Después de las tormentas
#Subjetividades
Una noche en bicicleta. Y una mañana recordándola.
Por:

Moverse en la ciudad, reflexionar sobre el tiempo. Mirar al cielo y preguntarnos quiénes somos. Pedalear por la ciudad y perdernos en la realidad que nos rodea y las que nos marca por dentro. La importancia de tomarnos el espacio, aunque la realidad nos tome primero.


Esta mañana el cielo estaba gris. Octubre es gris aunque alguna vez fuera azul u otros lo vean como una especie de prenoviembre. Es decir, sí. Pero no. En el horizonte, por el lado de donde sale el sol, esta mañana había una franja de nubes finas que volvía muy blanca la luz. ¿De qué color es la luz del sol en realidad? Desde nuestros ojos, a veces es blanca, pero otras se la atraviesan las nubes y resulta siendo más blanca, o gris o de colores cuasi bucólicos como los del atardecer.

O “esmogcólicos” deberíamos acuñar y decir en la ciudad. Aunque sospecho que la academia nos mandaría por un chorizo. Pero volviendo a la luz, he visto que al amanecer también hay colores que conmueven. Es decir, en la pantalla de mi celular la mayoría de las veces, cuando despierto y las personas tuiteras, benévolas ellas, comparten sus fotos. Yo soy más de ver la luz de las tardes. Dicen que la luz de los amaneceres es más bonita que la de los atardeceres, pero yo por costumbre soy del bando de quienes dicen lo contrario.

Activo la función de hacer caminata en mi reloj, espero que termine de adecuar lo necesario para recopilar mi información corporal y de por dónde camino para llevarlo a la nube. Está sí francamente más oscura, pero es lo que hay. Así que feliz y que inicie la caminata a la oficina. Vuelvo a fijarme en la franja de luz blanca del horizonte. Es hermosa en realidad. Quisiera sacar la cámara y hacer una fotografía.

Pero no vaya a ser que me choteen y que más adelante algún amable motorista se me acerque para pedirme que le comparta la hora y las fotos. Digo, debieran ser amables. No haría falta ninguna violencia verbal cuando tu dedo índice en lugar de señalar el horizonte se pliega sobre un gatillo. Pero nada es como debería ser en Guatemala, la ciudad de la paranoia horizontal.

Así que guardo la postal en mi memoria y pretendo recordarla más tarde. Ahora por ejemplo. Pero es imposible describirla con precisión. Quizás para un verdadero juntaletras sea mucho más sencillo. Lo que sí recuerdan mis piernas es la tremenda estupidez de querer hacer ejercicio en bicicleta ayer al entrar la noche. No por la noche, sino por la ruta. No por la ruta, sino por la falta ya de costumbre.

Pero es que como tengo reloj que me dice a cada rato que me mueva, me ha dado por moverme. Ya se sabe cómo somos cuando tenemos un juguete nuevo. Ya llegará algo que me desvié la atención de eso. Por ahora, intento hacerle caso y mejorar en algo mi lamentable situación física. Supongo que esto es parte de eso que llaman la crisis de los cuarenta o algo similar. Esas cosas que predican los expertos y los que ya pasaron por aquí pero que uno dice, al carajo, eso a mí sí que nel. Pero acá estamos, acumulando años, contando pasos y por momentos viendo al horizonte.

Ayer en la noche en cambio con la mirada en el pavimento, casi me desmayaba sobre la bicicleta. Soñaba yo, aún a los cuarenta, que era Mardoqueo Vásquez, quien subió El Baúl en solitario hasta casi tropezarse en la meta con el presidente de la federación de ciclismo. Ese personaje que en su descripción de puesto debe decir que es el responsable de dar el banderazo en la meta final.

Así que lo hará obligado el pobre y porque será lo que le cuente a sus nietos y bisnietos de cuando dirigió la federación, que ese fue su mayor aporte al desarrollo del ciclismo nacional. O el desatino de celebrar una vuelta en plena pandemia, sin capacidad de mantener la distancia social y todo eso. Porque está claro que la vuelta tiene tal arraigo popular que si hay ciclistas, habrá gente queriendo verlos.

¿Pedirle a la gente que no salga a verlos? ¿O mejor evitar la tentación? ¿Evitar el descalabro por la ausencia de los patrocinios que no llegarían? ¿Asegurar ingresos a los ciclistas y que éstos no dependan del lugar al que llegan a la meta o al que finalizan la vuelta? Quizás de eso se trata ser presidente de algo y salir en las fotos dando banderazos sea una tarea para alguien más.

Pero volviendo a mi sueño, este se volvió una pesadilla. Enfilar al oriente desde el centro de la ciudad y encontrar Vista Hermosa en el camino es una mala idea si tenés más de cuarenta y si tenés mucho tiempo de no pedalear y peor aún, peligroso con tantos oficinistas estresados que vuelven a casa a observar en sus pantallas los colores de la tarde recién caída. Por suerte, aún hay orgullo. Algo al menos. Al llegar casi al final del boulevard, me sentía como Sergio Ramos en el área contraria arreando en el minuto ochenta a mis piernas para lograrlo. En todo caso, opción no había. Con tan solo mi reloj en la muñeca, las opciones eran seguir pedaleando y nada más.

Bajé luego hacia el nuevo centro de la ciudad en la zona diez, luego fui por el Trébol hasta decir basta, volvete a casa, payaso. No es fin de semana para estas vueltas. Date cuenta de que ya es de noche y que ya no sólo hay oficinistas estresados al volante, sino además, gente que gusta de manejar a lo rápidos y furiosos, es decir, a lo estúpido por las calles de esta ciudad. Esos que el fin de semana van con la familia al brunch a Tecpán y entonces van más tranquilos. A saber en realidad. Pienso que no, pero el domingo no se me dan los sueños de ciclista de fin de semana como para comprobarlo y sólo soy un perezoso cuarentón.

El horizonte sigue lleno de luz blanca. Llego a mi oficina con las piernas entumecidas porque caminar a la mañana siguiente después de semejante faena no es buena idea. Maldigo mi desgracia de estar ya en los cuarenta y ya no veinte. O por lo menos veinticinco. Pero de eso, ni siquiera una foto me queda. Apenas en la memoria aquello de pensar que el mundo sería mío. O de que al menos podía burlarme de él. Al menos ahora me burlo constantemente de mí.

En todo caso, espero que estas tardes valga la pena andar cargando mi cámara. Salí con ella porque la luna en estos días sale más o menos cuando yo también de la oficina. Ella, a irradiar su oscuridad convertida en luz por sobre la faz de la tierra. Y yo mi cansancio sin saber mucho más de la vida que al amanecer y aun preguntándome neciamente de qué se trata todo esto y qué carajos hago aquí.

Eso sí, con el conteo de pasos y calorías quemadas debidamente documentadas. Algo es algo. Y espero que una foto para compartir al menos. Ojalá las nubes sean benévolas y se larguen de una vez para que entonces sí, sea noviembre y pueda hacer clic en la postal que imagino y no tener que recurrir a describirla. Cruzo los dedos.

[También te puede interesar: La nueva movilidad, o el viejo ardid para que nada camibie. Una columna de Engler García]


*Engler García es narrador y ciclista urbano. Ambas acciones le han hecho transitar entre la fotografía y la literatura. Editorial Cultura publicó su libro de relatos Postales.


Las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan los criterios editoriales de Agencia Ocote. Las colaboraciones son a pedido del medio sin que su publicación implique una relación laboral con nosotros.

TE PUEDE INTERESAR

Subir
La realidad
de maneras diversas,
directo a tu buzón.

 

La realidad
de maneras diversas,
directo a tu buzón.