Cuando Alex Castillo se asumió como hombre trans, a los 43 años, las categorías binarias impuestas habían regido toda su vida. «Creo que toda mi vida la pasé como un …
Cuando Alex Castillo se asumió como hombre trans, a los 43 años, las categorías binarias impuestas habían regido toda su vida.
«Creo que toda mi vida la pasé como un producto al que cualquiera le ponía la etiqueta que se le daba la gana», cuenta.
Le asignaron mujer al nacer. Fue forzado a la heterosexualidad, navegó el lesbianismo. Le llamaron madre, esposa, hija.
Desde la infancia, Alex tuvo claro que su cuerpo era masculino y aspiraba a que su expresión de género la afirmara.
Su madre, Rosa María Hernández, lo vio en cosas sutiles pero ruidosas para una familia conservadora en Guatemala en los años ochenta: los vestidos que no se dejaba poner o el hecho de que, mientras su hermana pedía fiesta de quince años, él quería pantalones de lona y tenis.
Un beso, una boda y el inicio de la violencia
Esa presión católica que guiaba a su familia, y que lo acompañó en el colegio de monjas, lo mantenía en un infierno constante que le condenaba a la culpa del «pecado». Le habían dicho que eso representaba sentirse hombre y su atracción por las mujeres.
Para redimirse decidió estudiar para convertirse en monja. Era una opción que le parecía lógica, porque le permitía controlar sus «pecados» y seguir estudiando.
Fue durante una misión, a los 17 años, en un prenoviciado del departamento de Alta Verapaz, que su vida dio vueltas, cuando una monja 23 años mayor lo besó y luego delató lo que había sucedido.
«Ese beso fue la fulminación de mi vida. A ella la movió la conciencia, porque estábamos tan asustados de irnos al infierno que lo terminó confesando como un desahogo».
El beso significó para Alex el inicio de muchos castigos. Dejó de estudiar porque lo expulsaron del noviciado, sus padres le retiraron la palabra y entendió que, si quería ser aceptado, debía adaptarse a lo que el mundo esperaba de él.
Alex se casó con un militar panameño, en lo que describe como una transacción: él necesitaba regularizar su estatus migratorio para poder servir fuera del Gobierno de Manuel Antonio Noriega; Alex, por su parte, necesitaba una familia.
«Yo me fijé en el tipo más tosco de este mundo porque pensé: este no me va a besar, no me va a tocar».
Así comenzó su infierno. La violencia apareció de forma gradual, primero con insultos y amenazas, luego con golpes y abusos sexuales, de los cuales nacieron sus dos hijos.
El punto culminante ocurrió durante una discusión. Su exesposo decidió salir a pasear con Alex y sus hijos, que en ese momento tenían tres y cuatro años.
Tras una discusión, Alex recibió un golpe que lo dejó inconsciente y le desfiguró parte del rostro. Luego de ese episodio de violencia se sometió a una cirugía plástica para reconstruir su nariz.
«Reaccioné con los gritos de mis hijos. Vi a los niños bañados en sangre. Estaba confundido, no sabía qué había pasado. Me quedé solo en el pick-up y cuando me vi en el retrovisor, pensé ¡Puta, me mató!. Estaba desfigurado».
Caminar y transitar, pese a las adversidades
Luego de ese episodio de violencia, Alex decidió iniciar una nueva vida. Se dio cuenta de que intentar complacer al mundo casi lo mata y no lo volvería a permitir.
Empezó a trabajar en bancos como contador y rápidamente ascendió a gerente de créditos. Mientras sus padres cuidaban a sus hijos.
Con el tiempo, se asumió como lesbiana y, poco a poco, cambió su expresión de género a una más acorde a la identidad que iba construyendo.
«Recuerdo que llegaban a vender perfumes y encontré la CK One, que tenía un olor neutro. Me lo ponía y me sentía un camaleón. Podía jugar porque no me leían ni como lesbiana: tenía dos hijos, pero no me maquillaba y, a veces, los bóxers se me salían de la falda».
Alex ocultó su identidad sexual tanto como pudo, hasta que una compañera, al descubrirla, intentó extorsionarlo: le exigió el adelanto de una boleta de pago a cambio de no revelar su identidad. Al negarse,lo reveló como lesbiana, lo que finalmente provocó que Alex perdiera su empleo.
Para las personas de la población LGBTIQ+, la discriminación para acceder a los espacios laborales generalmente comienza desde el momento de la entrevista. Por eso muchos prefieren mantener su identidad en secreto.
Así lo revela un estudio realizado por ACNUR en 2024, en Guatemala el 65,22 % de las personas trans comentó que su orientación sexual es una limitante para el acceso a un trabajo.

Nombrar la identidad: hombre trans
Alex conoció el término trans en 2013, durante una consultoría con una asociación llamada Alas de Mariposa, que trabajaba con víctimas y sobrevivientes de violencia contra la mujer. Le explicaron que significaba identificarse con un género diferente al asignado al nacer.
En ese momento todo encajó.«Cuarenta y tres años de mi vida, y hasta ahí vine a darme cuenta de quién era yo», señala.
Se preguntaba cómo no había sabido quién era antes. Se sentía ridículo, pero no podía ignorar la comodidad que le daba cada vez que alguien lo trataba en masculino.
Su transición coincidió con un viaje de estudios de su hijo, médico, a Europa y con el embarazo de su hija.
Entonces comprendió que las dos personas a las que más había querido cuidar ya habían construido su propio mundo. Era momento de construir el suyo.
Comenzó su transición en soledad, en Nicaragua, porque en ese momento ahí la testosterona era más asequible.
Según Alex, el costo de transicionar en Guatemala depende de factores como el tipo de hormonas y los exámenes, pero se puede elevar a 10,000 mil quetzales al año.
La soledad le permitía confrontarse y llevar una transformación también interna. Ese mismo año cambió legalmente su nombre y, frente a la tumba de su padre, habló con su madre para decirle quién era.
«Yo me quedé callada. Ya había visto muchas parejas que tuvo y lo aceptaba, pero le pedí que me diera tiempecito mientras me acostumbraba, porque me iba a costar un poquito», cuenta Rosa María Hernández, madre de Alex.
Oficialmente, Alex nunca había nombrado hombre trans con sus hijos.
«Mi mamá no se sentaba a hablarnos directamente, tal vez por miedo. En ese momento tenía un aspecto femenino, estaba con una mujer, pero nunca nos dijo: “Es mi novia”», recuerda Dayanara Montero, su hija.
En 2023, Alex invitó a su familia a la presentación del documental Familias Trans-Formadoras en el teatro La Cúpula, en Ciudad de Guatemala.
Dayanara recuerda que, en ese momento, Lya, de nueve años, quien había crecido con Alex como su abuelo, le preguntó, a media proyección: «Mamá, ¿tu mamá es mi abuelo?»
Esa proyección se convirtió en un momento de reconocimiento para toda la familia.
Alex recuerda que su madre tomó el micrófono. El miedo que tenía de lo que podría decir nunca lo habría preparado para las palabras que escuchó: «Me llamo Rosa María, y yo soy la mamá de mi hijo Alex».
Después, su hija continuó: «Yo tuve una mamá que era una mujer amargada, que me pegaba, que me castigaba, que me golpeaba. Pero ahora soy hija de Alex, y lo que veo es un hombre que me da confianza, que me da seguridad, que me da amor».
Alex lo recuerda y de sus ojos caen lágrimas automáticamente. Esa fue la primera vez que tanto su madre como su hija lo reconocieron.
Esas palabras siguen resonando en Alex, porque finalmente se resumen en un «te aceptamos».
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