Mario Polanco: «La firma de la paz abrió oportunidades que antes ni siquiera existían»

Treinta años después de la firma de la paz, que puso fin a más de tres décadas de guerra interna, una narrativa peligrosa se repite con frecuencia sobre los acuerdos de paz, cuestionando su importancia. Mario Polanco, director del Grupo de Apoyo Mutuo (GAM) y una de las personas que participó en los espacios para impulsar y promover la paz desde la Asamblea de Sociedad Civil (ASC), sostiene que esa afirmación ignora un legado histórico de sectores religiosos, de mujeres, empresariales, de pueblos indígenas, académicos, entre otros que lograron algo histórico: llegar a consensos para promover la paz. En esta entrevista Polanco reconstruye parte de ese camino y cita los cambios que, a su juicio, suelen quedar fuera de la memoria colectiva con el paso del tiempo.

Mario Polanco dice que hay una fotografía que nunca pudo olvidar. Salió en los periódicos y en ella se podían observar los primeros encuentros entre representantes de la guerrilla guatemalteca …

Mario Polanco
Christian Gutiérrez

Mario Polanco dice que hay una fotografía que nunca pudo olvidar. Salió en los periódicos y en ella se podían observar los primeros encuentros entre representantes de la guerrilla guatemalteca y delegados del Gobierno de Guatemala, en una reunión en España. Corría la segunda mitad de los años ochenta. Polanco era estudiante del primer año en la Facultad de Derecho de la Universidad de San Carlos (USAC) y tenía simpatía por la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU). 

Cuenta que en esa fotografía él esperaba encontrar hombres parecidos a los que veía en las imágenes de las revoluciones latinoamericanas de la época, comandantes con uniforme verde olivo, boinas y fusiles al hombro.

Pero en el caso de Guatemala, lo que encontró en la imagen fueron hombres de traje y corbata sentados alrededor de una mesa. «Esos no son guerrilleros», recuerda que pensó. Y luego reflexionó: «Esto, (la guerra) no puede terminar en una negociación. La revolución tiene que triunfar». Polanco creía en la importancia de las transformaciones estructurales.

Tres décadas después, Polanco sonríe al recordar aquella reflexión de su época juvenil. 

La guerra terminó en Guatemala con la firma de la paz en 1996 y Polanco fue una de las personas que participó en los espacios que se habilitaron para que las diversas expresiones de la sociedad civil plasmaran el futuro que querían construir a través de los 12 acuerdos de paz.

Hoy es director del Grupo de Apoyo Mutuo (GAM), una organización fundada por familiares de personas desaparecidas durante el conflicto armado interno. Desde su experiencia, sostiene que buena parte de las críticas actuales a ese proceso de paz provienen de una desconexión histórica. «Las generaciones actuales no se preocupan demasiado por investigar el contexto de aquella época»

Según cifras oficiales, aproximadamente 200 mil personas fueron asesinadas, detenidas y desaparecidas durante los 36 años de conflicto armado en Guatemala. Más de un millón también fueron desplazadas internamente o como refugiadas.

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Mural en homenaje a las víctimas del Conflicto Armado Interno. Fotografía Christian Gutiérrez

A nivel general, ¿por qué cree que se habla de los acuerdos de paz como una abstracción, como algo simbólico, y no como parte de un proceso que terminó la guerra interna?

Porque se analizan a partir de la situación actual que se vive en Guatemala: la violencia, la inseguridad, la desigualdad, la pobreza. Automáticamente eso se atribuye a un aparente fracaso de las negociaciones de paz.

La corrupción que prevalece, la falta de desarrollo o muchos de los problemas que vivimos hoy también se le atribuyen a los acuerdos de paz.

Las generaciones actuales no se preocupan demasiado por investigar el contexto de aquella época o cómo se desarrolló el proceso de paz. Si lo hicieran, quienes tienen una visión crítica de los acuerdos de paz podrían entender que fue un esfuerzo extraordinario y trascendental para la sociedad guatemalteca.

¿Cómo era Guatemala cuando comenzaron las negociaciones de paz de manera oficial en 1987?

Yo entré a la USAC en enero de 1985. En abril capturaron a toda la dirigencia de la AEU y la desaparecieron de manera forzada. Yo estaba empezando a acercarme a la organización y lo primero que encontré fue un golpe represivo muy fuerte.

Meses después, en agosto, el Ejército ocupó militarmente la universidad. No fue una incursión temporal, permanecieron semanas revisando oficinas, documentos y expedientes. 

Ese era el país que teníamos. El Ejército funcionaba prácticamente como un poder supraconstitucional. Había regiones enteras militarizadas. Participar en cualquier organización social podía convertirte en objetivo de persecución.

Y mientras tanto, la mayoría de la población seguía tratando de sobrevivir: conseguir comida, trabajar, resolver el día a día en medio de la guerra. Nada alejado a lo que sigue sucediendo hoy en día.

¿Había condiciones para pensar en una salida negociada para esa situación?

No era sencillo. En el contexto internacional se hablaba del glasnost y la perestroika (las políticas de apertura y reforma impulsadas por Gorbachov en la URSS desde mediados de los 80, que aceleraron el fin de la Guerra Fría) en la Unión Soviética y eso influía en toda la región. 

Pero Guatemala tenía una característica particular: ni el Ejército ni la guerrilla dependían completamente de actores externos. Ambos tenían capacidad de sostenerse internamente. 

Eso significaba que la guerra podía prolongarse indefinidamente. Pero también implicaba que, si algún día se alcanzaba un acuerdo, iba a ser una solución construida principalmente por los propios guatemaltecos.

Pero esa paz también se construyó desde distintos espacios. ¿Quiénes considera que fueron clave para impulsar las negociaciones?

La iglesia católica tuvo un papel fundamental. Monseñor Rodolfo Quezada Toruño fue una figura clave, pero también influyeron procesos regionales como el Grupo de Contadora y posteriormente el Acuerdo de Esquipulas.

A partir de ahí surgió la Comisión Nacional de Reconciliación, donde participaron sindicatos, organizaciones sociales, estudiantes universitarios y personas comprometidas con la búsqueda de una salida política al conflicto.

Había personajes muy distintos. Por ejemplo, doña Teresa Bolaños de Zarco, viuda de uno de los fundadores de Prensa Libre, asesinado por la guerrilla. Que a pesar de eso, permaneció durante años trabajando por la reconciliación sin pedir venganza.

Era una figura respetada tanto por sectores de izquierda como de derecha.

¿Qué papel desempeñó la sociedad civil en ese momento, desde espacios como la Asamblea de la Sociedad Civil?

Fue probablemente el espacio más importante de participación ciudadana dentro del proceso. 

Se creó para discutir los temas sustantivos de los acuerdos: derechos humanos, pueblos indígenas, situación agraria, desplazamiento forzado, democracia y participación política. 

La idea era que distintos sectores elaboraran propuestas y que esas propuestas alimentaran las negociaciones entre el Gobierno, la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) y los demás sectores involucrados. 

Con el tiempo, se incorporaron organizaciones de mujeres, pueblos indígenas, organizaciones de derechos humanos, sectores académicos, sindicatos, iglesias y empresarios. 

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Mario Polanco, director del Grupo de Apoyo Mutuo. Fotografía Christian Gutiérrez.

¿Cuál considera que fue el principal logro de ese espacio de articulación diversa de sociedad civil?

Algo que en Guatemala sigue siendo extraordinario: construir consensos. 

Éramos alrededor de 120 personas provenientes de sectores muy distintos y logramos elaborar propuestas sobre cinco grandes acuerdos en apenas cinco meses. 

Lo que la sociedad civil produjo en ese tiempo tardó más de dos años en ser negociado entre la guerrilla, el Gobierno y el Ejército. 

Treinta años después, ¿cuáles considera que son los principales logros de los acuerdos de paz?

El más importante es uno que muchas personas ya no perciben porque crecieron después de la guerra: el Estado dejó de cometer violaciones a los derechos humanos como política institucional. 

Eso marca una diferencia enorme. Antes uno tenía miedo de encontrarse con una patrulla o con miembros del Ejército. No por la delincuencia, sino por miedo a desaparecer. 

Hoy, cuando estoy en un lugar peligroso y veo una patrulla, pienso qué es bueno. Antes me daba terror. 

También hubo avances en materia de justicia. Casos que antes jamás habrían llegado a tribunales comenzaron a investigarse y juzgarse.

Además, aunque de manera insuficiente, el Estado empezó a llegar a regiones históricamente excluidas y se generaron algunos procesos de acceso a la tierra para comunidades campesinas.

¿Y qué compromisos importantes considera que quedaron pendientes?

Muchísimos. El Acuerdo sobre Identidad y Derechos de los Pueblos Indígenas sigue siendo una deuda enorme. La desigualdad continúa siendo una de las más altas del mundo. 

Y la reforma constitucional impulsada después de los acuerdos fracasó en la consulta popular de 1999, tras una campaña cargada de desinformación y racismo. 

¿Cuál considera que sigue siendo la mayor deuda con las víctimas del conflicto?

La reconciliación. Pero una reconciliación real. Una que incluya verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. 

La reparación no puede reducirse a compensaciones económicas. También implica memoria. Implica monumentos, espacios públicos, lugares donde las familias puedan recordar a quienes desaparecieron. 

A veces hago una pregunta sencilla: ¿A dónde van los familiares de los desaparecidos el primero de noviembre? No existe un lugar para ellos. No hay un espacio nacional que permita recordar a quienes nunca regresaron. Eso también es una deuda pendiente.

Cuando escucha que los acuerdos de paz «no sirvieron para nada», ¿qué piensa?

Que esa afirmación ignora de dónde venimos. La gente observa los problemas actuales y concluye que nada cambió. Pero quienes vivimos aquella época sabemos que sí hubo transformaciones profundas. La paz abrió oportunidades que antes ni siquiera existían. 

Otra cosa es que muchos de esos cambios no hayan sido aprovechados o que las élites políticas posteriores no hayan tenido interés en cumplir lo pactado.


Texto: Andrea Godínez

Edición: Lourdes Álvarez Nájera

Fotografías: Christian Gutiérrez

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