Pedro Mancilla dice que se crio «entre las patas de las vacas». Nació y creció en el departamento de Izabal y migró hacia Estados Unidos con un sueño: adquirir, como …
Pedro Mancilla dice que se crio «entre las patas de las vacas». Nació y creció en el departamento de Izabal y migró hacia Estados Unidos con un sueño: adquirir, como su papá, su propia finca ganadera. En ese país, trabajó en construcción, restaurantes y limpieza hasta que, en 2010, regresó a Guatemala.
Dos años después, su deseo se hizo realidad: arrendó un terreno, la finca El Paraíso.
Cuando llegó a la finca junto a su familia, ubicada a unos 20 minutos de San Benito, Petén, se encontró con un paisaje árido. En las partes altas se observaban cerros con piedras y arbustos con espinas y en las bajas, extensas llanuras.
Allí empezó su próximo propósito: recuperar ese territorio.
Deforestación, gases de efecto invernadero
La ganadería tradicional, como el padre de Mancilla la practicaba, «era un cuento de nunca acabar», recuerda.
«Teníamos que estar comprando y comprando más terreno si no teníamos o botando más (árboles) porque lo que teníamos ya no era suficiente. ¿Y qué pasaba? Pues que en los primeros años, los suelos estaban fértiles. Pero después de unos cuatro o seis años, se iban degradando y ya no nos funcionaba. Entonces teníamos que volver a botar (los árboles) o comprar más tierras», indica.
Esta infertilidad, según el ingeniero agrónomo e investigador de la Universidad Del Valle de Guatemala, Diego de la Vega, es el resultado de la compactación del suelo por el pisoteo constante del ganado que reduce la macroporosidad, el nitrógeno total, el carbono orgánico y la infiltración del suelo.
«El sobrepastoreo dispara la remoción de pastos, reduce la diversidad de especies y deja el suelo más expuesto a la erosión por viento y agua. También existe una reducción de materia orgánica, biodiversidad del suelo, y actividad microbiana. La degradación del suelo reduce la capacidad de retención de nutrientes, el agua y afecta a largo plazo a la productividad», explica el investigador.
En Petén, en particular, la ganadería está reemplazando a la Selva Maya. Según un documento elaborado por la municipalidad de Flores y otras organizaciones ambientalistas como Wildlife Conservancy Society (WCS), en 2016, la ganadería era ya la principal actividad productiva en el departamento de Petén y en la Zona de Amortiguamiento de la Reserva de la Biosfera Maya.
Según una investigación de Agencia Ocote, la Sierra del Lacandón, un área protegida ubicada al norte de este departamento, ha perdido más de 45 mil hectáreas de bosque, arrasadas por incendios provocados para establecer ganadería ilegal.
La ganadería regenerativa
Ante esto, ganaderos como Mancilla han optado por implementar una nueva estrategia: la ganadería regenerativa. De la Vega lo define como «un enfoque que busca no solo mantener la producción del ganado, sino también restaurar y renovar los suelos, incrementar la biodiversidad, mejorar el ciclo de los nutrientes y el almacenamiento de carbono, así como generar sistemas más resilientes».
El enfoque se basa en la implementación de sistemas silvopastoriles, donde se integran árboles, arbustos forrajeros y ganados en una misma unidad de producción. Es decir, en cada potrero, no solo existe vacas y llanuras que las alimentan.

Los arbustos no solo generan sombra, sino también permiten producir forraje (plantas utilizadas para alimentar animales). Por su parte, los árboles pueden producir frutos y otros productos posibles de comercializar.
«Estos tipos de sistemas agrosilvopastoriles nos ofrecen múltiples servicios ecosistémicos. Nos ayudan a mejorar la calidad del suelo, a aumentar la biodiversidad, flora y fauna y a que puedan almacenar más carbono que las pasturas abiertas sin sistemas agrosilvopastoriles», explica De la Vega.
En estos sistemas, la finca se divide entre distintos potreros. El ganado realiza una rotación constante y planificada entre ellos, para evitar el sobrepastoreo.
El inicio de la transformación
En 2018, un amigo de Pedro Mancilla lo invitó a una mesa técnica de ganadería regenerativa. En ella participaban ganaderos, personal del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación (MAGA) y de la municipalidad de Flores.
La iniciativa nació con el respaldo de Rainforest Alliance, una organización internacional que ofrece capacitaciones y certificaciones en agricultura sostenible y proyectos de paisaje.
En ese momento, el proyecto contaba con 50 mil quetzales (unos 6,525 dólares), con lo que compraron semillas, árboles y pastos para ocho fincas. «Don Pedro se sumó después, él no iba a ser beneficiario directo, pero una persona dijo: “Mire, vendí la finca y ya no podemos hacerlo”. Allí, él se suma», recuerda Érick Martínez, ingeniero de Rainforest Alliance.
Mancilla formuló, junto a la organización, un plan para el manejo de su finca, para direccionar su trabajo.
Martínez y De la Vega coinciden en que, en Guatemala, los ganaderos no suelen planificar su trabajo. Esto los lleva a hacer malas inversiones o a trabajar sin una meta u objetivo claro.
«En Guatemala tenemos la idea de que si a mi abuelo o a mi papá le funcionaba, ¿por qué lo voy a cambiar?», dice De la Vega.

La clave: la rentabilidad
«La diferencia entre ganadería tradicional y ganadería con sistemas silvopastoriles es que este último sistema tiene mayor contenido nutricional, mayor cantidad de fibra neta», indica Martínez. Esto, debido a la diversidad de forrajes que alimentan a las vacas.
Los árboles y la vegetación también brindan sombra para el ganado. Esto evita el estrés calórico que estar debajo del sol directamente provoca en las vacas, lo cual afecta sus vías digestivas.
Desde que se implementó este sistema, en la finca El Paraíso ya no es necesario comprar fertilizantes, comida y vitaminas para el ganado. Adquieren los nutrientes que necesitan de los pastos y la vegetación.
«También nos ahorramos estos gastos y los ingresos son mayores», asegura Mancilla.
Las ventajas también se traducen en ganancias, según Mynor Pimentel. Él es otro ganadero que forma a sus pares en ganadería regenerativa, ingeniero agrónomo y propietario de la finca La Gema, ubicada también en Petén.
«Será rentable porque tu gasto se diluye, es una economía de escala. Y es sustentable porque estás manteniendo áreas de bosque, está reteniendo humedad y hay una mejora de suelos. También hay una mejora de materia orgánica, un indicador clave, y un desarrollo de pasturas mucho más eficiente», agrega el agrónomo.

Este enfoque también permite generar otros productos o subproductos. Los árboles, por ejemplo, pueden producir fruta o ser comercializados, en 10, 15 o 25 años, como madera.
El bosque regenerado
De las 25 manzanas que conforman la finca El Paraíso, solo 18 son ocupadas por ganado. El resto, están dedicadas a bosque regenerado.
En 2018, Mancilla inició sembrando 250 árboles en una hectárea. Ahora, ha sembrado más de 2,800.
La finca El Paraíso está hoy rodeada por cerros y pastizales de color verde. Al llegar al rancho principal, el microclima de la región, caracterizado por un calor húmedo, se transforma. Aunque este lunes de junio la temperatura alcanza los 38 grados Celsius, el viento corre en el espacio y una sensación de frescura inunda el lugar, debajo de un rancho.
Las siete hectáreas de bosque regenerado han permitido que otros animales regresen a este territorio, asegura Mancilla.
«Ya tenemos una familia de monos saraguates arriba (…) que ya se han atrevido a bajar hasta acá. Hemos visto aves como tucanes que ya no se miraban y más colibríes. El clima es diferente, llueve más, nos cae más agua», indica Mancilla.
Esta restauración del bosque también permite la obtención de otros productos. En la finca La Gema, se han producido más de 200 botellas de miel en el último año.

Avances tecnológicos
La ganadería tradicional suele caracterizarse por aplicar una menor inversión capital por hectárea. Esto se traduce en la implementación de infraestructura mínima.
«A veces solo tienen cercas muy simples y sencillas, comederos mínimos y alojamientos menos intensivos», explica De la Vega.
Sin embargo, el enfoque regenerativo propone la implementación de nuevas tecnologías, como cercas eléctricas, sensores de agua, cámaras remotas o incluso la utilización de cuadrillas de drones para el monitoreo.
En el Paraíso, las cercas son eléctricas. La finca también cuenta con un biodigestor, alimentado por las heces del ganado. Este genera el gas que se utiliza en la cocina.
La familia de Mancilla también produce lácteos como yogur y quesos. Para mejorar la higiene, han creado una sala de ordeño y un corral específico para las vacas que participan en el proceso.

Por su lado, Pimentel utiliza paneles solares para producir la energía eléctrica que la finca La Gema necesita. Su finca está distribuida en un sistema de calles y avenidas que permite que la rotación del ganado entre potreros sea más fácil.
En esta finca también eliminaron el uso de agroquímicos y lo reemplazaron por productos herbicidas que producen menores daños al suelo. Esto permite que el ganado se alimente de una pastura natural.
En fincas de ganado tradicional, las vacas deben realizar largas caminatas para beber agua en aguadas artificiales. Este sistema, según Pimentel, tiene desventajas: puede contaminarse con heces fecales y orines y, en verano, se puede secar.
Por ello, el agrónomo implementó un nuevo sistema. El agua se toma de la casa y se distribuye por un sistema de tuberías, con una bomba que genera presión a partir de la gravedad.
Una iniciativa que se extiende
En 2018, el MAGA presentó la Estrategia nacional de ganadería bovina sostenible con bajas emisiones. Esta respondía a la implementación de la Política de Ganadería Bovina Nacional.
Su objetivo era innovar y modernizar los sistemas tradicionales, para transformarla en una industria productiva, rentable, competitiva y sostenible.
Esta estrategia, además, buscaba disminuir la emisión de gases de efecto invernadero. La ganadería es la responsable del 12 % de la generación de estos gases, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, según sus siglas en inglés).
«Las emisiones de efecto invernadero se generan por el rumen (en esencia, los eructos) del animal. Una mala alimentación significa más emisiones. Una mejor alimentación, menos emisiones», explica el ingeniero Martínez.
Según la oficina de Comunicación Social del MAGA, esta iniciativa busca que los productores transiten de una ganadería tradicional hacia una sostenible. Para lograrlo se necesita la reducción de emisiones, el uso responsable de los recursos naturales y, en particular, el respeto y conservación de los bosques.
En 2025, más de 130 ganaderos de Petén han recibido apoyo de este ministerio, como sobrevuelos con drones para generar ortomosaicos (una especie de rompecabezas aéreo de alta precisión), el cual permite conocer la situación de la finca y, a partir de él, realizar un plan preciso.
«El modelo continuará fortaleciéndose con la incorporación de nuevos productores interesados. La participación es voluntaria y abierta a todos los ganaderos que estén dispuestos a trabajar bajo un enfoque sostenible, contribuyendo así al desarrollo productivo y a la protección de los recursos naturales», indica el MAGA.

La ganadería regenerativa (junto con otras prácticas, como la agricultura regenerativa) ha despertado escepticismo en Sudamérica, junto con acusaciones de greenwashing. Sin embargo, De la Vega asegura que este enfoque podría considerarse una solución a las problemáticas de las prácticas tradicionales.
«Sin duda, la ganadería regenerativa ofrece un camino para convertir los impactos negativos de la ganadería convencional —la degradación de suelos, emisiones y la pérdida de biodiversidad—, en sistemas más sostenibles».
Pero este enfoque «no es una solución mágica», indica el investigador De la Vega. Debe implementarse con planificación, sistemas de monitoreo, apoyo técnico y la transformación progresiva del sistema.
«La ganadería regenerativa es una alternativa muy viable para países con ganadería extensiva tradicional que buscan producir más con menos impacto», finaliza.
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Cuando Mancilla formuló su plan de finca soñaba con convertirla en algo más que ganado. Deseaba que fuera un destino que las personas pudieran conocer, visitar y disfrutar.
Hoy, su proyecto está encaminado a ese fin. En la finca atienden eventos como fiestas de quince años y capacitaciones sobre ganadería regenerativa. Como familia, ofrecen servicios de alimentación.
Después de ver su proyecto, Mancilla resume su nuevo sueño en una frase: «Que toda la familia venga acá y poder pasar un buen tiempo, juntos, aprovechando todo lo que hemos trabajado».





