Co-enfermo

Cuidar a un familiar enfermo transforma la rutina diaria y te confronta con el miedo, la incertidumbre y la responsabilidad. Convertirse en co-enfermo significa aprender a acompañar sin perderse a uno mismo, enfrentando diagnósticos difíciles, tratamientos y emociones intensas. Este ensayo narra la experiencia de sostener a quien más queremos mientras también nos sostenemos a nosotros mismos.

Explora aquí el especial completo «El trabajo invisible» Suena el despertador, te despierta. Te levantas. Haces una breve oración. Te bañas, te cambias, desayunas.  Te sientas frente a la compu …

Explora aquí el especial completo «El trabajo invisible»

Suena el despertador, te despierta.

Te levantas. Haces una breve oración. Te bañas, te cambias, desayunas. 

Te sientas frente a la compu con una taza de café. Empieza tu día. 

Por suerte, tienes el privilegio de no tener que comerte dos horas de tráfico en la ciudad del caos para empezar a trabajar o para regresar a casa. Pero igual, el tiempo no perdona y así se pasa la vida todos los días. Es la rutina que solo cambia los fines de semana (con suerte).

No es ni de cerca la vida perfecta, pero es una buena vida. Para los estándares de este país, en verdad, es imposible quejarse. 

Y así todo va como tiene que ir. Hasta que tu pareja se encuentra un bultito en el pecho. —Seguro no es nada—.

***

Suena el despertador. Los despierta.

Se levantan. Hacen una oración, profunda, sentida. Se bañan, se cambian, desayunan. 

Se sientan en el carro, se comen dos horas de tráfico en la ciudad del caos hasta llegar al consultorio del doctor. 

En el trayecto no hubo conversación, no hubo música. Solo nervios, solo las ganas de escuchar al médico dar las buenas noticias. Solo las ganas de sentirse los más exagerados por haberse preocupado por nada.

Llegan al doctor y, de hecho, no. 

No son buenas noticias. 

El diagnóstico les explota en la cara, los ciega ante el palabrerío de la jerga médica y la amenaza inminente de una posible muerte larga y prematura, claro, si no se atiende, si no se cuida.

Regresan. 

No sabes muy bien qué decir. Llegan a la casa. La ves y el silencio de ese momento solo se rompe con su llanto. La abrazas y desde ahí ya te es evidente que no vas a saber cómo cuidarla bien, pero su diagnóstico te hace una especie de «co—enfermo» a quien tampoco sabes cómo cuidar.

Acudes a lo que sabes: let’s man the fuck up. Te envuelves en piedra, te tragas la incertidumbre. Ves a tu pareja a los ojos, le sonríes, la abrazas y le dices que todo va a estar bien, aunque, en realidad, no lo sabes, pero lo dices convencido. La pesadilla apenas empieza.

***

Suena el despertador. Ya están despiertos.

Se levantan. Hacen una oración, profunda, sentida. Se bañan, se cambian. No tienen hambre, pero desayunan.

Manejan dos horas hasta el consultorio.

Ahí ves cómo la preparan y le conectan directo a la vena medicina que, luego verás, también tiene efectos secundarios como veneno. Gota a gota el líquido pasa directo a su cuerpo. 

La ves ahí sentada asustada, con los ojos húmedos y los labios secos, pero no le demuestras miedo, te muestras bien, tratando de sacarle conversación sobre cosas triviales, a estas alturas no hay mucho que decir. Te muestras confiado, aunque por dentro, tu corazón está roto de verla así. 

Piensas que estás cuidando su mente, que al demostrar seguridad le estás ayudando a no perder la cabeza, pero en el proceso la estás perdiendo. 

Más adelante te vas a dar cuenta que tu estrategia no funcionó ni para ti, ni para ella. —¿La estoy cuidando?— —¿Me estoy cuidando?— No estoy cuidando a nadie—.

***

Suena el despertador. Ya estás despierto. Así te ha pasado cada día desde el diagnóstico.

Internet no te ayuda, te da ansiedad, te escupe en la cara. Todo lo que encuentras son historias tristes, es información de lo que puede pasar pero que no quieres que pase. Prefieres ignorar. Google no es opción para aprender a cuidarla. A cuidarte. 

Has concluido que lo mejor es tratar de seguir la vida normal, proyectar que todo está o va a estar bien para mejorar la confianza en el proceso. No sabes bien si es por ella o es por ti. Porque, claro, tú también necesitas confiar. 

Ya son varios meses y, la verdad, sigues sin saber muy bien qué hacer para que todo esté bien. La estrategia no ha funcionado como debería, a veces se confunde con indiferencia, pero sabes que no es eso. 

Es, por un lado, la imposibilidad de soportar verla sufrir a ese grado tan salvaje. Y, por otro, es no apartar la mirada de que este proceso sí o sí necesita ser exitoso, por su bien, por el tuyo. 

Obvio, no sabes cómo cuidarla, pero mucho menos sabes cómo cuidarte a ti. —Hago lo que puedo—. 

El tiempo no perdona y así pasan los días en una nueva rutina, que jamás imaginaste vivir.

¡Éxito! Todo salió bien. —Siempre lo supe—. 

Piensas, reflexionas, ves el resultado y sabes muy bien que pudiste cuidarla mejor, que pudiste cuidarte mejor. —Quizá la próxima vez—. 

***

Suena el despertador, te despierta.

Te levantas. Oras sentida y profundamente para que no haya una próxima vez porque ya sabes que no has sido el mejor cuidador y ahora, así como ella, tú también necesitas sanar. 

Tomas nota, sigues adelante, creces y aprendes: el cuidado es diario.

Edgar Zamora Orpinel

Soy un buscador nato de tesoros musicales, un impaciente coleccionista de discos y un oído siempre dispuesto a escuchar música chilera. A veces hago el podcast Superorganismo y casi siempre soy comunicador social.

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