Alvaro Sánchez nació en 1975, en Guatemala. Ha construido una trayectoria de más de dos décadas como artista visual, escritor y creador vinculado al collage y la técnica mixta. Pero, …
Alvaro Sánchez nació en 1975, en Guatemala. Ha construido una trayectoria de más de dos décadas como artista visual, escritor y creador vinculado al collage y la técnica mixta.
Pero, antes de cualquier etiqueta, dice que es la curiosidad la que mueve su mundo. Sánchez se asume como un «animal de rutina», aunque no de una rutina estricta, sino de una hecha de pequeños desvíos, hallazgos y obsesiones cotidianas.
Comienza cada mañana a su propio ritmo, sin prisas, en una especie de estado nebuloso. Dice que todavía a medio despertar, encuentra en una taza de café algo indispensable para espabilarse y empezar a buscar inspiración en videos de YouTube.
Sánchez también se inspira en conciertos que no sabía que existían, pintores a los que vuelve una y otra vez, imágenes y referencias que, de una u otra forma, terminan alimentando su trabajo cada día.
Al ritmo de bandas como Joy Division, Nine Inch Nails o Swans, Sánchez explora temáticas como la fragilidad humana, la muerte, la melancolía o la infancia. Y aunque muchas veces entra a su estudio sin algún plan, «el 90% del tiempo», encuentra en esa incertidumbre todo un universo creativo que podrá usar en sus próximas piezas.

¿Qué implica habitar la ciudad de Guatemala, una referencia muy ligada a su historia, formación y obra?
Entre los 13 y 14 años, empecé a estudiar justamente en el Centro Histórico (Zona 1 de la capital) y fue cuando me empiezo a dar cuenta de lo que significaba para mí la ciudad. En ese momento yo vivía por el Anillo Periférico, entonces, era tomar una camioneta, bajarme en la tercera avenida y luego tomar un ruletero que me llevaba al colegio.
Ahí empieza mi fascinación por ciertas cosas del centro. Yo siempre he sentido esa atracción por lo extraño, por lo que esta ciudad te da, de repente volteas, cruzás la esquina y ves una cosa que nunca te esperás. También toda esa arquitectura medio decadente y bastante descuidada, en ese momento, yo no lo sabía, pero se estaba sembrando la semillita de lo que estéticamente me iba a gustar.
Por eso siempre digo que Guatemala y sus calles para mí han sido una gran inspiración. Este lugar es el que me ha moldeado totalmente. Tengo una relación amor-odio con este lugar, como muchos. Un amigo decía: «Guatemala no es un país para débiles» y estoy de acuerdo con eso.
Esa relación con la ciudad también se conecta con la muerte, la melancolía; otros temas que atraviesan su obra. ¿De dónde viene esa insistencia temática?
A veces me he puesto a pensar por qué viene toda esta fascinación, y me hace regresar a la pintura, a la literatura. Me gusta mucho la literatura del realismo sucio, con autores tipo Raymond Carver o, en su momento, Charles Bukowski, que siempre hablaban de ciudades así, como grises, en el sentido de ciudades caóticas, ciudades rotas. Para mí, Guatemala tiene mucho de eso.
El cine de horror también me gusta por eso. Más allá de que salga un monstruo, o un fantasma, el horror te permite hablar de temas muy sensibles. Si sacas todo el elemento de horror de una película y al final decís: «Ah, me están hablando de la pérdida, de cómo alguien resiente la pérdida de alguien que ama, una hija, un esposo, una esposa». Pero acá me lo están contando de una manera distinta. El horror es solo la excusa para contar eso.
A mí no me gustan los finales felices. Porque siempre pienso que en esa parte oscura del ser humano, ahí para mí es donde radica mucho de lo que tú eres en realidad.
No a través del morbo, sino porque ahí también hay mucha melancolía.
En su trabajo aparecen imágenes y elementos que remiten a lo extraño o a lo inquietante. ¿Cómo entiendes esa presencia dentro de tu obra?
Siento que el problema es cuando la gente tiene miedo de eso. Parece que en pleno siglo donde existe acceso a todo, la gente decide tenerle miedo a un cráneo.
No tienes idea cuántas personas me han dicho: «Ay, mira, me encanta ese cuadro de esa serie, pero uno sin cráneo» o «mano, a mi esposa no le gusta porque le da miedo».
Cuando tú crees que ya no deberíamos reaccionar así a esas cosas tan primitivas, la gente sigue teniendo cierto rechazo.A la gente le da pavor encontrarse en esas sombras.
Y para mí debería ser lo contrario. Yo creo que te haces mejor persona explorando esa parte tuya para tener un balance entre esa parte luminosa y esa parte oscura.
Antes de encontrar su lenguaje visual, hubo una etapa muy marcada por la publicidad y el diseño. ¿Cómo fueron esos inicios?
Todo empezó en 1997. Yo estudiaba comunicación en la Universidad Francisco Marroquín, en la sede de zona 8. Entré ahí y conocí a un grupo de amigos que estaba involucrado y tenía un gusto muy peculiar por las artes visuales y la música.
Con este grupo de amigos empezamos a hacer un montón de experimentaciones con la fotografía análoga. Ahí empezó la curiosidad y tal vez la intención, más bien, de venir y expresar ciertas ideas a través de un medio artístico. La ventaja de estar ahí era que tenía acceso a los anuncios que se habían hecho en agencias del mundo, mandaban películas, cortometrajes, recomendaciones de exposiciones de arte. Siempre me gustó que, a pesar de que era un trabajo de diseño gráfico para anuncios de productos, había una parte que alimentaba la creatividad.
Empecé con mis primeras piezas en digital, porque al final lo que tenía a la mano era una computadora y un software de diseño, que en ese entonces era FreeHand y Photoshop.
En ese entonces estaba muy mal visto decir que tú venías de publicidad. Era casi una blasfemia. Porque decían: “Los publicistas no tienen cabida en nuestro medio”.
Al final fue la publicidad y el diseño gráfico el punto de salida. No fue todo, pero sí el punto de salida.

¿Qué cosas de ese mundo siguen presentes en su práctica artística?
Justo métodos y formas y, sobre todo, mucha estructura. Se habla siempre de que el artista es desordenado, y sí conozco un montón de gente así, pero a mí nunca me ha pasado eso. Porque después de venir de un mundo tan estricto y tan riguroso, te crea cierta estructura y ciertos métodos para hacer que el trabajo avance.
También me dejó algo en la práctica. Yo no había estudiado en una escuela de arte, pero el diseño te exige composición, cierta intuición para armar las cosas, entender colores y tipografías. Entonces, eso yo lo puedo usar para el trabajo porque técnicamente son los mismos principios. Eso me sirvió.
Y también para trabajar, por ejemplo, series. Porque al final era como hacer una campaña. Hacías cuatro anuncios y decías: «Bueno, esta va a ser la campaña que se va a publicar».
Eso para mí sería hacer una serie de obras de cuatro o cinco piezas que para mí conforman una serie. Entonces, me sirvió mucho porque la estructura ya venía, solo fue darle la vuelta.
¿Y en qué momento sintió que en su trayectoria ya había encontrado una voz propia?
Me debe haber tomado unos ocho años llegar a definir ese lenguaje propio. Al principio era jugar con algunos elementos, o ver que alguien más lo hacía, porque todo el mundo empieza copiando a alguien, así funciona en muchas de las ramas del arte.
Yo siempre digo que en realidad te toma 10 años definir lo que vas a hacer y esa voz propia, mucha gente se queda en el camino. Porque no todo el mundo puede ser artista, todo el mundo es creativo, pero no todo el mundo es artista. Al final ser artista es sinónimo de compromiso con algo, y mucha gente no está dispuesta a ese compromiso.
Después de unos diez años empecé a ver que la gente ya empezaba a asociar cierta estética. Todo el mundo me empezó a reconocer por el tema del cuerpo humano, los cráneos, las texturas, los colores.
Sus primeras piezas fueron digitales, pero después llegó el collage y el trabajo manual. ¿Cómo ocurrió ese tránsito?
En una exposición, no recuerdo a la artista, pero fue en la Cooperación Española de La Antigua, finalmente vi en análogo lo que yo estaba haciendo en digital.
Salí de una manera enojado, pero inspirado. Al día siguiente fui a la librería Progreso a comprar lo que me alcanzaba y agarré unos libros viejos que habían en la casa y empecé a cortarlos. Así empezó. Claro que esos primeros collages son espantosos, ahora que los veo.
Entonces, coincide cuando un amigo me dice que le encantaba todo esto que estaba haciendo digital, que estaba funcionando, pero me dice: «Vos, en un momento te tenés que manchar las manos. Tenés que saber qué es tener la pintura y experimentar eso porque te va a abrir otro mundo». Y en efecto, así fue.
Nada puede superar el hecho de sentir la pintura en las manos, cortar las hojas, rasgar las hojas. Es otro tipo de experiencia. Ya digital casi no lo hago, excepto cuando hago portadas para libros. Los dos tienen su encanto. Mientras la digital te da un control absoluto, lo análogo te permite accidentes afortunados y cosas que te sorprenden.
¿Qué le interesa del collage como lenguaje?
El collage termina siendo una cosa bien política, porque en un primer momento se usó como parte de una protesta contra todo lo que estaba sucediendo en la Primera Guerra Mundial. Yo siempre digo que fue como una especie de revolución visual que hubo, porque no se había visto nada igual a eso.
Te ofrece distintas narrativas con cosas ya existentes. En el collage tú puedes poner cosas que se supone que no tienen que estar juntas, pero tú de alguna manera haces que eso funcione.
Y creo que esa es parte del atractivo del collage, que la gente encuentra de una manera sencilla y bastante amigable formas de expresar lo que quieren expresar.

En esa exploración también aparecen referentes claros. ¿Qué encontró en el dadaísmo y en otros movimientos que todavía le acompaña cuando hace una pieza?
Otro movimiento bastante importante, pero un poquito más nuevo, se llama Grupo 70. Uno de sus grandes representantes fue Lamberto Pignotti. Fue un movimiento que integró no solo pintores, collagistas, sino también músicos, cineastas, pero su principal forma de expresión fue el collage. Ellos le llamaban poesía visual. Eso me encantó, porque descubrí que la literatura se podía fusionar también con lo visual.
De los dadaístas siempre me gustó ese sentido punk.. Para mí los dadaístas son como el hermano maldito del surrealismo. Mientras el surrealismo buscaba descifrar a través de la psicología y la filosofía, el dadaísmo era un golpe a la nariz.
La música también atraviesa su proceso creativo. ¿Qué lugar ocupa cuando está trabajando?
Si yo pudiera cambiar todo esto por tocar un instrumento, lo haría. Te prometo que lo haría. Es una de mis grandes frustraciones no tener la cabeza para hacer música, entendí que para ser músico tu cabeza tiene que pensar de otra forma, y la mía no funciona así.
La música define ciertos momentos de tu vida. Tú puedes oír cierta banda o algo y te vas a recordar ciertos momentos de tu vida. Entonces, lo empiezo a integrar en el sentido de que yo necesito la música para trabajar.
Conozco artistas que trabajan en un completo silencio, casi de monasterio, yo no podría hacer eso. Yo me vuelvo loco. Es la música la que muchas veces dicta el rumbo de la obra.
Es más, solo para ponerte un ejemplo hice una pieza que fue portada para una banda de Los Ángeles que se llama The Warlocks, que es una banda de rock psicodélico. Fue por un concurso hace muchísimos años y ellos pedían las piezas inspiradas en su música.
Y junto a lo visual, también ha estado siempre la escritura. ¿Cómo se han ido encontrando esas dos facetas en su trabajo?
El Álvaro escritor, como el Álvaro pintor, siempre ha ido de la mano. El tema de la literatura empezó porque siempre me ha gustado leer. Pero yo creo que la parte ya de escribir salió porque tuve una columna de música en el extinto Siglo XXI y en el Diario de Centro América.
Imagínate, tenía un espacio de 2,500 o 3,000 caracteres, para hablar de los grupos que me gustaban. Dije: «No puedo dejar pasar eso». Y ahí empezó. Luego de seis, siete años de estar escribiendo y, por supuesto, de seguir leyendo, dije: «Pues a mí me gustaría contar mis historias así», pero no sabía por dónde empezar.
A mí siempre me gustaba la microficción. Creo que eso viene un poquito de la publicidad, porque tenías que contar una historia en 30 segundos. Entonces dije: «Bueno, va a ser lo mismo, pero ¿de dónde? ¿Qué hago?». Y luego, regresé a una colección de collages y de ahí las volví palabras. Así fue como salió mi primer libro: Mañana muerta de domingo.
La exposición Nada aquí está salvo, que actualmente se expone en Casa Ocote, reúne distintos momentos de su trayectoria. ¿Qué piensa al ver todo ese recorrido junto en una misma sala?
Al ver la muestra también me pesa mucho el tiempo. Siento que me hace consciente del tiempo que tengo para seguir y del tiempo que me queda.
Veintiséis años tampoco es tanto tiempo, pero tampoco es tan poco. Es una medida de tiempo para mí, una cosa rara que me pone en contexto del ahora pero también de lo que viene después.
O sea, yo te podría decir qué es lo que yo quiero hacer ya en 10 años; solo que mi mente no sabe llegar ahí. Yo ya lo visualicé, solo que no encuentro todavía la forma de llegar.
Y sobre todo menciono esto del tiempo porque los dos cuadros que están ahí, son cuadros míos de 1977. Esos dibujos los hice porque es lo que hace un niño, pero ponerlos a la par y verlos colgados en una pared junto a otras piezas es una cosa maravillosa que me alegra.
Creo que uno como ser humano a veces nunca está satisfecho con nada. A mí me pasa lo mismo seguido. Me gusta esto que está aquí. Pero hay otra parte que me dice: «Mano, falta un chingo todavía».
Pero en general, yo creo que lo que rescata esto es poderlo compartir con gente que, como el día del evento de presentación, llegó y estuvo dispuesta a ver.

Cuando alguien conoce por primera vez su trabajo o su exposición, ¿qué le gustaría que encontrara o que se permitiera pensar?
Yo creo que me gustaría que entraran sin tener ideas preconcebidas de nada. Porque creo que eso sucede un poquito con mi trabajo. Si bien yo no estoy diciendo nada nuevo ni contando nada nuevo, creo que es un poco atípico a lo que usualmente ves aquí en Guatemala.
Quisiera que entren como cuando entras a un lugar oscuro y le vas alumbrando por pedacitos con la linterna; con la mente abierta a que hay historias que se cuentan de otra manera, de otra forma.
Y me gustaría que salieran pensando que cuando se habla de arte, el abanico es muy extenso. Que cuando alguien vea estos cuadros piensen que a través de ellos se puede hablar de la infancia, del tiempo, hablar de otra forma que tal vez no es la usual.
¿Qué piensa del espacio para el arte y la conversación en Casa Ocote?
Entiendo que la ciudad de Guatemala es muy chiquita, cuando la ves en comparación con las grandes capitales del arte, pero es importante resaltar el hecho de que existan espacios como Casa Ocote Porque escucho: «es que ya no hay espacios culturales».
También entiendo que en un momento las personas no encuentren por dónde, pero aun así, la manera de que tu trabajo encuentre los canales para decir «aquí estoy», están ahí.
Hay que reconocer que incluso lugares como Casa Ocote, cuya función es otra cosa (que incluye periodismo, talleres formativos y espacios de conversación) y no exactamente es una galería, se abren porque entienden la importancia de la cultura del arte, como algo que nos moldea como sociedad.
Eso me alegra y sí me gustaría resaltarlo. Porque a pesar de que Guatemala es tan compleja, la gente sigue buscando esos espacios.
Créditos:
Redacción: María Olga Domínguez
Edición: Lourdes Álvarez Nájera
Fotografías: Christian Gutiérrez
Puedes visitar la exposición de Alvaro Sánchez, «Nada aquí está a salvo», de lunes a viernes de 8:00 a 17:00 horas, en Casa Ocote: 12 calle 6-16 zona 1, ciudad de Guatemala. Si deseas agendar una visita fuera de este horario puedes comunicarte al correo: servicios@agenciaocote.com



