Guardianas del bienestar ajeno …a costa del nuestro

El mandato de cuidar a otros antes que a nosotras mismas atraviesa generaciones y se disfraza de amor y sacrificio. Pero cuidar sin límites enferma y nos pone en riesgo. Frente a ese mandato, el autocuidado emerge no como lujo, sino como derecho humano y herramienta política para sostener la vida en dignidad.

Explora aquí el especial completo «El trabajo invisible» No tiene nada/señora/repite el médico/ y me deja sola/ en ese espacio/ de luces tenues. Me convenzo:/ no tengo nada. ¿acaso alguna …

Ilustración: Oscar Donado

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No tiene nada/señora/repite el médico/ y me deja sola/ en ese espacio/ de luces tenues. Me convenzo:/ no tengo nada. ¿acaso alguna vez/ creí lo contrario? 

Diagnóstico, Romina Ruffato

Hay una norma social muy efectiva y vigente que establece que las mujeres tenemos que ser, como principio orientador de nuestra vida, guardianas del cuidado. 

Ese mandato nos coloca como responsables de la vida de las demás personas y todo lo que nos rodea, pero rara vez, de nosotras mismas. Aprendemos desde niñas que complacer significa postergar proyectos propios, ignorar el cuerpo cuando grita que está agotado, dolido o, incluso, enfermo.

La máxima es: «Cuidarás a los demás con esmero, sacrificio, sobre todo, con amor. Cuidarás aun y cuando te violenten».

Lo hemos aprendido tan bien que lo encarnamos sin pensarlo. Como lo explica Maitena Monroy, experta en autocuidado y autodefensa feminista, «muchas veces nos invade la obligatoriedad del cuidado». Esa presión por hacer sentir bien a cualquiera que se cruce en nuestro camino, aunque eso nos deje a merced del juicio ajeno, «que siempre es impredecible», remata Monroy.

Ser para otros, no para nosotras

Las feministas lo advirtieron hace décadas. Simone de Beauvoir, Graciela Hierro y Marcela Lagarde, entre otras, denunciaron que tratarnos como «seres para otros» limita nuestra autonomía y nos arrebata la posibilidad de decidir sobre nuestros destinos. 

Esta sujeción tiene que ver con el amarre al cuidado externo, porque mientras sostenemos la vida ajena, nuestro tiempo es capturado y nos (des) cuidamos. Nuestro propio cuerpo, nuestro primer territorio, es expropiado. 

La metáfora es cruel: imagina que desde niñas nos colocan en la base de una escalera. Cada peldaño se sube a fuerza de obediencia: ser complacientes, sacrificadas, disponibles. 

Pero si un día osamos desobedecer y decir: «Estoy cansada, yo también necesito ser cuidada». Las alertas sociales se encienden, corremos el riesgo de ser enviadas de regreso varios peldaños y ser etiquetadas como «malas» y «egoístas» por violentar las normas. 

Este engranaje de premios y castigos está presente en todas partes. Nos hacen creer que poner nuestras necesidades en el centro es un lujo indebido, cuando en realidad es un derecho humano básico. 

Las violencias que se esconden tras el cuidado …o que no se quieren ver

El mandato de cuidar no es neutro: es un terreno donde se ejercen múltiples violencias.

Es violencia simbólica cuando se nos llama egoístas por querer descansar o por exigir que se reconozca nuestro trabajo

Violencia económica cuando asumimos el 76 % del trabajo de cuidado que genera entre el 21% y 25 % del PIB de los países sin que ese valor sea reconocido en las cuentas nacionales.

Es física y sexual, justificada en nombre del amor y la entrega y tolerada porque es lo que «debemos aguantar», es «nuestro mandato natural».

Y es institucional cuando los sistemas de salud minimizan nuestro malestar y nos niegan atención, como en el poema de Ruffato.  

Es vital nombrar esas violencias porque cuidar sin límites desgasta, nos enferma y, en ocasiones, nos pone en riesgo vital. 

Autocuidadarse como acto político 

Cuando el rol de cuidar traspasa el hogar y llega al activismo o al trabajo comunitario, el costo no disminuye. 

Las activistas y defensoras de derechos humanos cargan con la brutalidad que enfrentan y el agotamiento se acumula. 

Por eso, hablar de autocuidado no es indulgencia, es resistencia

Audre Lord lo expresó con claridad allá por la década de los ochenta: «Cuidarme a mí misma no es autoindulgencia, es autopreservación, y eso es un acto de guerra política». 

Desde entonces, los feminismos han defendido el autocuidado como una herramienta política que redefine prioridades. Nos reconoce como sujetas que importamos, desafía estructuras que borran nuestras necesidades. Se enfrenta a los roles patriarcales y denuncia el agotamiento impuesto por un sistema que da por hecho que debemos cuidar hasta rompernos. 

Es, además, una apuesta ética porque se resiste a aceptar como normal el olvido de nosotras mismas, genera estrategias de protección física y mental, redes de apoyo y contención. Así como también, herramientas para demandar derechos y exigir normas que reconozcan nuestra interdependencia. Ofrece alternativas sanadoras que fortalecen la vida en común. 

Ser capaces de transformar colectivamente aquello que lesiona la vida de la mayoría nos hace más fuertes. 

Esto es una revolución que ya se está construyendo porque, como ha establecido Sharling Hernández, nutriéndose del feminismo comunitario «el autocuido como herramienta feminista no es una práctica, es un estilo de vida».

Recomendaciones para empezar

  • No te dejes atrapar por el mandato patriarcal de esforzarte más, de trabajar más, de producir más y ser la mejor versión para otras personas. ¡Conjúralo!
  • Si sacrificas sueño, descanso o placer por complacer a otros, repite «me cuido para poder cuidar».
  • No olvides que distraerte, desahogarte, renovar energías y fortalecer tu autoestima no es un privilegio, es un derecho.

El autocuidado feminista tiene que adaptarse a tus necesidades. En ese sentido, es personal, pero también es, a la vez, colectivo porque nos cuidamos mejor en comunidad y juntas hacemos frente al femigenocidio que vivimos a diario.

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