Por: Madhuresh Kumar Tuve recientemente la oportunidad de participar en un encuentro de tres días junto a un grupo extraordinario de activistas, investigadoras, periodistas y defensores de derechos humanos de …
Por: Madhuresh Kumar
Tuve recientemente la oportunidad de participar en un encuentro de tres días junto a un grupo extraordinario de activistas, investigadoras, periodistas y defensores de derechos humanos de América Latina, África, Asia y Europa. Venían de organizaciones diversas que trabajan temas de autonomía indígena, movimientos feministas, justicia restaurativa, migración, derechos digitales, medios comunitarios, asistencia legal y democracia de base. Nuestros contextos eran muy distintos, pero las preguntas que enfrentábamos eran similares: sobre el poder, la violencia, la libertad, el autoritarismo, el achicamiento de los espacios democráticos y nuestra capacidad colectiva de reimaginar la seguridad.
A lo largo del encuentro, mientras nos escuchábamos, mapeábamos sistemas de poder y reflexionábamos sobre experiencias de distintas partes del mundo, descubrimos una comunidad de propósito, estrategia y práctica. Juntos, abordamos los desafíos que plantea el «manual de seguridad» global, moldeado cada vez más por los Estados-nación, las corporaciones multinacionales y las instituciones internacionales. También llegamos a reconocer que el paradigma de seguridad dominante va más allá de la vigilancia policial, el espionaje o la militarización, y tiene que ver con el poder, la proyección y la narrativa. Refuerza continuamente ideas como que «no hay alternativa», que el capitalismo no está en crisis, y que las guerras, el gasto militar y el armamento nuclear, cada vez mayores, son necesarios para preservar el orden global, el Estado de derecho y la paz.
Comprendimos entonces que nuestra tarea consiste en resistir las consecuencias de las políticas e infraestructuras de seguridad dura, y también en cuestionar los relatos que las legitiman. Necesitamos construir contranarrativas a través de nuestras campañas, comunicaciones, investigaciones y prácticas colectivas. En el Tejido Global de Alternativas (GTA, por sus siglas en inglés), al igual que muchas otras organizaciones, hemos estado dedicados a este trabajo: conectar alternativas ya existentes, amplificar sus historias y crear espacios donde distintas formas de construir sociedad puedan aprender unas de otras. En ese sentido, las conversaciones en Río nos animaron a buscar los elementos de un paradigma de seguridad diferente que ya existe en nuestras prácticas cotidianas.

La casa que heredamos
Al compartir nuestro trabajo, tanto en las sesiones formales como en las conversaciones durante las comidas y los cafés, fuimos reconociendo poco a poco cuán inmersos estamos en una arquitectura de seguridad global moldeada por el poder entrelazado de los Estados, el capital y las instituciones militarizadas. Reimaginar alternativas exige invertir la mirada y superar los límites que los sistemas hegemónicos imponen a nuestras visiones. Al fin y al cabo, durante siglos las sociedades se han organizado mediante sistemas de poder que se presentan a sí mismos como naturales e inevitables. El colonialismo hizo esto. El Estado-nación moderno hizo esto. Los regímenes de seguridad contemporáneos siguen haciéndolo. Moldean instituciones, leyes, economías y las formas en que pensamos el mundo. Definen lo que aparece como normal, deseable, e incluso posible.
Cuando terminó el colonialismo formal, muchos países celebraron su independencia política. Sin embargo, una de las críticas persistentes al Estado poscolonial es que, aunque cambiaron quienes gobernaban, gran parte de la arquitectura subyacente permaneció intacta. Las nuevas élites heredaron los sistemas legales coloniales, las estructuras administrativas, las burocracias, las fronteras, los modelos de desarrollo, las instituciones de seguridad, e incluso las categorías mediante las cuales se entendían y gobernaban las sociedades. Los amos cambiaron, su color cambió, pero la casa siguió siendo, en gran medida, la misma. Heredar esa casa también significó heredar sus supuestos. Nos acostumbramos tanto a pensar a través de esas categorías que incluso nuestras alternativas suelen permanecer confinadas dentro de ellas. Imaginamos mejores Estados, mejores leyes, mejores sistemas de seguridad, mejor desarrollo, mejor democracia. Rara vez nos detenemos a preguntar si las categorías mismas son parte del problema.
Quizás por eso resulta tan difícil imaginar alternativas. La pregunta que teníamos ante nosotros fue entonces: ¿somos capaces de imaginar la libertad fuera de las instituciones que nos enseñaron cómo debía verse la libertad? Esto no es un argumento en contra de las reformas o las luchas dentro de los sistemas existentes. Esas luchas siguen siendo esenciales y deben continuar cada día. Se trata, más bien, de una invitación a sostener otro horizonte junto a ellas; a recuperar nuestra capacidad de imaginar mundos que no sean simplemente versiones mejoradas del presente.
Esta comprensión nos llevó a plantear otro conjunto de preguntas: ¿Qué entendemos por seguridad? ¿Seguridad para quién? ¿Seguridad frente a qué? ¿Seguridad hacia qué tipo de vida? Y, quizás lo más importante, ¿qué formas de seguridad comunitaria ya existen a nuestro alrededor, muchas veces sin ser reconocidas como tales?
Si la seguridad significa protección frente a la opresión, la explotación, la humillación, el despojo, el hambre, la soledad, la violencia, la destrucción ambiental y el miedo, entonces ya estamos hablando de algo muy distinto de lo que la mayoría de los Estados-nación entienden cuando invocan el lenguaje de la seguridad. Hablamos, en cambio, de dignidad, libertad, cuidado, pertenencia, movilidad, y de las condiciones que permiten florecer tanto a la vida humana como a la vida más-que-humana.
Mirar a través de las grietas
A medida que nuestras conversaciones pasaban de la crítica a la práctica, comenzó a emerger otro patrón. Las infraestructuras alternativas de seguridad que buscábamos ya estaban presentes a nuestro alrededor. Existen en iniciativas pequeñas, locales, y muchas veces pasadas por alto, que surgen en los espacios donde las instituciones formales no llegan. Tomadas en conjunto, comienzan a revelar otra forma de organizar la vida. Algunos ejemplos de las conversaciones ilustran lo que quiero decir.
En Kenia, por ejemplo, el trabajo de Muslims for Human Rights muestra cómo la sociedad civil crea mecanismos para resolver disputas mientras se espera a tribunales que quizá nunca lleguen, o mientras se navegan sistemas judiciales marcados por la demora, la exclusión y la inaccesibilidad. Ahí, la seguridad no se produce principalmente a través de la autoridad estatal, sino a través de las relaciones, la mediación, la confianza y la responsabilidad colectiva. A nivel regional, ARTICLE 19 en África Oriental ha fortalecido redes de defensores de derechos humanos creando espacios donde se pueden compartir conocimientos, experiencias y estrategias a través de las fronteras, reconociendo que la protección suele ser algo que los movimientos construyen juntos, más que algo que reciben desde arriba.
Algo similar se observa en el trabajo de Restorative Justice for Africa en Nigeria, que trabaja con personas a quienes el sistema de justicia les ha fallado, ofreciéndoles acompañamiento y representación legal, y desarrollando herramientas como la aplicación móvil Justice Mobile App para mejorar el acceso a la asistencia jurídica. La justicia se extiende así más allá del procedimiento legal o el castigo, y pasa a tratarse de restaurar la dignidad, la libertad, reparar relaciones y asegurar que las personas no sean abandonadas por las instituciones que deberían protegerlas.
En México, el colectivo feminista Luchadoras ha documentado cómo las mujeres que enfrentan violencia, vigilancia y exclusión sobreviven a través de redes de solidaridad que van mucho más allá de las instituciones formales. La protección proviene con frecuencia de amistades, vecinas, organizaciones feministas, refugios y sistemas de apoyo informales que acompañan a las personas en momentos de crisis, desplazamiento y reconstrucción. Nuestro propio trabajo en India reveló patrones similares. Las trabajadoras domésticas, los vendedores ambulantes, los guardias de seguridad privada y otros trabajadores informales dependen en gran medida de familias extendidas, vecindarios y redes informales de cuidado y solidaridad ante la ausencia de una protección social significativa. A menudo, sus mayores inseguridades no surgen de la ausencia del Estado, sino de los encuentros cotidianos con autoridades municipales, la policía y otras instituciones públicas. Negociar con el Estado se convierte, entonces, en una parte esencial para asegurar la seguridad física, la supervivencia económica y el bienestar social.
La lectura feminista de la ciudad que hace Luchadoras parte de las experiencias cotidianas de las mujeres frente a la violencia, la desaparición y la inseguridad en el espacio público.

El mismo patrón se extiende mucho más allá de las iniciativas organizadas. ¿Cómo sobreviven las personas en situación de calle? ¿Cómo cruzan continentes los migrantes indocumentados? ¿Cómo reconstruyen sus vidas las personas refugiadas cuando las instituciones les fallan? A menudo, la respuesta está en innumerables actos cotidianos de cuidado: alguien comparte comida, ofrece un lugar para dormir, cuida las pertenencias de otra persona, la acompaña al hospital, la ayuda a sortear la burocracia, o simplemente se niega a dejarla enfrentar las dificultades sola. Estas prácticas rara vez aparecen en las doctrinas nacionales de seguridad, pero para millones de personas constituyen la experiencia más inmediata y significativa de seguridad.
Los barrios de clase trabajadora ofrecen lecciones similares. Cuando alguien enferma, los vecinos cubren turnos, recolectan dinero, cuidan a los niños o comparten el trabajo para que no se pierdan los medios de vida. Pueden parecer estrategias ordinarias de supervivencia, pero revelan algo mucho más profundo. La cooperación, la reciprocidad, el cuidado mutuo y la solidaridad no son respuestas excepcionales frente a la crisis; son algunas de las infraestructuras sociales más antiguas y duraderas de la humanidad para una sociedad segura y pacífica.
Quizás esto nos exige invertir la forma en que solemos pensar la seguridad. En lugar de tratar estas prácticas como respuestas informales a la inseguridad, como sustitutos de sistemas que han fallado, ¿qué pasaría si las reconociéramos como seguridad en sí misma? ¿Qué pasaría si el cuidado, la solidaridad, la reciprocidad y la responsabilidad colectiva no fueran periféricos a la seguridad, sino su fundamento mismo?
Comunidades que se niegan a desaparecer
Otra lección del encuentro fue que las alternativas no se construyen solo mediante instituciones y procesos. También se construyen a través del conocimiento, la cultura, la memoria y las relaciones que permiten a las organizaciones de base protegerse a sí mismas, y también hacerse visibles frente a la violencia, el desplazamiento y el borramiento.
En Europa, la Border Violence Monitoring Network documenta los abusos cometidos contra migrantes y refugiados a lo largo de las fronteras europeas. Sus integrantes están presentes donde llegan primero los migrantes, en torno a los centros de detención, los tribunales de asilo y las zonas fronterizas, documentando violaciones, dando testimonio y exigiendo el debido proceso y la justicia. Al hacerlo, crean una herramienta a través de la cual la violencia puede registrarse, hacerse visible y ser cuestionada. Junto a esto, iniciativas como Alarm Phone y Asylum Support muestran cómo las tecnologías digitales, tan a menudo usadas para la vigilancia y el control, pueden reapropiarse para el cuidado, el acompañamiento y la supervivencia. En lugar de rechazar la tecnología por completo, estas iniciativas se apropian de las herramientas del amo para crear caminos a través de sistemas diseñados para excluir.
Algo similar se observa en el trabajo de Weaving Liberation, una red europea que explora cuestiones de justicia digital. Trabajando con organizaciones de base, desarrolla herramientas, recursos y estrategias colectivas que ayudan a las comunidades a entender, documentar y resistir la vigilancia policial digital. Su Digital Policing Toolkit nace directamente de la experiencia vivida, permitiendo a jóvenes afectados exponer los daños tecnológicos y organizarse colectivamente contra ellos. La lección es que la tecnología en sí misma no produce justicia. La producen los colectivos y la resistencia colectiva.
Las cuestiones de visibilidad y narrativa surgieron una y otra vez a lo largo del encuentro.
En Guatemala, el trabajo de Agencia Ocote e I25A cuestiona los relatos dominantes sobre las ciudades, la violencia, la democracia y la vida pública. Ambas demuestran que construir alternativas requiere —junto con nuevas instituciones y políticas— nuevas formas de ver, nombrar y describir la realidad. La experiencia de La COMADRE en Colombia quizás ilustra esto con mayor fuerza. Durante años, mujeres afrocolombianas afectadas por el conflicto, el desplazamiento y la violencia racial y sexual se han apoyado en la memoria colectiva, el cuidado mutuo, el conocimiento ancestral y la organización para reconstruir vidas que la guerra buscó destruir. Mucho antes de que las instituciones públicas reconocieran su dolor y sus derechos, estas mujeres ya estaban creando las condiciones que les permitían seguir existiendo con dignidad. Siguen dando forma a los mecanismos y procesos de reconciliación diseñados por el Estado para la paz y la seguridad, insuficientes y a medias tintas.

Vistas en conjunto, estas experiencias sugieren otra manera de pensar la seguridad. Las personas, desde luego, se defienden reformando leyes o instituciones, pero también reclamando su capacidad de acción a través del conocimiento, la comunicación, las relaciones y la movilización colectiva. Al hacer visible la violencia, preservar la memoria y negarse al borramiento, crean las condiciones sociales que permiten que perduren la dignidad, la justicia y la comunidad.
La batalla por la imaginación
A medida que avanzaban las conversaciones, quedó cada vez más claro que disputar los paradigmas de seguridad exige ir más allá de las leyes, las instituciones o las tecnologías. Exige disputar el lenguaje, los relatos, las memorias y la cosmovisión. Todo sistema de seguridad depende de su capacidad de ejercer la fuerza, pero también de su capacidad de definir lo que aparece como normal, legítimo y posible, siendo la familia y la sociedad uno de esos ámbitos. Las comunidades LGBTQ+ de todo el mundo llevan mucho tiempo creando familias elegidas, estructuras de parentesco alternativas y formas de apoyo mutuo que existen fuera de las normas sociales dominantes. Al hacerlo, cuestionan no solo las convenciones sociales, sino también las nociones dominantes de seguridad, ancladas en ideas fijas de familia, identidad, ciudadanía y pertenencia.
Volvimos una y otra vez a la idea de que uno de los mayores logros del colonialismo, el capitalismo, el patriarcado y el Estado-nación moderno es haber construido instituciones a nuestro alrededor y, a la vez, haber capturado nuestra imaginación. Nos acostumbramos tanto a pensar dentro de sus categorías que incluso nuestras alternativas suelen permanecer confinadas dentro de ellas. Imaginamos mejores leyes, mejores Estados, mejores sistemas de seguridad, pero rara vez nos detenemos a preguntar si son posibles formas enteramente distintas de sostener la vida.
En ese contexto cobra importancia el trabajo de AFROntera Cimarrona en México. Nutriéndose de tradiciones negras, trans, afrodiaspóricas y decoloniales, el colectivo cuestiona las categorías mediante las cuales las sociedades modernas organizan a las personas, el poder y la libertad. A través del lenguaje del cimarronaje —las historias de personas esclavizadas que escaparon y construyeron colectivos autónomos— nos recuerdan que la dominación opera mediante instituciones, pero también mediante la representación, el lenguaje y el poder de definir qué vidas, identidades y formas de ser se consideran legítimas. En ese sentido, la lucha consiste en resistirse a la inclusión dentro de los sistemas existentes, y al mismo tiempo reclamar historias, renombrar el mundo, rechazar las identidades impuestas y recuperar la capacidad de imaginar de otro modo.
Vista así, la descolonización se vuelve algo más que la transformación de las instituciones: una lucha por liberar la imaginación misma en la vida y la práctica cotidianas.
A través de la organización feminista decolonial, la narración colectiva y la asamblea pública, Afrontera conecta la resistencia con la creación de nuevos horizontes políticos.
Hacia una ecología de vida
Al mirar en retrospectiva las conversaciones en Río, me encontré partiendo con una pregunta distinta de la que traía al llegar. Había llegado esperando discusiones sobre seguridad alternativa, pero me fui preguntándome si la seguridad misma es un horizonte demasiado estrecho.
Muy pocas de las iniciativas con las que nos encontramos se proponían construir nuevos sistemas de seguridad. Estaban tratando de resolver problemas inmediatos: resolver conflictos donde los sistemas de justicia habían fallado, acompañar a migrantes a través de fronteras peligrosas, reconstruir barrios después de la violencia, documentar abusos, reclamar narrativas públicas, preservar la memoria, defender territorios o crear espacios para la participación democrática.
Todavía no sé si esto constituye una tipología, pero me fui preguntándome si lo que parecían iniciativas locales dispersas eran, en realidad, distintas infraestructuras sociales a través de las cuales las sociedades sostienen la vida. Algunas construían infraestructuras de justicia. Otras fortalecían infraestructuras de cuidado, memoria, comunicación, conocimiento, solidaridad o entretejimiento. Se veían muy distintas según el contexto, pero parecían compartir un propósito común: permitir que las personas vivan bien juntas a pesar de sistemas que organizan cada vez más la sociedad a través del miedo, la exclusión y el control.
Vista desde esta perspectiva, la seguridad deja de ser el principio habilitante. Se convierte en un resultado de organizar la vida de otra manera. Quizás sea también aquí donde la distinción entre alternativas dentro del sistema y alternativas al sistema resulta particularmente útil. Ambas siguen siendo necesarias. Las comunidades necesitan formas de sobrevivir, protegerse y lograr justicia dentro de las realidades existentes. Pero también necesitan la libertad de imaginar y practicar arreglos sociales completamente distintos. Sin ese segundo horizonte, las reformas corren el riesgo de convertirse en poco más que una mejor gestión de sistemas que siguen generando exclusión e inseguridad. Nuestra tarea, entonces, es reconocer estas infraestructuras de vida, fortalecerlas, conectarlas y tejerlas juntas en una nueva ecología de vida.
Madhuresh Kumar es miembro del equipo de facilitación del Tejido Global de Alternativas (GTA).
Texto publicado originalmente en inglés. Lee la versión original aquí.



