Después de las tormentas
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El refugio de las palabras
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El mundo explota y se expande cuando aprendemos a leer. Una niña en el oriente guatemalteco abre su imaginación y sentir entre la poesía y los libros. Una sentida columna que rinde tributo a las escritoras que nos han replanteado el universo.


Soy hija de maestros, así que tiempo antes de enviarme al colegio, mi padre me enseñó a leer en casa. Esa pequeña muestra de amor y paciencia cambió mi vida por completo para bien.

Recuerdo la fascinación que me causaban las letras y el hecho de que juntas formaran palabras, mi mente, propensa a la imaginación de pronto se llenó de mil historias locas que me inventaba a partir de las cosas que leía.

Recorría las calles de mi pueblo en total exaltación, tenía 5 años y sentía que la vida me había otorgado un súper poder.  Yo leía todo lo que se me pusiera enfrente, en aquellos años muchas de las personas que lograban tener una carrera colocaban una placa fuera de su casa con su nombre y profesión “Luis Pinto. Perito Contador”. Ahí estaba yo, trastornada de emoción, de leer que ese señor se dedicaba a contar perritos, me imaginaba al tipo en un escritorio de oficina con la fila de perritos y su cuaderno de anotar.

Los letreros de las panaderías anunciando “quesadillas, marquesotes y semitas” me hacían pensar en mi tía Amanda y el horno de leña del patio trasero de su casa, las cazuelas que en realidad eran viejas latas de sardinas, y el olor exquisito con el que amanecía la casa el día en que se hacía pan.

Los viajes de mi pueblo a la ciudad estaban marcados por la pequeña obsesión que me causaba la leyenda Blue Bird inscrita en la parte trasera de los asientos, que leía y releía tratando de entender qué quería decir e imaginando mil posibilidades.

En casa, tenía a mi alcance las dos colecciones de libros que mi madre me permitía leer, los cuentos completos de Hans Christian Andersen y Las Grandes Historias de la Biblia. Ambas colecciones me parecían hechas del mismo material, mundos fantásticos, un bebé que flotaba por el río y era rescatado por una reina, un emperador con un traje invisible, un niño que se enfrentaba con una onda a un gigante, un patito feo que se convertía en un bello cisne. Me perdía por horas en el sentimiento mágico que me generaban esos mundos y me saboreaba encantada esas situaciones, que dicho sea de paso, me parecían totalmente factibles.

Estaba enamorada de las palabras, me sentaba por horas frente a un cuaderno de cuadrícula en el que escribía cosas, nada de importancia, tan solo por el placer de ver las letras formando palabras frente a mí.

Parece que no solo me gustaban las palabras escritas, mi madre aduce que yo era parlanchina, y puede que tenga razón porque recuerdo que constantemente me decía “hijita, te podrías callar un ratito, es que no me dejas pensar”. Así que, con más exasperación que paciencia, encontró una estrategia noble y práctica para mantenerme ocupada, hacerme leer y recitar poesía. Y sin planearlo, puso su granito de arena en mi idilio con las palabras.

La dinámica era sencilla, ella escogía un poema, lo transcribía en su máquina de escribir y me daba una hoja con la que yo me paseaba por la casa repitiendo frases hasta que lograba aprenderla. Para mí era un ejercicio de lectura, imaginación y memoria. Para mi madre un rato de descanso. Después pasábamos horas en las que ella corregía la entonación y escuchaba con atención sus poemas favoritos. 

No tuve una niñez sencilla, sin embargo, las palabras me dieron refugio.

En la adolescencia se volvieron mi escudo frente al mundo, yo era una adolescente rara, de esas que nunca encajan bien. Para ignorar la molestia que eso me causaba, o que yo le causaba al mundo, se me ocurrió que los libros eran la perfecta excusa para permanecer a distancia y callada. Leía entonces, ya no por la sorpresa, sino por la protección y el espacio que me otorgaba.

El resto, una suerte de repetición de lo que les he narrado, las palabras siguen teniendo el mismo significado exuberante y emocionante y gracias a ellas me sigo adentrando en mundos de fantasía. Cuando no sé qué hacer con mi vida siempre vuelvo a la poesía, y hasta el día de hoy, sigo refugiándome en los libros para no parecer “tan” rara.

El 19 de octubre celebramos a las escritoras, aquí mi pequeño tributo a todas ellas, gracias por seguirnos dando espacio, emoción y protección con sus palabras. 

[Te puede interesar: La espera y la esperanza, una columna de Evelyn Recinos]


Evelyn Recinos Contreras es abogada penalista, se dedica a los derechos humanos, género y justicia penal. Escribe poesía para sobrevivir y documentos legales para vivir.


Las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan los criterios editoriales de Agencia Ocote. Las colaboraciones son a pedido del medio sin que su publicación implique una relación laboral con nosotros.

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