Irma Alicia Velásquez Nimatuj: «La medida del poder no es cuántas sillas ocupan las mujeres, sino cuántas decisiones logran cambiar»

La intelectual maya K’iche’ Irma Alicia Velásquez recorre 70 años de luchas de mujeres mayas, desde la guerra hasta la criminalización actual

La intelectual maya K’iche' Irma Alicia Velásquez Nimatuj recopiló las historias de diez mujeres indígenas que se han enfrentado a la adversidad. Desde la violencia de la guerra a la …

Irma Alicia Velásquez Nimatuj 11
Diego León

La intelectual maya K’iche’ Irma Alicia Velásquez Nimatuj recopiló las historias de diez mujeres indígenas que se han enfrentado a la adversidad. Desde la violencia de la guerra a la discriminación más actual. 

A través de cuatro generaciones, relata también la historia de Guatemala, las luchas de los pueblos originarios y analiza el sistema de dominación que les obstruye el paso hacia la participación política. 

El libroMemoria histórica y pensamiento político de las mujeres mayas de Guatemala —financiado por Jotay— además de relatar las experiencias personales de estas mujeres, también hace un repaso histórico por los hitos que han conseguido los pueblos indígenas en Guatemala y el camino, largo, que aún queda por recorrer.

Irma Alicia Velásquez Nimatuj 3

¿Cuáles son las diferencias entre las luchas de la primera generación y las más jóvenes? ¿En qué hemos avanzado?

La diferencia podría decirla es que la primera generación de lideresas peleó por el derecho a vivir, mientras que hoy las jóvenes pelean por el derecho a existir con nombre propio, usando su idioma maya, viviendo en su territorio, pero también en los espacios en donde se toman las decisiones.

Además, el trabajo impulsado por Jotay muestra que la primera generación construyó casi todo desde la ausencia, porque no existían marcos jurídicos que la respaldaran como mujeres indígenas, no había instituciones que la escucharan y, en muchos casos, no tenían ni siquiera la seguridad de que podrían contar su historia sin ser perseguidas o aniquiladas. 

Sin embargo, fueron capaces de producir un análisis político sofisticado.  Por ejemplo, María Guadalupe García nos explicó cómo, en 1990, 47 mujeres mayas refugiadas se reunieron en Palenque, Chiapas, y durante varios días analizaron sus vidas antes, durante y después del Conflicto Armado Interno y cómo sobrevivieron el genocidio. 

De esa reflexión surgió una conclusión que define la realidad que vivían, enfrentaban una opresión que era «machista, patriarcal, racista y de clase».  Y lo llamaron «un problema de raíz». Ese fue un análisis interseccional formulado por mujeres mayas en un campamento de refugiadas, cuando la academia occidental aún no había popularizado esa categoría analítica. 

Ese es un punto clave, porque las mujeres mayas no llegaron tarde a las teorías críticas, sino que, al contrario, la mayoría de las veces, las produjeron primero, desde su vida material de sobrevivencia, pero luego la academia las tradujo a un lenguaje universitario y en la mayoría de los casos se las apropió.

Mientras que hoy, las generaciones jóvenes de mujeres indígenas no tienen que inventar esas categorías desde cero, sino al contrario, pueden usarlas, cuestionarlas y recrearlas. 

Ana María Top, por ejemplo, puede llegar al CONADUR invocando la materialización del Convenio 169, mientras que Mirian Sirin puede demandar el respeto y reconocimiento del trabajo de las comadronas al Ministerio de Salud usando los derechos laborales y Yamanik Cholotío puede evidenciar el racismo que vive la juventud en la radio y las redes sociales. Pero esas herramientas existen porque sus abuelas y madres construyeron, con enorme costo, una base organizativa y un lenguaje político propio.

En el libro, el cuerpo de ellas aparece como un eje central. En la primera generación, el cuerpo de la mujer maya fue escondido, vigilado, golpeado, violado, descuartizado y convertido en territorio de guerra. En las siguientes generaciones, ese mismo cuerpo se convierte en un cuerpo que acusa, que declara, que organiza, que enseña y que decide. 

María Cedillo y otras mujeres ixiles se prepararon durante años para declarar en el juicio por genocidio en 2013. Esa etapa enseña que no estaban solamente recordando lo vivido, sino que estaban transformando la memoria en evidencia jurídica y política.

¿Y en qué hemos avanzado? Bueno, en base al análisis de las vidas es claro que avanzamos en organización, en la creación y uso de lenguaje y narrativas propias, en formación política que ahora se extiende a múltiples instituciones públicas y algunas privadas, en presencia nacional e internacional y en usar los tribunales para que se develara la verdad que seguía cubierta a través de la justicia transicional, pero hay que reconocer que no se ha avanzado lo suficiente en transformar la arquitectura del Estado. 

La Constitución Política de 1985 sigue sin registrar que Guatemala es un Estado plurinacional, aunque poco más del 44% de la población es indígena según el Censo de 2018, y más de la mitad de esa población son mujeres indígenas. 

El Acuerdo sobre Identidad y Derechos de los Pueblos Indígenas, firmado en 1995 sigue siendo uno de los documentos oficiales más importantes que reconoce a los pueblos indígenas, pero nunca se implementó en lo fundamental. Podemos decir, entonces, que se ha avanzado en tomar palabra y en la organización, pero se ha avanzado poco en tomar los espacios con poder de decisión.

Irma Alicia Velásquez Nimatuj 10

¿Alguna violencia desapareció realmente entre la primera y la tercera generación o simplemente cambió de forma?

Ninguna desapareció. Todas las violencias mutaron. Es más, la violencia colonial no ha muerto, sino que se ha modernizado, porque cambió de lenguaje, institución y técnica, pero conserva su propósito fundamental que es buscar controlar los cuerpos, territorios, memorias y futuros de las mujeres y de los pueblos indígenas.

En Guatemala el genocidio dejó de ser una política abierta de Estado, pero sus efectos siguen matando a jóvenes mayas. María Cedillo nos enseñó que, antes del conflicto armado, en el municipio de Nebaj había una cantina. Hoy hay entre diez a quince. Entonces, el alcoholismo, el suicidio y la desesperanza son secuelas de la guerra que confronta en el presente la juventud ixil. 

Por eso, cuando una madre ixil tiene temor de corregir a su hija o hijo porque teme encontrarlo colgado, evidencia que la juventud del pueblo ixil sigue pagando intereses por las atrocidades que confrontaron sus abuelos y abuelas, sus madres y padres en 1982.

La violación en el destacamento militar se convirtió, en muchos casos, en el golpe dentro de la asamblea comunitaria. Y aquí Mirian Sirin muestra la violencia actual, pues fue golpeada por un hombre adulto de su comunidad por atreverse a aspirar a un cargo para el cual tenía todas las calificaciones, pero las autoridades indígenas no sancionaron al agresor, sino que la culparon a ella por «buscarse problemas». 

Además, en el caso de la aldea de Chiraxaj, de San José Poaquil, un funcionario del Ministerio Público recibió una suma de dinero para presionar a las mujeres a retirar sus denuncias hacia la autoridad local, porque se negaron a que ellas asumieran la responsabilidad de integrar el consejo de padres de familia de la escuela. 

O sea, el destacamento se cerró, pero la impunidad se mudó a las oficinas del sistema de justicia. Y el despojo del finquero se volvió el despojo del acreedor. 

Esto me recuerda a los abuelos de Liliana Hernández, a quienes les quitaron sus tierras mediante intereses usureros y escrituras en garantía. Y eso volvió a reproducirse décadas después, solo que desde el Estado cuando la comunidad de Bernarda Velásquez compró una finca a través del Fondo de Tierras y quedó con una deuda de más de siete millones de quetzales. 

Frente a esos despojos de distintos acreedores Ana María Top lo dijo con claridad, los bancos no van a ayudar a las mujeres pobres, ellas nunca van a ganar, lo que ella aprendió en carne propia, es que ganan solo los bancos.

Ahora viven una violencia que la primera generación no enfrentó con ese nombre y es la criminalización. A las abuelas las mataban con fusil, mientras que ahora a las nietas las intentan matar civilmente con un expediente, con una acusación de terrorismo, una campaña de desprestigio en las redes sociales o un proceso judicial que convierte la defensa de la vida en delito. Está claro que la violencia no cambió en sí misma, lo que cambió fue la dirección, la institucionalidad y el lenguaje.

Irma Alicia Velásquez Nimatuj 7

¿Hubo condiciones favorables para la primera generación que hoy se han perdido?

Sí y decirlo cuesta. Porque nadie quiere sonar nostálgico de una época de terror. Además, porque ninguna de las lideresas que delinearon este libro cambiaría el presente por aquellos años. Pero hubo condiciones que hoy no existen o existen de manera distinta. 

La primera fue una infraestructura masiva de organización. Entre los años cincuenta a setenta, la Acción Católica, las cooperativas y las escuelas de catequesis alfabetizaron a miles de mujeres mayas rurales. Ellas aprendieron a leer, a hablar español y, sobre todo, a hablar en público. Espacios pensados para enseñar labores manuales se convirtieron en foros donde se analizaba la explotación que vivían en las fincas de la costa sur.

Eso tuvo un costo inhumano, porque se demonizó a las y los ajq’ijab’, se destruyó espiritualmente a muchas familias y se marginó a las comadronas, pero simultáneamente se formaron cuadros, aun en medio del terremoto de 1976, como lo explicó María Elena Curruchiche. 

Hoy, en el interior del país, por cada radio comunitaria existen decenas de radios protestantes. Y no todas forman lideresas, su objetivo es lo contrario, controlar mentes, cuerpos, votos y mantener el sistema sin transformaciones. 

La segunda fue que el refugio y las Comunidades de Población en Resistencia se convirtieron en escuelas políticas involuntarias. Las mujeres retornadas lo resumen en una frase que debería enseñarse en cada escuela del país y que la dijo María Guadalupe García: «Salimos huyendo como víctimas y regresamos como sujetas de derecho». 

Esto significa que en los campamentos de refugiados del sur de México hubo años de formación sistemática en derechos, organización y análisis político. Hoy se financian talleres de dos o tres días, pero pocos procesos de formación de largo aliento.

La tercera fue que el mundo escuchaba lo que ocurría en Guatemala. El Premio Nobel de Rigoberta Menchú en 1992, el Acuerdo sobre Identidad y Derechos de los Pueblos Indígenas en 1995 y la atención internacional a la justicia transicional abrieron ventanas de solidaridad, cooperación y visibilidad. 

Sin embargo, hoy varias de esas ventanas se han cerrado dejando secuela de dependencia. Como dijo Virginia Ajxup: «El dinero siempre puede destruir a las organizaciones cuando sustituye la base propia». 

La cuarta, es quizá la pérdida más honda y fue la presencia de la comunidad. La primera generación organizó a personas que vivían en sus pueblos. Sin embargo, hoy, la migración hacia los Estados Unidos vació muchas aldeas de la fuerza joven que debería sostener las luchas. María Cedillo lo expresa con una frase dolorosa pero realista: «Cuando los hijos e hijas de las lideresas se fueron a Estados Unidos, ellas ya no quieren participar».

La historia no nos da nada sin cobrarnos algo, así encontramos que las remesas permitieron que muchas familias indígenas sostuvieran luchas territoriales, incluida la resistencia de 106 días en 2023. 

O sea, una migración que nos quitó la fuerza joven también aportó cierta autonomía y resistencia frente al Estado. Y aquí, le confieso que no sé si hay algo que debamos celebrar o si por el contrario, deberíamos de leerla como una de las agudas contradicciones de un pequeño país que expulsa a su fuerza joven y, sin embargo, aunque estén lejos, sigue dependiendo de ella de su trabajo, su dinero y su memoria.

Irma Alicia Velásquez Nimatuj 1

 ¿Esa conciencia y ese liderazgo están transformando estructuras tan rígidas?

Sí, pero de manera desigual, con avances reales y también con retrocesos. La evidencia está en lugares que la estadística no registra. 

El esposo de Ana María Top en años anteriores le prohibía viajar, la acusaba de engañarlo y le exigía abandonar la organización, sin embargo, ella no se dio por vencida y lo trajo a su organización y le mostró lo que hacían por las mujeres y la comunidad. 

Hoy él ha ido cambiando y se ha convertido en un aliado y reconoce los errores que cometió y les enseña a sus colegas a que no los repitan. Ese hombre no cambió por una campaña ni por una ley. En el fondo cambió porque su esposa no se detuvo en su trabajo político. 

Ese es uno de los métodos importantes del libro, porque las transformaciones no ocurren solo en las instituciones, sino cuando una mujer sostiene su decisión, cuando otras la respaldan y cuando la comunidad empieza a ver que es posible construir otras formas de relaciones. 

Y allí está el caso de los líderes de la comunidad de Bernarda Velásquez, quienes quisieron destruir la tienda que las mujeres habían construido y sostenido, cuando ella defendió el derecho que tenían, no apeló únicamente a la emoción ni a la solidaridad. 

Ella estudió la Constitución y citó los artículos que las amparaban en la asamblea y los hombres se quedaron sin argumentos. O sea, el patriarcado no cede ante la queja de una mujer de manera individual, el libro muestra que cuando se rompe el aislamiento de la víctima y cuando la comunidad o la organización se enfrenta a la amenaza de perder a las mujeres organizadas, entonces, desmantelar el patriarcado se vuelve real.

Pero también hay que reconocer lo que no se logra, a pesar del trabajo colectivo, como en 1997, después de tres años de lucha, la organización Mamá Maquín logró que las mujeres retornadas tuvieran derecho a la propiedad y copropiedad de la tierra, ganándole a los hombres que se habían opuesto, diciendo que las mujeres no trabajaban la tierra. 

Ellas ganaron, pero al volver a Guatemala, el Instituto Nacional de Cooperativas exigió que, para ser socia plena, la mujer debía aportar la misma cantidad de mano de obra que un hombre. O sea, ganaron el derecho, pero perdieron parte del ejercicio. Esto enseña que el patriarcado va a buscar retoñar por múltiples formas y espacios. 

Ahora, también está el machismo en los espacios que se denominan progresistas, que es el más desmoralizante. Y eso, lo muestra el caminar de Liliana Hernández, quien después de haber sido candidata vicepresidencial y haber llevado al partido al que representó, junto al candidato presidenciable en 2019, a obtener la séptima posición entre 19 binomios, los diputados de su partido la sometieron a «evaluaciones de rendimiento» y le preguntaron cuál era su currículum. 

Ella lo resumió como haber construido una casa de manera colectiva y, cuando le pusieron el techo, los hombres del partido le cambiaron las cerraduras y le dijeron que ella solo podía entrar por la puerta de servicio.

Otra estructura rígida es la que Norma Cajas nombra, y es la rivalidad entre mujeres, que puede interpretarse como una escasez fabricada por el mismo sistema patriarcal, especialmente en el contexto político, porque cuando el sistema deja una sola silla para las mujeres indígenas, hay peleas, unas contra otras por esa única silla, en lugar de unirse y exigir la mesa.  

Resumo en que la transformación está ocurriendo, pero no es automática, no es lineal y no depende solamente de las mujeres mayas, sino que requiere que los hombres cambien, que las comunidades se examinen a sí mismas y que las organizaciones apunten a los cambios estructurales que desde las familias y comunidades deben de construirse.

Irma Alicia Velásquez Nimatuj 11

Las mujeres de la primera generación tuvieron que construir espacios organizativos prácticamente desde cero; las siguientes encontraron instituciones, marcos de derechos humanos, nuevos espacios de participación y, principalmente, la paz firmada. ¿Tener más espacios disponibles ha significado realmente tener más poder?

No, en muchos casos ha significado una administración selecta de la exclusión. El libro documenta un patrón que se repite en partidos políticos de derecha e izquierda, en oenegés, en las academias y en los movimientos sociales. 

Primero, inclusión simbólica de las mujeres mayas para mejorar la imagen y movilizar bases. Segundo, excluirlas de los espacios en donde se decide la distribución del poder. Tercero, castigarla de múltiples maneras cuando la mujer desarrolla base propia y se vuelve visible. Cuarto, reemplazarla por otra mujer indígena dispuesta a aceptar un papel pequeño o un lugar donde queda subsumida. Y quinto, crear y propagar una narrativa de ingratitud o incapacidad cuando la mujer maya se atreve a denunciar o decide marcharse.

Liliana Hernández recorrió esos cinco pasos. Ella militó quince años en un partido político, llegando a ser nominada candidata vicepresidencial en 2019. Llevó al partido a obtener más de doscientos treinta mil votos, sin pagar un solo centavo y en 2023 le negaron los espacios nacionales y le ofrecieron la tercera casilla de diputación por el departamento de Quetzaltenango o una posición de suplente en el Parlamento Centroamericano. Todo hizo que se derramara el vaso y se desafilió en 2024. Por eso, la medida del poder no es cuántas sillas ocupan las mujeres, sino cuántas decisiones logran cambiar. 

El libro muestra una tensión muy interesante entre entrar en las instituciones y transformar las instituciones. ¿En qué momento la participación dentro del Estado o de un partido permite cambiar el sistema y en qué momento corre el riesgo de neutralizar a la lideresa?

Considero que no es un tema de buenas intenciones y se puede saber con tres preguntas concretas, y las tres deben responderse antes de ingresar a un partido político, no después. 

La primera es ¿quién sostiene a la lideresa? Si la permanencia de ella depende de quién le dio el espacio, ya está neutralizada. Si depende de una base organizada que puede retirar el respaldo, tiene poder. Ana María Top llegó al CODEDE respaldada por 2,565 mujeres de AGIMS y por el nombramiento de autoridades ancestrales de cuatro municipios del pueblo kaqchikel. 

La segunda pregunta es: ¿puede la lideresa decir no y sobrevivir el mes siguiente? Si perder el cargo significa perder el ingreso, el cargo la tiene a ella. Por eso la autonomía económica y la autonomía política no son dos temas, en el fondo son el mismo tema que hay que enfrentar de manera simultánea, aunque no siempre es fácil. 

Y la tercera, ¿hay rotación permanente? Aquí está uno de los temas interesantes del libro. En Momostenango, el sistema de cargos impedía repetir el servicio. Virginia Ajxup recogió y transmitió la sabiduría tal y como se la enseñaron, y es profunda “quien gobierna dos veces aprende y se corrompe, por eso, es un año de servicio, regido por el ciclo de los cuatro cargadores del tiempo, Kej, E’, No’j e Iq’, y la carga debe pasar a otra familia”. 

Este es un mecanismo anticorrupción milenario, diseñado por pueblos a los que este país llama atrasados, no los escucha y los ignora, y que, además, ningún partido guatemalteco ha querido imitar o aprender. Ahí está la respuesta a por qué los partidos políticos mueren o se pudren tan pronto, porque en ellos el poder no rota, no quieren que sea así, sino que lo heredan entre amigos, familias o redes.

Hay un momento en que la participación política electoral se convierte en neutralización y se reconoce, porque es el día en que la lideresa empieza a defender y anteponer a la institución frente a su comunidad, en lugar de defender a su comunidad frente a la institución. 

Ese día, el cargo ganó y quisiera en esta línea agregar algo más, irse es también un acto político. Liliana Hernández, por ejemplo, no se desafilió del partido político por capricho o porque no obtuvo una candidatura. Se fue porque no se permitía el disenso sin ser acusada de traición. Salir a tiempo, con la conciencia y las manos limpias, es una forma de ganar que no aparece, ni aparecerá, en ningún proceso o boleta.

¿Puede existir liderazgo político de las mujeres sin autonomía económica?

Puede existir, pero hay que tener claro que es un capital prestado. Y todo capital que se presta, se cobra con intereses. Norma Cajas lo formuló, para participar en política hay que invertir tiempo, y mientras tanto el negocio debe seguir girando, porque la política requiere tiempo, inversión y dinero. 

Quien no lo tiene, depende de quien si lo tiene y quien financia, es quien manda. Es una trampa, porque si no participas, eres apolítica y si participas, debes de ser obediente. Pero autonomía económica no significa emprender sola. 

Una respuesta interesante del libro es colectiva y ocurrió desde 2018, cuando las mujeres de la comunidad El Nuevo Paraíso, en San Marcos, iniciaron un sistema de auto ahorro. Fundaron un banco comunal donde cada socia posee un máximo de acciones para que nadie domine el fondo. Con créditos entre ellas, donde hay multas por impuntualidad y ausencia, y donde están construyendo su independencia económica como colectivo en ciclos anuales que se renuevan y crecen.  Bernarda lo resume mejor que cualquier manual de economía solidaria: «Buscan que nadie se enriquezca, pero que al mismo tiempo todas aprendan y se beneficien».

Puede que el capital que hoy manejan no derribe al voraz capitalismo financiero bajo el cual viven, pero una mujer que posee su propio fondo, independiente del esposo y sin firmar nada con un banco del sistema, puede pararse en una asamblea y decir que no a decisiones que le dañan. Entonces, la independencia económica muestra que el liderazgo político se fortalece cuando existe la posibilidad material de negarse a participar en espacios que las minimizan.

Irma Alicia Velásquez Nimatuj 8

Una de las lideresas cuestiona la idea de que la educación formal equivale automáticamente a emancipación. Por el contrario, en algunos casos se convierte en otra forma de control. Alguien dice «malditas profesiones». ¿Cómo se compagina la necesidad de educación formal con la resistencia cultural?

Esa frase es del maestro de Virginia Ajxup, Eusebio Saquic, y conviene decirla completa, porque es compleja: «Malditas profesiones, maldita escuela, mató a nuestros hijos e hijas. El fuego no quiere morir. El fuego quiere a sus hijos e hijas, pero ustedes no lo escuchan».

El maestro Eusebio no estaba maldiciendo el conocimiento, sino un tipo específico de escuela y es la que entrega un título a cambio del nombre, del idioma, de la espiritualidad o de la memoria propia. Hay documentos que muestran que esa escuela fue diseñada para acabar con los pueblos indígenas. 

Virginia narra como el arzobispo Mariano Rosell escribió sin disimulo que había que instruir a los indios porque podían ser el brazo de la guerrilla y era mejor que fueran para la iglesia y no para la guerrilla. Entonces, algunas de las becas de la iglesia se entregaron como recompensa a los y las hijas de los ajq’ijab’ que fueron convertidos en catequistas. 

En esa historia vemos como primero destruyeron espiritualmente al padre y después se llevaron a la hija. Trece años después, cuando Virginia se graduó de maestra en 1971, el mecanismo había funcionado porque ella no quería usar su traje regional ni hablar su idioma k’iche’.

Y el título tampoco protege, Virginia vivió como un estudiante ladino se negó durante tres meses a entrar a su clase porque ella era una maestra indígena. A Liliana, recién graduada de abogada sus primeros clientes le preguntaron si estaba la licenciada, y ella respondió: «Yo soy la licenciada». 

A Yamanik la humillaron en un aula universitaria con la complicidad de la catedrática. Sin embargo, encontré que ninguna de las diez rechaza la formación. La disputan, que es distinto, porque el reto es convertirá en un escudo para defender a sus comunidades. Y un camino es el que Virginia tomó, crear una educación propia, a través de los centros en Momostenango, El Estor, Rabinal y San Luis Jilotepeque donde el currículo maya no es un añadido cultural, sino el fundamento del proceso formativo. 

En el fondo todas le dicen a las juventudes mayas que se preparen, que estudien de todo, incluso lo que les enseñan mal, pero que entren a la universidad como quien entra a una cantera a sacar herramientas y no como quien entra a un bautizo a que le cambien el nombre. Un título es, entonces, un martillo y todo depende de quién lo empuñe y a qué decida pegarle.

Tres de las trece mujeres inicialmente seleccionadas decidieron no participar. Sin revelar sus identidades ni sus razones privadas, ¿qué le enseñaron también esas ausencias? ¿Puede el silencio o la decisión de no contar la propia historia constituir igualmente una forma de agencia?

Sí y ese “no” me enseñó sobre metodología, se invitaron a trece o catorce lideresas y diez aceptaron. Tres o cuatro decidieron no participar y se respetan sus razones y no las voy a interpretar aquí, pero puedo decir lo que esas ausencias enseñaron al trabajo.

Primero que el consentimiento solo es real cuando la negativa también lo es. Un proyecto donde nadie puede decir que no, está obligando y extrayendo materia prima. Es lo que Kaqla le reclamó a la justicia transicional inmediatamente después de firmarse los acuerdos de paz porque el Estado se dedicó a extraer el dolor de las mujeres para llenar estadísticas y volúmenes documentales, sin ofrecerles sanación ni transformar sus condiciones de vida. Que tres mujeres pudieran negarse sin que eso implique enemistarnos es la prueba de que este libro se hizo con mujeres y no sobre mujeres.

Segundo, hay que reconocer que el silencio no es ausencia de palabra, sino que es administración de la palabra. Decidir el momento exacto en que se desea hablar y construir colectivamente se llama soberanía, es decidir cuándo sí y cuando no. 

Tercero, guardar silencio o hablar puede ser un cálculo lúcido y María Cedillo explicó que luego de dar su testimonio en el juicio por genocidio, implicó perder clientas que le compraban en el mercado de Nebaj porque cuando la vieron en la televisión, ya no le compraron. En un pueblo donde sobrevivientes y expatrulleros viven y comparten las cuadras, hablar tiene precio. 

Quien decide no pagarlo no es cobarde, sino es una mujer haciendo cuentas con la información que posee y con el impacto que su voz tiene. Y a veces en un país tan complejo lo más generoso que se puede decir del silencio de una generación que calla, es que lo hace para que sus hijas e hijos puedan dormir. Las tres ausencias que aquí describí están en el libro, no se leen literalmente, pero están.

Después de recorrer setenta años de luchas, ¿cuál considera que es la deuda más profunda de Guatemala con las mujeres mayas?

No es el dinero del resarcimiento y menos lo son las disculpas. La deuda profunda es que este país sigue sin aceptar que también es de las mujeres y los pueblos indígenas, a pesar de ser poco más del 44 por ciento de la población. Y esa es una decisión vivida recientemente. 

En octubre de 2023, cuando el Ministerio Público intentaba impedir que se respetara el resultado electoral, los pueblos indígenas sostuvieron 106 días de resistencia, con tomas en más de cien puntos del país y un campamento permanente frente al MP. 

Las mujeres mayas estuvieron allí en la logística, en las decisiones y en la vocería. Ellas portaron sus varas y sostuvieron los plantones frente a las provocaciones. Sin esa resistencia, el golpe de Estado técnico habría prosperado y Guatemala sería hoy lo que son otros países de Centroamérica.

¿Y cómo pagó el país? Con cárcel. Desde marzo de 2025 hasta el mes pasado autoridades indígenas estuvieron procesadas por terrorismo y sedición. 

Esa es la deuda, el Estado usa a los pueblos y las mujeres indígenas como reserva moral en la emergencia y los devuelve a la última fila cuando pasa el peligro, las y los quiere valientes en la carretera, pero callados en la mesa. Y si me pidiera una sola escena que resuma setenta años, ahí está el 10 de mayo de 2013, un tribunal de alto impacto, en base a las pruebas, reconoció que se cometió genocidio en el territorio ixil. 

Diez días después, la sentencia fue retraída por tecnicismos. El mensaje del Estado fue incuestionable, las mujeres mayas pueden declarar, pueden probar el genocidio, pueden pararse frente a un juez y narrar las violaciones una a una pero los poderosos no van a pagar. Mientras esa frase siga materializándose, la deuda no se reduce, al contrario, sigue creciendo.

Imaginemos que este libro vuelve a leerse dentro de cincuenta años. ¿Qué tendría que haber cambiado en Guatemala para que las mujeres mayas de 2076 leyeran estas historias como memoria de problemas superados y no como la descripción de una realidad?

No quiero responder con deseos, intentaré hacerlo con seis aspectos que deberán haberse superado y si en 2076 los seis se cumplen, este libro será historia. Si falta alguno, seguirá siendo un espejo que reflejará las opresiones que no habrán querido enfrentarse.

Primero, que exista una nueva Constitución que reconozca, entre otros temas, que Guatemala es un Estado plurinacional y que la consulta libre, previa e informada sea vinculante. 

Que ninguna comunidad tenga que esperar a que mecanismo de organismos internacionales les dé la razón para que se reconozcan a nivel nacional sus derechos. 

Segundo, que los niveles de pobreza y exclusión de servicios como educación y salud, por mencionar dos, en que viven hoy la mayoría de las mujeres indígenas, haya sido enfrentada de manera novedosa a extremo que no exista para entonces una mujer viviendo en pobreza. 

Tercero, que los territorios indígenas este libres de la locura destructora e invasora de las compañías trasnacionales. 

Cuarto que el genocidio se enseñe en las escuelas. Yamanik llegó a la universidad sin que nadie hubiera pronunciado la palabra. Un país que no enseña los genocidios que han enfrentado los pueblos originarios que viven en sus territorios no está educando para el futuro, sino que está administrando el olvido que tanto necesitan las elites tradicionales. 

Quinto, que ninguna mujer indígena tenga que elegir entre su liderazgo político o mantener su ingreso económico y que puedan ingresar a un partido político o a una organización sin tener que agradecer de por vida. Y sexto, que una mujer maya entre a un tribunal, a un aula o al Congreso y no tenga que invocar sus títulos para que la traten como una mujer con capacidades y sabiduría propia.

Las diez lideresas no avanzaron porque fueran excepcionales, sino porque se organizaron, porque no se quedaron calladas y porque, cuando cayeron, se levantaron acuerpadas, porque una sola no puede. Como dijo Yamanik, no somos las primeras, ni las últimas, ni las terceras. A cada generación le toca una etapa y nos vamos pasando la batuta, hasta que vengan generaciones que puedan tener vidas mejores.

Y esa batuta está ahora en 2026 y en 2076 yo no estaré físicamente, pero estoy segura, que si este libro se lee como memoria de problemas superados, no será porque Guatemala se haya convertido en una nación generosa y rebosante de conciencia social desde sus elites, sino que será porque una joven indígena que hoy tiene quince años, y miles más, decidieron forjar su propio camino, aprendieron de sus ancestras y desde allí levantaron su voz y aportaron con su trabajo diario a ese país distinto. 

El maestro Eusebio Saquic llevaba el Popol Wuj en su morral y repetía: “El fuego no quiere morir. El fuego quiere a sus hijos e hijas”. Ese fuego lleva más de quinientos años sin apagarse. No porque sea mágico, sino porque siempre ha habido alguien, una mujer o un hombre de los pueblos mayas, que se levanta de madrugada a soplarlo y atizarlo. Y sé, por lo que he aprendido y heredado de mi pueblo, que ese fuego llegará encendido a 2076 para continuar alumbrando a las nuevas generaciones de mujeres mayas que entonces, serán las actoras que estarán definiendo los destinos de esta hermosa tierra, de esta amada y profunda Iximulew.


Si te interesa solicitar un ejemplar gratuito del libro puedes escribir a: info@jotay.org

También te puede interesar

ocote-icono-negro