¿Quién vendrá a mirarla? Xa jun ruk’oxomal qanima – Un solo latido

¿A quién se le cuenta una vida cuando no se sabe quién vendrá a mirarla? Rosa Elena Curruchich quizá nunca necesitó responder esa pregunta. Pintó su vida como quien quería dejar constancia de algo: «yo estuve aquí, esto fue lo que viví y esta es mi forma de contarlo». 

Era de día y yo estaba sentada en el estudio cuando me llegó una obra-ventana por WhatsApp. Me asomé de inmediato. Del otro lado de la pantalla estaba una pintura …

Jimena Pons
Diseño Sofia Cabrera

Era de día y yo estaba sentada en el estudio cuando me llegó una obra-ventana por WhatsApp. Me asomé de inmediato. Del otro lado de la pantalla estaba una pintura de Rosa Elena y, dentro de ella, un territorio que todavía no conocía. Hay lugares a los que una llega primero con la vista y tan solo después con los pies. 

«Los niños los pusiero sus jergas van a bendecir», se lee en esta pintura. En menos de dieciséis centímetros de ancho, Rosa Elena hizo caber doce mujeres, siete niños y un mundo de detalles perfectamente reconocibles. Sus imágenes son pequeñas, pero el mundo que contienen no lo es.

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Los niños los pusiero sus jergas van a bendecir, de Rosa Elena Curruchich. Fotografía: Belén Zelada. Colección privada. Cortesía de La Nueva Fábrica.

A Rosa Elena no le bastó con pintar. En muchas de sus obras también escribió. Nombró personas, lugares, escenas. Dejó palabras junto a imágenes, como si unas pudieran afinar la memoria de las otras. Lo que para ella era una escena cercana, reconocible, incluso habitual, permanece hoy en sus pinturas como huella de un tiempo y un lugar. 

Las fiestas, el trabajo, las mujeres, las enfermedades, las ceremonias, incluso el terremoto. Rosa Elena pintó lo que tenía cerca, las experiencias que atravesaban su vida. Sospecho que esta pintora maya Kaqchikel no podía saber entonces de qué manera sus diminutas pinturas terminarían sosteniendo una historia. En ellas permanece una Comalapa (San Juan Comalapa, municipio del departamento de Chimaltenango) anterior a que algunas de sus prácticas se transformaran o desaparecieran. El palo volador, por ejemplo, reaparece una y otra vez en sus pinturas.

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Palo volador, de Rosa Elena Curruchich. Colección privada. Cortesía de Jimena Pons.

Vistas desde el presente, sus obras toman también la forma de un archivo construido desde dentro. Rosa Elena narró, desde su propia experiencia, el mundo al que pertenecía y, al hacerlo, consiguió que algunas vidas pocas veces contadas dentro del relato de una época permanecieran en él.

Hablo de pinturas pequeñas, diminutas, pero no todas ni siempre fueron así. Y mucho menos sirve la pequeñez para medir lo que Rosa Elena hizo. Comenzó a pintar en un momento en que, en su entorno, la pintura era entendida como una práctica masculina. Con cada pintura fue ensanchando el lugar que se le permitía ocupar como mujer. La miniatura no fue solo una cuestión de estética o destreza: fue también una manera de seguir pintando.

Uno de sus mayores actos de desobediencia fue –para quienes nos asomamos ahora a su vida– también un acto de grandeza: realizar en 1979 su única exposición individual en la Alianza Francesa. Digo desobediencia porque esa visibilidad también tuvo consecuencias. La prensa de ese momento, habló de sus pinturas, aunque a menudo la presentó primero como nieta de Andrés Curruchich y solo después como artista por derecho propio. 

Quienes han conservado su historia cuentan que, cuando la noticia llegó a Comalapa, Rosa Elena fue víctima de violencia pública y de hostigamiento para que dejara de pintar. De ahí que tomara la decisión de retirarse al monte, junto a su hermana Pilar. De ahí, también, que llegara a hacer obras tan pequeñas que podía esconderlas en la faja de su indumentaria, para llevarlas hasta la Ciudad de Guatemala y venderlas. 

Se escondió, se apartó, hizo pequeñas sus obras. Cualquier cosa antes que dejar de pintar.

Algo tenemos por seguro, ningún castigo podía borrar del todo aquello que había comenzado mucho antes. En una de sus pinturas, Rosa Elena se representa de niña, cargada por su padre, mientras él la acerca al estudio de Andrés Curruchich, su abuelo. Dentro de la escena hay otra pintura, diminuta, contenida dentro de la obra. Rosa Elena aparece mirando. Todavía no existen la Alianza Francesa, el monte, la violencia ni las pinturas escondidas en la faja. Solo una niña frente a una imagen, reconociendo quizá, antes de tener palabras para nombrarlo, aquello que algún día también sería suyo. 

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Mi abuelo Andrés de Rosa Elena Curruchich. Colección Ana Livingston Paddock. Fotografía: Belén Zalada. Cortesía de La Nueva Fábrica.

Una conversación a destiempo

¿Es una conversación a destiempo si alguien se asoma a estas imágenes décadas después? ¿Si responde con su propia experiencia? ¿Con su propio lenguaje? ¿O algunas voces encuentran maneras de seguir interviniendo en la vida de quienes vienen después?

A Angélica Serech no llegué a través de una ventana. Para llegar a ella atravesé la puerta de su estudio y me senté a su mesa, junto a otrxs compañerxs de trabajo, a escuchar su historia. Fue allí donde nos contó cómo había aprendido a tejer mirando a las mujeres de su familia. También nos contó cómo algunos de sus primeros tejidos no seguían exactamente los patrones que debía repetir y cómo, con el tiempo, aquello que podía parecer un error comenzó a mostrarle un camino propio y extenso.

La historia de Rosa Elena llegó hasta ella mucho después. Fue una invitación la que provocó el encuentro. El curador Miguel A. López concibió Xa jun ruk’oxomal qanima – Un solo latido como una conversación entre las pinturas de Rosa Elena y la práctica textil de Angélica, dos mujeres mayas kaqchikeles de San Juan Comalapa separadas por generaciones, materiales y experiencias distintas. La exposición se presentó por primera vez en el Museo Universitario del Chopo y actualmente se encuentra en La Nueva Fábrica, en Antigua Guatemala, con presentación de Ilaria Conti.

Cuando recibió la invitación, Angélica sabía poco sobre Rosa Elena. No habían coincidido en vida y tampoco existía entre ellas una transmisión directa de maestra a discípula. Para responder desde su propia práctica, primero tuvo que buscarla.

La información que recibió al principio no le alcanzó. Angélica comenzó a preguntar en Comalapa quién había sido aquella mujer que había pintado décadas antes en su mismo pueblo. Una persona la llevó hacia otra. Aparecieron nombres, recuerdos, versiones. Carlos Cuxil, Julia López, María Elena Curruchich y finalmente Pilar, hermana de Rosa Elena y una presencia recurrente en sus pinturas. La historia no estaba reunida en un solo lugar. Había que ir siguiéndola entre las voces de quienes todavía guardan algún fragmento de su vida. Y si de algo sabe Angélica es de tejer: fue poniendo esos fragmentos en relación, anudando una voz con otra, hasta reunir una imagen de Rosa Elena con la que pudo, finalmente, comenzar a dialogar.

Para entonces, Angélica llevaba años construyendo un lenguaje propio. Había llevado el tejido fuera de los patrones con los que aprendió a trabajar, incorporado otros materiales y trabajado en grandes formatos mucho antes de esta exposición. El encuentro con Rosa Elena abrió, dentro de ese recorrido, una conversación nueva.

Ese tejido de voces no se quedó en la investigación. Angélica lo llevó a las obras que creó para Xa jun ruk’oxomal qanima – Un solo latido. Y puestas unas frente a otras, la diferencia de proporciones entre ambas prácticas resulta inevitable: frente a pinturas que llegaron a caber escondidas en una faja, Mutar la piel se extiende a lo largo de ocho metros. Allí, Angélica reúne símbolos, materiales y rastros de esa búsqueda.

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Vista de la exposición Xa jun ruk’oxomal qanima – Un solo latido, con Mutar la piel, de Angélica Serech, y obras de Rosa Elena Curruchich. Fotografía: Ana Werren. Cortesía de La Nueva Fábrica.

Imagen y palabra vuelven a acompañarse. En Mutar la piel, Angélica también deja entrar las palabras. Las lleva al reverso de la obra junto con las voces que fue encontrando en su búsqueda, como si tejer la memoria de Rosa Elena implicara también cuidar a quienes todavía pueden contarla. Pero ahora, no son solo las palabras afinando la memoria de las imágenes, ni las imágenes sosteniendo aquello que las palabras nombran. Ahora es la obra honrando una memoria que ha pasado por muchas manos: alguien vivió y dejó constancia, alguien recordó, alguien contó, alguien se asomó a esa ventana y encontró otra forma de hacerla permanecer.

Detalle de Mutar la piel, de Angélica Serech. Fotografía: Rocío Conde. Cortesía de La Nueva Fábrica.

Negma Coy, poeta maya Kaqchikel de Comalapa, escribió el poema del que nace el título Xa jun ruk’oxomal qanima – Un solo latido. Cuando le pregunté por la importancia de esta exposición, volvió sobre una idea que parece atravesar también este encuentro: «nosotras también tenemos la oportunidad de escribir la historia, de dejar la huella de nuestros pasos». Tal vez eso sea lo que ocurre aquí. La memoria no solo permanece: encuentra nuevas manos, otros lenguajes y otras formas de dejar huella.

Hay un diálogo difícil de pasar por alto en esta exposición. Cada artista llega con una práctica, una historia y un lenguaje propios. Lo extraordinario ocurre en el espacio que se abre cuando esas trayectorias, separadas por generaciones, consiguen encontrarse y contarse.

¿Vas a venir a mirarla?

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Vista de la exposición Xa jun ruk’oxomal qanima – Un solo latido, con obras de Rosa Elena Curruchich y Angélica Serech. Fotografía: Ana Werren. Cortesía de La Nueva Fábrica.

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