Frente a las sequías las agricultoras de Rabinal, Alta Verapaz, han creado nuevas formas de cultivar y aprovechar el agua.
«A nosotras nos toca trabajar. Si no trabajamos, no comemos, no podemos comprar pan», dice Francisca Manuel Gómez y dos mujeres que la acompañan asienten. Para ellas y para otros habitantes de las aldeas y caseríos de Rabinal, en Alta Verapaz, este enunciado es literal.
Las comunidades como Xesiguan y Panacal sobreviven de la producción agrícola de hortalizas y granos básicos, como el maíz. La utilizan para su autoconsumo y venden el excedente en los mercados de la cabecera municipal y también en Cubulco, un municipio ubicado a unos 17 kilómetros de Rabinal
Ante la sequía actual, la pérdida de sus cosechas amenaza su seguridad alimentaria y los hace cada vez más vulnerables a la pobreza multidimensional.
Cultivar en tiempos de sequía
Rabinal es uno de los 46 municipios que integran el Corredor Seco, una región ecológica que se extiende por Centroamérica y que cubre 10% del territorio guatemalteco. Esta zona es particularmente vulnerable a sequías, inundaciones y lluvias cada vez más irregulares, lo que afecta la productividad de los suelos.
En los últimos años, el Corredor Seco ha experimentado sequías cada vez más extensas e intensas. En 2014, registró una canícula que se prolongó hasta 2017 y, de nuevo, en 2023 y 2024.
Las sequías son intensificadas por El Niño, un evento natural que calienta el océano Pacífico central y oriental. Aunque este fenómeno ha existido por miles de años, los efectos que provoca se han intensificado por el cambio climático antropogénico —es decir, causado por los seres humanos—.
En 2026, el océano alcanzó la temperatura más alta reportada en la historia. En Guatemala, el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación registró 135 municipios con afectaciones en cultivos por la canícula extendida, según indicó Claudinne Ogaldes, secretaria ejecutiva de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (CONRED), en una citación en el Congreso de la República.
Ante esto, desde hace seis años, las agricultoras de Rabinal han descubierto y perfeccionado alternativas que les permiten alimentarse, cosechar y garantizar un futuro para sus familias.
Una «cama» para volver a cosechar
Francisca Gómez prepara el tablón —un pedazo de unos 3 por 1.5 metros cuadrados, separado del resto — donde sembrará cebolla. En su parcela ha cosechado apio, cilantro, acelga, apazote y plantas medicinales, como hierbabuena y flor de muerto.
Son las ocho de la mañana y el sudor ya escurre por su rostro mientras echa cal en el tablón y luego, una capa de ceniza que recogió después de quemar leña para hacer el fuego con el que cocinó. Estos materiales alejan los nematodos —microorganismos que pueden ser perjudiciales para las cosechas— y ayudan a guardar humedad.
Encima de la ceniza aplica rastrojo (hojas, ramas y raíces de plantas) y medio litro de abono líquido cuarteado por agua. Luego, una capa de estiércol de ganado, otra de broza (tierra y hojas) y, finalmente, tierra. Lo revuelve con una pala y un azadón.
Este método, llamado cama biointensiva, le permite mejorar la fertilidad del suelo y retener la humedad.

Antes de 2020, durante la época seca, las agricultoras debían regar sus siembras al menos dos veces al día. Ahora, lo hacen en solo una ocasión, lo que les da más tiempo libre.
El proceso es completamente orgánico: utilizan semillas criollas y herbicidas naturales. Por ejemplo, flor de muerto. «En una palangana grande, la pone con chile y ajo. Después de tres días, la cuela y fumiga las hortalizas», dice Francisca Manuel.
Desde que implementaron las camas biointensivas, los productos son más grandes. Esto también ha beneficiado sus ventas.
«La gente conoce, saben que es “buena hierba” porque es pura, natural», explica Albertina Alvarado, también agricultora.
Este método es implementado por once agricultoras de Panacal. Ellas comunicaron su necesidad de mejorar la producción de hortalizas, especialmente, en la temporada seca a la Asociación de Servicios Comunitarios de Salud (ASECSA) quien llevó a un ingeniero agrónomo a enseñarles el proceso.
Proyectos comunitarios que transforman la producción agrícola
Las camas biointensivas son uno de los 32 proyectos de innovación que ASECSA acompaña en su programa de innovación. Inició con 230 agricultores y se expandió, por medio de réplicas, a unas 1500 personas beneficiadas.
Esta entidad surgió en 1976 y está conformada por 46 organizaciones de base cuyo enfoque principal es la salud comunitaria. Por ejemplo, con la formación de proveedores de salud y comadronas para fortalecer la atención primaria para la prevención de enfermedades que suceden en las comunidades rurales por la falta de acceso a servicios de salud básicos.
Desde hace 20 años, ASECSA trabaja gestión del riesgo ante el cambio climático. «Esto ha sido demandado por las comunidades con las que trabajamos, por las organizaciones, porque cada año han ido viendo cómo aumenta por vientos fuertes, inundaciones y sequías», explica Sandra Miguel, coordinadora de proyectos nacionales y del área de gestión para la reducción de riesgos a la salud de la organización.
El programa de innovación es parte de la Start Network, una red internacional de más de 140 organizaciones no gubernamentales (ONG). Lo han aplicado en siete comunidades rurales de cinco departamentos: Baja Verapaz, Petén, Retalhuleu, Chimaltenango y Alta Verapaz.
La metodología contempla cuatro etapas. En la primera, las comunidades reflexionan sobre los riesgos a desastres que más les afectan y, en la segunda, se identifican y seleccionan ideas que, desde sus visiones y prácticas culturales, pueden disminuir la vulnerabilidad.
Los proyectos que son apoyados por la oenegé están enfocados en la producción agrícola, por medio de camas biointensivas o invernaderos. También hay algunos de producción textil por medio de telares de pedal y otros que producen, transforman y comercializan concentrados orgánicos.
Se busca que las comunidades identifiquen sus problemáticas relacionadas a los riesgos a desastres y planteen soluciones creativas, innovadoras y sostenibles tomando en cuenta su propias particularidades.
Sembrar juntas frente al cambio climático
En lo alto de un cerro de la comunidad Plan de Sánchez, también en Rabinal, Alta Verapaz, 17 mujeres trabajan en un invernadero. Algunas extraen la maleza y otras riegan las cosechas. Al menos tres de ellas son acompañadas por sus hijos e hijas menores de seis años.
Ellas solían dedicarse a las labores del hogar. Una de ellas, Martina Gravis, vivió un tiempo en la Ciudad de Guatemala junto a su esposo, a donde migró para trabajar como empacadora.
«El clima está cambiando. Antes había lluvia y ahora no. La milpa se está secando y ya no podemos cosechar nuestro producto», dice Gravis.
Las mujeres se organizaron, originalmente, para crear un grupo de ahorro con apoyo de otra organización social. Luego, asistieron a las capacitaciones realizadas en ASECSA y solicitaron apoyo para construir su propio proyecto.
Las ahora agricultoras decidieron construir un invernadero. ASECSA brindó los materiales, la formación técnica y la capacitación. Por su parte, las mujeres aportaron la mano de obra, así como insumos menores, como madera.

La inversión para el invernadero fue de 82,682.90 quetzales, según los costos estimados por ASECSA. Esto incluye los materiales y herramientas, la mano de obra y la formación técnica.
Según el portafolio de innovaciones de ASECSA, este método minimiza los efectos del cambio climático y mejora la calidad de los suelos.
El invernadero de las agricultoras les permite que produzcan hortalizas durante todo el año, debido a que garantiza el acceso al agua, a través de un sistema de tubería por goteo, y las condiciones ambientales —como la humedad, garantizada por la utilización también de las camas biointensivas—, que lo hacen posible.
Al estar cubierto por una estructura de madera y nylon, también protege los cultivos, por ejemplo, de las lluvias torrenciales.
Las mujeres tienen rábano, repollo, acelga, chipilín, cebolla, rábano, papa y miltomate sembrados en el invernadero. Se turnan para que al menos tres de ellas visiten y rieguen los tablones diariamente.
Las 21 beneficiarias del proyecto participan en la cosecha. Extraen los productos con sus manos y los preparan en «manojos» que luego venden a un comerciante de la comunidad. Guardan las ganancias para continuar con la inversión.
«Me gustaría motivar a las demás mujeres porque no solo vivimos en casa. Es importante que también emprendamos en algo. Nuestra meta es hacer que el invernadero sea más grande para generar más ingreso», dice Mildred Gerónimo, otra de las beneficiarias.
Cuando la solución se multiplica
Uno de los objetivos del programa de innovaciones «es que las mismas comunidades promuevan sus ideas con las familias y comunidades vecinas, incluso con las entidades gubernamentales, demostrando que su idea mitiga en realidad el riesgo al cual están expuestos», explica Sandra Miguel.
Esto ha permitido que los proyectos se repliquen. Por ejemplo, el proyecto de Plan de Sanchez es una réplica del invernadero de Pachirax, un grupo de 17 agricultores de Xesiguan. De ellos obtuvieron la ingeniería —por ejemplo, el sistema de riego por goteo— y también, sus aprendizajes.
Previo al invernadero, los agricultores de Xesiguan utilizaban químicos para combatir las plagas y semillas criollas. Desde que iniciaron el proyecto, utilizan semillas nativas y abono orgánico que ellos mismos guardan y producen.
«Usamos abono orgánico para no contaminar y porque sabemos que los químicos, a veces, provocan cáncer y enfermedades. Quisiera que mi comunidad no use tanto químico», dice el agricultor Inocencio Cuxú, quien, además de colaborar en el invernadero comunitario, también construyó uno propio.
Las réplicas han permitido que el impacto de los proyectos de innovación sea aún mayor. Según Miguel, de 230 familias beneficiadas, han pasado a unas 1500.
El gran impacto: la seguridad alimentaria
Algunos de los proyectos acompañados por ASECSA, como las camas biointensivas, son iniciativas completamente novedosas para la región. Otros, como los invernaderos, son adaptaciones de sistemas, metodologías y conocimientos ancestrales de las mismas comunidades.
Por ejemplo, en Panacal, el agricultor Miguel Cheng ha utilizado un pozo para obtener el agua que utiliza para regar sus cultivos desde hace más de diez años. Ahora, con el acompañamiento de la oenegé, a su sistema se ha agregado un motor sumergible, un sistema de captación de agua de lluvia, una estructura de riego por goteo y un tanque de almacenamiento.
«Ahorita que estamos viendo el cambio climático, si no tuviéramos este reservorio de agua y las goteras, no lograríamos la cosecha de milpa», indica Cheng.

En los territorios del corredor seco, lograr la cosecha significa garantizar la seguridad alimentaria de la familia y así poder comer.
«Quisiéramos que esto sea visible con otras comunidades, con otras organizaciones y con las entidades gubernamentales para que inviertan en este tipo de proyectos. Solamente así vamos a cambiar el sistema humanitario para que en realidad haya sostenibilidad de la vida y las comunidades», finaliza.
Mientras tanto, el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación (MAGA) anunció que ha iniciado un plan de asistencia alimentaria para enfrentar los efectos de la sequía. La estrategia entregará raciones de alimentos (frijol, maíz y arroz) a 1,212,178 familias entre septiembre y diciembre de 2026 y priorizará a hogares afectados por la situación alimentaria y la pérdida de cultivos.
Para ello, el Estado destinó 500 millones de quetzales. La compra será realizada bajo el liderazgo de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred), mediante el Programa Mundial de Alimentos.
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Texto: Kristhal Figueroa
Edición: Lourdes Álvarez
Fotografías: Christian Gutiérrez




