Hoy te quiero hablar de mi obsesión de las últimas semanas: las cámaras de videovigilancia. Cuando camino por la calle, no puedo evitar buscarlas. Paseo por una banqueta empedrada de …
Hoy te quiero hablar de mi obsesión de las últimas semanas: las cámaras de videovigilancia.
Cuando camino por la calle, no puedo evitar buscarlas. Paseo por una banqueta empedrada de Quetzaltenango y cuento cuatro que unos vecinos instalaron. Me bajo del Transmetro en la zona 1 de Guatemala, y levanto la mirada para ubicar las cámaras de la municipalidad.
Son un paisaje al que ya nos acostumbramos, pero no dejo de hacerme dos preguntas que antes no me repetía tanto: ¿de quién son estas cámaras? y ¿para qué usarán las imágenes?
No te voy a mentir: me preocupan varias cosas que descubrí estos últimos meses. Las municipalidades y otras instituciones han gastado millones en cámaras con inteligencia artificial y reconocimiento facial. Pienso en la cantidad de información que tienen los centros de monitoreo, los cientos de rostros que se pueden registrar sin que las reglas para su uso estén definidas.
Antes, para mí las cámaras pasaban desapercibidas y si las miraba sentía cierta seguridad. Es lo que se nos ha dicho: que esa vigilancia sirve para protegernos.
Pero hay otra cara de la moneda que me parece que también tenemos que mirar. Los riesgos de usar esta tecnologías sin control, sin regulación y sin leyes de protección de datos y ciberseguridad, como ocurre en Guatemala.
De eso te hablo en dos temas que acabamos de publicar en Agencia Ocote:
Ahora, ¿te has preguntado quién está detrás de estas cámaras? Estate pendiente, porque esta semana te contaré más en una tercera investigación.





