El costo de nombrarse LGBTIQ+ en el activismo guatemalteco

En un país que atraviesa constantemente violencias sistemáticas y experiencias cotidianas de exclusión, vale la pena que hagamos una pausa incómoda pero necesaria: ¿A quiénes estamos señalando cuando hablamos de deuda con la población LGBTIQ+? Porque no solo se trata de los mismos sectores tradicionales, sino también de aquellas personas, colectivos y figuras políticas que se nombran como aliadas de la diversidad, pero que en la práctica sostienen su invisibilización.

En Guatemala, cuando hablamos de la lucha por los derechos humanos, estos se suelen presentar como un esfuerzo colectivo, amplio e incluyente. Sin embargo, en la práctica, la población LGBTIQ+ …

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Oscar Donado

En Guatemala, cuando hablamos de la lucha por los derechos humanos, estos se suelen presentar como un esfuerzo colectivo, amplio e incluyente. Sin embargo, en la práctica, la población LGBTIQ+ continúa siendo relegada incluso dentro de estos mismos espacios que se autodenominan «defensores de la dignidad humana». Esta contradicción se vuelve especialmente evidente en fechas como el Día Internacional contra la Homofobia, la Bifobia y la Transfobia (17 de mayo) cuando abundan los pronunciamientos simbólicos, pero escasean los compromisos políticos reales.

Cuando hablamos de invisibilización, esta no solo proviene de actores conservadores o abiertamente antiderechos. También emerge desde sectores progresistas que evitan nombrarnos explícitamente como personas LGBTIQ+ dentro de sus agendas, llegando a priorizar discursos «más amplios y menos controversiales» o simplemente llegan a categorizarnos bajo una etiqueta de «población de segunda categoría» o «poblaciones en vulnerabilidad» . Por lo general, omitirnos responde a cálculos políticos donde se asume que reconocer a la diversidad sexual y de género implica perder legitimidad, incluso de riesgo electoral.

Lo más preocupante de estas prácticas es que esta lógica también atraviesa a liderazgos emergentes, y sabemos que no ocurre sólo porque sí, sino como efecto de un sistema político y social que nos castiga y nos excluye. En ese contexto, las personas LGBTIQ+ que acceden a espacios políticos muchas veces optan por camuflar su identidad o distanciarse de las luchas comunitarias que les permitieron llegar ahí, no solo como decisión individual, sino como una forma de supervivencia dentro de estructuras que siguen siendo excluyentes. Sin embargo,  cuando «nombrarse tiene un costo político» esta idea se normaliza como una regla y el sistema se reproduce sin resistencia: la representación se convierte en simulación y la incidencia en una oportunidad desperdiciada.

El Día Internacional contra la Homofobia, la Bifobia y la Transfobia no debería ser solo una fecha para discursos vacíos o un post de Instagram, sino un llamado a la coherencia. No basta con ondear banderas un día al año, o hablar de violencia basada en género desde una mirada tradicional, si en la práctica se continúa silenciando a quienes  necesitan visibilidad y respaldo cuando el discurso global nos sigue sentenciando a ser un enemigo. 

Nombrarse y nombrarnos no debería ser un acto de valentía aislada, sino una condición básica de cualquier proyecto democrático genuino. Porque, sin ello, la inclusión seguirá siendo una promesa vacía.


Texto: Bryan Sawerbrey, coordinador de proyectos.

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