Cuando me preguntan; “¿Por qué en la Argentina se vive el fútbol con tanta locura?”, no sé qué responder. Es que una pasión, como un amor, se siente, no se …
Cuando me preguntan; “¿Por qué en la Argentina se vive el fútbol con tanta locura?”, no sé qué responder. Es que una pasión, como un amor, se siente, no se explica. Solamente puedo intentar entender lo que significa para mí. A esa cancha entro en este instante. Capaz gane, empate o pierda el partido.
Desde que tengo memoria los partidos del domingo eran uno de los momentos de descanso para mi padre y mi madre. En esos 90 minutos no importaba el dinero, el cansancio, la escasez, ni la injusticia. En ese partido dominguero (en mi casa alentando a River Plate) todo lo imposible se hacía posible con el grito intenso de ¡goooooooooooool! Ganábamos, y en la cancha como en la vida nos merecíamos ese triunfo.
Muchas veces Charly García cantó que “la alegría no es solo brasilera” y Fito Páez le respondió que “afuera se irán la pena y el dolor”. Creo que tenían razón. Eso hace el fútbol en mi corazón.
Se viene otra final. La quinta para la Argentina, la cuarta de mi vida. En una de esas finales comprobé que la alegría tenía rostro y que el fútbol es felicidad. Es un rabo de nube. En 1986 yo tenía seis años y el barredor de tristezas existió.
Miles de papelitos en el aire. Cientos de manos arriba. Olor a pólvora, luces y cánticos. Una oda a la alegría salió a las calles en forma de madres, padres, abuelas, abuelos, jóvenes y cientos de niñas y niños. Habíamos ganado La Copa y esa alegría fue como un borrador inmediato de la angustia que había inundado Buenos Aires durante tantos años. Ese día, las calles no estaban silenciosas ni grises. Eran celestes y blancas.
Recuerdo que cuando Víctor Hugo Morales recitó (sí, esa narración es un poema) el tercer gol que le hicimos a los alemanes. Mi tío se arrodilló frente al televisor y gritó como si estuviese vomitado la angustia: ¡Somos Campeones!
Apenas terminó el partido, Papá ya sin voz, me dio su mano, pesada y áspera. Corrimos a las calles, entre la avalancha de gente que se abrazaba, lloraba y saltaba, todo en un unísono de cariño. Llegamos al punto. La esquina de Cabildo y Juramento. Como pudimos nos metimos entre la muchedumbre y antes de que me subiera a sus hombros, le pregunté asustada (desde niña que hago preguntas imprudentes): “¿papi, por qué estás llorando?”, “porque soy feliz”, me respondió. No entendí su respuesta, pero igual sentada en sus hombros, me uní al canto, a la alegría. Desde arriba, le vi varios rostros a la felicidad.
En esta final, mi viejo ya no tiene la mano tan pesada. No va a saltar, mucho menos gritar. Tampoco vamos a estar juntos, ni voy a subirme a sus hombros. Pero si ganamos, hay algo que sí se va a repetir.
Si ganamos… allá; para él, hermanas, madre, sobrinas, sobrinos, amigos, tías, tíos, primas y primos. Acá; hijos, esposo, cuñada, suegros, amigas, amigos, para mí y miles de argentinos guatemaltecos y a otros tantos que se unan al festejo. Para todos, por una tarde, un domingo y cada vez que recordemos ese día, otra vez, vamos a barrer las tristezas. Y si perdemos, ¡¿Uy, y si perdemos?! Seguro que la amargura será inevitable como el primer mate de una juntada con amigas, ese que escupimos por compañerismo a las pibas que vienen en la ronda y que con la charla se vuelve más dulce. Igual nos va a quedar la música, la playlist de la hinchada (¡Muchachos!), los memes, los festejos, La abuela la la la, Bangladesh, los hilos de Twitter, los bailes en redes sociales, el recuento de instantes felices, el “¡qué mirá!” de Messi, su enojo y su sonrisa, los goles intratables, los abrazos, el cariño, los saltos, los gritos, los llantos y la ternura. Al final, siempre guardaremos algo de alegría.
Magui Medina es comunicadora, alta conocedora del rock argentino y fiel seguidora del River Plate. Es argentina y guatemalteca, además de velar por las relaciones institucionales en Ocote.





