Después de las tormentas
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Exalumnas de Veterinaria de la Usac denuncian a docente por abusos sexuales
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Cinco exestudiantes de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac) acusaron a Dennis Guerra, docente en la facultad, de abusos sexuales. Las exalumnas presentaron una denuncia ante el Colegio de Veterinarios. Otras exestudiantes, alumnas actuales y docentes aseguran que el de Guerra no es el único caso y que, hasta ahora, el centro de estudios no ha puesto atención a este tipo de señalamientos.


En este texto se omiten algunos de los nombres o los apellidos de las mujeres que presentaron la denuncia, a petición de ellas y para preservar su seguridad. También los de algunos exestudiantes que prefieren que sus identidades no se hagan públicas.


Adriana estaba sentada en el aula. Terminaba su primer examen parcial del curso de Ecología. Estaba en segundo año de la carrera de Medicina Veterinaria, en la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac). Tenía 18 años, era 2006.

El profesor, que caminaba entre las mesas, se acercó a ella y le tocó el hombro. Luego se sentó a su lado y le preguntó si necesitaba ayuda. Le dijo que le encantaban sus zapatos y su suéter y que se había fijado en ella antes. Extrañada, Adriana solo alcanzó a responder con un “gracias” y a decirle que estaba bien. No le dio mucha importancia.

Días después, en la oficina de este mismo profesor, ella hablaba contenta con un compañero. Le comentó que tomaba clases de salsa ahí mismo, en la universidad. El docente la escuchó y le pidió que le enseñara unos pasos. Ella accedió, de nuevo, extrañada. Luego recibió un mensaje en su teléfono. “Me encantó que me enseñaras a bailar”, decía. Lo firmaban unas iniciales: DG.

DG era Dennis Guerra. Dennis Sigfried Guerra Centeno, entonces, tenía 38 años, era catedrático de la facultad, profesor de los cursos de Ecología y de Etología. En ese tiempo formaba parte de la Unidad de Vida Silvestre en el centro de estudios e impartía los módulos sobre esta materia. 

Dennis Guerra (en el centro de la imagen) en noviembre de 2019, después de ser elegido representante del área de salud del Consejo Consultivo y Asesor de la Investigación de la Usac. Fotografía: ElSancarlistaU

A Adriana le tomó un tiempo darse cuenta de quién le había mandado el mensaje. Nunca le había dado su teléfono al profesor. Ella ahora trabaja como terapista del habla y narra su experiencia.

Una mañana después de clases, Guerra se ofreció a llevarla a su casa, porque la madre de Adriana no había podido llegar a buscarla. Ella aceptó, aunque en el camino fue algo tensa. Dudaba si había sido una buena decisión.

La propuesta se repitió en varias ocasiones. Algunas, él la llevaba directo a su casa y otras le sugería pasar a comer algo en el camino. Ahí, en esos viajes y esos almuerzos, él le preguntaba por su vida, su familia y sus estudios y le contaba de su vida, su familia y de los problemas en su matrimonio. 

Uno de los amigos de Adriana trató de detenerla en ese momento. Le advirtió que no era buena idea. Ese amigo se llamaba David Granados, y hoy cuenta que siempre le decía que anduviera con cuidado, porque el comportamiento de Guerra no era normal. “Le decía que no le estaba enamorando solo a ella. Yo conocía a varias mujeres a las que les había hecho lo mismo. Cada semestre tenía una o dos estudiantes por cada una de sus clases”, dice.

En uno de los viajes, cuando apenas estaban saliendo de la facultad, Adriana cuenta que Guerra detuvo el vehículo en uno de los carriles auxiliares del recinto universitario. La agarró, la acercó a su rostro y le metió la lengua en la boca. Ella no supo qué hacer. Se quedó paralizada y solo se alejó, cuando al fin pudo reaccionar.

“Me dijo que estaba enamorado de mí y que nunca se había sentido así por alguien más. Que él quería ser más respetuoso, pero le costaba porque yo le gustaba tanto. Me hacía sentir que era tan apasionado y por eso me había agredido”, narra hoy Adriana. Ella solo le pidió que la llevara a su casa.

Durante varios días, él le envió mensajes. Le decía que podían ser solo amigos. Ella estaba confundida, no sabía qué estaba pasando, así que aceptó volver a hablar con él. “Él me volvió a besar. Lo hacía más tranquilo, no era tan violento”, dice Adriana.

Empezaron una relación en la que él la hacía sentir querida, importante. La oficina de Guerra, en la Unidad de Vida Silvestre, era un lugar de estudio dentro de la facultad y siempre estaba llena de alumnos que llegaban a ver los animales que allí guardaban o a hablar con los profesores. Adriana recuerda que, cuando ella llegaba al despacho, Guerra sacaba tiempo para estar con ella, la sujetaba de los hombros y la sentaba en su lugar.

Entrada de la Unidad de Vida Silvestre, en la actualidad.

Fuera de la oficina, le escribía mensajes y la escuchaba cuando Adriana le contaba sus problemas de acoso, de bullying en la facultad. Le daba regalos —juguetes plásticos, un set de muñecas rusas…—, a veces, dinero.

Adriana asegura que Guerra le regaló el libro ‘El Rinoceronte’, de Scott Alexander, y en la dedicatoria escribió este mensaje.

Un sábado por la mañana, él le pidió que llegara a su oficina, temprano. No había nadie en la facultad. Dice Adriana que, cuando ella entró, Guerra cerró la puerta con llave, la besó a la fuerza y le agarró el trasero. Ella, igual que le pasó cuando él la había agredido en el auto, no supo cómo reaccionar. De manera instintiva, le dio una bofetada en el rostro. Él se enojó. Dejó de hablarle unos días y, después, le escribió para decirle que la perdonaba.

“Todas las interacciones agresivas las entendía como él me las vendía: como pasión, como que no se podía resistir”, explica ahora Adriana.

Meses después, le propuso ir a un motel. Ella accedió, pero le aclaró: nunca había tenido relaciones sexuales y no quería empezar a tenerlas. Las primeras veces él lo respetó, pero Adriana asegura que pronto empezaría a presionarla. “Una de esas veces me penetró y se rompió mi himen. Yo empecé a llorar y no pude parar. Tenía 19 y él 40”.

La relación empezó a ser insostenible: “Otro sábado se enojó conmigo porque llegué tarde y él había planificado que íbamos a tener sexo en el carro y se había tomado una pastilla de viagra. No me lo había dicho ni yo había accedido”.

En la universidad, varios alumnos sabían de la relación. Se burlaban de ella. “Él me veía como su trofeo, pero yo estaba atormentada por todo esto”. Ella asegura que trató de terminar la relación varias veces.

Adriana dice que le contó su situación a uno de los auxiliares de la facultad, que solicita que no se incluya su nombre en este reportaje. Él le dijo que no era la primera, la única, ni sería la última. Que era una práctica común de Guerra, engañar a las alumnas para tener relaciones con ellas.

Después de algo más de un año de que empezara la relación, ella consiguió apartarse. Adriana asegura que, luego de esto, un día Guerra llegó a su casa y, cuando ella salió, él la esperaba en el carro. Le pidió que lo masturbara y ella se negó. “Se puso a llorar. Me dijo que, si lo quisiera, lo haría por él”. 

“Por mucho tiempo sentí que era mi culpa; que lo había buscado. No sentí que fuera un abusador, solo que yo había tomado malas decisiones”, dice.

Hoy Adriana asegura que ha tenido ataques de ansiedad cuando mira escenas de violencia sexual en películas o series. Durante años, trató de omitirlo, pero terminó por entender que estaba arrastrando traumas y buscó ayuda psicológica por depresión.

Así, aprendió conceptos como grooming (ganarse la confianza de una persona menor de edad con fines sexuales) o gaslighting (el abuso psicológico que consiste en manipular la percepción de la realidad de la otra persona). “Bajo abusos de poder, manipulación y presión no hay consenso. Es coacción. Es violencia sexual”, concluye Adriana.

***

Adriana explica que después de decidir alejarse de Dennis Guerra, cuando ella llegaba a la Unidad de Vida Silvestre procuraba mantener la distancia y sentarse lejos de la mesa del profesor. Un día, cuando ella estaba ahí, él llegó con otra estudiante de segundo año. La agarró de los hombros y la sentó en su silla, como había hecho tantas veces con Adriana. “Para mí fue una revelación horrible. Era como si me dijera: ‘Este es tu reemplazo, no te necesito’”,cuenta ella.

La alumna de segundo año que Dennis Guerra sentó es Ligia. Su historia es muy parecida a la de Adriana.

Ligia entró a la universidad en 2007. Tenía 22 años. Ya había escuchado hablar de Dennis Guerra antes. En el ámbito académico era considerado una eminencia y Ligia lo admiraba: “Era elocuente, muy inteligente, tenía maestrías de otro país…”, cuenta ella.

La forma de acercarse a ella fue la misma que con Adriana. Durante un examen parcial, él se colocó a su lado y le empezó a hablar. Ese mismo día, le llegó un mensaje. No recuerda qué decía exactamente, pero está segura de que “debió ser algo lindo, porque me sentí halagada”. Ligia le respondió. “Me empecé a enamorar, pero era un amor bien platónico. Yo tenía novio y él era mi profesor”.

Un día, Guerra le pidió que le acompañara a Antigua Guatemala, a un aviario que iba a visitar. Ella accedió y, al igual que hizo con Adriana, él detuvo el auto en uno de los carriles auxiliares de la universidad y se acercó a ella. “Me puse muy nerviosa, no sabía qué hacer. No fue violento. Solo paró el carro y me besó”, declara Ligia.

Uno de los carriles auxiliares de la Universidad San Carlos de Guatemala.

Empezaron una relación. También secreta, también con halagos y con regalos: “Me dio una chumpa, una guitarra, unas muñecas rusas…”, dice Ligia.

Al inicio, ella no recuerda ninguna agresión. Pero un día, afirma, él abusó de ella: “Una de las veces en su carro se portó muy agresivo conmigo. Me empezó a besar, se bajó el zíper del pantalón y me jaló para que le hiciera sexo oral”.

Ligia nunca dijo nada. Lo primero que pensó fue que ella misma se lo había buscado por meterse en su auto. Lo segundo, es que la gente creería que era tonta por dejarse. Así que solo bloqueó esa escena, se la guardó para ella.

El mismo auxiliar que había alertado a Adriana habló con ella. Ligia sí le hizo caso. Se alejó de Guerra. En 2012, ella cerró la carrera, pero dejó pendiente la tesis. Durante seis años no pudo ejercer legalmente porque no podía colegiarse, así que en 2018 decidió retomar los estudios para lograr el título. Ahí volvió a encontrarse con Dennis Guerra. Él le propuso ayudarla con su trabajo de graduación y ella accedió.

“Empezó con la misma dinámica: me decía cosas aduladoras, me escribía mensajes… Un día, en su oficina, se abalanzó sobre mí. Me besó, me jaló y me mordió los labios. Me hizo un moretón. Luego me bajó la blusa, me sacó los pechos del brasier y empezó a besarlos. Fue tan agresivo, tan duro, que también me dejó morado. Me quedé paralizada, no sabía qué estaba pasando. Grité. Le dije que me había lastimado. Se apartó, se limpió y se fue. Y me dejó ahí. Me arreglé y esa vez me sentí muy agraviada. No sabía qué hacer”, relata Ligia.

Ella no lo confrontó. Solo pensó que tal vez ya no volvía a pasar nada. Y así fue, no sucedió de nuevo. “Él me siguió hablando como si nada hubiera pasado. No lo vi como una agresión, solo como una persona muy promiscua”, observa. No sintió que hubiera sido agredida hasta que conoció las historias de Adriana y de otras exalumnas y entendió que lo que le había pasado no era normal.

Adriana y Ligia aseguran que, durante su relación, Guerra les llamaba “Nerdita” o “Nerdis” y que a las dos les pidió que a él le llamaran “Manzanito”.

El patrón

S. empezó a estudiar en la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia en 2010 y en 2011, en el segundo año, igual que le pasó a Adriana y a Ligia, Dennis Guerra empezó a hablar con ella. No fue en persona, sino a través de sus redes sociales.

Ella había ido a consultarle una duda a su despacho, ahí él le preguntó su nombre (algo que S. vio normal), y ese mismo día, el profesor le escribió a su perfil de Facebook. “Qué agradable sorpresa hoy!”, le dijo.

“No sabía qué hacer. Le contesté algo como: ‘Gracias, doctor’”. Los meses siguientes le llegaron mensajes parecidos. “¿Cada cuántos millones de rostros, se producirá uno como el tuyo?”, “Me haces muy feliz”, decían.

Se preguntó si sólo a ella le estaría escribiendo, hasta que empezó a escuchar a compañeras que comentaban que a ellas también les había mandado mensajes diciendo que les hacía feliz, que qué ojos más lindos tenían.

S. se lo comentó a su mamá y ella le dijo que no estaba bien, que no era correcto, que no le respondiera. Pero S. sabía que en cuarto año volvería a recibir un curso con él, y creía que, si no le contestaba, sería peor. “Él tiene mucho poder en la facultad. Lo ignoraba lo más posible y solo trataba de ser cordial, sin caer en la trampa”, asegura S..

Empezó a darse cuenta de ciertas pautas. “Físicamente creo que no tenía un patrón, pero siempre buscaba a las más susceptibles”, reflexiona ahora S. Era algo sistémico. Ella y otros exestudiantes cuentan que se acercaba a las alumnas —siempre a las de segundo año— y, con algunas, lograba establecer esa relación.

El auxiliar que alertó a Adriana y a Ligia al inicio de sus relaciones, observaba estos patrones a diario. Cuando él empezó a trabajar en la facultad, en 2002, y conoció a Guerra, recuerda que el catedrático le dijo tres cosas: “Uno: aquí nos tratás de vos; dos: en esta unidad no nos movemos como el resto, vamos a hacer investigación; y tres: aquí vienen muchas chavas y eso es una gran ventaja”.

En los dos años que estuvo en la universidad observó ciertas dinámicas. Al auxiliar le tocaba corregir algunos exámenes. “A veces venían alumnas a la oficina a revisión conmigo y yo les explicaba por qué les había ido mal, les contaba dónde habían fallado… Ellas me pedían su examen, iban con Dennis y, después, él llegaba y solo me decía: ‘Cambiale la nota’”.

Las personas entrevistadas que pasaron por la facultad describen el despacho de la Unidad de Vida Silvestre como el espacio de control de Dennis Guerra. El auxiliar, que terminó dejando el trabajo en 2009, narra que “era un lugar donde Dennis Guerra tocaba guitarra, bailaba salsa y nadie aprendía nada. Empecé a ver un desfile de alumnas”.

***

En 2014, S. terminó la carrera y empezó a trabajar entonces como auxiliar en la facultad. “Seguían los acosos, pero yo no quería que mis alumnas pasaran por lo mismo. Les decía que si él les hablaba, eso no estaba bien”.

Años después, S. comenzó una relación con su actual pareja, con quien habló de los patrones de conducta de Guerra, de los abusos constantes en la universidad y de la impasibilidad de la facultad. Su pareja conocía bien la situación. Él era el auxiliar que había trabajado con Dennis Guerra, y que había advertido a Adriana y a Ligia años antes.

El año pasado, en 2020, él puso en contacto a S. y a Adriana, quienes decidieron que era hora de hacer públicos los señalamientos. En junio de ese año surgió en Twitter el perfil Yo te cuido, un espacio en el que se recogen y se hacen públicas denuncias anónimas de acoso y abusos. Las dos decidieron enviar su testimonio.

Primero lo hizo S., a quien se lo publicaron en agosto de 2020. Después, Adriana envió el suyo. Las administradoras de la página tardaron varios meses en sacarlo a la luz.

Una de las imágenes que se compartió en el perfil Yo te cuido.

Ambas esperaban que, después de las publicaciones, hubiera una reacción en cadena. Que más mujeres levantaran la voz, que se hiciera un gran revuelo, que hubiera consecuencias por parte de la universidad. Pero la respuesta pública fue vaga: algunos estudiantes se pronunciaron, pero, por parte de la facultad, silencio.

Los otros señalamientos

Después de hacer las publicaciones, Adriana habló con un excompañero del tema y él le recordó a otras dos alumnas de la facultad: P. y M.

P. había entrado en la facultad en 2004. La primera vez que se sintió acosada por Dennis Guerra fue en su oficina. Ella tenía 18 años y estaba sentada cerca de su mesa, distraída. “Llevaba unas sandalias y él me acarició el pie. Volteé a ver y me dijo: ‘Qué pies más bonitos tenés’. Me sentí incómoda y me fui”, recuerda ahora. Desde entonces, cuando tenía que ir a su oficina, trataba de no llegar sola. Si iba acompañada, evitaba estar cerca de él, afirma P.

Años después, en el segundo semestre de 2010, en el módulo de Vida Silvestre, P. y unos compañeros fueron con Dennis Guerra a una finca de avistamiento de aves. En el camino al lugar, hacía frío y ella temblaba. “Él me tomó de la mano”, cuenta P.. Y ella no supo cómo reaccionar.

En la noche, cuando estaban sentados en la mesa, él se colocó frente a ella y trató de acariciarla con sus pies. “Yo me quité”, dice P. Esa noche decidió cambiarse de cuarto, para no estar sola.

David Granados, el estudiante que avisó a Adriana cuando empezó su relación con Guerra, también estaba en ese viaje. “Recuerdo que él le había acariciado por debajo de la mesa y ella estaba bien preocupada. Creo que dormimos todos en el mismo cuarto para que él no fuera a intentar nada más”, asegura Granados. “Ella me comentó que sentía cierta impotencia porque estábamos en el último curso y, si no lo ganaba, tenía que repetirlo y perder un año”, añade.

P. también recuerda que Guerra trató de acercase a ella de la misma manera que lo hizo con Adriana y con L: “Yo tenía un frijolito, y una vez en clase me entró un mensaje que decía: ‘Eres la mujer más hermosa y sexy del mundo’. Al seguir leyendo, vi sus iniciales”.

“Les dije a mis amigos: ‘Por favor, necesito que jamás me vayan a dejar sola con este tipo, pase lo que pase’. Les enseñé el mensaje y llamé a mi novio llorando”, cuenta P.

***

M. entró a la universidad en 2007. Explica que, igual que P., siempre que tenía que ir al despacho de Guerra intentaba hacerlo acompañada. Se sentía incómoda. Un día llegó a la oficina porque necesitaba consultar la nota de un examen. “Me enseñó mi examen y empezó a escribir algo en la computadora. Me dijo que mirara. Había escrito en el buscador: ‘Tú serás la prueba de que sí pueden existir dos glorias juntas’. Le pregunté, gritando, a qué se refería y él lo borró rápidamente”.

Los intentos de acercamiento, cuenta M., no pararon ahí: “Me escribía mensajes de texto y me ponía papelitos en el parabrisas del carro: ‘Hoy estás muy bonita’, decían. Ponía extractos de poemas… Yo solo los agarraba y los rompía”. M. dice que sabía que eran de él porque estaban firmados con sus iniciales: DSGC.

El profesor le regaló unas muñecas rusas, igual que a Adriana y a Ligia. Ella se lo contó todo a su madre. La mujer le dijo que se las devolviera y que lo hiciera delante de más gente, que se asegurara que veían cómo se las daba de regreso. También que lo hablara con la orientadora estudiantil.

Las muñecas que Ligia asegura Dennis Guerra le regaló.

M. le hizo caso a su madre. Devolvió las muñecas y fue con la orientadora, que entonces era Sandra Margarita Candelaria Pérez Ruiz. Hace unas semanas, M. volvió a hablar con ella. Le preguntó si recordaba la charla que tuvieron hace años. Pérez le dijo que sí. Que la joven le había pedido que mantuviera el secreto profesional y que ella le había recomendado presentar una denuncia con las autoridades de la facultad y en el Ministerio Público, afirma M.

La madre de M. cuenta hoy que al inicio ella también le recomendó a su hija que denunciara, pero después cambió de opinión: “Desistí al enterarme de que Dennis Guerra formaría parte del tribunal evaluador del examen general público de ella, previo a graduarse”.

La mujer recuerda que, cuando era estudiante, su hija M. “se sentía insegura, así que trataba de no andar sola en la facultad y en el parqueo. Evitaba dar continuidad a las conversaciones iniciadas por él; si identificaba en dónde estaba, cambiaba la ruta. Se sentía observada cuando recibía esos papelitos”. Asegura que su hija “estudiaba más que nunca en sus clases para estar segura de que no la reprobaría”.

Tratamos de entrevistar a Pérez Ruiz, para consultarle si otras estudiantes la habían buscado para señalar casos como el de M. La orientadora explicó que se encontraba muy ocupada y se comunicaría para gestionar la entrevista, pero al cierre de este reportaje, no había dado respuesta.

El temor a denunciar

Ni M. ni las demás exalumnas que señalan abusos por parte de Dennis Guerra, ni tampoco los exestudiantes o auxiliares que conocían los casos presentaron denuncias en la facultad. El argumento es el mismo: sabían del poder que tenía —que todavía tiene— Guerra: es un profesional respetado y ha sido parte de la junta directiva del centro.

“Él no solo es bien visto en la facultad, también por parte de los veterinarios”, dice S.. “Es investigador, científico y ha puesto en alto el nombre de la facultad. Es el paquete completo. Es joven en comparación con los catedráticos, fue un alumno brillante… su estatus es alto y tiene poder”. 

“Si querés ganar una decanatura, querés a Dennis Guerra de tu lado”, dice otra de las personas entrevistadas.

Pero, además, ni en la facultad ni en la universidad había entonces una ruta para plantear estas denuncias. De hecho, en la práctica, todavía no existe, a pesar de los señalamientos públicos que alumnas de diferentes facultades han hecho en los últimos años contra profesores, alumnos y personal de la universidad. Un estudio realizado desde 2018 por la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU) recopiló reportes de 786 alumnas que señalan casos de acoso en la Usac.

[Quizás te interesa leer: Casi una de cada tres denuncias de acoso en la Usac es contra profesores]

En noviembre de 2020, el Consejo Superior Universitario (CSU) aprobó un Reglamento para la prevención, detección, atención, sanción y erradicación del Acoso Sexual. Sin embargo, ha sido criticado por estudiantes: no fue revisado por el alumnado y establece que la comisión que conocerá los casos estará formada por personas nombradas por el mismo CSU. Han pasado varios meses desde que se creó el reglamento, pero las unidades a cargo de recibir e investigar las denuncias aún no se han creado.

Una manta colgada en la fachada de la Asociación es Estudiantes Universitarios, en la Usac.

Karla Riera, socióloga experta en vinculación con la comunidad y violencia de género, remarca que “hay que partir del hecho de que la academia está robustecida por la asimilación de la violencia y no tiene mecanismos para la protección de las víctimas, que muchas veces son revictimizadas. Las alumnas no denuncian porque creen que no las van a creer, que no las van a ayudar”.

“Además —continúa Riera—hay esa creencia de que el reconocimiento de un profesor pesa mucho más que dañar su imagen por una violencia que quizás no es tan fácil probar”.

La denuncia

Cuando Adriana y S. conocieron las historias de las demás exalumnas, pensaron en todo esto que menciona la socióloga. Pero se plantearon romper el silencio. Hablaron entre ellas, conversaron con una psicóloga que las orientara, con abogadas y con catedráticas y decidieron tomar acciones legales. Durante semanas, prepararon sus argumentos, pidieron los testimonios de compañeros y compañeras y de actuales estudiantes de la universidad.

El 12 de mayo presentaron una denuncia en el Colegio de Médicos Veterinarios y Zootecnistas de Guatemala.

Entre las acciones que solicitan al Tribunal de Honor del Colegio está que se le aplique la máxima sanción a Guerra “con el fin de que no pueda ejercer sus cargos como docente y deje de ser una amenaza para los estudiantes y miembros del colegio profesional actuales y futuros”.

Antes de que las profesionales presentaran la denuncia, solicitamos una entrevista en el Tribunal de Honor del Colegio de Médicos Veterinarios y Zootecnistas, para conocer cuáles son los procedimientos que siguen cuando reciben este tipo de denuncias y si ya habían recibido alguna otra queja por abusos sexuales.

La institución nombró a Vanessa Granados, suplente del Tribunal de Honor, para que diera la entrevista. Granados explicó que, en los casi dos años que lleva instalado este tribunal, no han recibido ninguna denuncia por violencia o acoso contra alguno de los colegiados. Además, revisaron el récord de denuncias de los últimos cinco años y asegura que tampoco encontraron ningún caso.

Sobre el proceso que se lleva a cabo, indicó que analizan las denuncias e informan al colegiado de que está siendo acusado: “La persona tiene un período de unas dos semanas para entregar sus pruebas de descargo. Si no encontramos nada, se manda a avisar a la parte acusada y a la que está acusando y si hay una falta, hay que ver qué sanción corresponde”.

Estas sanciones van desde una pena económica a amonestaciones privadas, públicas y la suspensión temporal y definitiva, aunque esta última, dice Granados, casi no se ha utilizado. “Se emiten con base en la gravedad y también se ve la reincidencia. Además, la denuncia tiene que estar bien sustentada”, aclara Granados.

Sobre esto último remarca que, si no hay documentos físicos, no se puede emitir una resolución: “Tenemos que estar basados en evidencia”, declara la representante del Tribunal.

El Código de ética del Colegio establece en su artículo 41 que, como docente, “el colegiado deberá observar la debida ética en todo su actuar, ecuanimidad en el trato para con sus alumnos, absteniéndose de favorecer o perjudicar a alguno en especial, ya sea por simpatía, dádivas o presiones de cualquier tipo”.

Sin embargo, apunta Granados, el tribunal no tiene potestad para retirar a alguien de su puesto de trabajo. En el caso de un catedrático, indica, sería la junta directiva de la facultad la encargada de tomar este tipo de acciones, si lo considera necesario. “Pero no creo que una opinión basada en evidencia del Tribunal de Honor sea pasada por alto”, puntualiza.

Las exalumnas también tienen pensado presentar una denuncia ante la junta directiva de la facultad. Por ahora, aún evalúan si plantear acciones legales en el Ministerio Público.

La respuesta de Dennis Guerra

Actualmente Dennis Sigfried Guerra Centeno es catedrático de la Escuela de Posgrado de la Facultad de Veterinaria. Hablamos por vía telefónica con él, y se le cuestionó por los señalamientos de las exalumnas. Guerra negó las acusaciones. “Creo que a veces se malinterpretan las cosas —aseguró—. Trato de ser bien respetuoso y nunca hago nada que creo que le vaya a molestar a la otra persona”.

Sobre los mensajes con halagos y piropos que las cinco alumnas aseguran haber recibido del profesor, Guerra respondió lo siguiente: “Yo creo que todos hacemos halagos si vemos algo bonito. Y si alguien me dice que le está molestando algo, no lo sigo haciendo. No lo catalogaría como abuso. Pero uno no sabe lo que piensan otras personas. Lo que para uno puede ser halago, para otro puede ser acoso”.

También negó haber tenido relaciones sentimentales, consentidas o no, con alumnas, y aseguró que los señalamientos “se sienten como un ataque. Casi siempre en épocas de elecciones me suelen atacar porque creen que voy a ser candidato y eso me va a dañar”, dijo.

Guerra aseguró que, después de ver los señalamientos en la cuenta Yo te cuido el año pasado, decidió cortar relación con sus alumnas y alumnos en redes sociales. “A raíz de la denuncia anónima, ya no tengo contacto con ningún estudiante de ningún tipo en redes. Solo tengo a mi familia y a algunos colegas. Yo me limito a dar mi clase y ya”, zanjó.

Le consultamos si, luego de la denuncia pública, se cuestionó acerca de la relación con sus alumnas. “El tema del acoso es una cosa subjetiva. Tal vez uno está haciendo un halago, pero puede ser interpretado como acoso, pero uno no sabe. Como le digo, soy respetuoso. Nunca voy más allá de lo que la persona manifiesta que está sintiendo violencia”, concluyó. Cuando S. hizo pública su denuncia en la cuenta Yo te cuido, integrantes de la Asociación de Estudiantes de Veterinaria y Zootecnia emitieron un comunicado de rechazo a las muestras de acoso sexual y de apoyo a las mujeres que lo hubieran sufrido. Además, exigieron a la facultad que investigara los casos y mostrara interés por hacer de la universidad un espacio seguro. 

El 27 de agosto de 2020, la junta directiva citó a los miembros de la asociación a una de sus sesiones en línea, para cuestionarles por el comunicado. Cuatro de los estudiantes de la asociación plantearon en ese espacio su preocupación ante los señalamientos.

Gustavo Enrique Taracena Gil era entonces decano de la facultad. Según recoge el acta 21-08/2020, Taracena les comentó que la facultad había dado seguimiento a las denuncias presentadas en el pasado. “Estamos preocupados por la exigencia que hacen ustedes, pero se siguen ciertos procesos”, aclaró. “(Ahora) no hay denuncia formal. Las publicaciones en las redes sociales han sido anónimas. Se necesita denuncia, agraviado y pruebas”.

En esa misma reunión, Andrea Normans, vicepresidenta de la asociación, les hizo ver que “cuando se hacen comunicados anónimos es por miedo a represalias y por eso no presentan denuncias”. Además, remarcó que las estudiantes desconocen dónde plantearlas dentro de la facultad.

En la sesión, Miguel Rodenas, vocal II de la junta directiva, aseguró tener claras las preocupaciones de la asociación, pero cuestionó que “el comunicado le hace daño a la facultad, porque nos presenta como un grupo de degenerados sexuales”. “Primero debieron comunicarse con nosotros”, les reclamó, y añadió que, “mientras no hay pruebas, no hay conocimiento del caso. Donde hay hombres y mujeres siempre va a haber relaciones interpersonales que pueden ser malinterpretadas”.

En la sesión se concluyó que se normaría “la forma de hacer una denuncia” y que se realizaría una conferencia online con expertos para explicar a estudiantes, docentes y personal administrativo qué es el acoso.

Andrea Normans, vicepresidenta de la asociación de estudiantes, asegura que hoy, nueve meses después, no se llevó a cabo ninguna acción por parte de la facultad: “Nunca pusieron un espacio de denuncia. Sólo nos dijeron que como asociación buscáramos información sobre el proceso de denuncias en el Ministerio Público, para dársela a los alumnos cuando hubiera casos (de acoso)”.

Taracena terminó su período como decano de la facultad en abril de este año. Asumió además en febrero como rector interino, después de la captura de Murphy Paiz, acusado en el caso de Comisiones Paralelas. Tomó posesión como rector por ser el decano con más antigüedad, como señala la Ley Orgánica de la Usac.

Tratamos de comunicarnos por teléfono con el exdecano para consultarle acerca del seguimiento a este tipo de denuncias en el pasado, de la ruta de denuncia y de la conferencia online sobre acoso a la que se comprometió en la sesión de agosto de 2020. Hasta el cierre de esta edición no había respondido las llamadas ni los mensajes.

Rodolfo Chang Shum asumió en abril de este año como decano de la facultad, en lugar de Taracena. Hablamos con Chang por teléfono para consultarle si tenía conocimiento de los señalamientos contra Guerra o contra algún otro profesor y si desde el centro de estudios se estaba creando un sistema de denuncia y se planeaba dar charlas a estudiantes, docentes y personal administrativo.

Chang aseguró que este tema es importante para la nueva administración y que “se están institucionalizando todas las actividades, convenios y comisiones”. Explicó que la secretaría de la junta directiva podría dar información sobre el tema, pero solicitó que las preguntas fueran enviadas previamente, para formalizar la respuesta. Enviamos las consultas por correo electrónico y a su teléfono, a través de WhatsApp. A la fecha de publicación de este reportaje aún no hubo respuesta ni del decano ni de la junta directiva.

La normalización, la cultura de violencia

Antes de presentar la denuncia en el Colegio de Veterinarios, las exalumnas conversaron con varias catedráticas, que les ofrecieron su apoyo. Una de ellas fue Mónica Solórzano, profesora de Ciencias Fisiológicas de la facultad. Solórzano asegura que, hasta que habló con las exalumnas, no asoció los comportamientos de Guerra como abusos. 

“Se oyen chismes. Yo las veía con el profesor y pensaba: ‘Están con él porque les gusta’. Aunque no estaba de acuerdo”, indica. La catedrática reflexiona que, hasta hace poco, no había pensado que existe un desequilibrio de poder entre profesores y alumnas.

Entrada de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la Usac.

De hecho, personas consultadas para este reportaje también indicaron que, en ocasiones, eran las mismas alumnas las que buscaban entablar alguna relación con los profesores. La socióloga Karla Riera explica que, aun así, este tipo de conductas hay que entenderlas dentro de las relaciones desiguales de poder: “Es un abuso, porque hay una superioridad del maestro sobre la alumna”.

Mónica Solórzano dice que le impactó conocer las historias de las exestudiantes: “Me sorprende porque es repetitivo, a cada una le hizo lo mismo”. Y añade que hay una serie de comportamientos que en la facultad están normalizados. “La facultad era de hombres, siempre ha sido de hombres, hasta hace poco”, explica.

Según datos facilitados por la Unidad de Información Pública de la Usac, en el año 2000, el 65.2% de los alumnos en la facultad de Veterinaria eran hombres. Los estudiantes han sido mayoría desde que comenzó la facultad hasta el 2010. En los últimos 10 años, los porcentajes se han revertido: para el curso 2021, el 62.9% de las personas inscritas son mujeres.

Los profesores también son mayoría en la facultad de Veterinaria. Datos de la Unidad de Administración de Recursos Humanos de la Usac muestran que los docentes representan el 70.4% de la plantilla, mientras que las catedráticas apenas son el 29.6%.

El porcentaje cambia si hablamos de profesores interinos —la mitad son hombres y la otra mitad mujeres— o de auxiliares: solo hay cinco hombres, frente a 15 mujeres.

El hecho de que en el centro haya existido históricamente una mayoría de alumnos y profesores titulares hombres ha influido, según estudiantes, exestudiantes y docentes entrevistados, para que en la facultad se haya instalado una cultura de violencia, de acoso, de silencio y de no denuncia, que aún hoy está muy enraizada.

Leslie Vásquez es estudiante de quinto año de Veterinaria, secretaria de cultura de la AEU y coordinadora de Red Estudiantil, un grupo creado hace un año, después de varias quejas de estudiantes, que alegaban que no eran escuchados por la asociación de estudiantes de la facultad.

Vásquez asegura que la facultad de Veterinaria “es muy apática ante los temas políticos y sociales, y por más que exista acoso, se quedan callados”.

Dice que, cuando las alumnas entran a la facultad “los consejos de las personas de años mayores son: ‘Tené cuidado con este catedrático. Si se te acerca mucho, alejate, si te escribe por Facebook, no le vayás a responder’”.

Las mismas exalumnas que presentaron la denuncia aseguran que el caso de Dennis Guerra no es el único.  A medida que hablamos con las personas entrevistadas para este reportaje, fueron surgiendo los nombres de más catedráticos. Además de Guerra, por lo menos, mencionaron a otros seis profesores.

Algunas personas conocían casos concretos de alumnas que sufrieron violencia. Otras habían escuchado rumores de estudiantes de años anteriores.

Una de las exalumnas que presentó la denuncia contra Guerra también tuvo una experiencia de acoso con otro profesor. Ligia había cerrado la carrera en 2012, pero no la retomó hasta 2018 —cuando volvió a encontrarse con Guerra— por un motivo. “Mi tesis la dejé tirada por otro profesor”, dice.

En 2012, su asesor de tesis le sugirió un tema y empezó a trabajarlo para poder graduarse. “En una de las giras que hicimos, de regreso, pasamos tomando una cerveza y él decidió que estaba bien que me agarrara la mano. Me paralicé”. Un compañero se dio cuenta y la apartó. “Ya no quise trabajar. Se me quitaron las ganas, Dije: ‘Mejor lo dejo para después’. Lo fui engavetando y ya no hice ese trabajo”, explica Ligia.

S. también cuenta que, cuando ella fue auxiliar, vio abusos de poder por parte del catedrático con el que trabajaba. “No es cazador como Dennis Guerra, pero si una alumna quiere con él, le dice que sí”. 

“Creo que callamos mucho —agrega Mónica Solórzano, al cuestionarle por qué ella, como catedrática, no denunció este tipo de acosos—. Por no contradecir, por no seguir peleando, nos quedamos callados. Y hace falta hablarlo, hace falta pelearnos. Ahora que hay alguien que se armó de valor y va a denunciar, hay que apoyarlas”.

Solórzano dice que la intención de algunas docentes, después de la denuncia de las exalumnas, es hacer incidencia en la junta directiva de la facultad para que cree comités de ética e imparta talleres al alumnado y al personal del centro.

Las exalumnas buscan que exista un cuestionamiento y algún tipo de sanción contra Guerra, pero también cambios de fondo. En la denuncia, también piden que el Tribunal de Honor recomiende a la facultad de veterinaria que capacite a estudiantes, administradores y docentes para prevenir el acoso y que se formen comités de ética del comportamiento que apoyen la recepción y el seguimiento de denuncias.

Leslie Vásquez, de la AEU, lo comparte: “Hay que hablar de cambiarlo todo, de cambiar la cultura. Es un paso muy grande el que se tiene que dar”.


*Nota de edición: El 14 de mayo de 2021 se corrigieron algunas imprecisiones temporales en el texto.

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