El 6 de enero de 1980 fue el inicio del fin de Buenavista, una aldea Popti' ubicada cerca de Santa Ana Huista, en Huehuetenango. «Hubo una fiesta en otra aldea …
El 6 de enero de 1980 fue el inicio del fin de Buenavista, una aldea Popti’ ubicada cerca de Santa Ana Huista, en Huehuetenango. «Hubo una fiesta en otra aldea y siempre la gente se iba para allí. Como a la una de la mañana, oímos la “gritazón” de la gente diciendo que habían matado a un muchacho que venía de allí», recuerda Yolanda Montejo.
El muchacho era solo una de seis personas secuestradas esa noche. Él se resistió. Ocho días después, uno de los secuestrados volvió junto a un grupo de hombres desconocidos, quienes lo obligaron a señalar al «guerrillero» del pueblo. Ambos fueron asesinados frente a la comunidad.
Frente al clima de miedo e inseguridad, la comunidad escapó rumbo a México en enero del año siguiente. Solo tres familias se quedaron.
«Cuando nos fuimos, dejamos todo. Ni siquiera cerramos nuestra puerta. Pensábamos regresar, pero catorce años después, ya no existía el lugar», dice Montejo.
Junto a su familia, ella se refugió en Comalapa, en la frontera de Chiapas, México. Allí, descubrió que su comunidad no fue la única que huyó de la violencia del Conflicto Armado Interno (CAI), y se refugió en el vecino país. Montejo recuerda que, tan solo en Comalapa, había 128 campamentos de refugiados guatemaltecos.
Diez años vivieron en el exilio. Algunos hombres decidieron volver a Guatemala, sin garantía alguna sobre cómo sería el retorno y su seguridad. «A las compañeras no se les consultaba nada. Los hombres decidían “nos vamos a repatriar” y las mujeres debían obedecer», recuerda Montejo.
En este contexto, las mujeres refugiadas comenzaron a organizarse. Primero, a partir de proyectos vinculados a sus oficios, como la elaboración de artesanías y tejidos. Mientras tanto, las Comisiones Permanentes de Representantes de los Refugiados Guatemaltecos en México (CCPP) negociaban su retorno sin la participación de las mujeres.

El inicio de la organización
En 1990, algunas refugiadas se reunieron en el municipio de Palenque, Chiapas. En el encuentro, celebrado del 20 al 25 de mayo, participaron 17 mujeres de Chiapas, 15 de Campeche y 15 de Quintana Roo.Conversaron sobre la situación que vivían en cada campamento y se despidieron con un compromiso: invitar a otras mujeres a la organización.
El 15 de agosto, tres meses después, unas mil mujeres refugiadas se reunieron y constituyeron legalmente la organización. La llamaron Mamá Maquín, en memoria de Adelina Caal, una lideresa Q’eqchi’ asesinada por el Ejército en Panzós, en Alta Verapaz, durante una marcha que reclamaba tierras para los campesinos. En la Masacre de Panzós (1978) fueron asesinadas al menos 53 personas.
En los años siguientes, los refugiados regresaron paulatinamente a Guatemala, principalmente entre 1993 y 1999. Se convirtieron en Comunidades de Población en Resistencia (CPR), poblaciones multiétnicas y multilingües asentadas en distintos territorios otorgados por el Estado guatemalteco. Por ejemplo, en Ixcán y la Zona Reina, en Quiché; en Cobán, Alta Verapaz, o en el área de la Costa Sur.
Las integrantes de Mamá Maquín se organizaron para el retorno. Se aseguraron de que en cada viaje retornara un grupo de encargadas de mantener la organización. Fue así como el colectivo llegó a distintos puntos de las Tierras Bajas del Norte de Guatemala.
Primer objetivo: la propiedad de la tierra
Al volver al país, su primer objetivo fue garantizar el acceso a la tierra para las mujeres. Es decir, que fueran propietarias de los terrenos donde vivían —o copropietarias junto con sus esposos—.
En casos como Nueva Libertad, en Fray Bartolomé de las Casas, el terreno gestionado fue inscrito a nombre de una cooperativa, conformada por los habitantes. Mamá Maquín logró que las mujeres se constituyeran como asociadas.
Además del acceso a la tierra, durante sus primeros años, el trabajo de Mamá Maquín se enfocó en proyectos de alfabetización en las comunidades de incidencia. En Fray Bartolomé también fundaron una guardería para que las mujeres pudieran ir a trabajar con la seguridad del cuidado de sus hijos.
«Ahora cada quien tiene su pedazo de terreno donde vivir, donde trabajar, donde cultivar sus alimentos», dice Magdalena Pérez Ortiz, asociada de Mamá Maquín.

Guatemala tiene uno de los coeficientes de Gini más altos de concentración de la tierra a nivel mundial, según el último Censo Nacional Agropecuario realizado en 2003 por el Instituto Nacional de Estadística (INE).
Además, según el Sistema de Integración Centroamericana, “las mujeres rurales enfrentan barreras para acceder a la tenencia de tierra, las cuales incluyen la falta de acceso a fuentes monetarias, discriminación de género en casos de herencia, sesgos de programas de titulación, entre otros”.
En un contexto donde solo seis de cada 100 propietarios son mujeres,, la organización se mantiene conformada por campesinas, rurales e indígenas.
Tiene presencia en 24 comunidades en tres departamentos. Juntas, impulsan acciones estratégicas en defensa de los derechos de las mujeres, la tierra y la vida.
También realizan «trabajo político a nivel comunitario, a partir del fortalecimiento de la capacidad, el empoderamiento y la participación en los espacios de toma de decisión», explica Carmen Rossi Pérez Ordóñez, maya Mam y coordinadora general de Mamá Maquín.
La incidencia continúa
Treinta y seis años después, sesenta mujeres se reúnen en un restaurante en Ixcán, Quiché. Las hay de distintos territorios: Fray Bartolomé de las Casas, Chisec y Cobán, en Alta Verapaz; Nentón y Barillas en Huehuetenango y del mismo Ixcán. El día anterior viajaron en camioneta durante horas para asistir a la asamblea de Mamá Maquín.

Es el mediodía del cinco de mayo de 2026. La temperatura en Ixcán asciende a 38 grados centígrados. El salón, aunque no tiene una pared para que el viento fluya,, lo que lo inunda es el calor. El sudor moja la ropa de las mujeres.
A pesar de esto, las asociadas —al menos cinco acompañadas por niños menores de ocho años— participan en las actividades del segundo día del encuentro. Durante la jornada, han conversado sobre la gobernanza del colectivo y han elegido a la nueva junta directiva. Esta ocupará dicho espacio durante los próximos dos años.
También analizaron la situación de las comunidades en las que tienen presencia y las acciones que en cada una han realizado.
Por ejemplo, en Ixcán, hay asociadas de Mamá Maquín en el Consejo Municipal de Desarrollo (Comude). También integran una comisión que gestiona el establecimiento de un Centro de Apoyo Integral para Mujeres Sobrevivientes de Violencia (CAIMUS).
«Todo esto a partir de los procesos de formación que vienen a ser esa semillita para luego lograr incidencia a nivel político», dice Pérez Ordóñez.

Soberanía alimentaria y conocimientos ancestrales
La organización continúa buscando garantizar el acceso a la tierra para las mujeres. También, realiza formaciones para sus socias sobre incidencia política y derechos de las mujeres.
La defensa del territorio, los ríos y el ambiente es parte esencial de su trabajo, de la mano de la búsqueda de la soberanía alimentaria.
En el pasado han mantenido bancos de semillas y buscan recuperar los conocimientos ancestrales sobre agricultura. Por ejemplo, cuándo es un buen momento para sembrar hortalizas según la fase lunar o cómo guardar semillas en tiempos de sequía.
«Buscamos recuperar el respeto hacia el agua, el fuego, el aire. Las ceremonias (mayas). También hacia las semillas nativas para ya no utilizar transgénicas o compradas», indica Pérez Ordóñez.
Para finalizar la asamblea, las asociadas se forman en un círculo y se toman de las manos. Una por una, aprietan la mano de la compañera ubicada a la derecha para, así, trasladar una energía de cierre.
«¡Sin la participación de la mujer, no hay desarrollo!», gritan al unísono.





