El Salvador vive bajo un sistema autoritario. El presidente Nayib Bukele controla los tres poderes del Estado, al fiscal general y la Sala Constitucional. En julio hizo que el Congreso …
En resumen:
- Más de 86 mil salvadoreños han sido detenidos sin órdenes judiciales entre 2022 y 2025, sin evidencias de que sean delincuentes o hayan cometido delitos.
- Guatemala ha recibido a la mayoría de los más de 80 periodistas y defensores sociales que abandonaron El Salvador entre mayo y julio, con el aumento de la criminalización.
- Noah Bullock, director de Cristosal, analiza cómo Nayib Bukele consolidó el poder total en El Salvador tras controlar el Congreso, las Cortes y modificar las leyes a su favor.
El Salvador vive bajo un sistema autoritario. El presidente Nayib Bukele controla los tres poderes del Estado, al fiscal general y la Sala Constitucional. En julio hizo que el Congreso reformara la Constitución para que pueda reelegirse de forma indefinida.
Más de 86 mil personas han sido detenidas, sin órdenes judiciales. Según encuestas, la población apoya masivamente a su gobernante, pero también teme criticarlo por las consecuencias.

En este contexto de represión creciente, organizaciones como Cristosal, que durante 25 años defendió derechos humanos desde ese país, se han visto obligadas a tomar la decisión de exiliar a todo su personal
Su director, Noah Bullock, conversa con Agencia Ocote desde Guatemala sobre las razones que los llevaron a abandonar El Salvador, la complicidad empresarial con el autoritarismo y por qué la democracia depende más de la sociedad civil organizada que de los políticos o gobernantes.
Cristosal luchó por la defensa de los derechos humanos desde El Salvador durante 25 años y hace unas semanas todo su equipo debió exiliarse en Guatemala por temor a Nayib Bukele. ¿Cómo le explicamos a la gente que aplaude a Bukele lo que pasa en ese país actualmente?
El Salvador tiene un presidente que fue electo la primera vez legítimamente (él en 2019 y su mayoría en el Congreso en 2021). Ha gozado de popularidad. Pero ha abusado de estas victorias electorales y su popularidad para consolidar poder y desmantelar el sistema democrático que puso fin a la guerra civil (en 1992). Ha instalado un sistema político autoritario en el que el país vuelve a épocas en que grupos familiares de élites controlan todo, se apropien de los recursos, gobiernan sin transparencia y por supuesto sin diálogo.
Y esto no es solo un cambio de un sistema político a otro, sino que conlleva las consecuencias que ya conocemos de las dictaduras de todo el tiempo: la corrupción, los abusos del poder y las violaciones masivas de derechos humanos.
En El Salvador se ha detenido (entre 2022 y 2025) a más de 86 mil personas sin órdenes judiciales, los han desaparecido en centros penales sin acceso a su familia, que no saben si siguen vivos o muertos, los han sometido a prácticas sistemáticas de tortura. En fin, es un gobierno que dice ser popular, pero que roba, mata, tortura, reprime, persigue a sus adversarios usando el poder del Estado.
Y creo que una de las cuestiones que cuesta entender afuera es que cuando la población… cuando le consultan a la población sobre la situación del país, la mayoría dice que apoyan al presidente, pero similares mayorías dicen que tendrían miedo a expresar una opinión no alineada con el presidente.
(Según una encuesta de la jesuita Universidad Centroamericana a junio de 2025, 8 de cada 10 salvadoreños aprueban la gestión de Bukele, pero 6 de cada 10 teme criticarlo, pues sabe que le traerá consecuencias del Estado).

Es contradictorio apoyarlo pero temerle. ¿El apoyo es más por temor?
Justo.
Podemos decir que es difícil lograr una democracia y es muy fácil caer de nuevo en un sistema autoritario.
Sí. Una de las cosas que me sorprende es ver la forma o la capacidad de los seres humanos de normalizar las excepciones que nos prometen como necesarias. Normalizar los abusos, ser indiferentes cuando otros grupos están siendo perseguidos solo porque no son del nuestro.
Entonces, aunque el poder no sea legítimo –y para mí un poder que tortura no es legítimo a pesar de que gane elecciones– las personas de alguna manera tratan de sobrevivir con el poder. Deja un sector empresarial atemorizado igual, que luego se trata de alinear para continuar.

Empresarios alineados al poder
Hablando del sector empresarial y de cómo se alinea. En Guatemala hemos visto a empresarios de la élite guatemalteca apoyar públicamente a Bukele. ¿Cómo interpretarlo?
Mira, los empresarios que ya dominan ciertos sectores no necesariamente necesitan una democracia, porque una democracia permite igualdad de oportunidades en la sociedad.
Entonces, si hay un grupo empresarial que prefiere dominar, le es más fácil aliarse y ponerse de acuerdo con una sola persona que dicte cómo van a hacer las cosas. Es un trato precario porque de un día a otro puede cambiar. Y lo que hemos visto con el presidente Bukele es que con quienes hace acuerdos, rápido se los rompe.
¿Podríamos decir que un autoritarismo político fácil se alía con uno comercial?
Así es. Pero igual el riesgo es muy grande porque en un contexto autocrático como el salvadoreño ya no hay seguridad jurídica para nadie. Ya no es un Estado de derecho, sino el Estado de un hombre que decide.
Significa que si en algún momento tienes diferencias con el régimen, no tienes cómo defenderte o cómo resolverlo de manera justa. Ese es el riesgo que corren todos los que hacen trato con un sistema político autoritario: desconocer cuál es su futuro, no tener seguridad jurídica. Y esa fue la razón por la que decidimos irnos nosotros.
La decisión del exilio
¿Cómo ve el equipo de Cristosal que de la noche a la mañana debe dejar todo e irse para salvaguardar la vida?
La decisión de suspender operaciones en El Salvador fue producto de las amenazas directas al personal, de la detención de (Ruth López) un miembro de nuestro equipo de trabajo y las listas negras de personas que decían iban a ser detenidas.
Pusimos la opción al personal de que si querían continuar con el trabajo íbamos a apoyarlos con la reubicación. Hubo personas que se tuvieron que salir (de Cristosal) para salvaguardar su vida, su libertad, y otros como decisión de conciencia y convicción decidieron salir para continuar en su labor de defensa de derechos humanos.
Es impactante estar en un ambiente, una comunidad de trabajo que obliga el compromiso a este nivel de tener que sacrificar algo…
Podría parecer sencillo decidir: «Renuncio y me quedo en El Salvador» o «quiero continuar y entonces me voy del país». Pero son decisiones impuestas. Se ven obligados por un ente superior.
Así es. Es decir, que si quiero continuar expresando mis valores, mis principios, mis convicciones a través de mi trabajo, estoy obligado a hacerlo desde afuera porque allá (en El Salvador) ya no van a tolerar ese tipo de libertad. O sea, nuestra salida del país es un signo de la misma autocracia que hay. Y es dramático, es violencia política.
El exilio es violencia política porque está dirigida a las personas –víctimas directas– pero también manda un mensaje a toda la sociedad de que si alguien se atreve a disentir, a no alinearse, va a correr el riesgo de sufrir represalias. Incluso la cárcel.
Nosotros decidimos salir para seguir defendiendo a nuestros presos políticos, para poder seguir alzando la voz, porque soñamos con un futuro en que nuestros hijos e hijas puedan disentir ante una crisis moral, sin tener que ser obligados a decidir entre la cárcel y el exilio. Ese es el futuro que deseamos.
El contraste de Guatemala y el Salvador
Solo entre mayo y julio se exiliaron más de 80 salvadoreños, entre periodistas y defensores de derechos humanos, la gran mayoría hacia Guatemala. Para nosotros es contradictorio que hasta hace poco lo mismo ha pasado con guatemaltecos criminalizados. ¿Cómo visualiza ese contraste?
Pues lo hemos vivido directamente porque Cristosal colaboró con la extracción humanitaria de muchas personas que tuvieron que huir de Guatemala.
En el momento hacíamos la broma de que «hoy les recibimos aquí, pero quizás mañana nos guardan una camita allá».
Y es una tristeza que el exilio y la criminalización no son una novedad en la región, es una realidad. Ese es un reflejo de las debilidades de los gobiernos democráticos.
Aunque eso no significa que no haya signos de esperanza, porque a pesar de la represión, de retrocesos, de mucho sacrificio y dolor, las poblaciones siguen en la lucha. La gente no se detiene, no deja de soñar con algo mejor.
Incluso en Centroamérica sigue habiendo personas dispuestas a asumir las consecuencias de haber actuado consecuente con sus convicciones.

Guatemala, ¿bastión democrático?
En medio de gobiernos autoritarios, internacionalmente se dice que en este momento Guatemala es una especie de «último bastión» de la democracia en Centroamérica, ¿cómo ve esto?
Guatemala ha sido un referente para la región en la defensa democrática. Desde los grandes casos de justicia transicional, la lucha contra la corrupción, la primavera y los 100 días (del Paro Nacional 2023).
Todo eso fue un testimonio sin precedentes en la región de lucha colectiva para defender un sistema de gobierno. No hubo ideología siquiera, era un sistema de gobierno democrático.
Entonces, el hecho de que estemos aquí en Guatemala ahora es porque hay un gobierno que no se presenta con vocación dictatorial o de consolidar poder, sino que trata de restaurar institucionalmente e impulsar cambios a través de elecciones.
La democracia en Guatemala tiene que prosperar. Nicaragua y El Salvador ya son plenamente dictaduras. Honduras está en una situación muy precaria y Guatemala creo que tiene posibilidad de usar la institucionalidad para impulsar cambios políticos.
El papel del gobierno actual
Pero en Guatemala, luego de casi dos años en el poder, muchas personas critican al gobierno de Bernardo Arévalo de falta de acción. Consideran que le falta protagonismo, fuerza. ¿Cómo lo ves desde el punto de vista de los derechos humanos?, ¿es necesario tener más voz, más presencia?
Creo que es natural que después de sufrir un período de represión como lo sufrieron en Guatemala después de la crisis, con un cambio de gobierno se quiera también un cambio para los presos políticos, más garantías; pero creo que también se tiene que poner eso sobre la realidad.
Esa victoria electoral y el presidente Arévalo fueron contención, no revolución. Creo que la vanguardia de un movimiento democrático no va a ser un partido político, tampoco va a ser una persona. Es la fuerza colectiva de la sociedad.
Es momento de generar conciencia de esto como una gran oportunidad. Porque hemos visto y hemos sido defraudados por demagogos que prometen cambios y reformas y al final actúan según sus intereses.
Pero aquí hay una oportunidad de construir algo más democrático, aún más orgánico. Que este cambio que tanto se buscó en las elecciones pasadas se siga consolidando y construyendo desde la unidad de fuerzas sociales.
¿El llamado entonces es más hacia la sociedad en general a ser activa y actuar en función de esta democracia que se busca?
Ningún político ni partido político nos va a salvar. La democracia se defiende en un movimiento diverso de actores y fuerzas sociales.
¿Quieres más información sobre la situación en El Salvador? Puedes leer este reportaje sobre el exilio salvadoreño en Guatemala o escuchar este podcast donde te narramos cómo ha sido para decenas de periodistas dejar de hacer su trabajo en su país.
Texto: Alex Maldonado
Edición: Carmen Quintela





