Todo el mundo quería hablar con ella. Era una feria del libro y pocas personas como esta escritora zaragozana conocen a profundidad la historia del pequeño objeto que ha marcado …
En resumen:
- Irene Vallejo es autora de El infinito en un junco. En la Filgua 2025 fue una de las invitadas más destacadas de la delegación española.
- «En un mundo tan individualista, tan egoísta, tan duro, la esperanza está en que recuperemos las estructuras comunitarias, y creo que los libros nos pueden ayudar»
- «Toda la cultura tiene sus claroscuros. Sentir que mis antepasados fueron responsables de aquella destrucción —siendo además personas que conocían el valor de los libros y de la cultura y tendrían que haber protegido todo ese legado— es doloroso»
Todo el mundo quería hablar con ella. Era una feria del libro y pocas personas como esta escritora zaragozana conocen a profundidad la historia del pequeño objeto que ha marcado profundamente la vida del ser humano.
Invitada a la Filgua 2025, dedicada a su natal España, Vallejo compartió los pasillos con una nutrida comitiva de escritores españoles que participaron de las casi dos semanas de feria en Guatemala.
Vallejo logró que el público de la Feria Internacional del Libro de Guatemala hiciera hasta cinco horas de fila para firmar su libro. Imaginar que la cola sería tan larga por la especialista en temas como la biblioteca de Alejandría, el sistema de escritura egipcio o las largas horas monásticas de los copistas en la Edad Media, es no sólo un fenómeno editorial sino uno intelectual.
Celebrar un texto de profunda carga histórica pero también con afilado sentido crítico y generoso amor por la escritura es un gran hito para el tiempo que vivimos.
La ahora enamorada del Popol Vuh, nos comparte en esta entrevista su visión como escritora. También como mujer, como madre, como lectora del tiempo histórico que vivimos. Nos señala, con su palabra certera, las luces de los clubes de lectura, la mediación y el espíritu comunitario.
Es tu primera vez en Guatemala, uno de esos seis lugares en que se inventó la escritura y el único en este continente. ¿Cómo se siente estar acá, en esta región y en este tiempo?
Me siento muy feliz. Me he preparado y he anticipado este viaje con enorme ilusión. Mi libro me había llevado por América del Norte y América del Sur. Pero tenía la sensación de una deuda con Centroamérica. Y, por fin, se han aliado las estrellas y ha sido posible acudir a esta Filgua con España como país invitado.
Y para mí es una peregrinación literaria. También por toda la importancia cultural de Guatemala, del mundo maya, de sus mitologías, de sus cosmogonías. Por supuesto su papel en el mundo de la escritura, la maravilla de los códices.
Y por eso para mí es una parada imprescindible en el mundo de los libros. Es uno de los lugares que han dejado una impronta duradera en la historia de la escritura y de la lectura. Para mí es un descubrimiento maravilloso.
Como sabes, este es un territorio en el que gran parte de la cultura tiene por raíz la tradición oral. ¿Qué espacio ocupa esta tradición en la larga historia del libro?
El infinito en un junco también es un homenaje a la oralidad, que es la principal fuerza creadora de la literatura. Es el nacimiento de todos los relatos, de todas las mitologías, de todas las leyendas, de toda la sabiduría.
Yo insisto que se inventa la escritura como una tecnología para conservar toda esa belleza que manaba de los labios y de la boca. Pero se comete un error muy habitual con las revoluciones tecnológicas, que es desdeñar lo anterior.
A veces pareciera que la cultura estuviera necesariamente asociada a la alfabetización, cuando no es así. Y hay que reivindicar todas esas grandes artistas, narradores, creadores, que han vivido en la palabra hablada. Es allí donde se gesta toda la inspiración y toda la fuerza vital que luego fluye hacia la literatura escrita.
Entonces, no se puede entender la escritura sin la oralidad. No se puede despreciar toda esa pujanza creativa que ha seguido viva a lo largo de los siglos. Muchas veces, la alta cultura no ha sido capaz de apreciar todo el valor y toda la importancia de esos creadores que siguieron nutriendo el caudal de los relatos orales.
A mí, además, en El infinito en un junco me gusta hablar de esos otros libros que existen. Por ejemplo, los libros textiles.
El textil es otra forma también de narrar imaginarios, de contar la propia identidad, de plasmar los sueños, de explicar toda una riqueza conceptual. Por eso en el libro hablo de esa similitud entre las palabras con las que hablamos de la creación literaria y de los bordados. Cómo texto y textil son palabras hermanas.
Luego, cuando hablamos de literatura decimos «el nudo», «el desenlace» de una historia. Hablamos de «perder el hilo» de «bordar un discurso».
La presencia del textil está muy claramente conservada en todos los términos que usamos para hablar de la composición de un texto, de urdimbres y tramas, de relatos.
Hay una conexión muy profunda que nos descubre y nos revela el lenguaje. Entre los libros que se tejen y los libros que se escriben. Y cómo crear con las palabras es también hilar fino con otro instrumento. Pero que también hay que dignificar profundamente esa capacidad de narración a través del bordado.
Y acá ustedes tienen una riqueza maravillosa. La Filgua me recibió con un regalo de un huipil maravilloso que para mí es un libro, una novela, una enciclopedia, una narración fascinante. Y eso también hay que reivindicarlo y reclamar, que eso también es una forma de narrar, y eso también es un arte.

Edgar Calel, un reconocido artista Kaqchikel, explica cómo para él, la quema de libros que hizo Diego de Landa en Yucatán en el siglo XVI, fue, sin saberlo, un devolver el conocimiento al fuego de donde había surgido, precisamente. ¿Cómo lees desde tu propio contexto las contradicciones históricas que acompañan la historia de los libros?
Los libros son objetos ambiguos. Tienen todas las ambigüedades del ser humano. En El infinito en un junco hablo de cómo un alfabeto puede ser una imposición de un poder colonial que intente borrar una cultura anterior al reformularla. O al solo admitir una determinada forma de escritura, o una tradición.
La historia de los libros, desde el principio, tiene esa doble vertiente. Los libros pueden ser profundamente emancipadores, pero también pueden ser un objeto de imposición.
Por otro lado, está siempre presente la persecución de los libros, la quema de los libros, la censura. Y, por otro lado, la forma en que los libros han conseguido salvar —del olvido y de la destrucción— mensajes, creaciones; que, si no, hubieran caído en el olvido.
Siempre estamos moviéndonos entre estos dos rostros, el más luminoso y el más oscuro. Toda la cultura tiene sus claroscuros. Y es cierto, además, que desde mi punto de vista de española que viene a Guatemala o cuando viajo a México; y veo los códices mesoamericanos en los museos, y sentir que mis antepasados fueron responsables de aquella destrucción, siendo además personas que conocían el valor de los libros y de la cultura; y tendrían que haber protegido todo ese legado, en lugar de haber intentado destruirlo, pues es doloroso.
Porque toda la historia está llena de momentos terribles. También cuando acababa el reino de Al-Andalus en España, en Granada hubo una quema de libros islámicos, cuando la cultura islámica había sido tan fértil en la península.
Entonces, se van produciendo a lo largo del tiempo momentos de barbarie, constantes; de ataques contra los libros. Y esa también es una parte fundamental de la historia de los libros. El ver todos esos matices, y también, como todo lo que creamos los humanos, puede ser instrumento de libertad, pero también instrumento de opresión.
Yo tampoco soy partidaria de idealizar los libros y verlos solamente en clave de progreso y cultura. Siempre que hablamos de cultura terminamos hablando de imposiciones, de poder, de lucha. De capas que se superponen y de intentos de silenciar a través de la eliminación de los libros, para que sea solo una versión única de la historia la que subsista.
Por suerte, muchas de estas tradiciones han sido capaces de saltar por encima de los intentos de destrucción. E, incluso, libros como el Popol Wuj se escribieron en alfabeto latino para que de esta manera pudieran sobrevivir.
Avanzado el siglo XXI, con profundas rajaduras en la democracia y amenazados muchos derechos arduamente ganados durante siglos, ¿Qué has aprendido de este tiempo?
He aprendido que habíamos tenido la osadía de pensar que en las democracias ya no veríamos persecuciones de libros. Y aprender que ese peligro sigue siempre agazapado en todas partes. Incluso cuando creemos que las conquistas son para siempre, pues estamos viendo como en Estados Unidos se prohíben libros, se extraen libros de las bibliotecas.
Se empieza de nuevo con el lenguaje paternalista de «proteger a los niños y a los jóvenes» de determinadas lecturas que pueden ser dañinas para ellos. Cosas que creíamos que pertenecían a un pasado político, de otras etapas, de dictaduras, de momentos dolorosos del pasado pero que siguen sucediendo en plena democracia.
Yo veo que esos peligros que afectan a la cultura y a los libros están siempre vivos. Nunca debemos confiarnos y creer que los libros están totalmente a salvo, porque no. La historia de los libros es siempre una historia de aventuras, de persecuciones, de riesgos, de destrucción. Pero también de una pasión desaforada por la salvación de los libros, en ciertas personas que están dispuestas a arriesgarse para conseguir que los libros sobrevivan.
Y la segunda parte es que, durante muchos años nos dijeron que los libros, en un mundo de pantallas, habían quedado obsoletos y eran cosa de otros tiempos. Y que ya no tenían ningún influjo. Sin embargo ver la saña con la que se siguen persiguiendo a los libros y con la que se sigue ejerciendo la censura. Eso significa que los libros no son tan superfluos como querían hacernos creer.
¿Dónde ves las luces de esta parte de la Historia?
Yo veo luces, precisamente, en los clubes de lectura; en esas asociaciones de personas que se reúnen para leer. A veces también para tejer al mismo tiempo que leen, para intercambiar experiencias, para crear talleres de escritura que permitan conservar memorias.
Creo que hay una conciencia y un apetito de reencontrarnos frente a todo este mundo tan individualista, tan influido por las pantallas, por la propaganda, por toda esta vigilancia que sentimos a nuestro alrededor.
Hay un retorno hacia el grupo, hacia lo humano, hacia el cultivo de la palabra. Hacia la conservación de la memoria, y cómo regresamos a los viejos libros en busca de esa compañía, de ese diálogo.
Lo que está sucediendo con los clubes de lectura, con la mediación lectora. Todas esas personas que incluso en contextos muy difíciles ponen todos sus esfuerzos en construir esas comunidades y en nutrirlas…
Es algo que no está presente en los medios de comunicación, en los grandes titulares. Y es algo que está sucediendo en todos los países simultáneamente, y además es un movimiento de abajo a arriba.
Por primera vez, un gran movimiento de lectura no ha sido promovido por un ministerio ni por autoridades culturales. Sino ha sido realmente la gente la que alrededor de los libros y de la lectura se reúne para transmitir, para comentar, para compartir.
Y si tuvieras que emparentar este movimiento de la lectura con la tradición del libro, ¿con qué lo conectarías?
Yo creo que es un retorno a la oralidad. Cuando en la comunidad, en la familia, en la tribu, en el poblado la gente se reunía alrededor de una hoguera a contarse sus historias, para compartir.
La historia del libro es una historia hacia una lectura más individual, a solas, como una experiencia de tú a tú. Un diálogo de quien escribe y quien lee. Pero a lo largo del tiempo, como los índices de analfabetismo han sido tan elevados durante la mayor parte de la historia, siempre existía esa costumbre de que las personas que sabían leer reunían a un grupo a su alrededor y leían en voz alta para los demás, y la historia se volvía colectiva. Desde ahí esa tensión entre la lectura que se vuelve individual y luego retorna de alguna manera hacia el grupo, hacia la colectividad.
Yo creo que este movimiento que estamos viendo es ese retorno hacia lo colectivo. Que es lo que ahora necesitamos por encima del todo.
En un mundo tan individualista, tan egoísta, tan duro… Incluso estamos viendo manifestaciones públicas de crueldad, frente a la migración, frente a las personas con discapacidad, frente a las minorías… La crítica que estamos viendo a la cooperación internacional y todo ese discurso del egoísmo.
Ahora la esperanza está en que recuperemos otra vez las estructuras comunitarias, y creo que los libros nos pueden ayudar.
Frente a los celulares que nos dividen, los libros nos devuelven a ese lugar y a ese espacio donde las historias nos pertenecen a todos y a todas. Y, además, donde estamos intentando que cada vez más voces formen parte de la literatura, y todo el proceso de incorporación de las mujeres al mundo de la publicación y de la edición.
Y este maravilloso fenómeno que atraviesa toda Centroamérica y Sudamérica, de las mujeres escritoras que reformulan géneros literarios, que toman la palabra, que cuentan las violencias que han sufrido, que denuncian a través de una literatura muy poderosa y que, por primera vez esto tiene un gran altavoz internacional.
Entonces, creo que ahí hay una posibilidad de que todos esos discursos arrinconados y orillados tercamente durante tantos años, salgan a la superficie y cuenten el otro lado de la historia, y el punto de vista del migrante, de la mujer, de la persona orillada, arrinconada y silenciada durante generaciones.

Y tú, ¿cómo has vivido este recorrido histórico, literario, creativo? Como mujer, ¿cómo miras tu recorrido?
Llegó un momento en el que pensé en que la posibilidad de convertirme en una profesional de la escritura ya era inalcanzable y que las puertas se cerraban para mí.
Cuando nació mi hijo, Pedro, tuvo gravísimos problemas de salud y estuvo ingresado, prácticamente, durante el primer año de vida, con unos pronósticos muy inciertos e inquietantes sobre su futuro.
Y entonces fue cuando yo escribí El infinito en un junco al mismo tiempo que cuidaba, que vivía en el hospital; intentando mantener una parte de mi vida a salvo de ese vendaval que había sido el cuidado y la situación de mi hijo; volcando la mayor parte de mis días al niño, pero dejando ese espacio intacto donde yo escribía.
Entonces, tuve esa parte de felicidad porque era el momento diario de libertad, como mi recreo en días muy duros en el hospital. Pero también la sensación de que había que abrir y conquistar nuevos espacios también para la literatura en esa relación con la vida, con el cuidado que yo siempre reivindico profundamente.
Y El infinito en un junco es, en ese sentido, un canto a quienes cuidan la palabra, a quienes cuidan los libros, y todo ese trabajo, muchas veces silencioso, de las bibliotecas y las librerías, de la promoción de la lectura, de la educación.
Todas esas personas que son los grandes cuidadores en el mundo, y a los que raras veces reconocemos en esa misión tan fundamental.
Parece que las cosas prestigiosas y famosas son otras y nunca las que se están dedicando a lo esencial, a lo medular, que es cuidar.
Creo que eso es algo también que hay que reivindicar. No la escritura en una torre de marfil, sino la escritura en el mundo, totalmente invadida y habitada por lo que sucede diariamente.
Y también esa otra mirada, que tiene que ver mucho con lo femenino, por la recuperación de una memoria olvidada y silenciada, pero también porque entiendo crear de una manera muy distinta como a mí me la enseñaron en las clases de literatura. Toda esta idea del genio, como una persona extraordinaria, fuera de lo corriente, a la que hay que admirar y casi venerar… Yo tengo una visión totalmente distinta de la literatura.
Creo que todo lo que conseguimos lo hacemos gracias a otros. En una red muy amplia, en profunda gratitud a todos los que nos han enseñado, a los que han llegado antes, a los que han abierto caminos. A todas esas mujeres revolucionarias que lucharon por la voz femenina y por la escritura femenina.
Entonces, nunca lo he sentido como algo totalmente individual sino como algo recibido, que continúa una corriente pero que se trenza con hilos antiguos y que continúa, un tapiz que estamos tejiendo entre todos.
Y que al final también los lectores son esenciales en la historia de los libros .Me parece que son el eslabón olvidado, siempre las historias de la literatura nos hablan de creadores, pero no tanto de lectores. Hay también una historia de la lectura, una historia de la apertura de la lectura, y al final es una colaboración, es un diálogo, es una construcción en común.
Y para mí eso siempre es en plural y no en singular. Y eso es algo que tiene que ver con la forma en la que yo he vivido el acceso a la escritura. Mis abuelas que no pudieron estudiar en la universidad por ser mujeres, todas esas luchas que hay detrás de lo que yo ya he tenido y he podido disfrutar porque otras personas me precedieron.
Yo vivo en una región montañosa y decimos «la cordada»: todos vamos atados a la cuerda y si alguien cae, los demás sostienen. Y me gusta pensar en la literatura como esa cordada. Como ir todas las personas atadas juntas y crear una cuerda que nos amarre y que nos sostenga, y que mantenga la transmisión de esos mensajes y de esa sabiduría. Y también nos sirva para estar constantemente abiertas a otras miradas, y a no aceptar lo recibido como la única posibilidad. Que es lo que creo que es tan maravilloso de la historia, que incluso lo que parecía una fatalidad se puede cambiar, se puede transformar. Nada ha durado para siempre y la fuerza del cambio es enorme.
Creo que todo eso tiene que estar dentro de la literatura para abrirla y para hacerla explotar desde dentro.
Texto y video: Julio Serrano Echeverría
Edición: Carmen Quintela
Fotografía de portada: Filgua





