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La incertidumbre de una sobreviviente

La correntada debajo del puente El Naranjo se llevó a su hermana y a sus tres sobrinos. Ella y su hija, que llevaba cargada en brazos, apenas lograron escapar de la crecida. María Antonia Matías García no sabe qué será de ella y de su pequeña en el futuro. Se quedaron sin casa y lo que gana no le alcanza para pagar un alquiler.

«Todo fue en un abrir y cerrar de ojos. Todo pasó muy rápido. No les dio tiempo de salir. Solo fui yo y mi nena porque veníamos adelante», dice María …

«Todo fue en un abrir y cerrar de ojos. Todo pasó muy rápido. No les dio tiempo de salir. Solo fui yo y mi nena porque veníamos adelante», dice María Antonia Matías García, una mujer de 20 años. Ella es una de las sobrevivientes de la tragedia ocurrida en el asentamiento Dios Es Fiel, debajo del puente El Naranjo, a pocos minutos del centro de la Ciudad de Guatemala.  

La madrugada del lunes 25 de septiembre, el río El Naranjo, que cruza al lado de la comunidad, creció descontrolado. La correntada destruyó casas y se llevó a 18 personas que vivían allí. Un mes después de la tragedia siete siguen desaparecidas.

Entre las víctimas están cuatro familiares de María Antonia. Su hermana Leticia, de 27 años, y sus sobrinos Katerin, de 12, Jessie de 9 y Levin de 6.

«Ya estaba a punto de acostarme cuando empezó a salir el río», recuerda María Antonia. 

Eran las dos de la mañana. El agua le cubría sus pies. Como pudo, se puso los tenis. Cargó a su hija Daniela, de cuatro años, y subió corriendo a toda prisa sobre la vereda de la comunidad en busca de una zona alta. No le dio tiempo de llevarse nada. Solo de poner a salvo a su nena.

Detrás venía su hermana con sus tres sobrinos. Pero una correntada los alcanzó y se los llevó. «Quise regresar por mi hermana, iba por ellos, pero alguien me jaló para atrás. Fue cuando vi que el agua se la llevó. Solo le vi el rostro de ella. A mis sobrinas no las logré ver. Ese es el dolor que llevo es grande. El que no se pudo hacer nada por ella», dice la mañana del martes 26 de septiembre.

Un mes después de los hechos, el Instituto Nacional de Ciencias Forenses (Inacif) había identificado a las 11 personas encontradas. 

Entre ellas aparece su hermana Leticia. Se desconoce si sus sobrinos también ya fueron hallados, pues la institución considera como sensibles los nombres de las niñas y niños que fueron víctimas de la tragedia y no reveló la información solicitada por Ocote.

De acuerdo con la Conred, hasta hoy la búsqueda de desaparecidos aún sigue. No la han detenido. 

Escombros

Mientras María Antonia relata su tragedia, hay soldados, bomberos y perros entrenados que continúan la búsqueda de las víctimas. Con palas y piochas los rescatistas remueven la tierra. 

Pero este día, el 26 de septiembre, no aparece nada en el área. De los escombros solo salen sábanas, una mochilas y las láminas metálicas con las que estaban construidas sus viviendas. «Yo vivía en esa parte que fue lavada por el río», dice.

En el terreno donde estaba su vivienda y la del resto de víctimas, no hay nada en pie. Ni los postes que conectaban las casas con la red de energía eléctrica ni los árboles que había en el lugar. Algunos fueron arrancados de raíz. Otros destrozados. 

Están en el suelo donde también hay tenis, chanclas, carritos de juguete, una radiograbadora, una estufa, los restos de una computadora. Todo con rastros de lodo. 

María Antonia y su familia vivían en este asentamiento desde hace siete años. Ella y su hermana pagaron Q17 mil en cuotas por un «pedazo» cerca del río para ya no seguir alquilando en la colonia 4 de febrero, en la zona 7, donde les cobraban Q500 a cada una por cada habitación. 

Su hermana trabajaba haciendo limpieza en viviendas. María Antonia se dedica a la venta de bolsas para basura. Es ese el único ingreso que tiene. Ella sola está a cargo de su hija, igual que su hermana lo estaba de sus sobrinos..

El futuro para María Antonia y su hija Daniela es incierto. No tiene dinero para pagar el alquiler de alguna habitación. De hecho, había decidido vivir en este asentamiento para ya no tener que angustiarse con una renta. Estos días los ha pasado en la casa de una de sus primas que vive en la colonia El Milagro, en Mixco.

Como María Antonia, otros vecinos decidieron vivir en este lugar debido a los altos costos de los alquileres en la ciudad. 

Por eso, en 2011 tomaron esas tierras. Los habitantes provenían de diferentes zonas. Se instalaron sobre una ladera ubicada bajo el puente El Naranjo. Hoy una vereda entrelaza a todas las viviendas barranco abajo. 

La mayoría de personas levantó sus viviendas con láminas metálicas y madera. Con el paso de los años, en algunas colocaron base de concreto, pero muchas tienen piso de tierra. En septiembre de 2023 vivían en el lugar unas 100 familias, según los vecinos.

Según un estudio realizado por la organización TECHO, en 2021 se contabilizaban 57 asentamientos como Dios es Fiel en toda la Ciudad de Guatemala. 

Ahora, los vecinos de la comunidad temen que los desalojen. «Si eso pasa, nosotros no tenemos a donde ir. Todo está caro y somos familias grandes acá abajo», dice. 

La alcaldía auxiliar informó que el lugar había sido declarado como inhabitable. «Estas áreas son inhabitables, están reconocidas desde el año 2014, entiendo, ya formalmente establecidas también con mapas geodésicos y cartográficos», dijo Germán Bran, de la alcaldía auxiliar, la mañana después de la tragedia. «Esto también ya se ha notificado desde ese entonces. Reconocemos también que hay un tema social que hay que evaluar, pero todas estas áreas están catalogadas como en riesgo». 

Después de la crecida del 25 de septiembre, la Conred contabilizó 10 viviendas destruidas y 24 en riesgo en esta comunidad. 

La tragedia también dejó sin agua a la comunidad. Patricia explica que las familias compran semanalmente pipas y usaban cuatro pozos que habían hecho en el fondo de la Dios es Fiel. Pero la correntada los inundó y los dejó inservibles, llenos de lodo y basura.

Hasta ahora no han pensado cómo enfrentarán ese problema que podría suponer la compra de más pipas. Patricia explica que cada semana todas las familias reúnen dinero para comprar ocho. Cada una cuesta Q250. 

«No estamos dispuestos a que nuestros familiares se queden perdidos en el río. Al menos si aparecen sin vida vamos a tener la dicha de llevarlos y de algún día llevarlos un ramo de rosas», dice María Antonia. 

José David López Vicente

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