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Selva Almada, la oralidad, la música y la poética

En esta entrevista, realizada durante el Festival literario Centroamérica Cuenta, la escritora argentina Selva Almada conversa sobre cómo la exploración de la oralidad ha marcado su literatura y sobre la necesidad de narrar desde la no ficción y desde el periodismo temas como las violencias contra las mujeres.

Una conversación con la escritora argentina Selva Almada, realizada durante el Festival literario Centroamérica Cuenta, en Guatemala.

Es un sábado de finales de mayo de 2022 y Selva Almada aparece, vestida de negro, en sandalias y con el pelo suelto, canoso, en la entrada del Hotel Biltmore, en la zona 10 de Ciudad de Guatemala.

Hace apenas unos días que está aquí. Llegó de Argentina, en uno de esos vuelos largos, con dos, tres escalas, y aterrizó directa para la inauguración del Festival literario Centroamérica Cuenta, que este año, después de dos de virtualidad, se realizó en Guatemala. 

[Escucha aquí el episodio de Radio Ocote Podcast: Centroamérica cuenta. Radiografía y antídoto]

Selva Almada nació hace 49 años en Villa Elisa, un municipio de poco más de 11 mil habitantes, de la provincia de Entre Ríos, al norte de Argentina. 

El lugar, en este caso, igual que en muchos otros, es importante. En varias de las entrevistas que le han hecho, Almada se suele definir, con orgullo, como una escritora “de provincias”. Sus orígenes la acompañan en las historias que elige contar y, sobre todo, en la forma de hacerlo. 

Con un lenguaje muy característico, traslada al papel la forma de hablar, los sonidos de una región argentina. La investigación de la oralidad le resulta enormemente atractiva y cuando sonidos y escritura se juntan, dice ella, se arma una música y una poética fascinantes. Al abrir cualquiera de sus libros, esto que explica entusiasmada cobra todo el sentido. 

Hay ruiditos de pájaros, de bichos chicos. Un bisbiseo de yuyos. Aperiás, comadrejas, vizcachas. Se escurren entre los pastos. Anda cauteloso el Negro, con respeto, como entrando a la iglesia. Andar liviano, de guazuncho. Igual no va que pisa una ramita fina, un manojo de chauchas de curupí y sobreviene el estruendo. 

Las palabras son de No es un río, su última novela, que publicó hace un par de años. En ella, unos amigos se reúnen a pescar, charlar y comer y, entremedias, lidian con los fantasmas del pasado y del presente.

Tímida, de pocas pero contundentes palabras, Selva Almada hablará de cómo la no ficción se coló entre sus novelas, para hablar de temas tan duros como imprescindibles. 

De la necesidad del lenguaje para nombrar las violencias sistémicas contra las mujeres y de las carencias de los Estados de la región para resolverlas.

De los procesos creativos y de las ideas que le burbujean en la cabeza, quizás, próximas a salir.

***

Hablemos de tus orígenes. En una de las charlas de Centroamérica Cuenta comentabas que tuviste un paso fugaz por la escuela de periodismo pero después de esa primera aproximación, tu escritura se centró en la ficción. ¿Por qué no te quedaste en el periodismo?

Cuando yo iba a la escuela primaria, hacíamos una especie de periódico mural. Unas amigas que íbamos al mismo grado le dijimos la muestra: “Hagamos un periódico de verdad, en papel…”. La maestra era muy piola, se entusiasmó con la idea y empezamos a hacer un periódico entre quinto y séptimo grado, que salía una vez por mes. Era fotocopiado, en blanco y negro… los dibujos los pintábamos a mano. 

Ahí yo dije: “Quiero ser periodista”. Y fue mi sueño y mi anhelo durante toda la secundaria. Cuando terminé, me fui a estudiar periodismo y estuve un par de años en la carrera. Yo quería hacer periodismo gráfico, pero después había un taller más lúdico, más como para soltar la muñeca, qué sé… Había consignas que tenían más que ver con la ficción y dije: “Pero en realidad me gusta más escribir ficción que el periodismo”.

En la misma ciudad donde yo estudiaba periodismo estaba la carrera de literatura y así que me fui. 

En Chicas muertas, donde narras los femicidios de tres jóvenes, regresas a la no ficción. 

Claro, fue así como muchísimos años después, empiezo a pensar en escribir sobre este caso que había sido muy cercano y muy impactante durante mi adolescencia. Lo sentí como algo que había quedado ahí pendiente y, con este libro, de alguna manera volví a ese anhelo del periodismo. Lo que a mí me interesaba del periodismo cuando era chica era la investigación, buscar en los archivos. Y como que me saqué el gusto con este libro.

¿Crees que hay historias, como estas, que es necesario contar desde el periodismo, desde la realidad?

Sí, a mí me pasó para ese libro. Me parecía que no había lugar para ficcionar. Esto de la “novela basada en hechos reales” me parecía que no. 

Lo que quería era que el lector leyera el libro sabiendo que lo que yo estaba contando había sucedido de verdad, que no era una ficción. Porque esto está sucediendo. Y no está sucediendo ahora, sino que viene sucediendo desde hace décadas. 

Yo me daba cuenta de que había como una especie de idea instalada socialmente de que “ahora hay femicidios”, como si fuera un síntoma de época y no una cuestión cultural muy arraigada, histórica, que está en nuestras sociedades desde que somos sociedad.

Por eso también los casos de Chicas muertas son de esa época, de los años ochenta, donde yo era adolescente y las víctimas también. Quería que no hubiera duda de que eso pasó. Igual no lo logré (sonríe, irónica), porque a veces terminan pensando que sí es una novela.

Estás ahora en Guatemala, un país con unas cifras de impunidad altísimas. Hablamos de que solo el 21.45% de casos abiertos por femicidio termina en sentencia. ¿Hablar de esto, escribir sobre esto, ayuda a que exista una mayor conciencia social?

Sí, yo creo que sí. En Argentina el trabajo que ha hecho Ni una menos en pocos años, desde 2015, es tremendo. Hasta ese momento, muchos diarios todavía seguían diciendo “crimen pasional” o seguían tratando los casos de femicidio con esa cuota medio telenovelesca.

Igual me parece que los medios siempre están en deuda acerca de cómo tratar estos temas, pero estoy segura de que se instaló, por ejemplo, la palabra femicidio.

Entonces, a la gente, aunque no le interesa el tema, aunque no esté empapada del tema, sabe que cuando se mata a una mujer por ser mujer, se le llama femicidio. No es inseguridad, no es crimen, no es homicidio. Es femicidio.

Después vemos las cifras y realmente no bajaron los femicidios, pero ya sabemos de lo que estamos hablando, y eso es un montón. Tener palabras específicas, que haya un lenguaje que le ponga palabras a eso.

[Explora aquí Estación del silencio, un especial sobre violencias contra las mujeres en el norte de Centroamérica]

En Chicas muertas narras la historia de tres chicas de provincias de Argentina que fueron asesinadas. ¿Crees qué hay historias que no suceden en grandes ciudades de Latinoamérica o que no les pasa a personas de cierto nivel económico, o de cierta etnia, que nos estamos olvidando de contar? 

Sí, aunque creo que por ejemplo en los medios en general hay mucho morbo. Suelen darle lugar a los casos que ocurren en las clases bajas, pero se ensañan bastante más con las víctimas. Queda todo más expuesto.

Por otro lado, la justicia sí se olvida, o al menos no pone el mismo ímpetu para resolver estos casos. Hay un descuido de la justicia con respecto a los casos de femicidio. Hay una ley, que es súper importante, pero que no se cumple, necesariamente.

A veces tenemos leyes ejemplares, pero después no están los recursos o no está el seguimiento del Estado para que se cumplan, o la gente que trabaja en las oficinas de atención no es idónea, no sabe cómo manejar esos casos…

En tu escritura reivindicas mucho el lenguaje, en concreto un lenguaje muy característico, de tu zona, de tu tierra. ¿Por qué es importante en tu escritura?

Apareció eso medio espontáneamente, en uno de mis primeros libros, que son relatos autobiográficos. Era la memoria de la infancia y obviamente estaba también el lenguaje de la infancia.

Y después, me di cuenta de que había algo que me resultaba súper atractivo y sobre lo que quería seguir investigando: la oralidad. Cómo traer la oralidad a la escritura. Y ahí empecé en esta exploración, que ya lleva varios años.

No es que haya una voluntad de realismo con el uso de la oralidad. Es más bien encontrar los sonidos en la manera de hablar, en el lenguaje que es propio de la tierra donde yo crecí, y que no es igual a como se habla en Buenos Aires o en el sur del país.

Y eso creo que es lo que más me interesa de la oralidad: el sonido. Y cómo eso, incorporado al texto, arma una música y una poética.

Porque también me parece que en esas formas de decir, que son muy populares, y que uno no se pregunta mucho de dónde salen, hay también una poesía muy particular. 

¿Hay un riesgo de que se universalice o que unifique el lenguaje en la literatura?

Hay autores que tienen esa voluntad de escribir en un español neutro, que realmente a mí me parece una pérdida de tiempo. Porque justamente si yo leo a un mexicano, quiero darme cuenta de que estoy leyendo un mexicano. Y si leo a un guatemalteco, quiero que se note que es un guatemalteco. Esto del “castellano puro”, entre comillas. no me interesa, me  aleja del texto.

¿Cómo ha sido para ti el ejercicio de encontrar tu voz?

Qué se yo (ríe). Creo que eso se va armando. Empieza a revelarse, libro a libro. Que aparece en los distintos libros, pero también se va modificando. Como que cada proyecto de escritura tiene sus propios matices. Entonces es algo que se va construyendo, pero que no es fijo, no es como que encontré mi voz y ahí está. Me parece que es una construcción permanente. Es algo que aparece, se revela.

Hablaste también en Centroamérica Cuenta de tu método de trabajo. De cómo necesitas cierto impulso para empezar, a diferencia de otros autores que escriben metódicamente, a diario, con disciplina

Yo no tengo la rutina de escritura que tienen otros escritores. Me gustaría tenerla, pero nunca la pude armar. Me pasa esto: cuando estoy escribiendo, escribo. Pero no es que me sienta todos los días escribir, o que me sienta a ver si aparece algo. Digo: bueno, si sé que hay algo, ahí sí me siento a buscarlo, a encontrarlo, a que aparezca.

Desde que terminé No es un río, que fue a principios del 2020, hasta ahora no empecé a escribir otra cosa.

¿La pandemia afectó tu proceso creativo?

No. No le puedo echar la culpa a la pandemia. Cuando termino un libro, no es que voy corriendo a empezar otro. Al contrario, me gusta que haya un espacio de silencio entre un libro y otro, entre una idea y otra. Entonces justo coincidió con la pandemia.

Muy al principio dije. “Buenísimo. Tengo un montón de cosas para leer que no leí porque nunca tengo tiempo”. Y me duró muy poco. Me costaba mucho concentrarme en la lectura, sobre todo en narrativa. Fue como un tiempo muerto.

¿Hay algún género que suponga un reto interesante para ti?

A mí me gusta mucho leer poesía y me hubiese encantado ser poeta. Ser buen poeta es muy difícil, y además es un género que la gente piensa que es fácil, como: “Bueno, escribo líneas cortas, una abajo de la otra…”. Entonces hay mucha mala poesía, muchísima mala poesía publicada, muchísimos malos poetas. Y ser un buen poeta es un gran hallazgo. Yo no podría tener ese nivel.

Es un género al que yo miro con admiración y con envidia. Pero bueno, me encanta leer poesía, así que la disfruto desde ese lugar.

Ahora, después del parón tras No es un río, ¿tienes otro libro en mente?

Tengo dos cosas, pero no me decido todavía. Son dos cosas de no ficción. Me gustaría escribir sobre la vejez de las mujeres. Tengo ahí una pista, de un lugar que está cerca de mi casa donde viven mujeres solas de más de 60 años. No es un geriátrico, sino que es como una especie de residencia, de hotel. Entonces cada una tiene su propia habitación con cocina, baño y cada una se maneja sola. A partir de eso, no sé, pensar un poco en la vejez y en la soledad de la vejez.

Y después, la otra cosa se me ocurrió leyendo el año pasado con un amigo. Nos juntábamos una vez por semana a leer a Juan L. Ortiz, que para mí es el gran poeta argentino, que además es de mi provincia. Y él tiene un larguísimo poema, que se llama El Gualeguay, que es como de 200 páginas. El Gualeguay es el nombre del río, es el nombre de un árbol y es el nombre de la ciudad donde nació. A lo largo de este poema como que va contando toda la historia de la provincia, desde antes de la conquista.

Yo me fui hace 22 años de la provincia, entonces se me había ocurrido hacer un viaje de regreso, por pueblos pequeños y ahí preguntar, no sé, cuál es la curandera del pueblo, la partera, el poeta, la maestra… entrevistar a todos esos personajes y después armar un libro con eso. Pero bueno, son como ideas. Todavía nada concreto. 


En Guatemala, se pueden conseguir algunos de los libros de Selva Almada en la librería Sophos.   

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