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La letrada, “otra manera de reflexionar”

La letrada fue la novela ganadora del primera Bienal Guatemalteca de Novela Terrena 2022, de la autora guatemalteca Mónica Albizúrez. En esta reseña, la crítica de arte y literatura Anabella Acevedo traza un mapa que permite ubicar a la novela ganadora en una tradición simbólica dentro de la historia del país. El tejido como hilo conductor de un imaginario que describe y crea a la vez una realidad contemporánea que cada generación cuenta y canta a su manera.

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La letrada Mónica Albizúrez

Puedes comprar acá la novela La letrada, de Mónica Albizúrez

Describir La letrada de manera unidimensional sería una tarea no solo difícil, sino incompleta. Podríamos decir que la novela es una reflexión sobre la memoria; o sobre el trauma y sus efectos; o sobre la identidad; o sobre el acoso sexual de profesores hacia alumnas en la universidad; o quizás sobre Guatemala y las consecuencias del conflicto armado en el sentir de las personas. Todo lo anterior sería correcto, pero no le haría justicia. Durante nuestro proceso de lectura, vamos descubriendo poco a poco que las puntadas que unen todo en la novela responden a una propuesta de escritura y de vida como un tejido. Pero no únicamente como metáfora-lo cual se ha hecho ya mucho-, sino como práctica escritural, como vía para entender y entendernos: “Podríamos tejer y así hilvanar nuevas formas de pensamiento, se pregunta Claudia en la obra” (37), y más adelante: “El tejido y el texto tienen mucho en común, más de lo que parece (…). “Estamos en un país en donde los tejidos han sido narrativas importantes, sería una buena experiencia intentar otra manera de reflexionar” (97). Tejer, además, es una actividad que se lleva a cabo con el cuerpo -solitaria a veces, de manera comunitaria, otras- y que en algunos momentos se encuentra vinculada a procesos de sanación que además nos unen al mundo de lo natural. Vale la pena recordar que -por lo menos hasta hace relativamente poco- se tejía con hilos de fibras naturales, y se escribía también sobre un papel que antes había sido árbol: “`texto´ y `textil´comparten un origen común”, nos dice Kassia St. Clair, en El hilo dorado, “ambas provienen del latín `texere´, tejer” (35).

A lo largo de la historia, la imagen del tejido ha aparecido en muchos espacios e imaginarios sociales. En Guatemala, por ejemplo, no dejamos de hablar del “tejido social” fracturado. Y en la literatura clásica tenemos a una Penélope tejiendo y destejiendo de manera obsesiva un sudario para el rey Laertes, como una estrategia de resistencia, a la espera del regreso de Odiseo. O Ariadna, ayudando a Teseo a salir del laberinto con la ayuda de un hilo que guíe su camino de vuelta. O Ixchel, en ámbitos más cercanos, esa mujer tejiendo el hilo de la vida en un telar de cintura: diosa del amor, de la gestación, del agua, de los trabajos, de la luna, la medicina, y también de los textiles. En los tres casos se trata de mujeres, aunque el tejido, lo sabemos, no es una actividad exclusiva del sexo femenino, a no ser por las imposiciones de género y un sistema educativo que nos hecho pensar que es así. Pero para Penélope, Ariadna y Claudia tejer era una vía para lograr fines muy prácticos.

Y como un paréntesis de estas reflexiones, menciono la hermosa imagen de Andrea Monroy elegida por Mónica Albizúrez para la portada, parte del tríptico Estandarte corazón (1922), que Andrea comentaba en una comunicación personal: “Son corazones que forman los pétalos de la flor de mi mata de banano y rellenos con tejidos que hice en mi infancia con mis hermanas, con restos de mis obras, con pedazos de mí con mi ropa también. Guardan nostalgia, recuerdos y unas ganas de transformación al mismo tiempo.” La leemos y es casi como estar escuchándola dialogar con La letrada en una conversación tácita con la autora sobre la infancia, el tejido y la memoria. La portada pudo haber tenido la imagen de una obra de Sandra Monterroso, de Helen Áscoli o de Angélica Serech, para mencionar tres artistas con una trayectoria de indagaciones personales a partir de los hilos, el tejido, los telares, cada una estableciendo un profundo trabajo de exploración sobre su relación personal con el acto de tejer, escribiéndose a su manera, dejando huella y llevando a cabo indagaciones identitarias, aprendiendo de una tradición milenaria, pero también estableciendo nuevos códigos.

En el caso de La letrada, la reflexión sobre el tejido está estrechamente vinculada precisamente con la memoria, a partir de una ajada fotografía de Claudia de niña vestida con traje indígena en una tradicional celebración de la Virgen de Guadalupe en 1984. Esto detona un viaje personal por sus recuerdos y los recuerdos de su madre, que responde a la necesidad de darle sentido a una serie de rompimientos internos de los cuales vamos enterándonos. Así, la novela nos habla de nudos, puntadas y roturas, y de la imperiosa necesidad de reconstruir y reconstruirse, un proceso que varios personajes emprenden, cada uno a su manera. Pero Mónica también diseña una urdimbre narrativa personal y social de carácter rizomático en donde todo en la vida de las y los personajes se encuentra entrelazado, y en donde nuestras voces y experiencias son también hilos que se mezclan de manera inevitable con los de los demás, con la historia y con nuestras vivencias del pasado.

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Y aunque haría falta una lectura más profunda, es importante mencionar las continuas referencias a la fotografía en la novela, de hecho, en el libro se reproducen varias -porque la fotografía también es memoria. Unas apuntan a la historia del país, otras a historias de los personajes, motivando interrogantes acerca de lo que nuestra mirada percibe y de lo que no aparece de manera tangible pero está presente y pesa. Es eso precisamente lo que importa, pero también lo más difícil de rastrear. Al final de la novela, luego de volver una y otra vez a esa fotografía, Claudia se entera que el traje que portaba ese día de 1984 viene de Tamahú, en Alta Verapaz. Ahora sabe que lo que llevaba bordado era un tz`unun, es decir, un colibrí, “el ser que lleva los pensamientos de un lugar a otro”.

En un momento al inicio de la novela Claudia, abre la vieja caja de galletas en donde encuentra “pedazos de tela, agujas, un dedal y botones empleados en la clase de educación para el hogar. El aluminio de la caja enciende un fogonazo en la memoria. Escenas remotas que retratan a Claudia sentada junto a sus compañeras aprendiendo a bordar paneras, y más tarde manteles de croché y, ya al final de la secundaria, un ajuar de bebé en puntadas panalito y diente de perro, que al mundo inconforme de la adolescente cristiana habían traído una extraña paz” (20). De nuevo, el tejido como proceso de sanación, de reconstrucción. Y a partir de esto podría tener más sentido la cita que Claudia hace de Elaine Scarry dentro de la novela: “El dolor intenso destruye el lenguaje” (33), y entonces nos preguntamos ¿qué otras cosas lo destruyen, porque el lenguaje también es memoria, pero lo que se destruye no desaparece, a menudo deja indicios de aquello que estuvo presente, nos marca.

En la novela, una de las líneas narrativas tiene que ver con la búsqueda de una manera de lidiar con el dolor y recuperar la palabra, palabra que también es puntada, “palabra no pronunciada, nombre bordado”, -nos dice Mónica uno de los capítulos que integran la novela (51)-, huella de presencias, como las que dejaron las mujeres indígenas durante el conflicto armado, leemos en La letrada, bordando sus nombres para dejar los rastros que años después ayudarían a los antropólogos forenses a identificar sus cuerpos, cuerpos con nombre: “Bordaron con angustia bajo el reflejo de alguna bengala, cogieron la aguja en la noche, cuando el silencio auguraba el asalto, hicieron nudos, cortaron el hilo entre los dientes, se pusieron de nuevo los huipiles y corrieron o simplemente esperaron”, y más adelante, “Bordar o escribir el nombre propio”, reflexiona Claudia, “Nominar experiencias que han sido por años silencios nebulosos en una zona oscura detrás de la lengua” (51).

Así, la propuesta de escritura de la novela, el “libro-tejido” de Claudia, tiene que ver con la posibilidad de nombrar y nombrarnos de otra manera, un hilo conductor que va construyéndose en la medida en la que Claudia parece ir encontrando las claves de sus descontentos y la vía para tejerse de nuevo y restaurar su ser. En el libro, la última sección es titulada “Destejer, recorridos”, en donde volvemos a los versos de Maya Cú que Claudia recuerda:

Mi madre tejedora
Transformaba en lienzos las palabras
Para que perduraran (20)

No puedo decir mucho sin revelar hechos importantes de la novela y así arruinar lo que de asombro tiene la lectura de una buena novela, pero quisiera mencionar otro elemento que me pareció tejido con destreza, me refiero a la idea del regreso a Guatemala de algunos personajes -ese país bipolar / híbrido / caótico, de acuerdo a una conversación de Regina, una académica que regresa al país después de muchos años en Alemania. Pero son regresos que van más allá de lo meramente geográfico, en varios casos aluden a un viaje hacia atrás en el tiempo, en una exploración personal de su presente. Pero Ak´abal lo dice mejor:

De vez en cuando
camino al revés:
es mi modo de recordar.
Si caminara sólo hacia delante,
te podría contar
cómo es el olvido.

Porque ese “caminar al revés” niega el olvido, aunque en el caso de algunos de los personajes sea un tránsito doloroso que recuerda una necesidad inicial de escapar del país, de dejar atrás el pasado y empezar de nuevo, de desatar nudos. Pero, al hacerlo, interrumpiendo puntadas, dejando hilos sueltos que hay que volver a atar para que la trama tenga sentido. La misma Mónica -que vive en Alemania- tiene una experiencia con ese transitar a otros espacios que por momentos empuja a una especie de desdoblamiento, y lo digo también con la experiencia de haberme ido y de haber regresado. Así como la escritora viajera María Cruz, a la que se hace referencia varias veces en la novela, que recorre mundo para luego darse cuenta de que desea regresar a Guatemala porque es allí en donde quiere poner en práctica lo aprendido, aunque finalmente no lo logre. Como dije antes, este “irse” y ese “regresar” con frecuencia no tiene relación únicamente con los espacios físicos que dejan un sello sobre la piel. También se trata de viajes por una cartografía que se va armando con las experiencias vividas, la memoria, la invención del pasado recordado a través del lenguaje -única forma de acceder a él-, la elaboración de recuerdos a partir de sospechas, en fin, vamos armando un mapa en el que apenas somos el hilo de una urdimbre más amplia y en la cual los ecos de las voces de otros y otras intervienen. La letrada es esto y más.

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Anabella Acevedo

Curadora, crítica literaria y cultural, e investigadora independiente. Ha dedicado su carrera a leer crítica y sensiblemente la cultura contemporánea guatemalteca, sobre todo en los mundos de la literatura y el arte contemporáneo.


Las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan los criterios editoriales de Agencia Ocote. Las colaboraciones son a pedido del medio sin que su publicación implique una relación laboral con nosotros.

Anabella Acevedo

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