Graciela Iturbide: «Hago mis fotos por placer y luego, ya, vuelan»

Graciela Iturbide, maestra de la fotografía latinoamericana, presenta su primera exposición en Guatemala, curada por Elena Navarro. En esta entrevista, Iturbide reflexiona sobre su trabajo de los últimos 50 años. Sobre su forma de entender el arte, la importancia de la mirada propia y de tomarse el tiempo necesario. La exposición de Iturbide estará abierta hasta junio en el Centro Cultural de España.

En el vestíbulo del Centro Cultural de España en Guatemala, tres especialistas en montajes museográficos montan la última fotografía de la primera exposición de Graciela Iturbide en Guatemala.  «Qué simbólico», …

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Julio Serrano Echeverría

En el vestíbulo del Centro Cultural de España en Guatemala, tres especialistas en montajes museográficos montan la última fotografía de la primera exposición de Graciela Iturbide en Guatemala. 

«Qué simbólico», susurra Juan Brenner, «Nuestra señora de las iguanas fue la última foto en montarse». Brenner, fotógrafo guatemalteco, está ahí como parte de un inmenso equipo de personas que durante poco más de seis meses estuvieron preparando esta exposición curada por la española Elena Navarro, quien ha dedicado su recorrido curatorial a la fotografía latinoamericana. 

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Nuestra señora de las iguanas. Graciela Iturbide.

Nuestra señora de las iguanas es de las fotografías más conocidas de Graciela Iturbide, una de las más grandes fotógrafas (¿de Latinoamérica?, ¿del mundo?, ¿hace falta medirla?).

Graciela Iturbide recibió el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2025. Un reconocimiento que también han ganado Juan Rulfo, Serena Williams, Augusto (Tito) Monterroso, Umberto Eco, Meryl Streep… Esto sirve para decir, en mundanos términos, que Iturbide es una rockstar de la fotografía. «Mano, es como traer a Mick Jagger», también se dijo al final del montaje de la exposición. 

Hace unos meses, durante su conciso discurso de la recepción del Princesa de Asturias, habló sobre cómo mira ella la fotografía: «No me gusta que digan que mi fotografía es mágica, mas me interesa, y no sé si lo logro siempre, que haya una dosis de poesía en ella. La fotografía juega con una ambigüedad; devela un fragmento de la realidad que yo procuro volver a velar, con el objeto de no dilapidar el misterio que recoge, por más que el espectador a veces lo dude».

Iturbide es una de las más respetadas y admiradas fotógrafas del planeta. Una mujer sencilla, generosa y muy amable. En algún momento en off de esta entrevista negó entre risas los beneficios de la fama, a la vez que reivindicaba los del cariño. 

También es de pocas palabras. Quizás porque, ante cualquiera de sus fotografías, uno puede detenerse largo rato; minutos, años… Ahí, en su mirada, se expande una conversación que se sostiene a sí misma en la imagen. 

Graciela, tal cual lo dice usted, lleva 50 años de su vida fotografiando el mundo. ¿Qué piensa cuando mira una exposición suya como esta?

Reflexiono: quiero seguir fotografiando, porque para mí es como mi terapia, mi vida. Y cuando veo todas estas imágenes, tengo recuerdos del lugar, de las gentes… Muchas fueron mis amigas, sobre todo en Juchitán, y me recuerdo del momento. 

Ya no me asombro, porque las veo muy seguido, en las cajas donde están las fotografías… La verdad, no creas que siento mucho (al verlas ahí); siento algo cuando tomo la foto y me gusta y la revelo y la imprimo, ahí sí siento.

Generalmente, fotografío personas. Últimamente estuve en Lanzarote fotografiando volcanes y lava; pero cada vez que veo a las personas me acuerdo de ellas y me acuerdo de los momentos que pasé con ellas. 

Yo las fotografío a ellas cuando las veo. Estoy conociendo mi país, porque para mí la cámara es un pretexto para conocer el mundo.


«Cuando las veo» significa muchas cosas en una artista como Iturbide. Como ella misma lo dice en distintos espacios, no le gustan las generalizaciones como «esto es México». Cuando alguien mira una de sus fotografías, «es Graciela Iturbide», defiende ella con firmeza; es su mirada. Durante largos años, la fotógrafa ha recorrido, sobre todo, el territorio mexicano, con particular amor a los zapotecas de Juchitán en Oaxaca y a los Seris en Sonora.  


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Graciela Iturbide. Fotografía: Julio Serrano Echeverría

Ha cambiado el mundo el mundo que usted ha fotografiado, ¿cómo se sienten esas transformaciones?

Acabo de ir a Chalma, donde fotografiaba mucho, y esta vez yo quería llorar porque era como Disneylandia. Lo que hace la televisión y los teléfonos celulares… Ver todos estos monstruos, casi de plástico, la fantasía. Y en esta ocasión era la procesión de Chalma, a la que voy casi todos los años, y te juro que no podía fotografiar, no lo podía creer… Pero luego, me dijo un antropólogo: «Síguelo fotografiando, para que se vean los cambios”. En Juchitán y en los Seris no ha cambiado mucho, pero Chalma…

Sin embargo, usted ha mantenido en su trabajo la frase de su amigo y maestro, el fotógrafo Manuel Álvarez Bravo: «Hay tiempo». ¿Cómo hacemos para traer esa frase al presente que estamos viviendo?

En un viaje de mis amigos de Francia, de (la agencia) Magnum, uno de ellos, Abbas, muy amigo mío, vio un perro en la azotea y chic, chic, chic, chic (imitando el sonido del obturador). Y me dice Álvarez Bravo: «Oiga, Graciela, ¡esto es chatarra!, ¡eso no es estar fotografiando!».

Y se refería a que ahí no «hay tiempo», no había tiempo de estar pensando, de ver que uno encuentra. Como los fotógrafos que, a lo mejor porque lo necesitan, toman fotos rápido para el periódico, para esto, para lo otro… Pero para lo que yo hago y otros fotógrafos hacen, sí necesitamos un tiempo de reflexionar, de ver, de sentir, de escuchar todo lo que te cuentan. Porque así aprendes muchas cosas, aprendes muchas cosas de ellos. 

También es un poco una forma contemplativa de la vida.

Totalmente, es como entender qué pasa en esos otros mundos que somos nosotros, que no es «el otro». Como los antropólogos decían: somos los mismos. Yo, cuando voy a Juchitán, me quedo en sus casas y ellos vienen a mi casa; no me siento diferente a ellos.

Le hice esa pregunta a un amigo antropólogo: «Oye, ¿de veras somos el otro?». Y me dijo: «Somos los mismos». Me dijo que en un principio, cuando los holandeses y los franceses empezaron a tener cámara, venían a fotografiar a México lo exótico, las pirámides, esto, «lo otro»… Que no acababan de entender lo que estaban fotografiando. Nosotros somos mexicanos y somos como ellos, y estamos con ellos y aprendemos de ellos. Entonces es diferente. 

Quién se iba a imaginar hace 100 años… bueno, no, la fotografía tiene más, ¡hace 500 años! que iba a haber una cámara donde ellos se pudieran ver. ¡Increíble! ¡Cámaras digitales! Qué cosa ¿no? Qué adelanto. 

Yo le digo a todo el mundo: ¿quieres hacer digital? Hazlo, con buen resultado. ¿Lo quieres hacer con una camarita de cartón? Hazlo, pero con buen resultado. ¿Quieres hacerlo análogo? Hazlo, pero que tu ojo siempre prevalezca y siempre elijas. Yo creo que en ese sentido, también se refería Álvarez Bravo al «hay tiempo». Yo creo, porque nunca le pregunté el porqué (risas). 


La fotografía cumple 200 años en algún momento entre este 2026 y el 2027. Una ventana de la finca de Nicéphore Niépce quedó impresa en una placa metálica foto sensibilizada. 

De entonces a ahora ha corrido suficiente agua, sobre todo en las bandejas de revelado de millones de fotografías impresas en gelatina de plata por la humanidad. Y sí, todas las fotografías de Iturbide expuestas en el Centro Cultural de España en Guatemala siguen el mismo principio de impresión que aquella lejana ventana de Niépce, con procesos distintos pero estaremos de pie ante un poema de luz y química. 


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Graciela Iturbide. Fotografía: Julio Serrano Echeverría

La fotografía también es un poco un espejo, ¿no? Pareciera como si nos captura la imagen también al observarla, al verla ahí, impresa.

La fotografía es un testimonio, primero que nada. Pero es un testimonio que puede ser antropológico, arqueológico, poético. Puede ser de diferentes formas, según lo vea el fotógrafo y según lo vea el público. Porque el público tiene otra visión. La visión que yo tuve puede ser cambiada por el público, y ahí está la comunicación de lo que yo vi y lo que ellos están viendo. 

No pretendo con mi fotografía enseñar nada. Yo soy muy egoísta y hago mis fotos por placer y luego ya, vuelan. No pretendo decir: esto es Juchitán, no; esto es lo que yo vi de Juchitán. Es ¡mi Juchitán! Ustedes véanlo como suyo o no, como experiencia, pero cada quien tiene una manera diferente de mirar.

Cuando usted mira con su cámara y toma una fotografía, ¿también se siente mirada? 

Fíjate que nunca me habían preguntado eso. Lo que me ha pasado, que no está aquí (entre las fotos de la exposición, la de) Magnolia, que es un muxe. En Juchitán es aceptado que haya gays, desde chiquitos, los cuidan porque es quien va a ayudar a la mamá. Magnolia, que me vio fotografiar, me dijo: 

— Ay, mi amor, tómame una foto.

— ¡Pero claro que sí! Vamos a donde tú quieras. 

Y fuimos a su cuartito, porque era una cantina, y se estuvo vistiendo y poniéndose sus joyitas de conchas… (hace una pausa y se queda pensando). Pero que alguien me haya… cuando yo estoy fotografiando… pues puede ser, lo voy a tener muy en cuenta y te lo voy a decir si siento que me ven o no.

Le preguntaba esto porque, por ejemplo, en la Guatemala de hoy, mucho de lo que podemos fotografiar tiene que ver con el miedo, con el dolor, con la muerte, y la sensación de si la muerte nos mira. ¿Cómo atravesar el miedo, el dolor, las partes oscuras de cruzar?

Yo he atravesado por muchas cosas de dolor porque trabajo mucho con la muerte. Perdí una hijita cuando tenía seis años. Entonces, me dio por fotografiar a los niños chiquitos muertos; a los recién nacidos que los ponen en cajitas de madera con muchas flores de papel de china. Y sus medicinas. Y el dolor de los padres, obviamente. 

Al fotografiar a todos esos niños yo estaba repasando mi dolor, hasta que en un cementerio me encontré a un hombre muerto en medio del camino, todo picoteado, con tenis, pero muerto. Yo estaba siguiendo a un señor que me dio permiso de fotografiarlo con su bebé; y por respeto, no me quedé fotografiándolo, nada más le tomé tres fotos al muertito y seguí con el señor. Enterramos a su niño. 

Al regreso había miles de pájaros que son los que lo habían picoteado (al fallecido). Y yo ahí sentí la muerte, te está diciendo: «Basta, Graciela, ya basta; es una terapia pero ya basta». Y ya no volví a fotografiar muertos, mas que de fiesta.

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Graciela Iturbide.

Después de fotografiar los pájaros muertos, empecé a fotografiar los pájaros de la vida. Tengo ya tres libros de pájaros…

Hay un poema de San Juan de la Cruz que me encanta, que se llama, Las virtudes del pájaro solitario.


En esta parte de la entrevista, la fotógrafa, que inició su carrera hace 50 años como estudiante de cine y asistente de un fotógrafo; que convivió durante todos estos años con comunidades indígenas mexicanas que son sus amigas y cómplices; que ha recorrido el mundo con su cámara buscando esos gestos rituales de la vida, esas fuerzas de la naturaleza que se acumulan en la mirada, en la belleza inesperada de la vida cotidiana; que observa, sí, con tiempo, y con la sutileza de quien vela de nuevo el misterio; ella, la octagenaria Graciela Iturbide, que vivió la semana santa guatemalteca de 2026, seguida por su combustible esencial, la fotografía; levanta su mirada, recia y dulce, y recita de memoria al santo poeta:

«Las cualidades del pájaro solitario son cinco:

una, que vuela muy alto;

otra, que no sufre compañía, aunque sea de su naturaleza;

otra, que no tiene determinado color;

otra, que canta suavemente;

y la quinta, se me olvidó…»

La quinta característica es que pone el pico al aire. Se habrá guardado para sí ese verso que la describe a ella, la fotógrafa incansable de un mundo suyo que, generosamente, nos invita a ver en ese poético espejo de gelatina de plata que nos devuelve un extraño plural que se conserva ahí, velado en la mirada de la inmensa Graciela Iturbide. 

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Graciela Iturbide. Fotografía: Julio Serrano Echeverría

Si quieres conocer la obra de Graciela Iturbide, la exposición estará disponible en el Centro Cultural de España (6ta. Avenida 11-02 zona 1, Ciudad de Guatemala) del 11 de abril al 18 de julio de 2026. Puedes visitarla de martes a sábado, de 10:00 a 19:00.


Texto: Julio Serrano Echeverría

Edición: Carmen Quintela

Fotografías: Julio Serrano Echeverría

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Julio Serrano Echeverría

Es cofundador, coordinador creativo de Ocote y editor de la sección cultural del medio. Poeta y artista multidisciplinar. Poeta y artista multidisciplinario. Ha publicado varios libros de poesía, crónica y literatura infantil. Su obra ha sido traducida a varios idiomas como el q´eqchí, inglés, francés y bengalí. Además trabaja diversos proyectos entre las artes visuales, la fotografía, el cine y el periodismo. Junto al equipo de Ocote ganó el Premio Gabo de Periodismo en 2022.

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