Cada domingo Francisco Ortiz luce igual que el anterior. Despierta a las cinco de la mañana, realiza los quehaceres del hogar y asiste a la iglesia. Al medio día almuerza …
En resumen
- Cada domingo, un parqueo del Centro Histórico se transforma en ring. Entre luces, máscaras y gritos, la lucha libre mantiene viva una tradición familiar.
- Princesa Luna venció a Metálica, pero también al machismo. Se coronó campeona en la Arena Planeta de Campeones, donde las mujeres también brillan.
- La lucha libre en Guatemala es pasión, herencia y comunidad. En este ring el público es el alma y las nuevas generaciones el futuro.
Cada domingo Francisco Ortiz luce igual que el anterior. Despierta a las cinco de la mañana, realiza los quehaceres del hogar y asiste a la iglesia. Al medio día almuerza con su hija y unas horas más tarde sale de su casa, cerca al Cerrito del Carmen, en la zona 1.
Ortiz se encuentra con Víctor Morales, su vecino y amigo «de toda la vida». Juntos caminan hacia la 8a. avenida y 16 calle de la misma zona, como lo han hecho por años. Son más de dos kilómetros de ida y dos de vuelta.
No recuerdan cuándo comenzó la tradición, pero a sus 83 y 84 años, están seguros de querer mantenerla.
Llegan puntuales al encuentro que inicia a las cinco de la tarde. Solo una manta revela que el parqueo AAA hoy, domingo, no es un estacionamiento de vehículos. Es la Arena Planeta de Campeones, la casa de lucha libre de la productora Cuatro Esquinas.
Adentro, dos graderíos y al menos cuatro bancas cubren las paredes. Están ocupadas por unas cincuenta personas que esperan el inicio del espectáculo. En el centro se encuentra el ring.

La música de los altoparlantes resuena a alto volumen. Cambia de géneros con velocidad: de cumbias, a reguetón, a banda regional. Conversar se vuelve una tarea casi imposible.
Ortiz y Morales observan a un niño jugar en el ring. Tiene una máscara de luchador, misma que se encuentra dibujada en su playera. Lanza golpes, brinca, gira en el aire y cae sobre la lona.
Su familia lo observa desde el graderío. Una hora más tarde, cuando los enfrentamientos hayan iniciado, el pequeño coreará «¡Técnicos, técnicos!», junto al resto de la afición, en apoyo al equipo de luchadores que enfrenta a los «Rudos».
Algunas personas hacen fila en la venta de comida, en una esquina. Es atendida por Saraí Sabán, de 22 años, y su mamá. Venden tostadas con salsa, guacamol, frijol y chomín, rellenitos, gaseosas, café y agua. El menú cambia cada domingo.
La familia Sabán inició el servicio de comida unos meses atrás. Sin embargo, Saraí ha asistido a la lucha libre desde niña. Su abuelo fue un luchador conocido como Mano Negra.
Las luces se apagan. La música se detiene. Flashes de colores, como esos que se usan en las discotecas, inundan el espacio.
La lucha libre está por comenzar.
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Su pelea es la estelar de la noche. Princesa Luna sube al ring. En la espalda lleva una capa negra que le llega hasta los pies. También una corona brillante. En unos segundos se enfrentará a Metálica, una luchadora salvadoreña que expone su título del campeonato de la Arena Planeta de Campeones. Es en un duelo a tres caídas.
Princesa Luna se quita la capa y la tira al suelo. El público le aplaude. No son más de 50 aficionados, pero su emoción es evidente. En su traje gris destacan dibujos de luna color plateado.
Suena la campana. Metálica se abalanza y toma el control. En un par de minutos, carga a Princesa Luna y la inmoviliza, provocando que se rinda. Gana la primera caída.
Se levantan.
Ambas luchadoras tiran golpes y patadas, aplican llaves y se mueven a un ritmo coreográfico. Con una llave, Princesa Luna gana la segunda caída.
«¡Vamos Luna!», corea el público entre aplausos para la guatemalteca e insultos para la salvadoreña. La luchadora se recupera, hace tropezar a Metálica con una zancadilla y logra que caiga.
Los minutos pasan y Princesa Luna sigue encendida. Con una llave logra que Metálica caiga de nuevo. La siguiente caída definirá a la ganadora.

Metálica se escabulle entre las cuerdas y desciende del ring. Luna la persigue. Ahora luchan a la altura del público que se enciende más en favor de Princesa Luna.
El cansancio comienza a notarse en el rostro de Metálica, que tomó un color rojizo. Tose y se sienta en uno de los graderíos, donde un aficionado la anima a continuar.
«¡Dele, dele!», grita otro cuando Princesa Luna se acerca.
Luego de un cruce de golpes y más insultos para Metálica regresan al ring.
Princesa Luna aplica la «Mendoza especial», una llave creada por Jorge Mendoza, una de las leyendas de la lucha libre guatemalteca. Su contrincante se rinde y con ello el árbitro, Jose Luis Pérez, la declara campeona.
Luna recorre el ring, mientras alza las manos. En los altoparlantes, suena una canción de los Tigres del Norte. «¡Sí se pudo, sí se pudo!», grita la afición, entre aplausos.
«¡Fue un robo!», grita un solo hombre entre el público. Otro lo insulta y lo obliga a callar.
Lograr esa reacción del público no fue fácil. No lo es para las mujeres luchadoras. «A las mujeres nos ven como el sexo débil. Cuando yo empecé, casi solo habían hombres», recuerda Princesa Luna tras el enfrentamiento.
Ahora lleva dos cinturones: el del campeonato de parejas que ganó junto a su compañero Zaeta y el que acaba de recibir.
En el público se encuentra su mamá. Grita y le da ánimos, como el resto de aficionados. Fue ella quien la llevó a la lucha libre por primera vez, cuando era niña.
«Me siento muy contenta y a la vez triste porque no están las personas que me inspiraron a esto: mi abuelo (Mano Negra) y mi tío», dice Luna al recordar que ambos fueron luchadores.
Eso caracteriza a la lucha libre en Guatemala. Es, sobre todo, una tradición familiar.
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Las personas continúan acercándose a la arena. Las recibe una mujer con vestido de gala, que cobra el ingreso. Pide Q25 por persona y, a cambio, entrega un boleto.
“¿Eres mami?”, pregunta a cada mujer con boleto. Es 11 de mayo y ayer fue el Día de la Madre. Hoy la productora entrega bolsas de imitación de cuero, del tamaño que se usan para ir al mercado, y macetas con suculentas con el logo de la arena a todas las mamás.
La mujer es Krishanda Rodas, reina de belleza e hija de David Rodas, otra estrella de la época de oro de la lucha libre en Guatemala. Su hermano, Cachorro Davis, es luchador y el principal responsable de la productora, hogar de 37 luchadores.
La Arena Planeta de Campeones fue creada en 1995 por David Rodas, quien también creó un gimnasio especializado para luchadores, ubicado en el Centro Histórico. En él, entrenaron personajes como Máscara de Plata II, quien, treinta años después, continúa luchando con la productora.
En sus treinta años, la arena se ha ubicado en distintos puntos. Desde 2014 funciona en el parqueo AAA. Hay lucha libre todos los domingos. A veces, las instalaciones están llenas de público y otras la afluencia es menor.
Con el paso del tiempo, la familia Rodas ha desarrollado estrategias para alcanzar nuevos públicos. Ahora, lo hacen por medio de redes sociales como TikTok, la «especialidad» de Krishanda Rodas. Durante las peleas su hijo adolescente corre y graba a los luchadores con un celular, un pequeño reflector de luz y un estabilizador.
Organizar los encuentros no es una tarea fácil. El proceso inicia los días lunes, cuando la familia se reúne para identificar las nuevas rivalidades y definir cómo dar seguimiento a los enfrentamientos del día anterior. La siguiente reunión es el miércoles y luego, el viernes. Hasta que todo esté listo para emocionar al público en el siguiente encuentro.
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La lucha libre se inició en México a mediados del siglo XIX, según Mexicana, la plataforma de información de la Secretaría de Cultura del país vecino. Casi un siglo después, en 1933, abrió la Arena Modelo, con sus primeras instalaciones dedicadas a esta disciplina.
A Guatemala llegó en 1948, cuando se realizaron las primeras presentaciones en el cine Palace, con luchadores mexicanos. En la siguiente década, los primeros guatemaltecos, como Máscara Roja, Máscara Negra y Aristides Pérez, practicaban la disciplina.
Dos décadas después, la lucha libre alcanzó su época dorada en Guatemala. Los enfrentamientos se transmitían en la radio y luego, en la televisión. En 1972 se disputó el título de Champion Du Monde en el Estadio Doroteo Guamuch Flores (antes Mateo Flores), con 25 mil espectadores.
Las primeras arenas de lucha libre y los primeros gimnasios dedicados a la disciplina surgieron en los años ochenta. Para este momento, la mayoría de luchadores que se presentaban en el país eran guatemaltecos.

En el pasado, los luchadores entrenaban por lo menos tres veces a la semana. También practicaban otras disciplinas como futbol y lucha libre olímpica como parte de su condicionamiento.
Hasta hace quince años, la disciplina también se trasladaba fuera de la ciudad capital. Los aprendices se presentaban en las ferias departamentales. Cuando sus entrenadores los consideraban lo suficientemente preparados, debutaban en una arena de la ciudad como luchadores profesionales.
«Estuvimos luchando en Sololá. Íbamos a Huehuetenango y a Xela. Recuerdo que tuvimos un bonito evento para la feria de Catocha (Santa Catarina Mita, Jutiapa) en el 2013. Ya en el 2014, subí como luchador profesional en esta arena», recuerda Zaeta, quien hoy continúa luchando en la Arena Planeta de Campeones.
Hoy, la disciplina se ha transformado. Los días en los que la mayoría del combate sucedía en el suelo quedaron atrás. Ahora, se privilegia «lo aéreo», aquellos movimientos que implican saltar, flotar en el aire y caer, con un estruendo que inunda la arena, en la lona del ring.
La lucha libre ha enfrentado momentos difíciles. En 2020, cuando la pandemia de Covid-19 paralizó el mundo, los encuentros fueron suspendidos.
La Arena Planeta de Campeones los retomó dos años después, cuando el gobierno de Guatemala levantó las restricciones para los eventos públicos y aglomeraciones.

El interés por la disciplina continúa. Aún hay luchadores que comienzan a entrenar en su adolescencia. Lady Silver es una de ellos. Se preparó desde joven junto a su tío, también luchador, y debutó con apenas 16 años.
Hoy tiene 19 y, aunque han pasado tres años, sigue sintiendo la misma adrenalina.
«Por ahí dice que si dejás de sentir nervios antes de subir (al ring), es porque ya no sentís nada por la lucha», dice sonriendo.
Nuevos luchadores continúan debutando en la arena. Algunos contactan a la productora por medio de redes sociales. En su día a día, tienen otras profesiones. Son técnicos de aire acondicionado, contadores, amas de casa y niñeras. Otros, son personas que ya trabajaban en la arena: montaban el ring, levantaban las capas de los luchadores o cobraban la entrada en la taquilla.
La dinastía Rodas está segura de que la lucha libre es una disciplina que no puede (ni debe) morir. “Es una cultura de más de setenta, casi ochenta años. Después del fútbol, es el deporte que tiene más público”, dice Cachorro Davis.
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Son más de las ocho de la noche y acaba de finalizar el último de los seis enfrentamientos de la jornada. Los niños se apropian del ring. Como sus héroes, lanzan golpes al aire, saltan y caen en la lona.
Ellos son el grupo objetivo de la lucha libre actual. Los «personajes», es decir, la identidad de los luchadores, son creados para los niños, dice Cachorro Davis.
El público se comienza a retirar. Mañana es lunes y, como el resto de la semana, deberán madrugar. La mayoría se dedica al comercio informal.
A Francisco Ortiz, toda la dinámica le trae recuerdos. Él también fue luchador durante unos cuarenta años de su vida, con el nombre Torbellino. Empezó en la disciplina por la invitación de un vecino mayor. «Pasaba a traernos para que no anduviéramos en “malos pasos”», recuerda.
No tiene un luchador favorito. Todos son ya sus amigos, dice. La Arena Planeta de Campeones más pareciera eso, una reunión de amigos. Los asistentes saludan y conversan. Durante los enfrentamientos, bromean y, a gritos, exigen que las estrellas mejoren el espectáculo.
Es este público, que la familia Rodas define como «apasionado», el que mantiene viva la lucha libre en Guatemala. Esa que en los años setenta y ochenta llenaba gimnasios y grandes escenarios.
«Uno hace lo que le gusta, lo que le apasiona, pero, ¿de qué sirve que estén las instalaciones y los luchadores sin público? Ellos son los principales, nosotros nos debemos a ellos», dice Máscara de Plata II.
Subir al ring es un riesgo. Algunos luchadores se han lesionado. Otros incluso han muerto. Las estrellas de la Arena Planeta de Campeones lo tienen claro.
Y aun así, ¿Vale la pena?, pregunto.
«Totalmente», responde Máscara de Plata II a sus más de 50 años.





