En el sur de El Estor, Izabal, comunidades q’eqchi’ impulsan la apicultura, el cacao y sistemas agroforestales para sostener su economía y recuperar el bosque.
A sus 67 años, Alfonso Tiul sube el cerro sin problemas. Sus pies, calzados con botas de hule, permanecen firmes aun entre el barro formado por la lluvia matutina. Avanza entre la maleza que conoce de memoria.
Tiul realiza esta caminata, de unos 20 minutos, al menos una vez cada 12 días en invierno. Es aquí, en lo alto del cerro y apartado de la comunidad, que se encuentran sus colmenas. Desde hace 12 años es productor de miel.
El proyecto inició en 2013 cuando la Fundación Defensores de la Naturaleza (FDN), que coadministra cuatro áreas protegidas de Guatemala, le propuso a un grupo de ocho comunitarios realizar apicultura.
El grupo comenzó con dos colmenas. Recibieron capacitaciones de un productor de la Costa Sur que les explicó el manejo del sistema apícola, a identificar las plagas y cómo tratarlas. Sin embargo, poco a poco, el resto de involucrados desertaron del proyecto.
«Trabajar las abejas ha sido un poquito difícil porque la gente no está acostumbrada a los piquetes, al manejo», explica Sara Mejía, técnico agroforestal de la fundación que acompaña a la comunidad.
Sin embargo, Tiul persistió. Once años después, tiene 25 colmenas que cultiva con apoyo de su hijo menor.
Durante el invierno visita el sistema solo una vez cada ocho o doce días para identificar si hay plagas.
«En este tiempo, si llueve una o dos semanas, las abejas no salen a trabajar, se amontonan en el cajón. Pero si es un buen día, comienzo a trabajar como a las 6 de la mañana», indica.

La comercialización
La cosecha de miel ocurre entre marzo y mayo. Tiul se encarga de recogerla, procesarla y embotellarla. En la temporada 2024-2025, produjo 27 canecas de miel, que equivalen a 560 botellas de 750 mililitros.
Tiul vende las botellas en comunidades cercanas, a 50 quetzales (unos 6.54 dólares) cada una. Desde 2016, también produce piña durante la misma temporada. Con las ganancias, compró herramientas para realizar trabajos de carpintería en los meses que no tiene cosechas.
«Con ese dinero ya hice mi casita y quedó buena. Antes, yo no tenía trabajo y era muy pobre. Aquí no da nada, ni el maíz, porque la tierra es muy colorada», explica.
La apicultura no representa el mismo esfuerzo como otras actividades agrícolas, dice. Esto es importante para él, pues tiene problemas de salud.
Esta actividad, además, implica un compromiso con la naturaleza. «Para que él (Tiul) tenga un ambiente de calidad, tiene que restaurar áreas con especies florales, frutales o forestales, que le den buena floración para las abejas», explica Mejía.

Entre las raíces de palma
Tiul vive en Santa Rosa Balandra, una comunidad q’eqchi’ ubicada al sur de El Estor. La comunidad fue fundada en 1972 –por desplazados por el Conflicto Armado Interno– pero recibió certeza jurídica hasta 2014.
Santa Rosa Balandra se ubica en la zona de amortiguamiento de la Reserva de Biósfera Sierra de las Minas (RBSM). Esta es una cadena montañosa que abarca 240,537 hectáreas y atraviesa cinco departamentos. En 1990 fue declarada área protegida, bajo la coadministración de la FDN y el Consejo Nacional de Áreas Protegidas (Conap).
La comunidad está rodeada por unos 80 kilómetros de plantaciones de palma africana, un monocultivo no nativo de Guatemala, utilizado para producir el aceite que se utiliza en productos como chocolates, frituras y jabones.

En el país, estas plantaciones se encuentran en las Tierras Bajas del Norte (Quiché, Petén y Alta Verapaz), también en Izabal, al Nororiente, y en la Costa Sur.
En 2024, Agencia Ocote y Mongabay Latam revelaron la presencia de este monocultivo dentro de la RBSM. Según las fuentes consultadas, las plantaciones pertenecen a la empresa Naturaceites y productores individuales que la surten.
En Fray Bartolomé de las Casas, Alta Verapaz, Naturaceites ha sido acusada por contaminación de ríos y acaparamiento de agua. Entre 2010 y 2021, la Alianza Periodística Tras Las Huellas De La Palma recopiló nueve denuncias que acusaban a la empresa, por ejemplo, por mortandad de peces.
Recuperar el bosque
El 98 % de las 33 familias que habitan en Santa Rosa Balandra tienen sistemas agroforestales, según la FDN. Estos, como su nombre lo dice, se conforman por una mezcla de especies agrícolas (es decir, con frutos) y forestales de alto valor económico o para consumo de leña.
Implementar este sistema tiene varias ventajas, como mayor cobertura de materia orgánica y fertilidad en los suelos. También más aprovechamiento del espacio, con unas 20 a 30 especies.
«Son parcelas establecidas con sistemas forestales para recuperar el área donde habían cultivado maíz. Ahora ya hay forestales, hay plantas», dice Pablo Choc, representante legal de la Asociación de Pequeños Productores de Sierra de las Minas y Bocas del Polochic (AJ-ADESMI).
A partir de esta recuperación, la comunidad ha logrado recibir incentivos forestales del Instituto Nacional de Bosques (Inab). Estos son pagos para promover la reforestación, creación y manejo sostenible de los bosques naturales.
Para convertirse en beneficiarias, las comunidades deben presentar planes de manejo. Según Choc, estos establecen las responsabilidades que la comunidad adquirió con la conservación del bosque.
«Esta comunidad cuenta con 315 hectáreas de bosque natural. En los años 2016-2020 ingresamos 190 hectáreas de bosque natural (al programa de incentivos). En 2025 tenemos 80 hectáreas nuevas», comenta Mejía.
«Las ganancias por bosque de protección se dividen entre las 20 familias iniciales».
Las familias también tienen bosques energéticos. En ellos siembran especies de alto valor de crecimiento para usar como leña, sin la necesidad de talar el bosque.

El eje: el cacao
En esta comunidad, los sistemas priorizan el cacao. «Nos hemos dado cuenta de que el cacao es un cultivo muy arraigado a la cultura q’eqchi’ y tiene un valor económico alto. Entonces vemos que ellos (la comunidad) pueden trabajarlo. Es un cultivo muy amigable con el ambiente y fácil de trabajar», explica Mejía.
La FDN realizó un proceso de sensibilización con la comunidad. Le entregaron plantas de cacao, plátano, especies forestales y hortalizas. El objetivo también era diversificar los alimentos a los que la población accedía.
Actualmente, Santa Rosa Balandra cuenta con unas 20 hectáreas de producción de cacao. Cada una produce un promedio de 18 quintales de «baba» cada seis meses. Esta se procesa para adquirir seis quintales de cacao en seco, fermentado.
Esto «nos da un cacao de calidad con notas florales, cítricas y a caramelo. Con un cacao lavado, nunca podríamos ir definiendo esas notas. Y el precio también varía. Un cacao seco fermentado está entre 45 quetzales la libra y un cacao lavado está entre 20 quetzales», explica Mejía.
En la asociación AJ-ADESMI, creada hace tres años, convergen 180 productores, de los cuales el 40 % son mujeres. 96 trabajan cacao orgánico.
Para familias como la de Keili Jiménez, el cacao fue el inicio para la transformación de su terreno. «Mi papá y mi mamá vieron que era muy bueno, muy productivo. Entonces, con el tiempo fueron sembrando más», narra.
Su parcela ahora produce piña, coco, mangos, rambután y nances, entre otros frutos. A sus 18 años, Keili se encarga, junto a sus hermanas menores, del cuidado del huerto creado después de participar en procesos de formación para adolescentes. Comercializan sus productos en la comunidad.
En esta parcela el microclima se transforma. El calor que, en otras áreas de la comunidad, provoca que el sudor escurra por la sien de quienes la visitan, aquí es imperceptible bajo las sombras de los árboles.
«Para nosotros es muy feliz porque no es nada fácil tener la parcela así. Ha sido un proceso muy, muy duro, tanto para mis papás como para nosotras, porque cuando venimos, aquí no había nada», recuerda.

También tilapias
Los programas agroforestales se replican en 12 comunidades del área sur de El Estor, desde Mirador hasta Palestina-Chinebal.
En esta última, la FDN también acompaña a 15 familias en la producción de tilapia. Este proyecto está orientado a garantizar su seguridad alimentaria y brindarles otras alternativas económicas.
Uno de los productores es Federico Sacul Pop de 49 años. Él inició hace diez años con 500 alevines (crías) de tilapia.
Hoy, su parcela está dividida entre plantaciones de cacao y cinco «charcas», como nombran comúnmente a las piscinas, donde cría hasta 500 tilapias en cada una. Luego las vende por libra en la comunidad.

La producción de miel, cacao y tilapia, así como los esfuerzos por conservar el bosque, han permitido que las comunidades del sur de El Estor tengan alternativas económicas.
Este sistema también les permite no depender del cultivo de palma y el daño ecológico que provoca.
«Nosotros sembramos para nuestro futuro, para nuestros nietos», finaliza Sacul.





