La lumbre de los libros

Marilar Aleixandre, figura imprescindible de la literatura gallega contemporánea, inauguró la Filgua el. Escritora, poeta, bióloga y feminista, Aleixandre teje una obra comprometida con los derechos de las mujeres y la recuperación de la memoria. En Agencia Ocote, publicamos íntegro su discurso, que es ardiente defensa de la lectura -de su placer y del derecho- y de la escritura; en especial la de “los libros que lleven lumbre, que muerdan a quien los lee”.

Por: Marilar Aleixandre Llamo a leer para levantar el vuelo, aunque para ello tengamos antes que agacharnos a recoger los papeles rotos de las calles. Llamo a leer libros que …

Marilar Aleixandre en Filgua 2025. Cortestía de Filgua

Por: Marilar Aleixandre


Llamo a leer para levantar el vuelo, aunque para ello tengamos antes que agacharnos a recoger los papeles rotos de las calles. Llamo a leer libros que llevan lumbre en su interior, esos son los que hacen arder nuestra imaginación, nuestro pensamiento, transportándonos en sus alas. Llamo a guardar en el hueco de la mano, en el hueco del corazón, la lumbre de los libros.

El oficio de escribir se inicia con la adicción a leer: escribimos porque antes hemos leído mucho, vorazmente. Prendemos lumbres porque antes hemos ardido en las prendidas por otros. Todo es parte de escribir, sea escupir poemas desde el fondo de las entrañas, pergeñar novelas sobre las violencias sociales, redactar un prólogo titulado “Los placeres de la carne” para un librillo de recetas del Mercado de Santiago. Y todo lo que tiene que ver con la tinta es leer, pues los lectores y lectoras voraces somos omnívoros, devoramos los clásicos, los tebeos y novelas gráficas o, si no tenemos otra cosa a mano, intentamos descifrar la lengua impenetrable del periódico en que nos han envuelto la pastilla de tinta china en un mercado callejero de Su Zhou. Emilia Pardo Bazán recordaba leer los papeles usados de los “cucuruchos de las especias”. Hoy invoco a Cervantes que al inicio de la segunda parte del Quijote narra así el hallazgo del manuscrito en árabe de Cide Hamete Benengeli:

“Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles (…)

Cervantes tiene que pedir auxilio a un morisco aljamiado –que habla castellano además del árabe – lo que nos sugiere dos cosas, una que traducir también es una de las formas de escribir; lo sabía Miguel Ángel Asturias que dedicó cuarenta años a traducir al español el Popol Vuh; otra que poseer varias lenguas, como es el caso de España con el gallego, lengua en la que yo escribo, el catalán o el euskera, y el de Guatemala, con veinticinco lenguas, entre ellas Quiché, Kekchí o Kaqchiquel es un patrimonio que no podemos perder. El morisco abre el cartapacio y se descacharra de risa al leer una anotación en el margen:

Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha”.

Escribimos, a veces mojando la pluma en lágrimas, a veces como Cervantes, apelando al humor. Dulcinea, la dama ideal del Quijote, tiene por prenda más alta su mano para salar puercos. Un animal prohibido, inmundo como el insecto al inicio de La metamorfosis de Kafka, se ha infiltrado en la conversación entre un morisco y el descendiente de conversos que, según creemos, era Cervantes. Según me ha contado Eduardo Halfon, Cervantes viajó a Guatemala. Él lo ha contado en De cabo roto. La sal, como la lumbre, tiene poderes contradictorios, hace estériles los campos que los ejércitos vencedores sembraban con sal, o preserva alimentos para atravesar el invierno. Las saladas lágrimas de una madre o una amante curan heridas que parecían mortales, dice la leyenda. La ciencia lo ha confirmado, atribuyéndolo a la lisozima.

Vuelvo a los papeles rotos de las calles, porque si supiésemos cómo llegó Cervantes a aficionarse a leer esos y cualesquiera otros papeles garabateados con tinta, nos daría ideas sobre qué hacer para lograr que otra gente, en especial los jóvenes, se hagan adictos a leer. Sugiero que una de las respuestas puede estar en la hoguera que arman el cura y el barbero con los libros de don Quijote. Por varias razones, en primer lugar, esa hoguera en el corral es la que ha preservado para nosotros, no solo la biblioteca de don Quijote, sino una parte de la biblioteca del propio Miguel de Cervantes que de otro modo sería difícil de imaginar. Cierto que, a primera vista, el propósito de la fogata es quemar libros. Pero si llevamos la cuenta, comprobaremos que son más los dieciséis indultados que los trece condenados a arder. Creo que no es muy aventurado afirmar que probablemente Cervantes leería no solo los libros salvados sino también los quemados.

En segundo lugar, podría discutirse si el fuego destruye lo escrito o lo preserva. Destruyó los textos de la Biblioteca de Alejandría, aunque a decir verdad no debemos culpar al fuego, sino a los fanáticos instigados por el obispo Cirilo. Sin embargo, conservamos las tabletas de arcilla de la biblioteca de Darío, en Persépolis, porque el incendio de Alejandro Magno las coció, convirtiendo el perecedero barro seco en cerámica. Las llamaradas iluminan unos pocos instantes de vidas de quienes vivieron, amaron y murieron hace veinticinco siglos y que tanto se parecían a las nuestras. Quizá a veces el paso por el fuego resulte crucial. Como la sal puede destruir unos campos, unos libros, al tiempo que preserva otros.

En tercer lugar, la lumbre sirve para levantar el vuelo; una hoguera es lo que los hermanos Montgolfier prendieron en 1783 en su globo aerostático para que se elevase en el aire. Pero la lumbre que hace volar más alto es la de la imaginación: la fantasía popular, ayudada por el cine, lleva a a Phileas Fogg en un globo aerostático en su Vuelta al mundo en 80 días, escrita por Jules Verne en 1872 antes de que ese ingenio fuese inventado; Phileas Fogg sí arroja al fuego todas las partes de madera del vapor Henrietta para volar sobre los huracanes del Atlántico rumbo a Irlanda y a Londres.

Es el ardor producido por la lumbre de los libros lo que inflama nuestra imaginación, echándola a volar. Es gracias a la lumbre de los libros como aprendemos a pensar, como el efímero pensamiento puede transformarse en cerámica.

Hablar en esta fecha de hogueras es singularmente adecuado, pues acabamos de prender las del solsticio de verano, que los mayas, tan versados en astronomía, llaman Saq’Q’ij’. En Galicia, de donde vengo, es la noche de arrojar todo lo caduco al fuego y después saltar las brasas tres veces para que los deseos se cumplan, de armar cientos de “cacharelas” por todo el territorio. También para los pueblos mayas significa renovación, celebración de la vida.

En consecuencia, si hemos de buscar ideas para contagiar a otras personas, a los más jóvenes, de esta adicción a los libros de Cervantes, puede que la más adecuada sea meterse en esa hoguera del Quijote, en las hogueras de libros, junto con todos, sean expurgados o salvados, empaparse de ellos, leer. Leer libros que lleven lumbre dentro. Pues solo iluminarán nuestro camino los libros que contienen lumbre. La lumbre es fuego, ascua, candela, es luz, es, según el diccionario es la “luz de la razón”, la mayor expresión de amor es decirle a una persona que es la lumbre de nuestros ojos. Las historias, en los países de inviernos fríos y oscuros como los europeos, se han contado al amor de la lumbre, y en países como Guatemala también se han contado junto a las hogueras.

¿Qué entiendo por libros que llevan lumbre dentro? Los que, dice Franz Kafka, nos muerden:

Creo que solo deberíamos leer libros que nos muerdan y nos aguijoneen, que nos duelan profundamente, un libro debe ser el hacha para el mar helado de nuestro interior”.

Muerden los libros de Kafka, La metamorfosis, En la colonia penal, o sus relatos como “Informe para una Academia”. Muerden los de Miguel Ángel Asturias, Los ojos de los enterrados, que dan voz a los campesinos indígenas explotados por la United Fruit Company que se rebelan contra ella, Torotumbo, la danza de purificación y el levantamiento popular iniciado por la violación de una niña, la pequeña Natividad Quintuche. Muerde “La tierra se abría”, un relato de Denise Phé-Funchal en el que una mujer narra el asalto a la aldea, el asesinato de su marido, las fosas, todos los relatos de Polvo. Muerde Tarántula de Eduardo Halfon.

Por querer escribir libros que lleven lumbre, que muerdan a quien los lee, mi proyecto literario tiene en su centro las violencias sociales. Violencias sociales son las ejercidas contra colectivos, como las mujeres, los esclavizados, los pueblos indígenas, los colonizados. Darles voz es prender lumbres que deshielen el mar helado del que habla Kafka. La novela Las malas mujeres, premio nacional de narrativa, saca del pozo de la desmemoria a las presas de la cárcel de mujeres de La Galera, en Coruña, Galicia, a partir de 1863. Mujeres de las que no hay documentación, porque nadie se interesó por las vidas de reclusas pobres. Estaban presas, en primer lugar por carecer de domicilio, como los sin hogar que hoy día viven en la calle en ciudades de todo el mundo. En la calle, no en asentamientos irregulares o colonias precarias.

En ese año de 1863, Coruña tenía 30 000 habitantes y de ellos más de 3000 mendigos y mendigas malvivían en la calle. Las tomaban presas por no tener casa, por mendigar, o por robar un pedazo de pan o unos frijoles para dar de comer a sus hijos. A las mujeres, por vender su cuerpo, muchas veces lo único que tenían, o por abortar, por tener ocho o diez hijos y no poder darle de comer ni siquiera a uno más. Diez hijos tenía en 1953 Mercedes, la mujer real cuya historia ha inspirado la de Sisca en la novela. Pues cien años después, en España, mucha gente vivía en la miseria y las mujeres no eran dueñas de sus propios cuerpos. Para darles voz a las presas debí crear el Mudo coro de las malas mujeres, tomando prestada la de poetas como Rosalía de Castro.

Hay también luz en esta historia de Las malas mujeres, porque dos mujeres reales, Concha Arenal y Juana de Vega, crearon una escuela dentro de la cárcel para enseñar a leer a las presas. Mujeres de la hidalguía de Coruña iban los domingos a enseñar a leer a estas míseras mujeres. Durante unos meses, ya que el alcaide de la prisión lo prohibió, con un desprecio absoluto por mejorar las condiciones de las mujeres que le estaban encomendadas. Leer es un primer paso para que pudiesen contarse a sí mismas su historia, para saber que sus vidas importan. Pues un acto fundacional de la violencia social es, como dicen David Graeber y David Wengrow, considerar que hay vidas que no importan, convencer a los pobres, a los excluidos, de que sus vidas no merecen la pena. Aprender a leer, iluminar el mundo con las ascuas de los libros, es el camino para imaginar que puede haber otras vidas.

Aprender a leer, tener acceso a libros, es una primera condición para la igualdad. Aún hoy día, de los ocho mil millones de habitantes del mundo 758 no saben leer ni escribir, y de ellos dos tercios, 500 millones, son mujeres. A veces se piensa en el analfabetismo como si se tratase de un fenómeno meteorológico o una maldición bíblica. No es así, la exclusión de la alfabetización, del conocimiento, de las mujeres y los pobres a lo largo de la historia ha sido deliberada, una herramienta de la sociedad capitalista y patriarcal. Lejos de ser una rutina, un mecanismo inconsciente, tiene como propósito la sumisión. Pocas veces enunciado de forma explícita, hay sin embargo ejemplos como el debate en el parlamento inglés, el 13 de junio de 1807, sobre la propuesta de Samuel Whitbread de la Ley de Escuelas Parroquiales para enseñar a leer a los pobres. Fue rechazada, y Davies Giddy expresó su oposición en estos términos:

Educar a las clases trabajadoras de los pobres resultaría, de hecho, perjudicial para su moral y su felicidad; les enseñaría a despreciar su destino en la vida. En lugar de hacer de ellos buenos sirvientes en la agricultura y otras ocupaciones laboriosas a las que su lugar en la sociedad les ha destinado, en lugar de enseñarles subordinación, los convertiría en rebeldes e insumisos (…) les permitiría leer panfletos subversivos, libros maliciosos y publicaciones contra el cristianismo; los volvería insolentes hacia sus superiores.

Para Davies Giddy, que logró convencer al parlamento de que lo rechazase, que los pobres aprendiesen a leer sería contrario al propósito de “enseñarles subordinación”. Casi un siglo después, a finales del XIX, los inspectores de enseñanza primaria de Galicia documentaban en sus informes las quejas de los maestros, ya que los padres insistían en que las niñas no necesitaban aprender a escribir y, narra uno de ellos, “hay padres que se oponen a que sus hijas aprendan a escribir y a contar”. Escribir es una herramienta de autonomía, por lo que aprenderla amenazaba su estatus de dependencia y sumisión. Son años en que únicamente el 3,86 por ciento de las mujeres gallegas sabían leer y escribir. Más de dos siglos después, en 2025, en Afganistán, donde solo el 22 por cien de las mujeres sabe leer, se les prohíbe asistir a la escuela.

Leer y escribir: Spin a tale, hilar un cuento, es una de las formas de referirse en inglés a quienes contamos historias. Una expresión muy bella, que nos recuerda cómo en el hogar o en la aldea las contadoras eran casi siempre las mujeres, que eran también las hilanderas. Miguel Ángel Asturias reconocía en su joven niñera, Lola Reyes, a la persona que le contaba las historias y leyendas de la cultura indígena. Las escritoras somos contadoras de historias, los escritores igual. Se hilaba y se contaban cuentos al amor de la lumbre; también se leía al amor de la lumbre del hogar antes de la llegada de la luz eléctrica.

De una lumbre a otra: yo nací en una ciudad, Madrid, y conocí la luz eléctrica desde niña, pero mi compañero Ramón Facal nació en 1950 en una pequeña aldea del Finisterre gallego, donde la electricidad no llegó hasta doce años después. Por las noches, al amor de la lumbre, su padre Juan, el primero que había estudiado en una familia de labradores, les leía libros junto a la lareira, el lar u hogar donde se cocinaba. Años después, en un anochecer de tormenta, junto a la lumbre de una estufa de leña, Juan me contó que, en sus años de estudiante de medicina en Santiago de Compostela, había narrado al amor de la lumbre la historia de un crimen relacionado con un molino, descubriendo esa noche que una de las que escuchaban era la madre del asesino porque ella, analfabeta, le pide que le lea las cartas de su hijo. En mis manos esa historia verdadera se convirtió en el relato “Desaforados molinos” (parte de Lobos en las islas), aludiendo a los molinos del Quijote. El preso, que ha aprendido a leer en el penal, cuenta en las cartas a su madre, cómo se aferra a los libros, sea la Enciclopedia escolar, o el Quijote, que le permiten dejar de pensar por unas horas en cómo ha estragado su vida.

¿Es la narradora, el narrador, culpable de narrar la historia de sus personajes? ¿Qué derecho tiene el estudiante de medicina a convertir en personaje al asesino? La madre del preso surge en la noche para devolverle sus palabras, desasosegándolo. No hay reparación posible para las historias lanzadas al aire. No es dado desescribir lo escrito. Sin embargo, a partir de ese momento, el culpable no es el asesino, sino el estudiante. El protagonista ya no es el estudiante, sino el preso. El personaje le roba la historia al narrador. ¿Podemos mudar personas en personajes, aunque les cambiemos el nombre, hilar un cuento sobre ellas? El estudiante lo hizo, años después yo también lo haría.

Confieso haberlo hecho en más de una ocasión. La novela juvenil La cabeza de Medusa aborda el dilema de si denunciar o no una violación, de la que llamo violación simbólica, que sigue a la física, haciendo recaer la culpa sobre las jóvenes violadas, “llevaban minifalda, etc.” y no sobre los violadores. Escrita en 2008, está inspirada en acontecimientos ocurridos años antes, en el instituto en que era profesora. La novela adquirió una significación distinta a partir de 2018, por el caso de “La manada”, la violación colectiva a una joven durante los Sanfermines. Pues las novelas juveniles también pueden morder, llevar lumbre dentro. Tras su publicación recibí un mensaje de una de las muchachas violadas, ahora una mujer, agradeciéndome que hubiese contado su historia.

Para escribir libros que llevan lumbre, a veces tenemos que mancharnos los dedos de tinta o de hollín. A veces tenemos que excavar en el pasado, aunque nos quede tierra bajo las uñas. He metido de nuevo las manos en el pozo de la desmemoria para narrar la historia de mi tío Antonio G., guerrillero al que la Guardia Civil mató en 1947, y del que desconocíamos la existencia hasta 2010, cuando se abrió su fosa. De ahí el título de mi última novela: Las bocas cosidas, de momento en gallego. Antonio, muerto antes de cumplir 30 años, formó parte de ese enjambre de soñadores que imaginaban un mundo mejor. La memoria es frágil, los archivos pueden gritar a voces sin que nadie los escuche. Contra el olvido y el silencio, contar su historia.

Me han preguntado en ocasiones qué ideas quería transmitir con una u otra novela, pero de haber mensaje en mis novelas o poemas es implícito o, dicho de otro modo, el mensaje es el libro, es la historia misma, y cada lectora o lector extraerá de ella sus propias conclusiones. Al leer los libros aprendemos a pensar, a pensar por nosotros mismos; creo firmemente que no se aprende a pensar recibiendo pensamientos de otros “listos para usar”, del mismo modo que hemos aprendido a cocinar ayudando a nuestra madre a preparar un plato, y no comprando comida preparada en un take away. En la lectura están las raíces del pensamiento crítico.

Al leer entramos en los mundos creados por otras personas, nos encontramos con personajes que piensan de forma distinta a nosotros, incluso de forma distinta a la autora o autor, o que tienen amores diferentes a los que conocemos. Para ello la escritora, el escritor tiene que sentir empatía por sus personajes, por todos ellos, no armar un relato de buenos y malos. En Frankenstein –nombre del médico– Mary Wollstonecraft Shelley se compadece de la mísera criatura, pues la novela, aunque se haya representado de otro modo, es esencialmente un estudio de la exclusión, sobre alguien que ni siquiera tiene nombre, que fracasa en sus intentos por ser aceptado. Unos pasajes emocionantes por su ternura son el capítulo 4, en el que la criatura aprende la lengua escuchando a la familia del ciego: la primera palabra que aprende es “fire”, fuego o lumbre; y el 7 en el que aprende a leer con los libros encontrados en el bosque, Paraíso perdido de Milton, Las vidas paralelas, de Plutarco y de Goethe.

Como decía Emilia Pardo Bazán es “maestro de sí mismo”.“Me es difícil describir el efecto de esos libros. Produjeron en mí una infinidad de nuevas imágenes y sentimientos, que a veces me elevaban al éxtasis, pero con más frecuencia me hundían en el más hondo abatimiento”.
Leer por primera vez: esos son los momentos en que la criatura se acerca, si no a la felicidad, a un rayo de esperanza. Al leer desarrolla su capacidad de reflexión. Al leer ama, siente, llora, goza, con los protagonistas de los libros. ¿Cómo no sentirnos identificados con la infortunada criatura?

Leer es un derecho del que no se debería privar a nadie. Empeñaré mis esfuerzos por el derecho a leer de las niñas y niños del mundo. Leer es un placer, una felicidad, compartir la lumbre de los libros una esperanza.

No podemos ser ajenos a la forma en que resuena quemar libros en tiempos en que a poca distancia de aquí se prohíben y se arrojan a hogueras simbólicas. El PEN club de Estados Unidos ha documentado casi 16,000 prohibiciones de libros en escuelas públicas de ese país desde 2021. Entre ellos, en 2025, El cuento de la criada, de Atwood, Matar un ruiseñor, de Harper Lee. Tampoco podemos ignorar la hoguera del calentamiento en la que arde el planeta. Lo que podemos oponer a esas amenazas es la frágil lumbre de los libros. Si hay esperanza en un mundo más justo, en evitar que la crisis climática llegue a un punto irreversible, parte de ella está en aprender a pensar leyendo libros.

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