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Cristian Alarcón, narrar las heridas desde el gozo

En mayo de 2022, durante su paso por Guatemala para el festival Centroamérica Cuenta, Cristian Alarcón, escritor y periodista chileno, conversó en esta entrevista sobre las formas de narrar los territorios que duelen. También sobre cómo el gozo y la fiesta pueden ser maneras valiosas de narrar las heridas.

Si algo ha significado este año para Cristian Alarcón, escritor y periodista chileno radicado en Buenos Aires, es un torbellino. Una vuelta al viejo refrán que dice que “después de …

Si algo ha significado este año para Cristian Alarcón, escritor y periodista chileno radicado en Buenos Aires, es un torbellino. Una vuelta al viejo refrán que dice que “después de la tempestad viene la calma”. Para él, la calma vino primero, y después “un hermoso caos”. 

Cristian Alarcón nació en La Unión, un pequeño pueblo al sur de Chile, en plena dictadura, hace 52 años. A los cinco, él y su familia emigraron a la Patagonia argentina y fue en ese país donde se desarrolló como periodista, catedrático, escritor y director de medios de comunicación como Revista AnfibiaCosecha Roja.

Alarcón ha centrado su escritura en narrar las violencias urbanas y suburbanas de América Latina. En las muchas formas en las que la violencia toca las vidas de jóvenes. Así lo hizo en sus libros de crónicas: Cuando me muera quiero que me toquen cumbia (2003) y Si me querés, quereme transa (2010). 

Aunque hasta entonces su carrera se había centrado en la no ficción, en el 2020 decidió explorar la ficción. En enero de 2022 Alarcón recibió el Premio Alfaguara de novela por su libro El tercer paraíso, una novela híbrida que atraviesa lo autobiográfico y la ficción, en la que se adentra en los recuerdos de su infancia, desde la mirada de un hombre adulto. 

El tercer paraíso lo escribió durante la etapa de aislamiento por la pandemia de COVID-19, una época turbulenta. En el aislamiento encontró su calma y exploró esas otras formas de narrar los traumas y de narrarse a él mismo a través de la conexión con el territorio, con la naturaleza y también con el gozo. Alarcón creó dos jardines: uno real, en su casa de campo en El Abasto, una localidad en las afueras de Buenos Aires; y otro metafórico, que se convirtió en su obra, en El tercer paraíso

Después de esa calma y la soledad que provocó la escritura, llegó el caos: presentaciones de libros, giras y una agenda apretada que también intenta encajar con otros proyectos en los que converge el periodismo, la performance y arte. Así llega a Guatemala para el festival literario Centroamérica Cuenta. Es una parada en una larga gira en otros países, como México y España.

En esta entrevista, realizada en Ciudad de Guatemala, Alarcón habla sobre cómo contar los territorios que duelen, sobre cómo el gozo y la fiesta también pueden ayudar a narrar las heridas. Cuenta  cómo este tiempo convulso habilita otras formas de escritura y narración en la que convergen varias disciplinas. 

Empecemos por el presente. Tú aquí, en Guatemala, en Centroamérica ¿Qué significa para ti estar en un festival literario en este territorio? 

Centroamérica cuenta se ha convertido en un espacio de resistencia, teniendo en cuenta que se trata de un festival cuyo creador (Sergio Ramírez) vive en el exilio y el destierro, una situación que habíamos creído olvidada desde las dictaduras de los setenta.

Es también una radiografía y un modo de volver a mirar, no solo las heridas de la región, que siguen abiertas y que no se resuelven, sino una oportunidad para frenar la lucha cotidiana por la sobrevivencia. De posibilitar la circulación de otras voces. Es un modo de sentarnos a reflexionar y posibilita, para quienes venimos de otros horizontes, un ejercicio de humildad ante el enorme esfuerzo de quienes quieren producir cultura desde aquí. Insistir, persistir y encontrar en ellos no solamente un modo de resistencia, sino también una manera de gozar, de sentir y de descubrir la belleza.

[Escucha aquí el episodio de Radio Ocote Podcast: Centroamérica cuenta. Radiografía y antídoto]

Hablas sobre “volver a mirar las heridas”, y esto es algo que en tu carrera lo has hecho con precisión, desde la narración de las violencias. ¿En qué ha cambiado la mirada con El tercer paraíso

Yo la verdad es que lo he confesado y ahora lo tengo quizás un poco más procesado. Yo he centrado mis experiencias periodísticas extremas en la cobertura de las violencias y pasé, quizás demasiados años, habitando en la intemperie. 

Reconstruyendo las coreografías de la violencia, me volví un ser invisible en lugares imposibles. Me volví un animal doméstico olvidado por los protagonistas de mis historias, que me permitieron, a medida que pasaba el tiempo, ser testigo de todo el acontecer de esos territorios en donde se ejerce una violencia sistemática que convive con la pasión humana. 

Yo lo hice sin tener las herramientas suficientes como para poder llevar adelante una investigación tan compleja, sin las herramientas etnográficas, sin las plataformas necesarias. Y ahora me permito aprenderlas para ofrecerlas a otros, no solo en mis escritos, sino en todos los otros proyectos que dirijo (Revista Anfibia, Cosecha Roja, la maestría de Periodismo Narrativo de la UNSAM).

Yo no volví a los territorios y no vivo con culpa por eso. En esta nueva etapa de mi vida profesional pasé a una investigación que ya no tenía que ver con poner el cuerpo en el territorio, ni el someterlo a los peligros de la contingencia. 

Y con todo aquel aprendizaje, quizás me haya vuelto más sensible, quizás me haya vuelto más inquieto de lo que era antes. Atravesar esas historias que escuché y escribí me ha transformado de alguna manera mi relación con el oficio.Transformada por ese colectivo al que pertenezco sin el cual no podría haber hecho nada de lo que ha ocurrido en la última década, sin el que tampoco podría haberme convertido en un escritor de ficción con la novela.

Cristian Alarcón, durante el festival Centroamérica Cuenta. Fotografía: Ana Lucía Galicia.

Desde Latinoamérica suele haber un debate sobre cómo seguir narrando la violencia más allá de la criminalización y victimización. En Si me querés, quereme transa; y Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, la violencia se enlaza con el goce y la fiesta. ¿De dónde surge esta decisión de poner la mirada ahí, en el gozo? 

Yo creo que eso tiene que ver con que yo pertenecí a una familia campesina proletaria.

En El tercer paraíso queda claro. También en Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, con los pibes chorros (ladrones), donde lo tanático y lo vital conviven permanentemente y se dan la mano. En donde la muerte pasa a ser un juez de un juego siniestro. Mientras que la erótica de los cuerpos del baile, de los consumos de sustancias, de la hermandad, convergen con los placeres de la posibilidad de la muerte. Eso es América Latina en muchos de los territorios. 

Sería imposible imaginar una coreografía permanentemente violenta, esa coreografía también está hecha de la sutileza de la sobrevivencia. 

Siempre vamos a ir al encuentro de escenas en las que se interrumpe un goce. Esto está presente en las masacres mexicanas y está presente en muchas escenas en las que una fiesta es interrumpida por un tiroteo ¿no? Y donde se busca la distracción del que se entrega al goce para la venganza. No es algo nuevo. Sembrar estas esas escenas de bodas interrumpidas por un hecho trágico es casi que literatura clásica o está cerca del cliché, pero es también la vida real. 

¿Y en el caso de El tercer paraíso

En el caso de El tercer paraíso estamos ante una historia que utiliza dos planos narrativos distintos: el del presente de un privilegiado, de un escritor en la medianía de la edad que dispone de un espacio propio en las afueras de la ciudad y encuentra el placer y el goce no en la fiesta, ni en el aturdimiento de los tímpanos o el perreo, sino en ver crecer sus flores y sus plantas. 

Descubrir el poder de la naturaleza y la capacidad que tiene lo mineral, lo animal y lo vegetal de decir y de ejercer un lenguaje transformador. Todo eso, convive con la historia de un clan familiar que lucha cada día por sobrevivir saliendo del campo a  la ciudad con una escena de los años 40 y los 50, que es muy latinoamericana, de migración. 

En donde esas manos que antes sembraban irrumpen con la vida citadina, una imagen más sucia de puerto, de tugurio prostibular, alcohólica, adicta a un frenesí que si bien incluye el goce en general, termina en violencia y estalla sobre todo. 

Sigo quizás transitando en mi literatura. A diferencia de mi trabajo periodístico, en El tercer paraíso su narrador es alguien que nos va a conducir con cierta calma y pudor por esta historia en la que sigue habiendo una matriz violenta.

¿El goce también está presente en tu proceso de escritura? ¿La fiesta es un motor importante para que puedas escribir? 

La fiesta en sí me ha dado, paradójicamente, la tranquilidad de alguien satisfecho. Como le ocurre a cualquier trabajador, a cualquier obrero de la construcción que necesita darse un gusto para volver el lunes a la obra. 

Yo he sido alguien que necesita confirmar que está aquí. Entonces para mí, en el compartir está la clave. No tanto en el gozo mismo de la fiesta, sino en el reunirse con otros, por eso siempre me refiero a mí como una salonera del París lésbico de los años 20; alguien que abre la puerta para poder permitir la conversación bien irónica. La perspicacia discursiva, el humor, la picardía campesina, pero estando en la ciudad. 

Algo de eso tiene que ver con el origen de estas fiestas que se narran en El tercer paraíso que son acontecimientos familiares que se transforman en anécdotas y en historias que van a transmitirse en el clan de generación en generación como parte esencial de una identidad. 

La presencia de mis tíos campesinos vestidos con pelucas y pintados como mujeres, etílicos, bailando a las 10 de la mañana, me imagino que algo tienen que ver con mi admiración por la literatura y por escribir. 

Ahora que visitas Ciudad de Guatemala, conociendo su contexto hostil y la ola autoritaria que azota al territorio centroamericano, ¿cómo ves el acceso a ese derecho al gozo? 

Yo estoy absolutamente impresionado por la naturalidad con la que después de 20 años desde la primera vez que vine a Guatemala, se asume una vida bajo el absoluto control de la seguridad. Se naturaliza el ejercicio diario de la paranoia, alimentada por la realidad y los relatos siniestros de lo que acontece a los ciudadanos y ciudadanas. 

Por ejemplo, una ley que prohíbe la posibilidad de festejos después de la una de la mañana. Eso modifica la cotidianidad de las personas hasta hacerlas cenar a un horario distinto, comenzar su cumpleaños, sus casamientos a un horario diferente.

A pesar de eso, dan esperanza las escenas de la juventud campesina, de defender los espacios mínimos de goce. 

Y en el caso de la Ciudad de Guatemala, que se convierte en este panóptico en el que todo está siendo grabado y todo está siendo observado y vigilado por una mira telescópica invisible. A eso se suma la falta de espacios sociabilización y de encuentro. Por eso, espacios como un festival como Centroamérica cuenta resultan lugares de confort extraordinario. 

Porque en medio de todo esto, digamos, siguen habiendo estas emergencias culturales y lúdicas que dan un aire. 

¿En qué limita y en qué habilita, si es que lo hace, la escasez de espacios lúdicos a alguien que quiere hacer literatura? 

No estoy seguro de esa respuesta porque no lo he vivido. Si bien vivía el exilio de la dictadura chilena, no llegué a padecerla, porque era muy pequeño cuando yo me fui. 

Sin embargo, creo que la migración guatemalteca o de cualquier país centroamericano tiene su relación con el exilio. Quien se va no huye solamente, imagino, de sus aconteceres económicos o de la pobreza, sino de la opresión. 

Y yo creo que para un creador la opresión y el efecto de vivir condenado a la violencia dificulta poder poner en la mesa frente a otros en valor la palabra propia. 

Por otro lado, cuando escucho las historias que me cuentan la situación de Guatemala y la ola autoritaria, me impresiona el enorme caudal narrativo que hay en cada una de las historias. Desde la vida de un presidente, hasta la de un empresario, pasando por la de uno de sus hijos, la de sus testaferros, la de sus abogados, la de sus contadores, las de todos los que les manejan su fortuna. 

Lo que pasa es que nosotros estamos obsesionados con la pobreza, con la miseria y con la muerte de los que menos tienen. Es difícil torcer la mirada para no tener este único fetiche de “la narrativa a los más desposeídos y a los más miserables” y no observar con la misma lupa a los poderosos.  

Los poderosos valen la pena ser narrados. Entiendo que puede producir miedo, entiendo que seguramente no debe ser fácil, pero sigue siendo necesario, y eso puede habilitar estar en estos territorios. 

¿Qué técnicas de escritura se encuentran con el Cristian de antes, de esta “calma” que tuviste durante el aislamiento; y con el Cristian de después, tanto en la literatura como en el periodismo? 

En El tercer paraíso pude detenerme de un modo mucho más pausado y lento en la construcción de pequeños capítulos en los que el esfuerzo no era solamente la concreción de cada uno, sino el juego de las palabras y lo lúdico de su combinación. Sobre todo de la economía estética, la búsqueda de algo que dijese más allá de la estructura que respondiera a la de una novela. 

Esta experiencia de escritura fue absolutamente distinta, porque porque además en esta ya no tuve que acudir al registro material de los archivos, ni tampoco a respetar la veracidad de los testimonios, sino que pude escribir sin entrevistar, sin consultar, sin hacer más que el ejercicio de una memoria incompleta, inacabada. De la recreación de algo que creí alguna vez haber escuchado para vestirlo y completarlo con mi propia imaginación.

Aunque también utilicé otras herramientas del periodismo, como la indagación teórica de las plantas, de la botánica, de la filosofía. Y eso también me ayudó a la inversa, a seguir pensando en esta idea que tenía desde antes, de la reconfiguración del periodismo.  

Seguir alimentando la idea de un periodismo más emocional y más sensible, que se desembarace de su matriz heróica y patriarcal. Patriarcal en el sentido de una especie de héroe que casi siempre es varón y va al encuentro de la verdad, exponiendo su vida y la de otros. Me parece que hay que contaminar al periodismo de otras expresiones artísticas. Los periodistas necesitan un poco más de poesía. De una relación distinta hasta con los lenguajes, para que la carga no sea tan pesada.


Fotografía de portada: Ana Lucía Galicia

Melisa Rabanales

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