Toda crisis de propósito es una crisis de cuidado. Sí, eso que llamamos propósito tiene menos que ver con los famosos «para qué» o «por qué», que nos dicen que …
Toda crisis de propósito es una crisis de cuidado. Sí, eso que llamamos propósito tiene menos que ver con los famosos «para qué» o «por qué», que nos dicen que tenemos que responder, y más con lo que significa cuidar.
Las crisis surgen cuando no nos damos el tiempo y el espacio necesarios para escucharnos, para tomar perspectiva.
Hoy vivimos en un mundo completamente en crisis que parece estar perdiendo el sentido. Atravesado por lo que expertos como Nate Hagens y Daniel Schmachtenberger han denominado la Metacrisis. Una red de crisis sociales, climáticas, energéticas y económicas que están ocurriendo al mismo tiempo y se refuerzan mutuamente.
Pero, ¿tienen algo en común el colapso ambiental, la polarización política, la precarización social, la adicción tecnológica y el vacío cultural que estamos viviendo, o son acaso fenómenos aislados?
Desde mi perspectiva, todas estas crisis son parte de un mismo patrón de relacionamiento humano: el descuido sistémico que como especie, tenemos hacia todo lo que nos rodea.
La mente patriarcal
Como sociedades, desde hace al menos 6 mil años estamos condicionados por una mentalidad patriarcal que es en esencia jerárquica y excluyente. Moldea una forma de relacionamiento con el mundo basada en el control, el dominio y el sometimiento hacia otras formas de vida y hacia todo lo que nos rodea.
Esta mentalidad asocia lo masculino al poder y a la violencia, y lo femenino a la debilidad y al cuidado, y conforma una lógica dualista de entender el mundo ampliamente estudiada por autores como el Dr. Claudio Naranjo y la historiadora Gerda Lerner.
Una «mente patriarcal» que desde hace milenios ha condicionado nuestras culturas y formas de relacionamiento.
Es, desde esta visión del mundo, que hemos establecido relaciones de sujeto a objetos, basadas en la explotación, el extractivismo y la acumulación de capital a toda costa.
Esa lógica depredadora conlleva e implica una falta de cuidado sistémico con nuestros ecosistemas, con nuestros vínculos sociales, con y entre nuestras instituciones, y con nuestra propia salud física, mental y espiritual.
Dicho de otra forma, allí donde falta cuidado, se instala la violencia: violencia contra uno mismo, contra los otros y contra el planeta.
La paradoja es evidente, porque nunca habíamos tenido tanta información, tanto poder tecnológico, ni tanta riqueza global acumulada. Y, sin embargo, parece que ni todo este «progreso» nos puede alejar del borde del colapso en el que estamos por olvidarnos de una premisa esencial: cuidar es lo que sostiene la vida.
Cuidar no tiene género (o no debería tenerlo)
Hackear el cuidado significa romper con esta mentalidad patriarcal y dejar de verlo como una cualidad asociada a lo femenino, y por lo tanto responsabilidad exclusiva de las mujeres. Reconocerlo como el derecho humano universal que es.
El 7 de agosto de 2025, la Corte Interamericana de Derechos Humanos reconoció al cuidado como un derecho autónomo. Eso significa que todas las personas tenemos derecho a cuidar, ser cuidadas y autocuidarnos.
Sin embargo, para que todo derecho se accione, en lo concreto hace falta espacio y tiempo. Y en el caso del cuidado, ese tiempo y ese espacio siguen recayendo en las mujeres, que se ocupan hasta 2.7 veces más que los hombres en tareas de cuidado.
Ese es el desafío: hackear la mente patriarcal que asocia el cuidado a una cualidad de género femenina. Entenderlo como una lógica de progreso y una infraestructura vital que, al igual que las carreteras, necesita tiempo y espacio para construirse.
Es decir, si queremos que el derecho al cuidado sea sustantivo, real y concreto, primero tenemos que lograr distribuir el tiempo destinado al cuidado, para que este recaiga no solo en las mujeres, sino también en el resto de las personas, en las instituciones y en las empresas que conforman nuestra sociedad y dinámicas relacionales.
Esto implica construir culturas y sistemas donde el cuidado deje de depender de la voluntad individual y se convierta en una lógica de progreso, que recibe inversión, y en una práctica colectiva e institucionalizada.
De la mente patriarcal a la lógica del cuidado
Como ya mencioné, nuestra crisis civilizatoria tiene raíces profundas en lo que podríamos llamar una mentalidad patriarcal. Frente a ella, la lógica del cuidado nos ofrece otra forma de inteligencia, la vincular, que implica abrirnos a la diferencia y reconocer que la vida no se sostiene por uniformidad, sino por la integración activa de lo que es distinto y por eso mismo complementario y evolutivo.
Un bosque es quizá el mejor ejemplo de organización compleja, porque funciona perfectamente sin CEO ni organigrama.
Allí, cada especie coopera y compite a la vez, regula y se sostiene en una serie de vínculos de cuidado que son capaces de mantener relaciones de tensión entre diferentes especies, e integrar diferencias aparentemente opuestas para generar ecosistemas que llevan casi 400 millones de años resolviendo problemas que nosotros como especie apenas empezamos a enfrentar.
Me refiero a la generación de abundancia a pesar de cinco extinciones masivas, y a la producción de recursos exponenciales sin agotar los ecosistemas que los producen.
En todo ese proceso organizacional el cuidado está implícito. Si los bosques han sobrevivido millones de años gracias a su lógica de cuidado, ¿por qué nuestras organizaciones, con apenas cuatro siglos de historia, o los CEOs, insisten en modelos jerárquicos que nos llevan al colapso?
La lógica del cuidado implica integrar las diferencias, y esa no es una excepción sino la regla que desde hace millones de años nos muestra evolución, abundancia y progreso.
La lógica del cuidado es un motor de progreso
Más allá de su valor ético y ecológico, el cuidado tiene un impacto económico contundente y tangible. Cada dólar invertido en cuidados genera casi tres veces más empleo que la construcción, y además con menor huella de carbono.
Países como Canadá, Chile, Uruguay y Colombia han demostrado que invertir en sistemas de cuidado no solo mejora la calidad de vida, sino que también impulsa el crecimiento económico, reduce la pobreza y libera talento para el conjunto de la sociedad.
Desde esta perspectiva, la lógica del cuidado es una lógica del progreso que nos muestra que cuidar es estratégico y que es una de las inversiones más inteligentes que podemos hacer en un contexto de crisis global como el que estamos viviendo.
Cuidar es crecer
Al final, hackear el cuidado significa reconocerlo como la base de todo propósito. Porque cuando no me cuido o no me atiendo, pierdo mi sentido de agencia y me convierto en un ser sin verdadera capacidad de autonomía ni sentido de vida.
Cuidar significa atenderse en la dimensión personal, cuando me ocupo de mí mismo, cuando me asisto, me guardo y me atiendo.
Pero no solo allí, sino también en una dimensión social, cuando genero vínculos de sujeto a sujeto y sostengo relaciones que no se basan en la explotación o el dominio de personas, territorios o ecosistemas.
Y lo es también en una dimensión territorial, cuando entiendo que cada comunidad, cada ecosistema y cada organismo son parte de una trama interdependiente, de la que depende todo, incluidas nuestras economías. Algo que requiere atención recíproca.
Hackear el cuidado es dejar de entenderlo como una cualidad «blanda» de liderazgo o como una función asociada al género, y dimensionarlo como la lógica de progreso que desde hace millones de años nos demuestra que es.
Eso significa cuidar las condiciones para crecer, prosperar y regenerarnos personalmente, socialmente, territorialmente y económicamente, como individuos, como empresas y como humanidad.
En un mundo tan polarizado y en crisis como el actual, la pregunta no es si podemos permitirnos hackear lo que entendemos por cuidar, sino si podemos permitirnos no hacerlo.
Fuentes
- Hagens, N. & Schmachtenberger, D. (2020). The Great Simplification.
- World Economic Forum (2024). Global Risks Report 2024.
- Meadows, D. et al. (1972). Limits to Growth. MIT.
- Herrington, G. (2021). “Update to Limits to Growth”. Journal of Industrial Ecology.
- Lerner, G. (1986). The Creation of Patriarchy. Oxford University Press.
- Naranjo, C. (1994). La Mente Patriarcal.
- Corte Interamericana de Derechos Humanos (2023). Opinión consultiva sobre el derecho al cuidado.
- OIT (2018). Care work and care jobs for the future of decent work.
- CEPAL & ONU Mujeres (2020). La economía del cuidado como motor del desarrollo.





