Después de las tormentas
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Adiós, 2020
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Ha iniciado el 2021, y con algunos días de distancia es oportuno dedicar unas palabras al 2020 que quedó atrás con miedos, aprendizajes, cercanías y pérdidas.


“Tal vez hubo tiempos más hermosos pero este es el nuestro” Jean-Paul Sartre.

Mucho se dijo ya sobre el 2020, incluso cuando seguimos sin entender casi nada de él. Sabemos que nos despedimos de uno de los años más extraños y duros de la historia, de nuestra historia, por supuesto. Sabemos que entre el virus y las crueles tormentas nos faltan más de cinco mil amigos, hermanos, vecinos, abuelos, primos, padres… Pero no sabemos si estamos cerca de salir de la noche oscura.

Todavía no estoy segura de cuánto le debo al 2020. Tal vez cuando pase el tiempo y tenga un poco más de perspectiva lo sabré.  De momento, terminé el año guardando en una caja los miedos, las incertidumbres y todos los “hubiera”, y la solté en una tarde de vientos muy fuertes. No me sirve de nada conservar las cosas que ni siquiera ocurrieron.

Preparé también otra caja, más pequeña y más bonita que quiero mantener debajo de mi cama. Es la cajita de los momentos hermosos, los de alivio, de risas, los de buenas noticias y pequeñas esperanzas. Esos que necesito tener cerca porque me mantuvieron aquí durante este tiempo.

Dicen que la palabra del año es resiliencia. Yo sigo sin comprender si a eso se refiere el que cada quien sobreviva como pueda.

He leído también que por todos lados hablan sobre los aprendizajes que nos tiene que haber dejado el año. La verdad no sé si aprendí algo pero me di cuenta de que buena parte de la sobrevivencia ha estado en la rendición. En aceptar que definitivamente no tenemos el control de nada, ni todas las respuestas que creímos tener. Que hay cosas más fuertes que nos sostienen, como reconocer y recibir los pequeños milagros diarios, por ejemplo, incluso cuando cada uno carga con su propio armagedón.

También dicen que después de las etapas de oscuridad resurge el arte y que los lugares se empiezan a llenar de hermosas letras, música y color. Sabemos que lo merecemos y aferrarnos a eso más que a cualquier pronóstico económico o político, nos puede hacer mucho bien.

Y como también hablan mucho sobre la importancia de cerrar ciclos; además de guardar todo en cajas, cerré el 2020 encendiendo una vela para pedir que venga una etapa con caminos más planos e iluminados. Que podamos hacer más cosas desde el amor que desde el miedo. Que no nos falte nadie más. Que en poco tiempo podamos abrazarnos hasta con desconocidos para celebrar el fin de la pandemia y hagamos de ello imágenes que se vuelvan icónicas. Que la tierra pueda continuar sanando a pesar de nosotros. Que la humanidad también pueda continuar sanando a pesar de nosotros. Que la normalidad no sea regresar a donde estábamos, sino que el camino nos continúe llevando a lugares mucho más plurales y humanos. Que nunca nadie se vuelva a sentir solo. Que podamos reírnos todos los días, aunque sea de nosotros mismos. Que el desempleo y el subempleo dejen de enfermar a más personas que el virus. Que sepamos siempre cómo ser luz. Que nos sobre compasión y empatía.  Que nos llenemos de lugares abiertos y que respirar deje de ser un riesgo. 

Adiós 2020.

[Te puede interesar: El sabor de las vacaciones, una columna de Fabiola Hurtado]

*Fabiola Hurtado, madre, esposa, hermana, hija, mercadóloga, en la lucha por sobrevivir a una pandemia. 

Las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan los criterios editoriales de Agencia Ocote. Las colaboraciones son a pedido del medio sin que su publicación implique una relación laboral con nosotros.

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