Después de las tormentas
Educación
Enseñar en la incertidumbre: la pandemia desde la experiencia de docentes
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Maestras y maestros de todos los niveles tuvieron que enfrentarse en 2020 a una educación a distancia, en un sistema que no estaba preparado y en una sociedad desigual, donde no todas las personas tienen el mismo acceso a internet. Docentes de primaria, secundaria y universidad señalan la falta de apoyo del Ministerio de Educación y hablan de las consecuencias más inmediatas: deserción escolar y trastornos mentales. Hay centros públicos que no están preparados para seguir los protocolos del ministerio para el curso 2021.


En la pantalla se ve un pizarrón, grabado en vertical, que un teléfono celular trata de mantener enfocado con poco éxito. La cámara se mueve hacia delante y hacia atrás, como si una persona sostuviera el aparato con una mano, mientras trata de solucionar algo más al mismo tiempo.

La imagen se enfoca a ratos. “Características y funciones de los seres vivos” se lee sobre una cartulina amarilla. A un lado, escrita con marcador hay una fecha —15/06/2020— y unas letras y números: Nufed 299.

Las letras son unas siglas. Nufed significa Núcleo Familiar Educativo para el Desarrollo. Los Nufed son centros de ciclo básico, creados a finales de los setenta en Guatemala, como alternativa de formación para personas de áreas rurales. La idea de estos espacios surgió después del terremoto de 1976, que afectó principalmente a familias campesinas e indígenas. El Ministerio de Educación creó entonces un programa educativo que las mismas comunidades y padres y madres de familia administrarían.

El Nufed 299 está en La Económica, una colonia de San Juan Sacatepéquez, a poco más de una hora de Ciudad de Guatemala. Antes de que abriera, en 2007, los jóvenes de La Económica iban a otro centro, un instituto por cooperativa que quedaba cerca del lugar. Pero esta zona del municipio estaba (está) muy afectada por conflictos entre pandillas. Conflictos territoriales. Llegar al instituto suponía para la gente ingresar a un lugar peligroso y vivir hostigamientos y amenazas constantes.

Había dos alternativas para los adolescentes: irse a Mixco o a la capital. Y ninguna de las dos, para las familias con recursos limitados de La Económica, era una posibilidad. Así que la comunidad se organizó, pidió apoyo al Ministerio de Educación y hace 13 años lograron que se aprobara el Nufed 299. El ministerio asignó a cuatro maestros y el resto corrió a cargo de los padres y las madres.

Hoy hay tres docentes más, que prácticamente hacen un servicio comunitario. A las familias se les pide una cuota para pagar sus sueldos, que sube o baja en función del número de estudiantes. El curso pasado, que eran 83, la cuota estaba en 60 quetzales. Sumada y dividida entre tres, apenas llega a la mitad de un salario mínimo. Serían poco más de Q1,500 por docente, si todas las familias pagaran la cuota. Y no siempre pueden pagarla.

Foto: Nudef

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“Vamos a dar tiempo para que se conecten. Espero que estén bien. Que tomen sus medidas de prevención lavándose las manos, usando mascarilla… Necesito que todos tengan sus crayones listos porque vamos a seguir con la clase”.

La voz de una mujer se escucha en el video, a pocos segundos de empezar.

“Necesito que me digan si se me escucha bien. Que lo escriban en los comentarios”.

“Hola, seño”. “Buenos días”. “Sí, todo bien”.

Empieza la clase, que durará 50 minutos. Este es el primer video que aparece en el grupo de Facebook “Clases virtuales Nufed 299”. El espacio se creó a mediados de junio, tres meses después de que se reportara el primer caso de COVID-19 en Guatemala.

En los demás videos aparecen otros pizarrones donde se anotan fórmulas matemáticas o se pegan cartulinas. En otros, las anotaciones se hacen en libretas y cuadernos. Otras maestras graban una cinta que se reproduce en un televisor, o un cuaderno de pintura, o una estufa en la que cocinan. Unas pocas comparten las pantallas de sus computadoras, donde muestran una presentación de diapositivas.

En el Nufed 299, la pandemia de COVID-19 les encontró, como en muchos centros educativos, desprevenidos y sin mucha idea de qué hacer. Los docentes se vieron sin recursos para dar clases a distancia, con unos estudiantes que no tenían computadoras, teléfonos celulares inteligentes y mucho menos una conexión a internet estable.

El teléfono marca un par de tonos y al otro lado descuelga Yesenia de León, directora del Nufed 299. Se escucha su voz, con el ruido de bocinas y acelerones de vehículos de fondo. Habla con otra mujer: “Es que a la hora de que llenás todo, aquí vas a poner las notas. Aunque tuviste perdida una clase, aquí te va a dar un promedio. Podés llenar tres perdidas, pero lo que te va a dar el resultado es el promedio. Es un rollo, ahí les voy a decir. ¿Aló?”.

Es diciembre de 2020. En el centro están en medio del cierre del año escolar. Una locura. Ordenar todo lo que trabajaron durante el año, cuadrar calificaciones, confirmar quiénes pasaron al curso siguiente, firmar actas…

Cuando Yesenia de León vuelve la vista al inicio del curso, le parece casi otra vida. La primera vez que se habló de la suspensión de clases fue el 14 de marzo de 2020. El presidente Alejandro Giammattei anunció en Cadena Nacional las medidas que se tomarían como respuesta a la pandemia: “A partir del próximo lunes se suspenden las clases en todos los niveles de la educación pública y privada durante los próximos 21 días. Desde preprimaria hasta las universidades sin excepción deberán estar cerradas. Y el cumplimiento de los 180 días será repuesto en una futura oportunidad”.

Tres semanas. Parecía poco. Pero la realidad en otros países donde se registraban muchos más casos de contagios y muertes por COVID-19 ya adelantaba que la situación se alargaría. A los días, desde el ministerio dijeron que las clases seguirían a distancia. Hablaron de unas guías que enviarían para que los estudiantes pudieran tomar las lecciones desde casa y de un programa, que llamaron “Aprendo en casa”, que se distribuiría por televisión y a través de internet.

En el Nufed empezaron a prepararse. Después del anuncio de Giammattei esperaron una semana a que el ministerio les comunicara los siguientes pasos. No lo hicieron. Se enteraban de las indicaciones de las autoridades a través de noticias que se publicaban en los medios de comunicación.

Yesenia convocó a los demás docentes y hablaron de cómo manejarían la posibilidad de dar clases a distancia. No veían muy factible que sus estudiantes continuaran los estudios a través de la televisión. Sabían que costaría que sus padres entendieran los procesos.

Se plantearon tener una plataforma de videollamadas. Zoom, Meets, Teams… La propuesta tampoco terminó de cuajar. En la colonia se daban dos situaciones. La primera, el acceso a internet. Ningún estudiante tenía un plan de datos sólido para recibir una clase completa. Menos aún para seguir todo un curso en línea.

La otra, la situación laboral. Los padres de los alumnos de La Económica son pilotos de buses, recolectores de basura, recogedores de chatarra, albañiles. Las madres, amas de casa y vendedoras de tortillas a la salida de restaurantes de comida rápida.

Cuando llegaron las restricciones, la mayoría se quedó sin empleo. El transporte público se paró, los restaurantes cerraron y el acceso a otros departamentos se canceló. Esto no sólo implicaba que los adolescentes no tuvieran los recursos para tener un plan de datos. Significaba también que varios dejaron los estudios para trabajar y ayudar en la casa.

Todo eso lo tomaron en cuenta en el Nufed. Optaron por abrir un grupo privado de Facebook en el que colgar las clases. Los alumnos se conectarían a través de sus perfiles o los de sus padres, participarían en las clases si llegaban a la transmisión en directo y si no, la podrían ver en diferido. Lo decidieron así porque algunos planes prepago de compañías telefónicas tienen redes sociales ilimitadas incluidas.

Dejaron una opción presencial: los padres que no tuvieran los recursos para pagar una recarga, podrían llegar al centro cada 15 días a recibir las instrucciones para llevar y traer la tarea de sus hijos.

Foto: Nudef

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A seis kilómetros de La Económica, en Ciudad Quetzal, queda la colonia Colinas, donde hay otro centro del Ministerio de Educación: la Escuela Oficial Rural Mixta Colinas 1,2,3. Ahí enseña clases de primero de primaria Roxana Corado.

Falta un día para el cierre del curso. Es 17 de diciembre de 2020 y Roxana cuenta lo complicado que fue para ella mantener el nivel de los estudiantes. En Colinas, la situación es muy parecida a la de La Económica: las familias tienen pocos ingresos y no hay buen acceso a internet.

Hasta que comenzó la pandemia, Roxana había tenido una política con las familias de sus alumnos: para hablar con ella tenían que llegar al centro. Ella vive en la colonia y tomó esta decisión cuando llegó a su límite, después de que padres y madres llegaran a su casa o llamaran a su teléfono personal a las 4 de la madrugada para preguntar dudas.

Cuando hicieron públicas las restricciones, Roxana tuvo que romper su propia norma. Se dio a la tarea de recopilar los contactos de los familiares de cada alumno y les hizo una propuesta: a partir de sus direcciones, a distancia y por teléfono, tendrían que convertirse en maestros. Enseñar y tomar la lección a los niños, crear una rutina de estudios, ayudarles con la tarea y enviársela en videos por WhatsApp. No todos aceptaron.

Muchos de los alumnos de Roxana, que tienen alrededor de seis años, terminaron el curso 2020 sin saber leer. “La lectoescritura tiene que estar en un 80% y bastantes no lo han logrado”, cuenta ella.

En la escuela, igual que el Nufed, también propusieron una opción semipresencial. El día que los padres tuvieran que llegar al centro para recoger la bolsa de alimentos que entrega el Ministerio de Educación, podrían dejar también el portafolio con las tareas. De nuevo, no todos lo hicieron.

“Hubo padres que me decían: ‘¿Sabe qué? Mejor que mi niño pierda el año. Yo no soy maestra, no tengo tiempo, no tengo paciencia…’. Algunos no han puesto de su parte. Otros sí, mis respetos porque sus niños se han superado bastante”, dice Roxana.

El oasis

Yesenia de León, que además de directora del Nufed 299 es profesora de Educación Física en el centro, encontró otro reto. Para impartir sus clases tiene que ver a sus alumnos. Corregir posturas, asegurarse de que van al ritmo. El año pasado pudo hacer algunas videollamadas puntuales, pero en el resto de la materia decidió centrarse en el cuidado del cuerpo y la alimentación. Entendió que el encierro y la vida sedentaria iba a afectar a los jóvenes. Mantuvo un control de salud que los estudiantes debían llevar. Así descubrió que varios de los alumnos y sus familiares se habían contagiado.

También potenció la expresión artística. En otro de los videos del grupo de Facebook, una maestra hace una maceta con forma de abeja. En otro, pinta un árbol. En otro, crea una figura de cerámica. Anima a los estudiantes a seguir sus pasos, a su ritmo, y enseñar los resultados.

Fue una especie de oasis temporal. Una catarsis, cuenta Yesenia: “El encierro, la psicosis, los problemas económicos, la depresión… todo esto generó inestabilidad emocional en los patojos. La expresión artística nos ayuda a liberarnos, a fantasear en medio de la crisis”.

Esto pasó también en otros centros. Como el Liceo Chapero, un colegio privado, a 18 kilómetros del Nufed 299, en la zona 2 de Ciudad de Guatemala. El instituto sí optó por sesiones a través de plataformas de videollamada y por contenidos que colgaban en su página web. Desde que anunciaron las restricciones, trataron de no parar el ritmo de las clases, las tutorías y la comunicación con estudiantes y familias.

Vicente Chapero, director financiero e hijo de los fundadores del colegio, cuenta por teléfono que se encontraron con que alumnos de todos los grados habían desarrollado algún tipo de depresión. Algunos tenían además problemas económicos en casa, al punto de no tener qué comer. Hubo padres que perdieron el empleo y de un día para otro se quedaron sin nada.

El apoyo entre alumnos y las charlas con docentes fue la clave. Cuando alguna persona faltaba a una clase, averiguaban por qué había sido. Lo buscaban para saber qué le pasaba.

También trataron de mantener las actividades extraescolares, como una semana cultural en la que los alumnos grabaron canciones, doblajes y poemas que proyectaron en noches culturales. La “Milla Chapero”, una carrera anual que se hacía en el Estadio de la Pedrera, se movió a los salones de las familias. Desde sus casas, cada estudiante preparó formas de motivarse, se grabó corriendo en el lugar y animó a sus compañeros.

Mantenerse

“Fue un shock. Al principio fue un shock”. La socióloga Ana Silvia Monzón repite varias veces estas palabras a lo largo de la conversación. En el primer semestre de 2020 dio clases los sábados en la maestría en Análisis Social de la Discapacidad, en la Universidad de San Carlos (Usac). Después impartió algunos cursos cortos en la Universidad del Valle. Eran de cuatro horas diarias y ocho los sábados.

El mismo día que Giammattei anunció las restricciones, la citaron en la Usac con otros docentes de la maestría para darles algunos lineamientos. “Nadie estaba pensando en esto de la virtualidad y la experiencia de pasar de la presencialidad fue difícil”.

Ella lo notó en lo complejo que fue cambiar el modelo de clases, planificar varias horas diarias, con actividades diferentes, encontrar o crear vídeos, buscar invitados para hacer las sesiones más amenas. Era como armar un guion. Las clases a distancia dan menos pie a la improvisación y a la participación de estudiantes, así que tenía que tener los tiempos bien ajustados. Para una hora de clase, por lo menos, le tocaba invertir dos horas en la preparación. “Quedaba agotada física y mentalmente”.

Monzón remarca que en la Usac la mayoría de profesores están contratados por horas y tienen contratos que cubren solo el tiempo de clase. Eso implica que el tiempo extra que dedican no está pagado.

Igual que Yesenia de León en el Nufed, ella también se encontró con estudiantes que tuvieron que dejar el curso por problemas económicos. En su clase de la maestría, dos de sus alumnas no pudieron seguir porque se quedaron sin trabajo o porque tenían que invertir en recargas de internet para seguir las clases. De nuevo, no era lo mismo participar en un taller de un par de horas que sostener toda una carrera por internet. Requirió una inversión para la que muchas personas no estaban preparadas.

En la misma universidad, un grupo de alumnas, docentes y profesionales publicaron un comunicado el 19 de abril en el que recordaron que, según datos del Instituto Nacional de Estadística, solo el 21.3% de la población guatemalteca tiene computadora y el 17% acceso a internet. Mencionaron que casi la mitad del alumnado estudia en centros regionales.

En el documento instaron a las autoridades de la Usac a garantizar la continuidad de los procesos educativos. Entre las peticiones, incluyeron que se creara un plan de formación docente-estudiantil especializado en la enseñanza y el aprendizaje en línea, que tomara en cuenta el contexto socioeconómico, de género, la etnicidad y la residencia de estudiantes y docentes.

En Agencia Ocote tratamos de contactar con Murphy Paiz, rector de la Usac, y con Mynor Franco, director jurídico del centro, para consultarles si se tomaron medidas, pero no contestaron las llamadas y los mensajes.

***

“Nadie aguanta más de 30 minutos escuchando a alguien hablar a través de una pantalla”. La frase es de Luis Pedro Paz, coordinador académico en la Universidad Rafael Landívar y docente de primer año en la licenciatura de Ciencias de la Comunicación.

Cuando desde el gobierno se anunció que las clases tenían que continuar a distancia, en el centro de estudios empezaron a organizarse para ver cómo trasladaban las enseñanzas a lo virtual, sin perder la interacción y el interés de los alumnos.

Compartieron estrategias, aunque a cada uno le funcionó algo diferente. Paz evitó volcar tal cual su clase presencial en una videollamada. Algo que le resultó fue pedir a los estudiantes que resolvieran un problema o aplicaran los conocimientos mientras él explicaba. Mantenerlos activos.

Al inicio del curso, los docentes circularon algunas encuestas para saber, entre otras cosas, desde qué lugares de la casa se conectaban los estudiantes, si tenían problemas de conectividad y qué esperaban del curso. Muchas personas respondieron que les costaba seguir los cursos porque no tenían buena conexión a internet y que estudiaban en su habitación o en el comedor de la casa, donde se distraían mucho.

La mayoría tuvieron una petición común: cuidado emocional. Sentían agobio por la carga de trabajo, por el encierro y porque alguien de la familia se pudiera contagiar. Luis Pedro Paz dedicaba los primeros minutos de sus clases a preguntarles cómo estaban. Algunos se conectaban antes y compartían sus preocupaciones. Un familiar enfermo, problemas económicos en casa. Discutir antes y sentar esa base les ayudaba a que la clase fluyera mejor.

Otros días, aprovechaban esos primeros minutos para hacer estiramientos, ejercicio, algún baile. Sacar el estrés.

En el Liceo Chapero también entendieron que no todos los grados iban a prestar la misma atención. El centro da clases desde kínder hasta diversificado. En los primeros grados apenas les pedían un par de horas al día frente a la computadora. A más nivel, más horas y más exigencias.

Por esto mismo, las evaluaciones fueron mucho más laxas este año. “La nota de este año y las evaluaciones de los trabajos son más subjetivas. No se puede calificar de la misma forma a todos”, explica Vicente Chapero.

En el Nufed, igual que en los demás centros públicos, trabajaron con promedios. Los estudiantes utilizaron su recarga telefónica para hacer una prueba en línea. Preguntas directas, juegos, arte; la forma de examinarlos también se simplificó.

La respuesta del gobierno

El 9 de diciembre de 2020, en el cierre del ciclo escolar, la ministra de Educación Claudia Ruiz Estrada, celebró que, a través de la coordinación de familias y docentes, las guías de trabajo elaboradas por el ministerio “pudieron llegar a los hogares”.

Yesenia de León, del Nufed 299, lo rebate. Esas guías, que el gobierno anunció en las primeras semanas de la pandemia, llegaron en septiembre. Eran “unos folletitos”, dice, mal explicados, con faltas de ortografía e instrucciones que no se entendían.

Un mes después, en octubre, les pidieron un informe para justificar cómo se había trabajado a partir de las guías y en noviembre, otro documento en el que llenaran las notas de los estudiantes y desarrollaran las actividades que se habían hecho y el punteo de cada estudiante.

La primera vez que hablamos con Yesenia de León, el 7 de diciembre, hacía dos semanas que el Ministerio de Educación les había mandado la tercera guía, ya cuando el curso escolar estaba por cerrar. “El planteamiento del trabajo llegó tarde”, critica  la directora.

Lo mismo pasó en la Escuela Oficial Rural Mixta de Colinas. Roxana Corado cuenta que algunos alumnos siguieron las clases de Aprendo en casa que el Mineduc emitía en canales abiertos, pero fueron la minoría. Lo que a ella le ayudó es que a principio de año, en febrero, el ministerio envió los libros de primero de primaria a tiempo. Esto no pasó en todos los niveles. “Tuve la ventaja de que vinieron rápido porque otros años los han dado más tarde”, dice. No alcanzaron para sus 35 alumnos, eso sí, pero Roxana consiguió los demás por su cuenta y con eso trabajaron todo el año.

Las guías del ministerio les llegaron tarde: “Ya mis alumnos estaban terminando de trabajar los libros”. Las usaron de repaso, porque, además, se mandaron incompletas.

En el sector privado apenas tuvieron comunicación del Ministerio de Educación. Solo les informaron de las restricciones, de lo que no se podía hacer. En septiembre, después de meses de llevar las clases virtuales, les mandaron un formato de cómo debían tomar asistencia y una guía general de lo que tenían que hacer.

Pandemia, año dos

Claudia Ruiz Estrada, la ministra de Educación, dijo ese mismo 9 de diciembre que “Aprendo en casa tiene una pausa, pero volvemos primeramente Dios en febrero. Volvemos con innovación porque ahora va a responder a un contexto híbrido: niños en casa, pero también en la escuela. Pronto tendrán noticias de cómo vamos a trabajar”. Cuando terminó el curso escolar 2020, en escuelas e institutos todavía no había claridad de cómo sería este sistema.

A finales de año, el ministerio confirmó en un acuerdo que el ciclo lectivo 2021 empezará el 15 de febrero y en su página web compartió una serie de “protocolos para el regreso a clases” dirigidos a docentes, directores y supervisores de centros.

El plan parte de un tablero que se basa en el semáforo de COVID-19 del gobierno. Los centros que están en municipios con alerta roja (con más riesgo de contagio) deberán seguir cerrados. Con amarilla y con verde pueden abrir, pero deben seguir los protocolos. Sin embargo, en el semáforo, que se encuentra en la misma página del Mineduc, no se utilizan los colores rojo, amarillo y verde, sino rojo, naranja y amarillo. Al 7 de enero, 68 municipios estaban en alerta roja, 85 en alerta naranja y 187 en alerta amarilla.

Según el ministerio, los centros en municipios amarillos deben mantener un aforo de 2.5 metros cuadrados por persona. En municipios verdes, 1.5 metros cuadrados.

“Hablan de dejar un espacio entre mesas, en los comedores, pero aquí es imposible”, concluye Yesenia de León. El Nufed 299 no tiene capacidad para distribuir a sus 83 alumnos. No llegan los metros. El patio medirá unos siete por siete, los salones son pequeños y los pasillos estrechos.

Para recibir a las personas que no tienen acceso a internet, quitaron las láminas que separaban dos aulas con piso de baldosa gris y paredes de block y el espacio se duplicó. Recogieron todos los escritorios, que ahora están apilados al fondo de la sala, en una estructura de tres niveles, de hierro y madera pintada de azul, en la que apenas se distinguen las patas y las tablas que forman las mesas.

En el centro del espacio, unos pocos escritorios se mantienen en pie, en cuatro filas, para mantener la distancia de un metro y medio. Así, como están, caben unos ocho escritorios por salón. Antes había 30 en cada clase.

En el protocolo para docentes, el ministerio propone una distribución de mesas en una clase de ocho por siete metros. Si se respeta el aforo y se mantiene una distancia de dos metros entre personas, apenas se podrían utilizar siete escritorios. “El docente debe calcular el aforo de su aula con el fin de determinar el máximo número de estudiantes que puede atender de forma simultánea sin comprometer la seguridad de quienes se encuentren en ella”, explican en el protocolo.

Si se sigue este esquema, en el Nufed apenas podría haber seis alumnos por salón. “Eso significaría que los estudiantes, a lo mucho, tendrían que ir presencial una vez al mes”, explica Yesenia de León.

Además, en el protocolo dicen que la ventilación en el aula “es un factor esencial” y añaden que debe ser cruzada: se deben abrir ventanas y puertas en lados opuestos. De nuevo, nuevo, los espacios no tienen estas características en todos los centros.

El documento recomienda un enfoque híbrido, de “burbujas” en el que algunos grupos tomen las clases presencialmente y otros a distancia. También recuerda la necesidad de desinfectar los espacios y utilizar un equipo de protección personal para estudiantes y docentes, con mascarilla y protector facial.

En La Económica, para el curso 2020 no recibieron los recursos de bioseguridad que el ministerio anunció. Este año tampoco cuentan ni con lo básico: mascarillas y alcohol en gel. Ni siquiera tienen agua potable. Ni docentes ni familias tienen el dinero para comprar los implementos para todo el año.

Consultamos a Julieta Méndez, encargada de comunicación del Mineduc, cuándo contarían los centros con todos estos insumos, si ya se habían enviado las guías para docentes y familiares de alumnos y qué alternativas tenían para personas que no tienen acceso a internet o a televisión para seguir el plan de Aprendo en casa de manera digital. Méndez indicó el lunes 18 de enero que trasladaría las consultas a los encargados de responderlas. Incluiremos las respuestas en este texto cuando las envíen.

Yesenia de León explica que, por ahora, piensan seguir el mismo método que en 2020: videos de Facebook y semipresencial para quien no tengan los recursos. “Yo no veo un regreso presencial. No es prudente, habrá que buscar cómo hacer”. Dice estar preocupada. Sabe que los recursos no llegan y es probable que muchos de los estudiantes terminen dejando las clases.

Roxana Corado, de la escuela de Colinas, contaba en diciembre que la directora de la escuela les comentó que quizás dividirían las clases en tres grupos, para que cada día llegasen unos diez alumnos. En enero volvimos a hablar con ella. Dijo que tratarían de adaptarse a los lineamientos del Ministerio de Educación, aunque varios padres y madres ya le confirmaron que no enviarían a sus hijos a la escuela. “Espero que no se ponga difícil”, concluye.

En el Liceo Chapero ven el 2021 como un año de transición. Se preparan para reforzar las clases en línea. Cada estudiante tendrá una cuenta institucional y utilizarán la plataforma de Google para unificar las clases y los trabajos. También redujeron la bolsa de útiles, para no recargar tanto a las familias.

Si vuelven a lo presencial, “tenemos que hacerlo de la manera más segura”, resume Vicente Chapero. Miran lo que han hecho los colegios en Europa: recreos escalonados, grupos burbuja. Si hay un caso, que el impacto sea mínimo. Que se aísle un grupo y no todo el colegio.

En la Universidad Rafael Landívar, por ahora, el regreso también será virtual. Al menos las primeras semanas. Tendrán que analizar qué materias pueden mantenerse a distancia y cuáles será necesario dejar presenciales o semipresenciales.

A semanas de empezar el año educativo, en escuelas, colegios y universidades había más dudas que certezas. La poca comunicación del Ministerio de Educación y unos protocolos cuestionables no ayudan a disipar las incógnitas. Toca esperar y ver cómo continúa la crisis sanitaria en Guatemala, donde la vacunación masiva contra la COVID-19, el salvavidas al que se aferran docentes y familias, parece estar lejos de ser una realidad.

[Lee también: Los planes del sistema de salud para la vacuna COVID-19 en Guatemala]

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