No es folclor: el Rabinal Achí es memoria viva y colectiva

El Rabinal Achi es una representación teatral con origen prehispánico, cuya puesta en escena se hace cada enero como parte de una herencia viva del pueblo maya Achi de Rabinal, Baja Verapaz. Pero este drama dinástico maya no solo es un patrimonio cultural. Es memoria territorial, política y resistencia. Sobrevivió a la colonia y al Conflicto Armado Interno, cuando su interpretación se vio amenazada. Hoy enfrenta otras amenazas como la institucionalización, el espectáculo turístico y una erosión silenciosa del idioma materno.

I. El peso El Tun pesa. A las cuatro de la tarde, el sol cae sobre el municipio de Rabinal. Don Ángel Ixcopal camina despacio. Tiene más de 70 años …

I. El peso

El Tun pesa. A las cuatro de la tarde, el sol cae sobre el municipio de Rabinal. Don Ángel Ixcopal camina despacio. Tiene más de 70 años de edad. Carga un instrumento que le cuelga desde la frente hasta la espalda y es sostenido por una cinta que le marca la piel. Cada paso que da parece arrancado de su cuerpo.

El instrumento de percusión que lleva es un tun de origen prehispánico. Se construye con madera y está cubierto con cuero tensado. Es cilíndrico, compacto y antiguo. Su sonido es grave y seco, se asemeja a un latido del corazón. 

Cuando se carga un tun, el torso del cargador debe inclinarse para sostenerlo. No es por debilidad, quienes lo portan dicen que es la forma correcta de sostenerlo.

Cada 25 de enero, día de San Pablo, el Rabinal Achi, una representación teatral de origen prehispánico, se representa en el atrio de la iglesia colonial de Rabinal. No es una coreografía suelta ni una estampa turística. 

Es un parlamento que narra el juicio y sacrificio de un guerrero invasor. Un conflicto territorial anterior a la conquista española, entre los Rabinaleb (habitantes de Rabinal) y los K’iche’.

Antes de colocarse las máscaras para su interpretación, los representantes del Rabinal Achi  se detienen frente a un altar personal en la casa del director de la danza. No hay público. Solo incienso ardiendo, flores frescas y silencio.

Manuel Soloman, quien interpreta al rey Job’ Toj, participa en la obra desde que era joven. Aprendió los parlamentos escuchando a los mayores y memorizando cada línea en idioma Achi. Durante años también fue promotor cultural vinculado al grupo. Su relación con el Rabinal Achi no es solo escénica: es familiar, lingüística y política.

«Se pregunta cuál es el nahual de cada uno, para saber si su energía puede sostener el papel que será interpretado», explica.

Esta declaración que hace Soloman contiene otro mensaje, porque lo que se interpreta no se trata simplemente de teatro. Implica asumir una responsabilidad personal y comunitaria por preservar ese legado cultural.

Las máscaras que se usan durante la presentación son veladas durante siete ceremonias bajo la espiritualidad maya, que se celebran en los días previos al evento. Este proceso, la comunidad lo conoce como «despertar a las máscaras». 

Señalan que se bendicen y purifican a través del humo ritual. Ese proceso comienza en privado, no en la plaza.

En la vivienda de José Manuel Coloch, director del grupo, un altar familiar ocupa el centro de un cuarto. Allí descansan las máscaras junto a la fotografía de su padre, José León Coloch, quien le heredó la responsabilidad de dirigir la representación.

«Nosotros no somos ladinos en la patria del criollo. Somos herederos de nuestros abuelos», dice Coloch.

El día de la presentación, la procesión de San Pedro y San Pablo avanza por las calles. El sonido de otro instrumento, la chirimía, abre paso con un sonido agudo que atraviesa el murmullo del pueblo. 

Detrás caminan los intérpretes del Rabinal Achi. Sus rostros están cubiertos. Sus pasos, medidos. Ellos no cruzan el umbral del templo católico. Nunca lo han hecho. Solo acompañan.

La historia oficial suele atribuir como «salvación» del Rabinal Achi a la transcripción y publicación realizada en 1862 por el sacerdote francés Charles-Étienne Brasseur de Bourbourg, quien lo tradujo al francés tras presenciar una representación en Rabinal. 

Sin embargo, investigaciones como las de Rudd van Akkeren y la edición crítica de Alain Breton, documentan que en 1850 Bartolo Sis, artesano y bailador rabinaleb, ya había transcrito los diálogos a partir de la tradición oral que su linaje resguardaba.

La historia comunitaria sostiene otra versión: el Rabinal Achí no sobrevivió por haber sido «descubierto», sino porque alguien lo siguió recitando cuando hacerlo estaba prohibido.

El tun marca el ritmo pero pesa. Pesa porque carga idioma, el territorio; porque cada enero, hay que decidir si todavía puede sostenerse.

Don Ángel no se detiene.

II. El nombre

Rabinal es un municipio de más de 48,000 habitantes. Pero incluso aquí, donde el drama ritual se representa cada 24 y 25 de enero frente a la iglesia colonial, no siempre es reconocido de inmediato por la población.

Para presentar el Rabinal Achi, sus integrantes se preparan durante meses para cinco presentaciones que duran casi dos horas cada una.

El requisito que se solicita para formar parte de la puesta en escena es hablar y leer en idioma Achi.

«Si uno dice que no, ¿quién más lo hace?», dice Roberto Pirir, intérprete del Rabinal Achi.

El conocimiento se hereda, de padres a hijos y de abuelos a nietos. El hijo de Soloman, por ejemplo, se incorporó este año tocando el tun.  

Mientras esa transmisión de conocimiento ocurre en la casa y en la plaza, la UNESCO lo define como una danza-drama maya y el Ministerio de Cultura como un baile-drama prehispánico. El Rabinal Achí circula en folletos turísticos y figura en agendas culturales.

El antropólogo Erick García lo define como un performance que articula cuatro dimensiones: lingüística, histórica, literaria e identitaria. 

Es lingüística, porque el texto se recita íntegro en idioma Achi —una variante dialectal del grupo K’iche’ que fue reconocida oficialmente como idioma en 1987—. 

Es histórica porque conserva la memoria de disputas territoriales del periodo posclásico. Sobre la dimensión  literaria, García indica que se trata de la estructura poética de sus parlamentos; y es identitaria, porque afirma pertenencia a un pueblo específico.

En una de las escenas más poderosas, el K’iche’ Achi pide permiso para despedirse de sus montañas antes de morir. Promete regresar. El Rabinal Achi le concede 260 días y 260 noches. El tiempo se cumple y el K’iche’ Achi vuelve para cumplir su palabra.

III. Interrupción del Rabinal Achi

Entre 1981 y 1983, Rabinal fue uno de los más golpeados por la estrategia contrainsurgente del Estado. La Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH) documentó múltiples masacres en Baja Verapaz

El proyecto interdiocesano REMHI también registró cómo la militarización transformó la vida cotidiana en municipios como Rabinal: patrullas de autodefensa civil obligatorias, vigilancia permanente, estados de sitio, control sobre la movilidad y la organización comunitaria.

Reunirse en grupo podía interpretarse como subversión. Hablar en idioma materno podía levantar sospechas. Organizarse para ensayar el Rabinal Achi implicaba exponerse.

«El Ejército podía entrar a nuestras casas si sospechaba que había reuniones. Contaban cuántas colillas de cigarro había en el suelo. Si había más de tres, nos acusaban de subversivos o guerrilleros», narra José Manuel Coloch.

Cada vez que alguien faltaba —porque murió, porque se fue, porque el miedo era demasiado— otro debía asumir el parlamento para continuar el legado del Rabinal Achi. 

El Rabinal Achí exige disciplina lingüística. No basta con portar el vestuario. Hay que dominar el idioma. Hay que memorizar diálogos extensos en Achi. Aprender los movimientos. Sostener la voz.

En un país donde los idiomas mayas fueron sistemáticamente marginados y estigmatizados, sostener un drama ritual íntegro en Achi en los años más violentos, implicaba algo más que compromiso cultural. Implicaba riesgo.

En los años ochenta, mientras el Estado desplegaba una estrategia de control territorial basada en la fuerza militar, el Rabinal Achi seguía narrando una defensa territorial ancestral, a veces en secreto o en silencio

«Se dejó de presentar porque había mucho temor. El Ejército veía cualquier organización como algo peligroso» comentó Coloch.

En ese contexto, el parlamento dejó de ser únicamente literatura prehispánica y se convirtió en acto de memoria, en un acto político y de resistencia.

IV. La plaza

El 25 de enero, a las nueve de la mañana, el mercado ya estaba montado sobre la plaza. Una tarima cubría el parque central. Los puestos de feria rodeaban la municipalidad.

Hubo incienso, marimba, turistas con cámaras, autoridades municipales y helicópteros sobrevolando el cielo. 

En ese momento, apareció el director del Instituto Guatemalteco de Turismo (Inguat), Harris Whitbeck. Saludó, observó y en un corto tiempo se fue.

Soloman recuerda que en noviembre de 2007, durante una presentación por la declaratoria como Patrimonio de la Humanidad, las personas que estaban en el lugar también se fueron y prefirieron ver otra representación: el baile de la Conquista.

«Me quebré en ese momento», dice. «Ver la conglomeración de personas viendo un baile que es una imposición… yo sí lo sentí bastante. Nos dejaron solitos», cuenta mientras se le quiebra la voz.

Mientras el Rabinal Achí representa un orden político maya, la dramatización de la Conquista convierte la derrota en espectáculo. 

V. Estado y administración de la memoria

La declaratoria que hizo la UNESCO sobre el Rabinal Achí como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, también implica compromisos que debe asumir el Estado de Guatemala sobre protección y transmisión.

En 2007 se implementó un proyecto financiado con aproximadamente 70,000 mil quetzales, recuerda Soloman, quien fue asignado como promotor. Se equipó una oficina en Rabinal. Se elaboró un manual pedagógico, pero no hubo continuidad.

Para entender cómo el Estado protege lo que declara patrimonio, Agencia Ocote solicitó al Ministerio de Cultura y Deportes los registros históricos del reconocimiento institucional y los presupuestos asignados desde entonces.

La respuesta fue que «no existen archivos antiguos ni trazabilidad clara sobre esas asignaciones»

Durante generaciones, el ritual se sostuvo sin presupuesto estatal. Las familias asumían los costos y las cofradías la logística. El vestuario se reparó una y otra vez.

Por eso, García advierte que el Rabinal Achí no debe leerse como una pieza folclórica para consumo turístico, sino como un drama político que conserva memoria de conflictos territoriales específicos. 

Cuando se representa bajo la mirada de funcionarios y cámaras turísticas, esa dimensión puede diluirse. La invasión ya no siempre es militar: puede operar desde la administración del patrimonio, cuando la gestión se centraliza y la comunidad queda al margen.

El Rabinal Achí nació como defensa territorial. Sigue siendo eso.

VI. El peso, otra vez

Cuando se le pregunta a Soloman qué diría el Rabinal Achí a Guatemala si pudiera hablar, guarda silencio unos segundos.

«Que se respete. Que se respete el idioma. Que se respete la memoria. Que se respete el derecho a narrar el territorio desde antes de la invasión».

Al final de la jornada, don Ángel descansa el tun. Sus hombros quedan marcados. Lo mira antes de guardarlo.

El instrumento pesa porque carga idioma, historia y pertenencia. Pesa, porque con cada año y nueva generación, se debe decidir si lo sostiene o lo deja.

El Rabinal Achí existía antes del presupuesto. Sobrevivió a la colonia, a la evangelización forzada, al conflicto armado y al olvido institucional. 

Pero no sobrevive solo, necesita que alguien lo recite, lo transmita y lo cargue.

Nota de edición: El miércoles 4 de marzo a las 8:30 se hicieron correcciones en dos imprecisiones de la descripción inicial.


Redacción: Andrea Godínez

Edición: Lourdes Álvarez

Fotografías: Christian Gutiérrez

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