Te respondo 8 preguntas frecuentes acerca de acoso sexual
Por:

El acoso es una práctica derivada de varias lógicas de poder que atraviesan estructuralmente nuestras sociedades, el cambio cultural ante esta realidad pasa también por las preguntas y la reflexión, de ahí la necesidad de textos como este de la cineasta costarricense Laura Astorga que responde a una serie de preguntas a una segunda persona que, a lo mejor, eres tú.


  1. ¿Por qué nos paraliza el acoso?

Desde bebés las mujeres somos socializadas para ser sumisas. Nadie nos dice que lo seamos, pero desde muy pequeñas se nos empuja a ser conciliadoras, pacíficas y comprensivas. Todo esto sin levantar la voz, sin perder la gracia, sin ensuciarnos ni despeinarnos. Precisamente es por esto que las mujeres, a pesar de sentir repulsión frente al acoso, no respondemos instintivamente con rechazo, sino que lo más usual es la parálisis. 

Que nos acosen es un punto relativamente elevado en la pirámide de la violencia de género; sin embargo no sabemos reaccionar ni a este, ni a casi ninguno de los peldaños que componen la mentada pirámide.

Nosotras estamos tan programadas socialmente a no reaccionar con violencia a los peores tipos de violencia, que cuando alguna fuga y se atreve a gritar o a denunciar, entonces resulta que se nos tacha de buscona, problemática, violenta, arruina-carreras, escaladora, resentida. 

Con la romantización de la violencia, se nos infunde que el acoso sucede porque se nos adora y esa adoración deriva en locura y pasión. Además, tienen que entender que los perpetradores se sienten encantadores y magníficos; por lo tanto nosotras, las mujeres a las que ellos eligen, deberíamos estar agradecidas y honradas. Desde la literatura hasta la telenovela, nosotras no tenemos referentes positivos de mujeres que se atrevieron a desafiar esa “adoración”. 



  1. ¿Por qué no denunciamos antes?

En la mayoría de los países donde existen datos, menos del 40% de las mujeres buscamos algún tipo de ayuda, y las que lo hacemos recurrimos a familia o amigos. Muy pocas confiamos en mecanismos oficiales, y la mayoría de nosotras nos lo guardamos.

La narrativa popular resta credibilidad a las denunciantes por: la hora de la noche, el escote, la falda, las segundas intenciones, cuan arpías somos. Toda esta construcción pesa  cuando la funcionaria del sistema judicial o del entorno laboral asume que estás mintiendo. Ella probablemente no está formada para creerle a las mujeres y reacciona,  involuntariamente o no, desde la misoginia dudando y cuestionando si lo vivido clasifica como acoso o abuso. Pero asumamos que toma la denuncia y procede, automáticamente la denunciante pasa de ser víctima de acoso sexual a ser víctima de acoso laboral. Esta seguidilla de obstáculos crea un sistema de impunidad a favor de los acosadores. 

Lo que sucede funciona pedagógicamente: una mujer denuncia, queda estigmatizada, es marginada, no se le protege y es motivo de burla. Con estos nosotras rápidamente aprendemos que no nos conviene denunciar.



  1. ¿Quienes son los acosadores? 

Lo primero que hay que entender es que no son ni monstruos ni pervertidos, de hecho, en la mayoría de los casos son gente que el único poder que ostenta es el de ser hombres en un sistema patriarcal. Eso quiere decir que, por el sólo hecho de haber nacido varones, el sistema les da más oportunidades, más credibilidad, más movilidad y más recursos que a nosotras. Los acosadores vendrían siendo ya no unos sanos hijos del patriarcado, sino unos herederos vigorosos de dicho sistema.

Ahora bien, a mayor poder más normalizado está el acoso, más permisivo es el entorno y más elocuente es la justificación. Además, los poderosos tienen la viciada tendencia a protegerse unos a otros: Strauss-Khan, Cosby, Allen, Weinstein, Polansky, Spacey, Epstein, Trump, y sigue.

Volvamos brevemente a lo de ser monstruos. Allen además de acosar, se casó con la hija adoptiva que él mismo crió: eso es monstruoso. Weinstein acosó y contrató matones para evitar que sus víctimas lo denunciaran: eso es monstruoso. Epstein era pedófilo y acosó a niñas, pero además perpetró trata y pederastia con ellas: eso es monstruoso. También sigue.

La mayoría de los acosadores son sólo eso, acosadores; pero como tienen el ‘permiso social’ de cometer acoso, es bastante probable que a más poder se tornen más monstruosos.



  1. ¿Por qué lo hacen? 

Lo hacen porque pueden. Porque no se implementan los protocolos que la ley propone. Porque no se considera de salud pública frenar el acoso y el abuso. 154 países en el mundo disponen de legislación sobre acoso sexual. Sin embargo, contar con una ley no garantiza que ésta se aplique. Lo grave del sistema es que opera a nivel estructural, pero las afectaciones se sienten a nivel personal y en aislamiento, por el hecho de no confiar en la justicia para enfrentarlo.

Esto también funciona pedagógicamente: un hombre es denunciado, no se le condena, no pierden ni su trabajo ni a su familia, de hecho el sistema lo protege y es motivo de solidaridad colectiva. Con esto ellos también aprenden que pueden seguir acosando.



  1. ¿Esto se detiene desde la cultura o desde la ley?

¿Se acuerdan de Gutiérrez, el administrador de ECOMODA en Yo soy Betty la fea? Gutiérrez era un acosador sexual y laboral muy virulento y totalmente impune. Cuando Aura María, la recepcionista, se atrevió a enfrentarlo (en privado, sin apoyo de la empresa), la amenazada de despido fue hacia ella, y no a Gutiérrez. ¿Cómo podíamos esperar que fuera distinto, si Armando, Mario y Daniel eran igual de acosadores solo que más sofisticados? 

Desde hace unos 5 años y hasta hoy los hashtags #MeToo y #MiPrimerAcoso han cuestionado el sistema y se ha extendido la idea de que las mujeres no mentimos. Este brote de consciencia en derechos humanos a nuestro favor empieza a crear nuevas pedagogías. Es decir, nos urgen variables de Yo soy Betty la fea en donde un Gutiérrez enfrente la ley por acoso sexual; y unos Armando, Mario o Daniel, cumplan castigo por hostigamiento sexual.

La ley es coyuntural, no cotidiana, la cultura sí es de uso diario. La cultura es nuestro espacio de intercambio social, nuestra religión, nuestro lenguaje, nuestros gustos, las historias que posteamos, los hashtags que creamos. Entonces las leyes per se no serán la vía del cambio, será el uso cotidiano que hagamos de ellas desde la cultura. Y donde no haya ley, ya sabemos, las prácticas y la necesidad de garantizar esos derechos, la fomentarán.



  1. ¿Cuales son las medidas personales, empresariales e institucionales a tomar?

La definición de violencia sexual de la Organización Mundial de la Salud es “todo acto sexual, la tentativa de consumar un acto sexual, los comentarios o insinuaciones sexuales no deseados, o las acciones para comercializar o utilizar de cualquier otro modo la sexualidad de una persona mediante coacción, independientemente de la relación de esta con la víctima, en cualquier ámbito, incluidos el hogar y el lugar de trabajo”. También puede haber violencia sexual “si la persona no está en condiciones de dar su consentimiento por ebriedad, bajo los efectos de un estupefaciente, dormida o mentalmente incapacitada”.

Según el Banco Mundial, en 59 países las mujeres no están legalmente protegidas contra el acoso sexual en sus lugares de trabajo a pesar de que estos lugares de trabajo saben de los altísimos costos de las potenciales demandas judiciales por acoso sexual. 

Urgen medidas para prevenir o revertir el acoso sexual: redactar protocolos efectivos, definir mecanismos de respuesta, seguimiento y protección a la víctima, involucrar activamente a los hombres en el cambio de modelos de conducta. 

El Fondo Monetario Internacional ha dejado claro que proveer protección jurídica contra el acoso sexual crea un entorno en el que las mujeres tienen más probabilidades de ser activas económica y financieramente. Las que viven en países con una cultura de mayor protección contra el acoso sexual, tienen más probabilidades de aumentar sus cuentas bancarias, pedir préstamos y ahorrar. Esto decanta en un aumento del crecimiento económico y la productividad, un incremento de los beneficios para las empresas y una mayor estabilidad económica. 



  1. ¿Qué pasaría con la economía global si viviéramos libres de acoso?

Nada daría más alivio. Por ejemplo nunca más haríamos una denuncia de acoso sexual y, por lo tanto, no perderíamos ese tiempo, ni ese trabajo, ni seríamos condenadas socialmente por denunciar. Viajaríamos mucho más porque iríamos muy confiadas, podríamos escalar en nuestras carreras gracias a que nos expondríamos más al roce laboral. Terminaríamos la carrera, la tesis, el posgrado; porque jamás un episodio de acoso decantaría en que no volvamos a la facultad con tal de no ver a nuestro acosador.

Podríamos, por ejemplo, ir a almorzar o cenar con nuestros jefes y colegas, sin que esto signifique un riesgo. Podríamos mantener reuniones a puerta cerrada, sin tener que prever una conducta impropia. En los viajes de trabajo podríamos ser genuinamente  amistosas, dado que los colegas varones nunca suscitarían una falsa camaradería que acabara en acoso. Nadie nos pediría el número de teléfono en vías de molestarnos. Ningún jefe se arrimaría demasiado durante un trayecto en taxi, y menos se apoyaría en nuestro torso mientras posamos para una foto. No nos juzgarían más como potencialmente problemáticas o extremadamente susceptibles por haber denunciado acoso, porque habría una cultura ‘libre de acoso sexual’ dónde la denuncia fuese la reacción habitual.

Sería dar un salto exponencial hacia la igualdad en menos de 5 años. Esto haría que las finanzas de las mujeres fuesen mejores y la economía global mejoraría inmediatamente cuando por fin las bolsas de valores señalen que la erradicación del acoso sexual ha provocado un auge económico incluso en tiempos de COVID.



  1. ¿Qué implica el mea culpa de los hombres? 

Salvo 4 o menos excepciones, la mayoría de los varones que conozco viven el acoso hacia nosotras de manera intangible y no acaban de entender que justo eso es parte del problema. Ignoran que en nuestra adolescencia y juventud éramos igual a ellos, romantizando la violencia y siendo. La misoginia no es un hecho violento aislado, es más bien un mandato cultural que funciona en una sola vía: todos en contra de las mujeres. 

¿Qué nos hizo cambiar? Descubrir que ser mujer nos podía costar la integridad y la vida. Lloramos, reflexionamos, nos acompañamos y finalmente nos educamos. Tuvimos que estudiar y entender a otras mujeres. Aprendimos a admirar y a respetar a otras mujeres. Toda nuestra vida adulta es un constante desencanto del amor y la distribución de los cuidados. 

Mea culpa es una expresión en latín que literalmente significa “por mi culpa”, pero el imaginario popular se ha apropiado de la expresión y ahora también significa la voluntad de compensar los daños de esa culpa. 

Si resulta que eres un hombre en vías de deconstrucción y te cuestionas tus privilegios; entonces no guardes silencio y empieza con tu mea culpa. Pero primero escucha y reflexiona, reconoce que has abusado de tu poder, que has sido cómplice, que has acosado, que has sido parte de dinámicas misóginas, que has condonado con tu silencio a otros abusadores, y que has dado la espalda a las víctimas. Que haya muchísimos hombres en la posición de victimarios no te hace menos culpable.

Si estás en plan empatía con las víctimas, tienes que dejar de llamarnos en singular: la mujer; porque somos miles millones de mujeres, a las que casi siempre viste como subordinadas.

Y no, no estamos dando ninguna oportunidad, estamos sobreviviendo como bien podemos. Como antes dije, hemos sido socializadas para ser sumisas por lo tanto alcanzar rabia y enojo, para nosotras, es sagrado. La rabia significa que nuestra deconstrucción ha calado, y finalmente podemos responder al acoso con repulsión. Pero esa rabia no la estamos descubriendo hoy. Llevamos décadas de anhelarla. Por eso no nos pidan nada, que ya hacemos bastante sobreviviendo y siendo funcionales en estas deplorables condiciones.

No sólo vale reconocer tus faltas, hacen falta tus acciones compensatorias. La conversación profunda la tienen que tener entre ustedes, que nosotras llevamos más de 3 siglos teniendo la nuestra a la que ustedes le llaman brujería de puro miedo. Su tarea es compensar, aprender, escuchar, leer, auto corregirse y corregir a otros varones.

Lydia Cacho, periodista y activista, señala que los hombres son el verdadero problema, y no los vemos salir a protestar por la violencia que ejercen otros hombres en su entorno. Pero también los hombres son quienes tienen la solución al problema porque son quienes ejercen el poder.

Las afectaciones que la violencia nos impone son infinitas y ya entendimos que la legislación no es suficiente. Eliminar el acoso puede transformar, transformar vidas, sociedades, economías. Nosotras ya dimos el paso, los que ahora deben darlo son ustedes


[Te puede interesar: UVG destituye a decano de Ciencias Sociales tras denuncias por abusos sexuales]


*Laura Astorga Carrera

Directora, guionista, productora y autora de Costa Rica. Hice Ellas se aman 2008 y Princesas Rojas 2013, y ahora Infierno Verde (en desarrollo). En narrativa hago Escuela de Zorras y Picaresca Feminista, relatos bio-políticos. Activismo en derechos humanos, diversidad funcional (discapacidad) y feminismos. Tengo un proyecto de investigación en constante expansión llamado SEXISMÓGRAFO, que es un combinado pedagógico que detecta y redime el sexismo en el massmedia.


Las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan los criterios editoriales de Agencia Ocote. Las colaboraciones son a pedido del medio sin que su publicación implique una relación laboral con nosotros.

TE PUEDE INTERESAR

Subir
La realidad
de maneras diversas,
directo a tu buzón.

 

La realidad
de maneras diversas,
directo a tu buzón.