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Que arda todo
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Las manifestaciones en noviembre de 2020 han sacado a luz el enojo de una sociedad que está cansada de la clase política y el sistema que les mantiene. Del fuego real al fuego simbólico, ambos símbolos necesarios.


El calendario sagrado maya marcaba 10 E: día del tiempo y el destino. Así que fue el destino quien decidió que la enorme bandera de Guatemala, esa que ondeaba afuera de uno de los representativos edificios del Centro Cívico la tarde del 21 de noviembre del 2020, tuviera como propósito ser utilizada como mecha en vez de símbolo patrio. Le marcó la ruta al fuego para que consumiera la Dirección Legislativa, hiciera explotar las ventanas del histórico inmueble y redujera a cenizas las iniciativas de ley y los retratos de algunos diputados que alguna vez presidieron el Congreso de la República.

Metáfora de país, diría el escritor Luis Méndez Salinas. Mientras en la Plaza Mayor empezaba a concentrarse buena cantidad de personas que la portaban con orgullo, ese ícono azul y blanco, tan sagrado para el concepto tradicional de patria, hizo arder ese lugar emblemático para la democracia, pero que hace mucho, mucho tiempo, dejó de ser la casa del pueblo.

El edificio parlamentario fue víctima de las llamas por parte de estudiantes universitarios que dejaron de sentir apego hacia ese romántico concepto de país, de paisajes y quetzales, de lagos y volcanes, pero que no genera oportunidades sino cada vez más desigualdades; que cierra puertas en vez de propiciar algo de esperanza.

Foto: Fernando Barillas

Las y los jóvenes comprendieron que de la Plaza, a fin de cuentas, no se podía esperar mucho. Todo pintaba a que se repetiría el patrón y en consecuencia los mismos resultados del 2015: concentraciones llenas de familias con sus hijos y sus perros; grupos de distintas índoles y representaciones, vuvuzelas, tambores, selfies y tragos para celebrar. Pero nada de transformaciones estructurales, nada de replantearnos el país; nada de vernos y reconocernos como sociedad.  

Por eso, mientras frente al Palacio Nacional se cantaba el himno con civismo, entre el Congreso y el Instituto Central para Varones lo que predominaba eran gritos de rabia y hastío. El fuego fue encendido por jóvenes que se cansaron de vivir en una nación que sigue privilegiando a unos pocos. La llama se encendió desde las manos de las nuevas generaciones que, a pesar de su corta edad, ya se cansaron de vivir en un país de a mentiras.

La fuerza pública que esperaba a los manifestantes no portaba armas ni protección ante disturbios. Cosa extraña, pues dos días antes, los antimotines habían repelido con brutalidad a un pequeño grupo de inconformes que decidió expresar pacíficamente su malestar por la forma en que los diputados del Pacto de Corruptos aprobaron el Presupuesto del Estado para el 2021.

Pero esta vez, casualmente, no se veían indicios de que se tuviera listo algún operativo preventivo o de reacción en calles a la redonda. Los agentes no opusieron resistencia a la destrucción que presenciaron; solo se replegaron y al final se retiraron. Las pesadas varas de hierro que sirven para bloquear las puertas del Legislativo, como si se tratase de un castillo medieval, no estaban puestas. En su lugar, estaban ubicados varios extinguidores y baldes con agua listos para ser utilizados. En otras palabras, adentro del Congreso ya sabían lo que podía suceder y les facilitaron mucho las cosas a los huelguistas.

Con esto, las autoridades tuvieron el pretexto necesario para sacar a pasear su sed de violencia desmedida, no contra quienes ocasionaron los daños en el hemiciclo, sino contra cualquiera que anduviese en las calles y expresara su descontento con el accionar del Estado. Fuera hombre o mujer, joven o anciano, niño, religioso o trabajador, todas y todos fueron tratados y calificados como “terroristas”. Los gases lacrimógenos tocaron a los pacíficos de la Plaza, y es ahí cuando la protesta, pasiva e inerte, empieza a dejar de ser suficiente.

Alejandro Giammattei y sus aliados no conocen el diálogo, no saben de consensos. El presidente solo sabe de imponer decisiones y dar palo. Y cuando se permite discutir y llamar a la unidad, lo hace con quienes no lo van a cuestionar y, por supuesto, ante quienes debe los veinte años de carrera política que le permitieron alcanzar la presidencia.

Por su parte, la sociedad civil ya se cansó de actuar por las buenas, pues está claro que a la clase política no le interesa poner oídos a las demandas ciudadanas ni actuar en función del beneficio colectivo. Y cuando no quieren entender por las buenas, ejercer violencia se vuelve legítimo y necesario para que el pueblo vuelva a ser temido, respetado y escuchado.

Por eso, yo me manifiesto a favor de que arda todo. Que ardan de miedo Allan Rodríguez y la clica de delincuentes que lo respaldan en el Congreso; que arda de ira Giammattei en su intento por seguir destinando recursos públicos a las caletas de sus aliados, en detrimento de los más afectados por la pandemia, la crisis económica y las catástrofes socionaturales.

Que la patronal se revuelque en el fuego de la vergüenza, y que a sus principales dirigentes los alcance pronto la muerte, esa que viene cuando se tiene vacía el alma aunque estén llenos de riquezas materiales y ambiciones desmedidas.

Que la imagen de Consuelo Porras y la actual Corte Suprema de Justicia quede reducida a polvo, de la misma manera en la que ellos han intentado disolver todo intento de justicia contra quienes tienen cooptado el sistema; y si llegan a ser recordados, que sea solo como ejemplo de ineptitud y servilismo.

Que arda todo, que se consuman los mezquinos y egoístas acomodados en sus burbujas de privilegios, en el fuego de la indiferencia colectiva.

Que arda todo, para que de esas cenizas, finalmente, podamos renacer y construir otra cosa que no sea esta Guatemala de desgracias permanentes.

Foto: Fernando Barillas


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FERNANDO BARILLAS SANTA CRUZ

Periodista que ha aprendido a utilizar las letras como revolver y puente. Crítico de su país, aunque aún confía que el amor de pronto haga el milagro. Poeta clandestino, viajero cuando puede y soñador irremediable. Consultor en comunicación e integrante de Antigua Al Rescate.


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