En lo profundo de las montañas de San Martín Jilotepeque, en Chimaltenango, el tiempo parece detenido, pero el eco del pasado resuena con fuerza. Entre 1981 y 1982, Felipa Telón, …
En resumen:
- Tres mujeres viudas del conflicto armado en Guatemala sobrevivieron ocultas más de un año en las montañas con sus hijos. Sus esposos fueron desaparecidos por el ejército en San Martín Jilotepeque entre 1981 y 1982.
- En la selva enfrentaron el hambre, el frío y el miedo constante de ser descubiertas. Después de rendirse, fueron trasladadas a destacamentos militares donde vivieron bajo control y vigilancia.
- En 1983, con apoyo de un sacerdote, fundaron la comunidad Pueblo de Dios, primero conocida como «Colonia de las viudas».
En lo profundo de las montañas de San Martín Jilotepeque, en Chimaltenango, el tiempo parece detenido, pero el eco del pasado resuena con fuerza. Entre 1981 y 1982, Felipa Telón, Trinidad Culajay y María Cusanero emprendieron una huida desesperada.
Cargaron en sus brazos a sus hijos pequeños, mientras el ejército desaparecía a sus esposos y consumía sus hogares en llamas. Durante dieciocho meses, la selva fue su único refugio: un lugar de belleza salvaje y peligro constante. «La montaña era el monstruo que nos quería devorar», recuerdan.
Hoy, estas tres mujeres viven en Pueblo de Dios, una comunidad nacida del exilio y el dolor compartido. Fundada en sus inicios por mujeres viudas que sobrevivieron al conflicto armado, este asentamiento en el municipio de San Martín Jilotepeque, Chimaltenango, se llamó originalmente «Colonia de las viudas». Su historia está marcada por el duelo y la resistencia.
Cada una vivió la misma tragedia: la viudez prematura en medio de una guerra implacable que les arrebató no solo a sus parejas, sino también la tranquilidad y los sueños de una vida normal. Entre el hambre, el frío y el miedo, sobrevivieron al horror. Ya ancianas, Felipa, Trinidad y María se han convertido en el corazón de esta comunidad que reconstruyó su vida desde las ruinas del terror.
San Martín Jilotepeque: epicentro del terror
San Martín Jilotepeque fue uno de los municipios más golpeados por la violencia durante los años más crudos del conflicto armado en Guatemala. Entre 1978 y 1985, decenas de aldeas fueron destruidas en «tierra arrasada» ordenada por el Estado Mayor de la Defensa Nacional para desarticular cualquier simpatía con la insurgencia. Eran vistas como «semilleros de subversión». Las patrullas de soldados llegaban de madrugada: quemaban casas, robaban animales, desaparecían hombres y violaban mujeres. En el registro de la memoria histórica, San Martín aparece como un epicentro del horror.
En las aldeas Estancia de la Virgen y Choatalum, las iglesias se convirtieron en prisiones improvisadas; en los cerros, familias enteras se refugiaban con el miedo como único compañero. Cualquier ruido podía delatarlos: el llanto de un niño, el humo de un fogón, las llamas de la leña por la noche, el crujir de una rama bajo los pies.
Según la Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH), solo en Chimaltenango se perpetraron 70 masacres que dejaron un saldo estimado de más de 15 mil víctimas directas.

Felipa Telón: cuando la violencia llegó a la puerta
Felipa Telón, de 69 años, es originaria del caserío Semetabaj, un pequeño caserío ubicado en San Martín Jilotepeque. Aún recuerda la madrugada del 22 de diciembre de 1981 como si fuera ayer. Ese día, su vida se partió en dos. A las 6 de la mañana, mientras se disponía a desayunar con su esposo y sus tres hijos pequeños, más de 100 soldados rodearon su casa.
«¿Hay María?», gritó uno. Sabían que era el fin. Los militares solían decir esto, como una forma de anunciar su llegada.
Ella salió primero, abrazando a su bebé y se enfrentó a los soldados. Les intentó explicar que no eran criminales, que su esposo era un trabajador honrado.

«Se despidió de mí en la puerta. Me dijo que cuidara a nuestros hijos porque ya no nos volveríamos a ver», cuenta entre lágrimas y voz temblorosa.
Los soldados lo llevaron a la escuela de Semetabaj, donde fue torturado y desaparecido al día siguiente. Esa casa de adobe, con paredes que hoy apenas se sostienen, fue el escenario de su peor pesadilla.
Tras aquel día, Felipa huyó con sus cuatro hijos a la montaña. «Nos fuimos sin comida, bajo la lluvia. A veces pasábamos 15 días sin comer. Les daba hierbitas, tapaba la boca de mis hijos para que no lloraran», narra. Cuando el ejército se acercaba, cargaba a su hijo más pequeño en la espalda y corría con los otros dos de la mano. «La montaña era nuestra única salida, pero también nuestro peor miedo», dice.
Además de arrancarles a sus esposos, el ejército despojaba a muchas mujeres de sus tierras. Las obligaba a huir y dejar sus propiedades a merced de militares o finqueros.

Cuando ella y sus hijos pudieron regresar por primera vez a su casa en Semetabaj, después de vivir casi 18 meses en las montañas, lo que encontró la persiguió en pesadillas: en los cercos de alambre de púas que delimitaban su terreno vio a muchas personas amarradas, algunas decapitadas, con cabezas tiradas en el suelo.
Aquel paisaje de muerte le confirmó que no era seguro volver y reafirmó su decisión de empezar de nuevo lejos de allí.
Decidieron entregarse en Estancia de la Virgen, una aldea en las montañas de San Martín Jilotepeque. Era el único lugar que las familias creían seguro para abandonar las montañas. Ya habían escuchado que otros grupos que también vivieron escondidos se habían entregado al ejército ahí.
Entre 1981 y 1983, varias iglesias en la región fueron tomadas por el ejército. Cientos de personas llegaban allí con banderas blancas improvisadas.

El interior de la iglesia de Estancia de la Virgen se llenó de mujeres con niños, hombres famélicos, ancianos. Los soldados los sacaban de allí en filas, bajo insultos, para llevarlos a la base militar de Choatalum, que el ejército había convertido en aldea modelo. Así lo hicieron con Felipa y sus hijos. Allá, en Choatalum, vivieron un año más controlados.
Después de ese año, el ejército comenzó a permitir que sacerdotes llegaran los domingos para celebrar la misa. Fue entonces cuando Felipa se enteró de que el sacerdote Pedro Gonzalo Herrera, con apoyo de una donación de la Iglesia Católica en España y Noruega, había logrado comprar un terreno para construir casas.
«El padre mencionó en misa que hay una casita para las viudas que vivimos el conflicto», recuerda Felipa. Así nació la «Colonia de las viudas», un refugio para mujeres como ella, sobrevivientes del terror, desplazadas y dispuestas a empezar de nuevo.

María Cusanero Tizón: madre coraje
María Cusanero Tizón tiene 77 años y es originaria de la aldea Choatalum, ubicada a seis kilómetros de San Martín Jilotepeque y a nueve de Pueblo de Dios. Igual que Felipa Telón, en 1982 con 33 años, huyó a refugiarse en las montañas durante más de un año.
Lo hizo con seis hijos a cuestas. Comía chile con limón o hierbas para engañar al hambre y veía, impotente, cómo la ropa de sus hijos se pudría mojada.
«Rezaba cada noche para que mis hijos no murieran y no dejarlos perdidos en la montaña cuando venían los soldados y nos rodeaban», recuerda.

Antes de la guerra trabajaba en el campo, limpiaba casas, bordaba huipiles.
Su esposo, Antonio Culajay, fue capturado en 1981 cuando soldados irrumpieron en su casa y quemaron todo a su paso. María cree que fue asesinado y enterrado en una fosa común en Choatalum. Después de esto, ella escapó a la montaña.
Recuerda cómo se zambulleron en un río para escapar de las granadas que explotaban cerca. «Estábamos metidos en el agua cuando nos tiraron una granada porque estábamos escondiendonos del helicóptero», dice con la voz quebrada.
Después de un año y medio escondida en las montañas, María decidió rendirse al ejército. Sus hijos estaban desnutridos y enfermos, así que bajó junto a otras familias hasta la iglesia de Estancia de la Virgen. «Cuando nos entregamos, un soldado con pañuelo rojo estaba subido en la iglesia. Nos gritaba groserías, nos decía que éramos rebeldes. “Solo no los mato aquí por los niños”, decía».
Al llegar, comprobaron que el lugar también estaba marcado por la muerte: vieron cuerpos putrefactos de mujeres y niños regados en el suelo. Un horror que dejó claro que la rendición no garantizaba la vida ni la dignidad. Después, los soldados los obligaron a caminar los cinco kilómetros que separaban la iglesia de la base militar de Choatalum. Los amenazaban en cada paso. Allá, en Choatalum, María conoció a Felipa.

María nunca pudo llorar a su esposo. «Me duele porque me quedé sola, con seis niños, sin nadie que nos ayudara. Pero tejí y tejí para alimentarlos y vestirlos», recuerda.
Su arte en el telar la mantuvo viva y sacó adelante a sus hijos. Nunca dejaron de sentir miedo con cada estruendo que les recuerda los helicópteros y bombazos de aquellos días.
Trinidad Culajay: madre, partera, curandera
Trinidad Culajay, de 74 años, es la curandera de su comunidad. Aprendió el oficio de su madre y, tras la guerra, perfeccionó sus saberes en cursos de partería financiados por la Iglesia Noruega. Pero antes de eso, Trinidad, fue una madre que huyó a la montaña para mantener con vida a sus hijos.
En 1981, cuando el ejército llegó a San Martín Jilotepeque acusando a todos de ser guerrilleros, se llevaron a su hermano Antonio. Antonio era el esposo de María Cusanero.
El marido de Trinidad, Flavio Camey, promotor de salud y dueño de una pequeña farmacia, era un hombre respetado en el municipio. Una mañana, viajó a la capital a comprar medicinas y nunca volvió. En la comunidad lo único que se supo fue que había sido detenido. Flavio, como tantos otros, desapareció.

Con 30 años, embarazada y con cuatro hijos pequeños, Trinidad también tuvo que huir a las montañas. En un atado cargó fotos familiares, dos ollas, un poncho y ropa de abrigo. «Para mí fue un gran dolor cuando nos fuimos a la montaña sufriendo, porque mis hijos eran chiquitos. Uno tenía siete meses, la que nació en la montaña; la otra tenía tres años, la otra seis y el mayorcito tenía diez años. Recordar todo lo que vivimos es triste. Perdí a mi esposo a los 30 años, estuve sola y sufrí por no tenerlo», recuerda Trinidad.
Dormían sobre el lodo, entre ramas y hojas improvisadas como cama. Las lluvias parecían eternas; el frío calaba los huesos y el hambre los acechaba. «Había noches que podíamos hacer atol de maíz, cuando la luna estaba cubierta y el humo no se veía. Otras veces pasábamos hasta quince días sin comer», recuerda.
«Lo que me dio la fuerza son mis hijos. “Si yo me desmayo, ellos van a morir, se van a poner tristes. Ya no hay papá, pero hay mamá”». Trinidad se repetía estas palabras para mantenerse en pie.
Durante la noche, hacía guardia sin dormir, palo en mano, atenta a cualquier ruido: los pasos, los perros del ejército. «Si mis hijos lloraban, los cubría con mi mano. Porque si nos oían, nos mataban», relata.

Su mirada se humedece al evocar el terror de esas noches en las que tenía que infundir valor a sus hijos: «Tenemos que luchar para sostenernos. Cuando vean al ejército corran, llévense a sus hermanitos y donde podamos sentarnos y descansar lo hacemos», le repetía constantemente a sus dos hijos mayores José y Cristina.
Enfermos y exhaustos tras un año en la montaña, llegaron a Estancia de San Martín, en San Martín Jilotepeque. Allí, agitaron pañuelos blancos hechos con retazos de ropa para mostrar al ejército que estaban desarmados. Los recibieron con insultos: «Solo por los niños los vamos a perdonar, si no fuera por los niños aquí los acabamos», repetían los soldados.
Igual que Felipa y que María, la familia de Trinidad también fue trasladada a Choatalum, donde vivieron un mes bajo control militar, hacinados en una escuela, con apenas comida y sin condiciones mínimas.
En el destacamento, las mujeres cocinaban para sus hijos pero estaban bajo vigilancia constante. Muchas fueron víctimas de abuso sexual. «Nos daban maíz para hacer tortillas, pero todo el tiempo nos vigilaban», recuerda Trinidad.
Allí, ella abrió una pequeña tienda cerca de la base, pero un día tres soldados entraron, bebieron su cerveza, la amenazaron y violaron a su hermana. La guerra no terminó con su rendición; la violencia la siguió persiguiendo.
En 1983, Trinidad trabajaba en el mercado de San Martín Jilotepeque cuando un día en misa escuchó que el padre Gonzalo Herrera ofrecía un terreno para las viudas del conflicto armado. Habló con él y Herrera le ofreció ir a escoger la casa en la que ahora aún vive ella y su familia.

Decidió caminar con sus hijos nueve kilómetros, desde Choatalum hasta el terreno, guiada solo por la promesa de un lugar seguro. Al llegar, encontró apenas dos casas en medio del monte. Cada noche el miedo la devoraba. Pensaba que los soldados podrían volver.
Así, se creó la Colonia de las viudas.
Pueblo de Dios (Tinamit Ajaw): reconstrucción en medio del dolor
En 1983, el sacerdote Gonzalo Herrera, quien acompañaba espiritualmente a comunidades desplazadas, gestionó la compra de un terreno con apoyo financiero de la Iglesia Católica en España y Noruega.
Ese terreno se encontraba a nombre de Alberto Estrada, en un caserío de la aldea Quimal, a cuatro kilómetros del centro de San Martín Jilotepeque. Allí, se lograron reubicar 180 familias sobrevivientes del conflicto armado interno. La mayoría venían de aldeas arrasadas de la región.

Al inicio, solo diez viudas se atrevieron a habitar la nueva tierra. Más tarde, el sacerdote abrió la posibilidad a otras familias con necesidades económicas y de vivienda, sin importar su origen.
Fueron estas primeras viudas y familias quienes levantaron casas: primero de madera, luego de block. En los primeros años fue conocido como la Colonia de las Viudas. Años más tarde, con la ayuda del sacerdote Gonzalo Herrera, renombraron el lugar como Pueblo de Dios, no solo como un asentamiento físico forjado desde el dolor, sino como un símbolo de dignidad, esperanza y resistencia. El nombre refleja el anhelo profundo de vivir en paz, después de haberlo perdido todo.
Hoy, Pueblo de Dios es una comunidad pequeña, pero viva. Está rodeada de colinas verdes, caminos de terracería y cultivos donde muchas familias, como la de Felipa, aún siembran banano, frijol y café. Varias mujeres siguen caminando cada semana a sus parcelas en Semetabaj, como lo han hecho por décadas. Entre las casas sencillas de block y lámina, en la entrada de Pueblo de Dios, se puede apreciar un mural que relata escenas de dolor y esperanza, como una forma de mantener viva la memoria.

Hoy unas 700 personas habitan el caserío. Aquí crecieron los hijos de Trinidad, María y Felipa. Aprendieron a vivir sin miedo. Hoy, las tres mujeres caminan por las calles tranquilas de Pueblo de Dios, y los nietos de aquellas primeras viudas corren entre árboles y patios. Aunque las heridas siguen presentes y ya han superado en su mayoría el trauma, cada cuete en feria, cada trueno en el cielo, les recuerda las granadas que tronaban en la montaña.
Solo cuatro de las mujeres que levantaron Pueblo de Dios están vivas. No todas han podido o querido volver a ver cómo quedaron sus comunidades.

En el caso de Felipa, la tierra donde estaba su casa en Semetabaj le pertenecía legalmente. Antes de escapar, pidió al mejor amigo de su esposo que escondiera el título de propiedad junto a fotografías y otros papeles importantes.
Él los enterró y también huyó a la montaña para sobrevivir. Varios años después, cuando Felipa y sus hijos ya estaban instalados en Pueblo de Dios, aquel amigo regresó y le devolvió las escrituras. Desde entonces, cada sábado, Felipa viaja a esa tierra para cosechar banano, café y frijol que vende los jueves y domingos en el mercado de San Martín. Sostiene su vida con la misma tierra que intentaron arrebatarle.
Felipa, María y Trinidad saben que, al contar su historia, hoy como abuelas, sostienen la memoria del lugar que narra no solo su tragedia, sino la de miles que nunca pudieron regresar.

Más de 40 años después, Trinidad sufre pesadillas con soldados. María llora cada vez que recuerda el último abrazo de su esposo. Su dolor se transforma en rechazo visceral hacia los militares: «Yo los odio, que Dios me perdone, pero los odio cada vez que los veo. Eran ladrones, mataron a la gente y se robaron todo», dice con la voz entrecortada. Felipa revive cada 22 de diciembre el día en que su esposo fue desaparecido frente a su casa.
Según estudios sobre el impacto del conflicto armado, las viudas presentan altos índices de depresión severa, ansiedad crónica y enfermedades psicosomáticas, sin haber recibido atención psicológica ni resarcimiento adecuado.
Ante esta devastación emocional, la vida comunitaria ha sido un soporte clave: compartir el dolor, reconstruir sus hogares colectivamente, organizarse en pequeños emprendimientos y cooperativas, y criar a sus hijos en un entorno solidario les permitió resistir el olvido y mitigar, al menos en parte, los efectos del trauma.

Felipa recuerda que, cuando llegó con su familia a Pueblo de Dios, «nos encontramos con Trinidad. Trabajamos juntas: hicimos jabón, candelas, pan, cultivamos hortalizas en los tablones con nuestros hijos. Comprábamos maíz, frijol… así, entre todas, salimos adelante».
«Cuando el sacerdote estaba dando lugar para vivir a las viudas, Trinidad trajo a mi hija mayor a ver una casa que el padre Gonzalo Herrera compró y mi hija escogió esta», dice María. «Teníamos miedo que volvieran los soldados. No comíamos nada, pero Trinidad nos daba comida. Un señor nos regalaba maíz y la gente nos regalaba ropa, porque no teníamos nada». Ahí entendió que no volvería a sentirse sola.

Trinidad, una de las primeras mujeres en llegar al asentamiento, recuerda cómo se organizaron: «Entre nosotras fabricamos las casitas para las viudas. Después nos juntábamos para recibir talleres y aprender a hacer pan, chocolate, velas… cosas para sostener nuestra vida. El pan lo hacíamos para alimentar a nuestros hijos. Yo les cuento esta historia a mis nietos y a veces paramos llorando. Ellos lloran por la ausencia de su papá, porque deseaban tenerlo, y su intención era darles estudio. Yo solo pude darles hasta sexto primaria», lamenta.
Las viudas de San Martín Jilotepeque están convencidas de que la memoria es la única barrera contra la repetición del horror. «No queremos venganza, solo que se sepa lo que vivimos, para que nunca más se repita», repiten las tres familias.

Texto: Andrea Godínez
Edición: Carmen Quintela
Fotografías: Andrea Godínez





