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Los impuestos que financian a nuestros enemigos
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Cómo se usan los impuestos de la ciudadanía guatemalteca, cómo lograr que beneficien a la mayoría y no a quienes debilitan la democracia.


Parecía imposible, pero sucedió. En algunos indicadores sociales dejamos atrás a Haití; en otros, seguimos manteniéndonos en los últimos lugares en cuanto a inversión social y en los primeros respecto a corrupción e impunidad.

Ante esta realidad, que nos refleja tal cual somos como sociedad, las políticas de austeridad deberían ser una constante, no solo en las instituciones de gobierno, sino en los organismos de Estado, partidos políticos y cualquier otra entidad que tenga que ver con la cosa pública.

Las cifras en torno a la desnutrición crónica vienen en ascenso desde el año pasado, y a pesar de que Alejandro Giammattei definió el combate al hambre como la principal prioridad de su gestión, la ayuda y la ejecución de acciones concretas en el Corredor Seco siguen esperando.

Debería considerarse una vergüenza, a lo mejor una obligación, cuidar cada centavo del erario y priorizarlo en función de combatir la tremenda desigualdad que arrastra pesadamente el país. Pero pasan los años, los gobiernos; los indicadores se agudizan y el dinero simplemente no llega a donde debería llegar.

A la vista se encuentran las flamantes obras inútiles y sobrevaloradas de Jimmy Morales: el mega libramiento de Chimaltenango, que no duró en pie ni seis meses, y las biobardas instaladas sobre el río Motagua, que costaron Q18 millones y que parecen más un coladero que barreras recolectoras de basura. La corrupción y la desidia hasta nos han convertido en pésimos vecinos. 

El presidente actual, por su parte, derrochará en su primer año unos Q4.5 millones en salarios para una veintena de asesores poco capacitados que integran el cuestionado Centro de Gobierno, encabezado por su más cercano colaborador. Allende la discrecionalidad con la que esta instancia ha sido manejada, la misma solo duplica labores que le corresponderían exclusivamente a los ministerios, secretarías y al mismo vicepresidente.

El Congreso ha aprobado millones de dólares en préstamos, para que Giammattei tuviera la oportunidad de atender sin pretextos la crisis sanitaria del COVID-19 de forma eficiente. Sin embargo, a la fecha los niveles de ejecución son bajísimos y la ciudadanía está por su propia cuenta enfrentando la pandemia.

El mandatario recibe desde la semana pasada tratamiento especial, tras haber sido contagiado por ese mismo virus que ha combatido a medias. En contraste, el personal médico en los hospitales públicos sigue atendiendo a centenares con esta enfermedad, pero con muchas más precariedades, sin recibir su pago a tiempo e incluso viendo impotente cómo le reducen su salario sin ninguna explicación. En medio de ello, está a punto de enfrentar un rebrote colectivo con iguales o peores condiciones que al principio de la emergencia.

Vemos entonces cómo las prioridades de quienes manejan las riendas del país están distantes de las verdaderas necesidades de la gente. Los impuestos no están siendo canalizados para restaurar el tejido social o al menos para atender de manera eficiente las crisis sociales, sanitarias o económicas actuales. No está pasando eso.

Los impuestos, nuestros impuestos, no solo se están malgastando en obras mal diseñadas, sino en salarios no merecidos, privilegios, caprichos, absurdos y nimiedades.

Ahí están algunos diputados, esos que integran el Pacto de Corruptos, suspendiendo reuniones de las comisiones legislativas que integran para reunirse a celebrar el cumpleaños del presidente del Congreso quien, aun arrastrando su tanque de oxígeno, tiene el ánimo suficiente para disfrutar de buenos cortes de carne y unos wiskis.  Esas cuentas del restaurante de la zona 10 las pagamos nosotros.

Ahí está la ex primera dama, descubierta utilizando el dinero que correspondía al fortalecimiento y formación política de su anterior partido, en compras de supermercados, salones de belleza, pago de trabajadoras domésticas y seguridad; gastos que le competirían a ella desde el ámbito personal y que nosotros estamos absorbiendo.

Tuvo el descaro de malversar los fondos otorgados por el Estado en detrimento del partido político que encabezó por años. Luego nos lamentamos por el hecho de que nunca en este país logramos consolidar instituciones partidarias serias, pues los mismos se convierten en meras cajas chicas de sus dirigentes.

Y aquí estamos también nosotros, pagándole la buena vida a quienes nos destruyen, a quienes nos impiden crecer como país; a quienes frenan cualquier iniciativa que busque enfrentar de manera estructural nuestros verdaderos problemas.

Nos hemos acostumbrado a criar sanguijuelas en vez de servidores públicos y seguimos sin reaccionar. Esperamos y esperamos. Nos enfocamos en nuestro día a día, trabajamos para obtener un ingreso, del cual destinamos un porcentaje en impuestos con el que financiamos, a lo mejor sin mucha conciencia de ello, a nuestros peores enemigos.

¿Cuándo nos iremos a animar a sacar finalmente al yerno del garaje?

[Te puede interesar: Un país abierto. Una columna de Haroldo Sánchez]


FERNANDO BARILLAS SANTA CRUZ

Periodista que ha aprendido a utilizar las letras como revolver y puente. Crítico de su país, aunque aún confía que el amor de pronto haga el milagro. Poeta clandestino, viajero cuando puede y soñador irremediable. Consultor en comunicación e integrante de Antigua Al Rescate.


Las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan los criterios editoriales de Agencia Ocote. Las colaboraciones son a pedido del medio sin que su publicación implique una relación laboral con nosotros.

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