipólita

Hipólita camina para encontrar a Elías Ros Díaz. Viene de la colonia Nueva Esperanza Chaculá, en el municipio de Nentón, en Huehuetenango. Allá vive y allá vivió Elías Ros Díaz, su hermano menor.

Elías trabajaba en el campo, con su padre, desde pequeño. Cultivaban maíz y frijol. Con 14 años, un vecino le dijo que planeaba irse a Tapachula, para trabajar allá. Y Elías se animó a irse con él. No le contó a su padre, que ese día estaba en la Iglesia. Cuando regresó a casa, Elías no estaba. Era el 29 de julio de 2010.

Este es el primer año que Hipólita Ros se anima a unirse a la caravana. A sus 55 —32 años más que Elías—, la mayor de ocho años, ama de casa, madre de cuatro hijas sin padre. No pierde la esperanza de encontrarlo. Vivo o muerto, dice.

Hipólita es cuñada de Lidia Mariló López Méndez. Lidia también viene de Nueva Esperanza y está en la caravana para encontrar a su madre, Alicia Méndez Pérez y a su hermana, Sucely Elizabeth Godínez Méndez. Desaparecieron el 11 de julio de 2004, hace 15 años.

—El lugar donde desaparecieron fue Motozintla, Chiapas.

—¿Cómo sabe que ahí desaparecieron?

—Porque yo estaba allí.

Lidia

Lidia tenía entonces 19 años y fue a Motizintla con su hijo pequeño, de cuatro años, a visitar a su madre y a su hermana menor, de ocho años. Alicia, de 44, vivía en el sur de México. Había migrado años antes y se había asentado ahí con su hija.

Alicia salió de casa con la niña a buscar comida al mercado. No regresó. “Yo empecé a tocar puertas —cuenta Lidia—. Los mexicanos me apoyaron. Policías, soldados, estuvieron buscándolas en las comunidades que están alrededor. Puse denuncias, mandé fotografías. La gente me apoyó. Pero nada”.

A las horas, Lidia llamó al teléfono de su madre. Cuando descolgaron, escuchó a niñas gritar. “Había muchas niñas pidiendo ayuda, como que fuera una guardería. Decían: ‘Por favor, ya no quiero hacer eso, ayuda’. Volví a intentar, pero me colgaron el teléfono”.

A los 15 días, apareció su hijo. Una persona lo llevó en moto y lo dejó en el parque central. Lo llevaron al médico a revisarlo. El niño sólo repetía que a su abuela la habían matado con un machete y que le daban de comer carne de personas. A Lidia se le quiebra la voz al recordarlo y tiene que hacer una pausa.

“Cualquier persona que las vea, estén vivas o no, que nos ayude. Necesitamos una puerta abierta”, termina.

¿Ya escuchaste el el episodio del podcast Radio Ocote: Recuperar el control de la vida. Familias que buscan a sus desaparecidos?

La Caravana de madres centroamericanas estará en México hasta el 3 de diciembre. En el camino, tienen previsto llevar a cabo algunos reencuentros, como el de Lilián Esperanza Alvarado, de El Salvador, y sus hijos Dalinda Mayela y Salvador Isidro Segovia Alvarado.

Estas dos semanas planean hacer acciones de búsqueda, convivencia, sensibilización y protesta, frente a las políticas antimigratorias de Estados Unidos, las amenazas de los convenios sobre tercer país seguro y las restricciones de movilidad de personas centroamericanas.

 

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