Después de las tormentas
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La tarde que se agotó la comida en el puesto de Doña Cristina
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La manifestación del 21 de noviembre tuvo muchos relatos que coinciden en las diversas formas de violencia que se vivieron. En esta crónica vemos cierto espíritu Jekyll-Hyde de la Policía Nacional Civil. De un puesto de almuerzos al gas lacrimógeno.


La tarde empezó antes. El día, de hecho, inició temprano con la instalación de una tarima en medio de la plaza central. Y uno hubiese esperado que para el gobierno el día iniciara acordonando el congreso como acostumbran cada vez que buscan aprobar algo no popular. Como sucede desde aquella encerrona de los diputados un par de años atrás. Toman sus precauciones y en ocasiones hasta policías militares se han sumado a la seguridad perimetral. No fue así. El resultado, nunca fue tan fácil caminar frente al congreso como este sábado.

Pero en ese momento que almorzaba era imposible ponerse a pensar eso. ¿Cómo adivinar el futuro? Teníamos hambre y caminábamos al punto de convocatoria realizada por H.I.J.O.S., en el extremo del puente del Incienso que está más cercano al centro de la ciudad. El lugar me pareció el indicado porque pienso que debe haber una manera de hacer llegar esta indignación a una mayor cantidad de personas. Y no sólo hablarle a los convencidos como lo hacía La Pirulina en la tarima de la plaza central.

Entretenía en realidad. Las putadas y las palabras malsonantes entretienen aunque igual son una forma de hacer llegar mejor los mensajes. Qué se yo. Quiero ser como Oliverio Castañeda, gritaba. Hijos de la gran puta, gritaba. Cuando llegue me van a conocer, malditos, vociferaba. Y la gente se carcajeaba. Yo me carcajeaba. Seguimos caminando, abriéndonos paso entre las personas, por los lugares donde una noche antes habíamos llegado a tomar fotos a una plaza vacía.

Luego por la tarde, más personas hablarían desde la tarima, repitiendo las consignas de los carteles en diferentes tonos y enojos. Es bueno sentirse acompañado en esto, por más que la tarima pudiera parecernos o buena o mala idea, dependiendo de nuestras particularidades. Eso siempre será así. El disenso como una práctica pendiente de ejercitar y de aprender a hacerlo de manera que no signifique roturas irremediables. Alguno de esos oradores ocasionales criticó a La Pirulina porque se había tomado más minutos de los establecidos, pero con él nadie se carcajeó. De hecho, prácticamente fue lo único que se subió a decir.

En el primer lugar que encontremos comida, comemos, le dije a mi compañera de pasos y sombras. Y así fue. Encontramos a doña Cristina sirviendo almuerzos en una parrilla de esas de tonel y hierro forjado. Gel para las manos no había por ninguna parte. Ya en ningún lado en realidad, y donde supuestamente sí, te toman la temperatura en la muñeca y entonces qué más da. Ya la comida le escaseaba, pero aún nos juntó un poco de arroz y un recado con unas cuantas tortillas. Nos dimos cuenta entonces que este es un puesto a donde llegan policías a comer.

Cerca hay una estación policíaca y llegan al puesto de comida en las patrullas, en las bicicletas, con ropa de descanso, es decir, pantaloneta de equipo de futbol de barrio y playera desgastada. Uno de los que llegó llevaba una roja con una gran S en el pecho y una leyenda que decía she is my wondergirl, con una flecha señalado hacia su izquierda, señalando hacia su corazón. Toda una declaración, pensé. No importa, deme aunque sea arroz y recado, le dijo a doña Cristina, de quien supe el nombre porque una vecina la pasó saludando. Mucho gusto de verla, nos vemos, le pasó diciendo.

Doña Cristina ya no tenía comida. Y a cada policía que llegaba les decía lo mismo. Yo me sentí un poco como si le hubiese quitado la comida a uno de ellos. Esos pensamientos tan ligeros y potencialmente condescendientes que se le atraviesan a uno a cada rato. Es que como hoy no se fueron, entonces a pesar de que traje bastante comida, ya se me acabó. Lo decía con pena y yo pensaba pues que qué bueno, hoy sí lo vendió todo.

Ya vienen los manifestantes por la dieciocho calle, dijo el de la patrulla. Ya nos llevó la gran puta, reclamó uno de los policías. No sé a qué se refería con eso. Quizás el miedo o el hartazgo de tener que obedecer órdenes o de no saber hasta qué hora volvería a probar bocado. De nuevo, esos pensamientos que hasta parecen estar estampados en nuestras frentes. Vi a mi compañera y supe que ella estaba pensando algo muy similar. Uno a uno los polis pegaban la media vuelta y se iban con la noticia de la comida agotada.

Lo bueno es que por acá pueden encontrar comida en cualquier lado a esta hora, dijo doña Cristina, quien sabe si buscando perdonarse a sí misma lo de dejar a un par de policías sin comida de manera momentánea, o el miedo de perder clientes. Quedamos en el puesto mi compañera y yo, y uno que sí logró alcanzar almuerzo completo. Uno que tenía uniforme administrativo, que le dicen.

Y así empezaba la tarde, almorzando junto a unos policías en un puesto callejero. Maldecían por la mala suerte de no poder ir a casa a pasar el fin de semana con sus familias por tener que ir a pararse al parque central. Pero no como nosotros. El del uniforme administrativo desgastado se quejaba de eso y comía de manera muy lenta. Quizás buscando postergar el momento. O disfrutando del paisaje de cables llenos de palomas y carros sin destino aparente. Buen provecho, le dije cuando terminamos de comer. Asintió con la cabeza y la boca llena. Pero me quedé con el “nos vemos” que solemos decir a manera de despedida. Y con el “siempre con cuidado”, también.

Llegamos al punto de reunión y enfilamos hacia la plaza, no sin antes recorrer una cuadra adentro para hablarle desde un megáfono a los vecinos que salían a las puertas a recibir un papel, donde uno de los Arzú literalmente se lleva semejante trozo de comida a la boca sentado en la banca de la presidencia del congreso. Algunos de los vecinos asentían de manera breve con la cabeza. Otros, a lo suyo. A lo que te toca si sos de uno de los barrios de la periferia. Algunos tomaban fotos. Los de los carros y motos bocinaban.

Llegamos a la plaza y, desde luego, no vi al policía que comía con nosotros al iniciar la jornada. En su lugar, luego de un par de horas en la plaza, vi niños llorar. Vi ancianos trompicarse. Vi mujeres y hombres gritar con los ojos enrojecidos. Vi mujeres arrastradas y golpeadas por policías que les doblaban el tamaño. Debe ser que eso de my wonder girl sólo es si están en casa y en la cocina.

Vi a policías, como el que almorzaba junto a mí, usar la fuerza de una manera intimidante y desproporcionada. Vi fotos luego de gente y periodistas ensangrentados. Eso que sólo había visto en las noticias de otros lares fuera de la ciudad y de las fronteras. Vi policías con rabia enfermiza en la mirada. Quizás sólo querían irse a casa y comer algo, pero desde la intensa doctrina a la que son sometidos, de no poder hacerlo, les culpables éramos y somos nosotres.

Sentí el gas pimienta en la piel, en los ojos, en la respiración. Puede que la tarde del sábado 21 de noviembre, esta ciudad haya perdido algo parecido a la candidez clasemediera de agitar banderas y cantar el himno nacional los sábados en la plaza central. Puede ser. ¿Cuántos sábados irán? ¿Cuántos se necesitarán para que “dialoguen y atiendan” las demandas del pueblo? ¿Qué más se necesita? En fin, esos pensamientos que se asoman de manera repentina mientas se come, se camina y se protesta por la ciudad.

Fotografía: Engler García

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*Engler García es narrador y ciclista urbano. Ambas acciones le han hecho transitar entre la fotografía y la literatura. Editorial Cultura publicó su libro de relatos Postales.


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