Explora aquí el especial completo «El trabajo invisible» Habitar una masculinidad trans significa estar en un lugar único. Un espacio donde las ideas tradicionales sobre qué significa ser hombre en …
Explora aquí el especial completo «El trabajo invisible»
Habitar una masculinidad trans significa estar en un lugar único. Un espacio donde las ideas tradicionales sobre qué significa ser hombre en nuestras sociedades se ponen a prueba, se tensionan y, con el tiempo, se replantean.
En algún momento, en los inicios de mi transición, pensé que la postura de los hombres trans era un punto clave para hacer análisis de género. Podíamos ser testigos directos de las diferencias que significaba ser leído socialmente como hombres y como mujeres. Reconocer con ello los privilegios de la masculinidad.
Sin embargo, conforme fui estudiando la temática, pude concluir que la experiencia trans no siempre implica romper con los roles que la sociedad asigna a los hombres según los estándares convencionales. Estos mandatos de masculinidad están fuertemente arraigados.
Cuidado y provisión: la herencia de la masculinidad hegemónica
Uno de los aspectos que más persiste de estos mandatos de masculinidad es el que da a entender que cuidar a otros se expresa principalmente a través de la provisión material.
Si se hace el ejercicio de pensar en un hombre, es difícil que le quitemos el atributo de proveedor. Se ha instaurado socialmente como sentido de vida y de identidad para los hombres tanto cisgénero como trans.
La masculinidad hegemónica se ha construido sobre la base de ser productivo, racional y desconectado de las emociones.
Como señala Tronto (1993), el cuidado, entendido como una práctica social esencial que sustenta la vida, ha sido siempre feminizado y, por ende, menospreciado.
Cuando los hombres asumimos responsabilidades de cuidado, muchas veces lo hacemos en lo que Illouz (2007) llama una «economía afectiva»: un modo de relacionarse donde las emociones y el compromiso se negocian en función de recursos, tiempo y la capacidad de ofrecer soporte material.
En ese intercambio, proveer se vuelve la clave para legitimar y mostrar afecto.
Los cuidados y la masculinidades trans
Personalmente, como hombre trans, he sentido y a la vez cuestionado este mandato de formas particulares. Durante mi proceso de transición, la presión por demostrar que podía sostenerme económicamente y ser funcional socialmente se volvió muy evidente. En parte, esto era un mecanismo para validar mi masculinidad, tanto para mí como para quienes me rodeaban.
Sin darme cuenta, proveer se convirtió en sinónimo de cuidar. Y, por natural, cuando las finanzas se complicaron o algunos planes fracasaron, sentí que todo se venía abajo: en esa lógica interiorizada, no poder proveer era equivalente a no amar lo suficiente.
Y este es el punto de quiebre para muchos hombres para cuestionarnos el modelo. Ese punto en que nos damos cuenta de que en la voracidad del mundo de hoy y las crisis económicas que enfrentamos, la imposibilidad de lograr ese estatus de vida se convierte en una carga de vergüenza. Una sensación de estar fallándole a la familia.
Algunos en esos momentos incluso buscan una necesidad de escape. Se refugian en espacios conocidos que puedan semejarse a sus trabajos. Otros salen de sus casas a refugiarse en el alcohol y otras sustancias.
Esta relación tan estrecha crea lo que llamaría una «doble vulnerabilidad». Por un lado, la inseguridad económica explícita. Por otro, la sensación de pérdida afectiva que esta genera en las relaciones que más queremos proteger y fortalecer.
También el deterioro de la propia imagen. Al no entenderme como proveedor, no encuentro qué función es la que cumplo dentro de mi núcleo familiar ni en mi entorno social.
Esta tensión entre cuidar y proveer va más allá de lo individual. Refleja estructuras sociales donde el trabajo de cuidado sigue siendo invisibilizado o relegado mayoritariamente a las mujeres (Fraser, 2016).
Para nosotros, los hombres y especialmente aquellos que encarnamos masculinidades trans, surge una oportunidad importante para cambiar esa idea fija.
Se trata de mover el foco que pone a la provisión en el centro, para abrir camino a prácticas de cuidado basadas en la presencia activa, la escucha sincera y la colaboración afectiva mutua.
Cuidar como derecho humano y responsabilidad compartida
Esto no significa que debamos subestimar la importancia del sustento económico, sino más bien romper con su exclusividad en definir qué significa cuidar en realidad.
Desde el cuestionamiento al modelo de masculinidad tenemos la oportunidad para reafirmar que la ternura como acto rebelde en los hombres es una de las herramientas con las que podemos ir haciendo fracturas en el sistema que nos orienten a una vida más justa.
El reconocimiento de los cuidados como un derecho humano y social ha ido creciendo, especialmente gracias a avances impulsados por organismos internacionales.
Estos organismos promueven la idea de que cuidar es una responsabilidad compartida y que los sistemas de cuidados deben ser fortalecidos en toda Latinoamérica.
Es importante que los hombres también nos involucremos, comenzando por cuidar de nosotros mismos y de quienes nos rodean.
Cuidar, en esencia, es algo que sucede en la presencia y en la relación con otros, no solo en proporcionar recursos materiales. El amor y el compromiso emocional requieren estar presentes. Compartir los momentos y hechos de la vida. No solo sostener desde lo económico.
Es urgente buscar maneras de desarrollar una masculinidad que vea el cuidado como una práctica diaria, ética y compartida.
Referencias:
Connell, R. W. (1997). Masculinidades. México: Universidad Nacional Autónoma de México. (Traducción al español de Masculinities, 1995).
Connell, R. W., & Messerschmidt, J. W. (2005). Masculinidad hegemónica: repensando el concepto. Gender & Society, 19(6), 829–859.
Fraser, N. (2015). Fortunas del feminismo: Del capitalismo gestionado por el Estado a la crisis neoliberal. Traficantes de Sueños. (Traducción al español de Fortunes of Feminism, 2013/2016).
Illouz, E. (2007). Intimidades congeladas: Las emociones en el capitalismo. Katz Editores. (Traducción al español de Cold Intimacies: The Making of Emotional Capitalism, 2007).
Tronto, J. C. (2013). Un mundo vulnerable: Ensayos sobre la ciudadanía y la responsabilidad. Ediciones Paidós. (Traducción al español de Moral Boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care, 1993)





